miércoles, 11 de marzo de 2009

ENTREVISTA A ARTURO PÉREZ REVERTE




Los versos del capitán

Arturo Pérez Reverte parece estar empeñado en que todo el mundo lo quiera. No es un propósito espurio, si se lo analiza con calma. Al fin y al cabo, ¿quién no desea ser amado por mucha gente durante mucho tiempo? Pero a él se le nota demasiado. Sonríe y dice cabrón cada dos segundos, trata de ser natural y crear la ilusión de que es un viejo conocido que ha venido a vernos desde lejos. Tiene unos 51 años que lleva con prestancia y donosura. Muchas mujeres opinan que no sólo es el escritor en lengua española que más vende en el mundo, de él muchas dicen que también es guapo, atlético y encantador. Y no es que el muchacho ahora barbado que con La reina del Sur, su última novela de 400 páginas, logró lo que ni siquiera Vicente fox: “que los narcotraficantes lean”, cumpla con las reglas estéticas clásicas. Al contrario, físicamente parece uno de esos chicos que en la Prepa era tan bueno que las féminas acudían a él en masa... pero para usarlo como confidente. No cuesta imaginarlo con acné y gafas gruesas mirando con cara triste el paisaje asoleado de su adolescencia. Sin embargo, este hombre exitoso hasta más no poder, hoy dista mucho de cualquier experiencia vicaria. Como esos avispados de última hora que descubrieron tarde el sexo y la ternura masiva, camina con torpeza entre la gente que lo sigue, pero a la vez consciente del poder que ejercen una sonrisa a tiempo, una caricia dejada como al descuido en el cuerpo de su interlocutor ocasional, un modo de mirar hasta el fondo de los ojos enfrentados que crea incomodidad y regocijo en forma simultánea.
Entrevistar a Arturo Pérez Reverte equivale a entrevistar a un entrevistador, lo que en argot profesional implica ponerse en la mira de un cuestionador certero y peleón que agota en la primera pregunta. Hay que hacer enormes esfuerzos para que sus armas de seducción cedan paso a algo de lo que vive adentro del hombre real, pero la mayoría de las veces la tarea resulta infructuosa: el autor de El maestro de esgrima, La carta esférica, Territorio Comanche, La tabla de Flandes, Las aventuras del Capitán Alatriste, entre otras, no negocia su estudiada manera de presentarse ante los medios y como pez en el agua tira frases editadas que esconden su corazón, pero no su cabeza. Así, quien fuera reportero y “vendedor de carroña periodística” durante 21 años, hablará como en titulares de noticiero sobre temas que le duelen mucho más que lo que él mismo se permite reconocer, por caso el puesto que en la literatura seria le niegan muchos de sus colegas. Vendedor masivo de historias de aventuras que rinden homenaje a Los tres mosqueteros, a El conde de Montecristo, y a casi toda la literatura europea del siglo XIX, el cartagenero amante de la mar y de las mujeres con carácter, no desvela ningún secreto en esta entrevista, pero se muestra tal como suelen verlo sus miles de admiradores: guapo, atlético y encantador.

¿Su obra es talento o trabajo?
- Es un 25 % de talento y el resto de trabajo.

¿Cómo calificaría a su trabajo?
- Como un trabajo muy duro. Yo soy un escritor profesional. No soy un artista al que le viene la musa todas las mañanas, le da un beso en la boca, lo lleva a la mesa de la mano y en el camino le echa un polvo. A mí la musa me dice: Oye, chaval, que es la hora, ¡levántate!, y luego se va. Entonces yo bajo, me doy una ducha, me pongo a trabajar durante diez o doce horas al día. Y de vez en cuando la musa baja, me da un beso en la boca, me espabila y a lo mejor me sale una frase o una idea que esté bien. Para ganarme cada beso en la boca de mi musa, invierto muchas horas de trabajo y de documentación, de pelearme conmigo mismo, pues de eso se trata escribir.

¿El periodismo ya no tiene encanto ni misterios para usted?
- No, por supuesto que no. El periodismo es la profesión más vil que conozco. Es como ser policía o prostituta. Y luego está la de publicista, que también es muy vil. Aunque yo la pasé bien en el periodismo, fui muy feliz con esa profesión a la que le debo mi biografía, le debo 21 años de vida intensa y sobre todo le debo un punto de vista lúcido sobre el ser humano. Pero el periodismo corrompe destruye la moral y la fe de las personas. Yo tuve la suerte que me salí cuando me quedaban todavía dos o tres fes y me salí antes de que el periodismo me quitara toda la fe. Pero, ¿cuál era la pregunta?

¿El periodismo ya no tiene encanto ni misterios para usted?
- No, ni encanto ni misterios. Lo que tiene es melancolía de mi juventud, de épocas buenas...yo era un buen reportero y me lo pasaba bien. Tengo muy buenos recuerdos y por supuesto nunca podré olvidar que fui periodista. De hecho todavía lo soy. Cuando me ponen una cámara enfrente, me digo: este cabrón me ha puesto un 28 a un palmo de la cara, no puedo evitarlo, porque mi instinto profesional me pone en alerta cuando está por terminarse la batería de una cámara...

¿Y cómo ve a la distancia anécdotas como esa que cuenta en Territorio Comanche cuando buscaba informantes en los campos de batalla y pensaba en los empleados administrativos de su Empresa, que le irían a pedir recibos por la cerveza o lo que se tomara con el informante?
- No, no era así...
- ...
- Lo que yo quería hacer era burlarme de una actitud que a más que a mí era en general. Me refería a esos cretinos que nunca han estado pateando la calle, bajo la lluvia ni bajo el sol, corriendo los semáforos o corriendo en una guerra y tal, ¿no?.
Y este tío (señala al fotógrafo) se va a Tepito (barrio bravo mexicano) a hacer una foto y le sale un tipo con una pistola y le dice: cabrón, págate una botella y tal, y cuando llega a la oficina le dice al administrativo: - oye, que le he tenido que pagar una botella a un tipo para que no me matara, a lo que el administrativo le contesta: bueno, tú verás, pero si no tienes recibo nosotros no te lo pagamos. Esa actitud que se da en cualquier periódico del mundo también se da en la guerra, entonces yo en Territorio Comanche, que es el único libro autobiográfico que tengo, me burlaba de esa mezquindad y de esa estupidez de los administrativos...pero, bueno, hay de todo, claro...

¿Y cómo ve eso a la distancia?
- ¿Cómo veo a la distancia qué cosa?

Ese tipo de situaciones de las que se burlaba en su libro.
- Como ridículas. Pero siempre ha sido así, en la guerra, en la vida y en la profesión. Siempre hay alguien en la calle que se juega el pellejo, oponiéndose al cabrón que está atrincherado en su despacho y al que le da igual que le traigas una exclusiva o una noticia que no vale nada. Él lo único que quiere es que las cuentas le cuadren cada día.

Era divertido lo que usted hacía en Código 900 (N.d.R: reality show que denunciaba crímenes y que Pérez Reverte condujo durante un mes y medio en la TVE)...
- Porque yo lo hacía muy cínico, ¿te acuerdas? Yo no decía: - ¡qué horror!. Yo decía: bueno, bueno, prepárense que va a chorrear la sangre...pero igual duré un mes y medio. Pasado ese tiempo dije: - esto es basura y me voy. Me volví a Sarajevo.

¿Y nunca pensó en hacer otro programa de televisión?
- Me propusieron hacer muchas cosas, pero no es lo mío. Detesto la televisión, detesto el periodismo, lo digo de verdad. Me siento cómplice de los periodistas, tú sabes, pero el periodismo como concepto me parece cada vez más repugnante. No hablo del periodista, que en todo caso es mi compañero de armas, sino de la profesión.

La Televisión Española igual está peor que antes. Ahora hay más de Operación Triunfo que de Informe Semanal...
- Todo está peor que antes: la guerra, las putas, los borrachos...

¿Y los escritores?
- Por supuesto: somos peores que antes

¿Vender muchos libros es correr el riesgo de ser considerado un escritor menor por algunos colegas?
- Hay escritores que venden mucho y no son menores. Umberto Eco vende mucho y no diría que es un escritor menor. No lo sé. ¿Graham Greene? ¿John Le Carré es un escritor menor? ¿Para ti yo soy un escritor menor?

Algunos colegas suyos quizá lo consideren un escritor menor...
- Yo no tengo colegas. Yo cazo solo. Pero los críticos ahora me tratan muy bien. Sobre todo desde que el New York Times me dedica portadas, en España los críticos me tratan muy bien, lo cual me alegra mucho, por cierto.

¿Usted se cree un escritor mayor?
- No mames. ¡Yo qué coño sé qué soy! Lo único que sé es que me la paso muy bien escribiendo y disfruto mucho. Y sé que mi punto de narrativa es ese, que ahí está, y que lo leen. Yo estoy donde tengo que estar. Las etiquetas las ponen otros.

¿Está seguro de que todos los lectores asumen su punto de vista, como dice en La reina del sur?
- ¿Tú has leído algún libro mío?

...¿A usted que le parece?
- Es que yo siempre escribo la misma novela, siempre. Empecé a escribir de mayor, cuando tenía 35 años, y soy por lo tanto un escritor tardío. Nunca quise ser escritor, además. Para mí no hay una novela mejor o peor que otra. Es como hacer una casa, pones una pared, luego la otra...y así...

Pero hay paredes que nos quedan mejor construidas que otras.
- ...
¿Se ha sentido alguna vez como El güero (N.d.R.: personaje de La reina del sur), cuando va a ese bar solo para hombres y expresa una soledad infinita?
- ¿Tú crees que esas cosas se pueden contar si no se sienten?. Yo no soy un embustero. Mira, nadie pone en una novela lo que no tiene: o lo roba o lo saca de sí mismo. Entonces, cuando hay un escritor que narra ese tipo de sentimientos, o es un hijo de puta que lo ha robado de otros o es suyo. El lector es el que tiene que decidir.

Como lector es un buen gourmet...porque para escribir La reina del sur eligió a Elmer Mendoza como asesor, uno de los buenos escritores mexicanos...
- Escucha, leo desde los siete años. Crecí en una casa con cinco mil libros y mi biblioteca tiene 12 mil volúmenes. Si a estas alturas no tengo un radar para detectar buenos libros, muy torpe sería. Y cuando abrí una página del libro de Elmer (N.d.R.: Elmer Mendoza, de Culiacán, escribió las novelas El amante de Janis Joplin y El asesino solitario), me dije: - este es mi hombre. Así que lo llamé y le dije: Elmer, hijo de puta, cabrón, no me conoces pero vamos a emborracharnos juntos y nos convertiremos en amigos. Ahora somos hermanos íntimos, hermanos de sangre. Elmer es un maestro.

¿Qué es El conde de Montecristo además de una novela?
- Es LA novela. Es que está todo ahí: la desesperanza, la traición, la lujuria...está todo. Es la novela perfecta. Si la lees con la humildad de un lector que quiere disfrutar una historia te das cuenta de que es la novela perfecta.

Si no tiene colegas en la literatura, ¿quiere decir que ha encontrado también un territorio comanche en esta profesión?
- No sé. Yo lo que sé es que cazo solo. No voy a mesas redondas, ni voy a cosas de esas. Estoy demasiado ocupado escribiendo como para ir a perder tiempo en esas gilipolleces...

Bueno, depende...
- ¿Depende de qué?

No todas las mesas redondas tratan de gilipolleces...
- Todas son una gilipollez. La narrativa del nuevo milenio es una gilipollez. No depende de nada. ¿A quién carajo le importa la narrativa del próximo milenio? A mí me interesa escribir mis historias y para eso no necesito amigos ni colegas.

¿Qué escritores de su generación le interesan: Martin Amis, Roberto Bolaño...?
- Martin Amis me interesó un poco en una época, pero ahora no. Roberto Bolaño no me interesa nada. A mí todos los escritores que me interesan están muertos...

Era de imaginar que iba a hacer un comentario de ese tipo.
- A ver, mira: Pynchon está vivo. Y me interesa muchísimo. V (N.d.R.; primera novela del americano Thomas Pynchon, publicada en 1963), me parece la mejor novela escrita en el siglo XX. Fíjate, gringo cabrón.

Y hablando un poco de este presunto boom de la literatura mexicana...
- Eso no existe.

El crack no hace boom para usted...
- Es que no hay tal crack. Hay dos o tres muy dignos escritores mexicanos que están publicando en Europa. Esa costumbre de poner a todo etiquetas...no sé...a mí me gustó En busca de Klingsor, (N.d.R.: primera novela de Jorge Volpi), pero tampoco me volvió loco, ¿eh?.

¿Opina como muchos de sus colegas que la literatura argentina, que en otro tiempo marcó escuela, no puede sacarse el fantasma de Borges?
- No me hagas preguntas académicas que no me interesan para nada. A mí me importa un carajo la literatura argentina. Me importa un carajo la literatura mexicana. Me interesan nombres puntuales que leo con mucho gusto y a otros que no leo jamás. Yo no veo lazos comunes entre la literatura mexicana, española o argentina. ¿Qué tiene que ver Osvaldo Soriano...? ¿Ves?, Osvaldo Soriano sí que me gustaba...

Era de imaginar que le iba a gustar: vendía mucho y era considerado un escritor menor por sus colegas.
- Yo lo llamaba por teléfono y siempre estaba cabreado porque lo ninguneaban..., ¿sabes?: no lo vi nunca, sólo lo conocí por teléfono. El día que terminé de leer A sus plantas rendido un león lo llamé, le dije: - Osvaldo de tus cojones, me encantó tu libro. Y él me contestó: Ay, Arturo, muchas gracias (imita la voz suave de Soriano)...; siempre estaba triste porque le negaban todo reconocimiento y valía más que todos los que lo criticaban.

¿Tuvo que abonar cierta pedantería para entrar en el mundo de la literatura cuando era ya mayor?
- Pero, ¿a qué mundo de la literatura te refieres? ¿Al mundo de las mesas redondas, de Bolaño? Yo nunca quise ser escritor ni entrar en ningún mundo. Pero es que no te lo crees. Mira, yo escribí una novela cuando tenía 35 años y luego me fui a una guerra. Cuando estaba en la guerra me llamaron para decirme que mi novela era un best seller, cosa que me puso muy contento. Y aquí estoy. No necesito nada. Hago lo que quiero y ya está.

¿Le hace ilusión que todas sus novelas terminen en películas?
- Mira, me voy a acercar más a ti. No es que te quiera seducir, pero no oigo nada...

Usted siempre está seduciendo, Arturo...
- (risas) ¿qué me preguntabas de las películas?

- ...
- Ah, sí...bueno, yo siempre me quedo afuera de las películas...no sé...
Hablando de la seducción, ¿le ha dado resultados mostrarse siempre tan abierto, tan simpático?
- Yo soy muy abierto. Soy un buen chico, siempre sonrío.
¿Hay una España actual, diferente? ¿Por qué los españoles leen tanto sus libros?
- Yo que sé...tengo lectores que me leen porque les cuento historias y después no sé nada más.
¿Tú no sabes por qué se leen mis libros?

Pero usted no es el reportero...no tiene que preguntar, tiene que responder...
- Bueno, es difícil explicar eso...no lo sé, sencillamente no lo sé.

2 comentarios:

Arthur Alan Gore dijo...

Siempre resulta educativo leer a un tipo como Pérez Reverte, sinceramente me desconcierta que odie tanto la profesipon, pero supongo que es porque apenas tengo 10 años como periodista. Ya veremos si a los 20 me sigue gustando.

maristain dijo...

Sí, querido Arturo. El periodismo es una enfermedad. Besotes.