miércoles, 6 de julio de 2011

JACARANDA CORREA, DETRÁS DE CÁMARAS



Muchas cosas quiso ser en su vida Jacaranda Correa. Lo primero fue la actuación y para ello se preparó largamente en el Instituto de Bellas Artes. La mayor de tres hermanas de los Velázquez Correa buscaba también, por aquello del mandato familiar, un título universitario. Y fue así como llegó a la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UNAM. Más tarde hizo un Master de Sociología Política en La Sorbona y nunca abandonó la búsqueda interior que la ayudara a tocar piso, a marcar territorio, en un mundo donde una chica guapa e inteligente como ella puede vislumbrar fronteras ilimitadas o, por lo contrario, sentirse prisionera en un sistema donde muchas puertas permanecen cerradas para quien quiera de la vida algo más.

Jacaranda Correa, que cuando empezó a trabajar en televisión sacrificó el apellido paterno por consejo de un productor, es una de esas mujeres hermosas y avispadas que llenan el ambiente que ocupan a fuerza de una personalidad arrolladora y de una simpatía que la hace imbatible a la hora de conquistar auditorios. Todos quieren ser tocados por el encanto de Jacaranda y nunca su presencia pasa inadvertida.

Viene de una familia de clase media y de músicos y pasó su infancia en la colonia Cuauhtémoc, estudiando durante muchos años piano, lo que resultó, en sus trabajos de adulto, un componente elemental para la construcción de su sensibilidad.

El mapa de su vida tuvo una distracción que le pesa: haber vivido unos cuantos años en el sur de la ciudad, durante su juventud. La pasó mal, hasta que regresó a sus terrenos y ahora habita la colonia Roma y va de Álvaro Obregón a la avenida México con la confianza de saberse en casa propia.

“Esta ciudad se ha vuelto cada vez más fragmentada. Todavía en mi juventud recuerdo que iba del norte al sur con mucha facilidad. Ahora todos estamos aislados y no porque conservemos la vida de barrio, sino porque confluimos varias macrociudades en un solo espacio y hay muy poca comunicación entre nosotros”, apunta mientras se arregla el pelo y se maquilla para las fotos.

“Hace poco estuve trabajando en Chimalhuacán, haciendo una película sobre violencia de género para Canal 22. Estuve metida un mes en esa zona y todos los días regresaba a la Roma con el corazón partido. Llegaba mal, porque me decía: si esto es México, yo no soy mexicana. Es muy fuerte estar en una misma ciudad y darse cuenta de los diferentes territorios que conviven en ella y cómo esos sitios rompen todos los conceptos que puedas tener sobre la identidad”, explica.

Una chica de película

Correa viene de atravesar un momento muy alto en su nueva condición de documentalista, una profesión que abrazó con la fuerza de quien se sabe náufraga en un mar de contenidos profundos que le den a la vida un sentido más nato, más justificado.

Jacaranda, que es un torbellino de intensidad y de preocupación por los demás, se alzó con el premio a la Mejor Película Documental en el reciente Festival Internacional de Cine en Guadalajara con su elogiada Morir de pie, el filme que narra la increíble historia de Irina Layewska, activista transexual discapacitada, que lucha contra los problemas de discriminación.

Contra todo pronóstico, la ópera prima de la también conductora de Canal 22 y productora de películas para la televisión, dejó afuera a directores con más cartel como Everardo González (el famoso documentalista de La canción de pulque, que presentó a concurso su historia sobre el cura salvadoreño Arnulfo Romero) o a proyectos de mayor resonancia mediática como Agnus Dei, el documental de Alejandra Sánchez sobre la pederastia eclesiástica. El premio Mayahuel fue para ella y para la pareja protagonista de su filme (Irina y su compañera, Nélida).

No se trataba, sin embargo, de suerte de primeriza. Jacaranda encontró desde hace tiempo en el género del documental un refugio donde condensar su experiencia académica y el entrenamiento como reportera, productora y conductora que le dio sus largos años en la televisión cultural.

“Al final, agradecí mi formación universitaria. Al principio me sentía un poco desubicada, pero luego entendí que la visión humanista, que es a la que apelo en todos mis trabajos, me la dio mi paso por la universidad”, dice con convicción.

Y agrega: “la formación de una persona humanista, para la que sirve todo tipo de conocimiento, se fue diluyendo en la educación formal. La especialización creo que ha sido una gran equivocación en términos del pensamiento y del trabajo social”.

Jacaranda, quien se puso por primera vez frente a una cámara en los tiempos de la universidad haciendo un programa de televisión escolar, pasó por Televisa, empresa donde hizo su servicio social a finales de los ’80 y a la que regresó en el 2000, haciendo reportajes en el Canal 4.

No fue sino hasta su arribo a Canal 22 cuando encontró su verdadero espacio y empezó a sentirse cómoda frente a la cámara.

“Para mí fue como un oasis, porque allí encontré la libertad que venía buscando desde hace tiempo”, cuenta.

“No se trataba solamente de salir en la tele, con todo lo que eso implica, sino también la vía para construir mis programas, transmitir mis ideas y que se vieran en la pantalla. Aprendí a conducir, a dirigir, lo que me hizo mucho más sólida como periodista”, relata.

“La ventaja que tuve en el canal y lo que me ayudó es que los productores encontraron en mí un perfil que no obedecía a la ortodoxia del periodista cultural, pero tampoco a la del periodista de nota dura. Fue así como comencé a hacer una sección en el noticiero que se llamaba “Seducción”, un título que no elegí y que tenía que ver con notas dedicadas al sexo. Fue allí cuando me metí de lleno en el tema de diversidad de género”, dice Jacaranda, quien muy a pesar suyo fue convirtiéndose de a poco en una vocera privilegiada de los transgéneros, de las mujeres golpeadas y de los homosexuales.

“Siempre traté de quitarme la etiqueta de portavoz, porque nunca he querido ser la vocera de causas minoritarias. Sin embargo, el cuerpo como identidad, sobre todo en este país, es uno de los elementos que más conflicto causa en esta sociedad. Ahí es donde confluyen nuestros mayores prejuicios, nuestras más grandes frustraciones”, comenta.

“Estoy convencida de que todo lo que pasa en nuestro país a nivel de la violencia contra las mujeres, contra los homosexuales, tiene que ver con esta falta de comprensión acerca de lo que significa el cuerpo y el uso de nuestros genitales y de nuestra identidad a través de ellos”.

La historia de Irina

Y un buen día, llegó a oídos de Jacaranda Correa la historia de Irina Layevska, un ex militante de izquierda discapacitado, quien en su juventud tenía un enorme parecido con el Che Guevara y quien, al abandonar su rostro barbado, la boina, la ropa de fajina, dejó también su condición de hombre para convertirse en una blonda luchadora en contra de la discriminación y la homofobia.

El tránsito de Layevska hasta lograr ser ella misma no fue fácil y en el camino debió sufrir todo tipo de agresiones, incluida el desprecio de su padre, la indiferencia de su madre y, más tarde, los golpes y pintadas en la puerta de la casa que comparte con Nélida, la mujer con la que se casó cuando tenía una identidad masculina y quien decidió quedarse junto a ella cuando se convirtió en Irina.

La vida fascinante de la ex militante del Partido Socialista de los Trabajadores y de quien fuera un miembro activo del Movimiento de Solidaridad México-Cuba parece salida de la ficción más absurda. Y es, precisamente, esa existencia tan peculiar de un ser humano que lucha a brazo partido contra una grave enfermedad que deforma su cuerpo y lo mantiene postrado en una silla de ruedas, la misma persona que, obedeciendo sus impulsos más íntimos, toma con coraje el dominio de su maltrecho cuerpo para convertirse por fuera en la mujer que ya era por dentro, lo que desafía al espectador y lo lleva a los límites más recónditos de su propio entendimiento y de su capacidad de tolerancia.

El documental es crudo y tierno a la vez. Trata sin ambages el día a día de un ser humano que se expresa pleno y su realización planteo innumerables desafíos para Jacaranda.

“Meterse a la vida de alguien, con todo el respeto y con toda la ética de la que seas capaz, dar un paso para ingresar a su intimidad, es abrir una puerta que no sabes adónde te puede conducir”, dice.

“La complejidad del ser humano tiene que ver con que todos nos inventamos de alguna o de otra forma”, dice la chica de la tele que quiso ser actriz, pianista y se quedó al comando de una cámara desde donde cuenta las historias profundas que le dan sentido a su transcurrir diario por la ciudad que ama e intenta comprender minuto a minuto.

3 comentarios:

jacaranda correa dijo...

Muy bonita y profunda entrevista mi querida Mónica.. hace tanto tiempo.. sin embargo lo leo nuevamente y me quedo con un muy buen sabor de boca. Es un aliciente , saber que algo bueno hace una como periodista en este largo andar..

jacaranda correa dijo...

Muy bonita y profunda entrevista mi querida Mónica.. hace tanto tiempo.. sin embargo lo leo nuevamente y me quedo con un muy buen sabor de boca. Es un aliciente , saber que algo bueno hace una como periodista en este largo andar..

Mónica Maristain dijo...

Gracias a ti, querida. te mereces todo lo bueno. Abrazo