martes, 1 de mayo de 2007

ENTREVISTA A RODRIGO FRESÁN




¿Le interesa Argentina como tema en su literatura?
No mucho; la verdad es que no me interesa hacer literatura con eso. No soy un escritor "comprometido". Nunca me vi así, por lo menos. Me interesa contar una historia y en las historias que estoy escribiendo, Argentina no aparece en lo absoluto. Y eso no es una decisión consciente o inconsciente, simplemente que hay historias que sólo pueden transcurrir en Argentina y hay otras que no pueden transcurrir nunca allí.

Sin embargo, es desde hace tiempo representante de la nueva generación de escritores argentinos.
Sí, aunque la movida esa de la nueva literatura argentina también alude a cuestiones editoriales y periodísticas que de repente surgen en un determinado momento y después te dejan petrificado para siempre. Yo todas las mañanas me levanto rogando porque aparezca una nueva generación de escritores argentinos que me permita escribir, despegarme de cierto rótulo.

De todas maneras, creo que ahora la que está surgiendo es una nueva generación de escritores mexicanos.
Sí, en México hay muchos. También lo que ocurre es que la figura del escritor mexicano es muy diferente a la del escritor argentino. En México, la imagen del escritor no está asociada a una cierta bohemia alternativa como puede ser en Argentina, sino que allí hay una carrera de escritor. Lo más seguro es que liga con lo diplomático...

Con el poder, ¿no?
Sí, una cosa que parece formidable, ¿no? Digo, hay escritores en el poder. A mí no me interesa la política, pero la verdad que en Argentina, el tema del intelectual siempre ligado a los gobiernos ha sido bastante lamentable, ¿no? Muy ineficaz, digamos, muy decorativo.

¿Qué opina del crack, ese movimiento de los nuevos escritores mexicanos, todos ellos amigos suyos?
Lo que ocurre con el "crack” es que ellos tomaron juntos una decisión para venderse como generación o como estética. A mí me sorprende un poco eso, porque me gusta estar solo y la literatura es una forma de soledad socialmente aceptada. Entonces a mí, escribir para juntarme con gente me parece una especie de contrasentido.

¿Qué dice de los escritores mexicanos que dicen de los escritores argentinos que viven mencionando a Borges y con eso se creen que se les abren todas las puertas?
Borges es un gran escritor, punto final, digamos. No me parece un mal mencionar a Borges.

Fuera de Argentina no se ha leído a autores que son también muy importantes, como Rodolfo Fogwill o César Aira, ¿verdad?
Bueno, en España ahora están pegando bastante, tanto Piglia, Fogwill y Aira. Hay como una especie de pequeña movida, un poco ligada con el tema de la crisis y, a pesar de la crisis, el arte. Es un poco molesto porque en Argentina siempre ha habido buenos escritores. Pero si la gente prefiere pensar que en Argentina siempre ha habido buenos futbolistas, está bien, también, pero no es nueva la idea de la calidad de la narrativa en Argentina. Siempre se escribió bien, me parece.

¿Qué escritores argentinos son de su predilección?
Me gusta mucho todo. No tengo grandes odios. No soy un escritor que se defina por las antipatías, ¿no? Fogwill me gusta muchísimo, por ejemplo. Es un escritor al que mi generación le debe muchísimo más como fundador de una nueva forma de hacer literatura argentina en la Argentina.

Dicen sus amigos que nadie lee más que usted, ¿cuándo empezó a leer tanto?
Desde que tengo memoria. Yo creo que desde que tengo memoria siempre supe que quería ser escritor. Nunca manejé dos vocaciones alternativas, como presidente, futbolista, corredor de Fórmula uno, bombero, médico. A mí no me llevaban a la plaza o me llevaban poco. Leía mucho. Mis padres se juntaron y se separaron entre ellos ocho veces. En la infancia me regalaban muchos libros, supongo que para distraerme y yo me la pasaba muy bien leyendo.

Usted nació en el 63 y siempre se habló de usted como de un escritor joven. ¿Se sigue sintiendo joven?
Yo me acuerdo, por ejemplo, de la época que me recordé a mí mismo diez años antes, era una persona completamente diferente. Y ahora me recuerdo diez años antes y soy una persona más o menos igual. Hay un momento un poco terrible que es cuando te empiezas a dar cuenta de que estás acumulando a tus espaldas cada vez más y probablemente tengas menos adelante. Pero es una ley de vida eso, ¿no? También yo creo que si no existieran ese tipo de inquietudes y de nerviosismos tal vez uno ni siquiera se sentaría a escribir. Cuando todo tipo de trabajo, de relación, de actitud, está siempre asignado por la amenaza de lo finito. Si uno viviera en una especie de limbo absoluto, no escribiría.

Me refería también a esta cosa de mirar para atrás y darse cuenta de esas cinco novelas importantes, de su significado, como una visión en torno al oficio de escribir.
Bueno eso es raro, sí. Cuando uno empieza a existir, a tener viudas paralelas que no controla, muchas veces llenas de imprecisiones tremendas y de hechos preconcebidos y de leyendas urbanas, que de repente viene alguien y te dice "No, porque una noche tú te tiraste del Empire State". Cómo me pude haber tirado del Empire State, no podría estar hablando aquí. Es mucha imaginación lo que te digo, pero sí empiezan a existir cosas un poco extrañas. También, en ese sentido, la profesión de escritor es mucho más higiénica que la de rockero, por ejemplo, el trabajo físico literario es muy sedentario, muy aburrido. No hay nada más aburrido que ver a alguien escribiendo, porque estás sentado en un escritorio moviendo las manitas. No hay ningún tipo de glamour ni de atractivo. Pero ves a un tipo encima de un escenario con millones de personas aplaudiéndole y por eso dices "qué bueno esto". Pero hay una zona de la literatura que por suerte sigue siendo un misterio, sino impenetrable, por lo menos muy íntimo.

Aunque usted tuvo unos minutos de fama al aparecer en esa escena de Martín Hache, de Adolfo Aristarain...
Es que en la escena en la que Cecilia tiene una sobredosis, Adolfo puso diálogos que había sacado de Esperanto, una de mis novelas anteriores. La idea era que yo ya estaba al fondo fuera de foco, sin hablar, y cuando llegué, Adolfo me dijo "Toma, apréndete estas líneas. , tienes que hacerlo, ya está todo armado". También aparecí con Alan Pauls en la película La sonámbula, con guión de Ricardo Piglia, hacemos de asesinos tipo “Matrix” y los dos le pegamos a una chica, pero son tonterías, no tiene nada que ver con la literatura.

Son cosas que no dan para hacer una carrera en el cine
(risas). No, claro que no. Además, participar en el cine es algo que uno hace sin pensar y luego te arrepientes, porque piensas que será divertido participar en una escena pequeña, pero cuando para esa escena te hacen esperar casi 20 horas y luego repetir la escena hasta la estupidez, créeme que deja de ser divertido.

Ya que hablamos de cine, ¿qué le pareció la película de su amigo Fito Páez, Vidas privadas?
Tiene climas como muy pesadillescos y la película me pareció muy interesante. No sé si era eso lo que quiso hacer Fito, pero yo me la pasé bien viéndola.

¿Cómo es estar casado con una mexicana?
Bueno, es tener conciencia de tiempos distintos. Yo soy porteño y para mí el tiempo es ahora, ya...Mi mujer, en cambio, como buena mexicana, puede decirte: - Ahorita, pero “ahorita” puede ser mañana o dentro de tres años. Para mi esposa el “luego, luego”, que es dentro de un rato, puede significar “inmediatamente.

¿Es realmente la infancia la única patria en su literatura?
Yo creo que sí, y la biblioteca, ¿no? Son como las dos patrias. Una que es como la patria biológica que es donde te criaste, donde hasta los 12 años, más o menos, se planta absolutamente todo tu imaginario y todo tu caudal de experiencia. Lo que viene después, y la biblioteca refrenda, alimenta, es el refinamiento y las variaciones de actitudes y formas adquiridas en la infancia y de las que resulta muy difícil desprenderte. De todas maneras, eso de que la infancia es mi única patria literaria es, como toda frase bonita, también muy extrema, ¿no?.

Lo que es evidente es que su estilo literario no tiene nada que ver, en todo caso, con el realismo mágico; esa no es su patria.
Yo no tengo problemas con el realismo mágico. Hay toda una gente de mi generación que escribe como en oposición o como queriendo desprenderse de la sombra terrible del boom, ¿no? Siempre digo que si yo alguna vez escribo algo que le llegue a los talones a Crónica de una muerte anunciada, caigo de rodillas. El problema con el realismo mágico son los subproductos que de él derivaron. Yo hago irrealismo lógico, que es como lo mismo pero invertido, ¿no? Digo que la diferencia entre mis personajes con los del realismo mágico es que los del realismo mágico vuelan y los míos se estrellan, que es como una actitud mucho más argentina, digamos; no explotar, sino estrellar. Pero no tengo problemas con eso, incluso muchos de mis libros están llenos de cosas si bien no fantásticas, por lo menos un poco separadas de la realidad.

¿Cómo ve a México en términos de realismo mágico?
A mí lo que me interesa básicamente de México no es el realismo mágico, sino que me parece que México es un lugar donde el realismo mágico limita con la ciencia ficción, me parece que hay una mezcla de cosas ahí. Yo recuerdo cuando era chico, la envidia que me daba México con el tema de recuerdos del futuro, los extraterrestres aztecas, y aparte que tenían monstruos propios, ¿no?, las momias de Guanajuato... Lo mexicano no es realismo mágico, es un estado superior, creo yo.

¿Está acostumbrado a que se diga de usted "Fresán como escritor es buen periodista y como periodista es buen escritor"?
Mi llegada al periodismo fue para pagar el piso, para pagar el alquiler. Yo nunca dije: - Cuando sea grande quiero ser periodista; yo dije: - "Cuando sea grande, quiero ser escritor". Me parece que el oficio más noble de todos los laterales a la literatura, es el periodismo. El periodismo, para mí, es como hacer ejercicios aeróbicos mientras me preparo para los Juegos Olímpicos, que es la literatura. El periodismo me ha ayudado en un montón de cosas formativas. Y sí, hay gente que piensa que soy un periodista que hace literatura y hay gente que piensa que soy un escritor que hace periodismo. De todas maneras, yo tuve la inmensa suerte de que en todos los trabajos fijos que tuve en periodismo, siempre me encontré con jefes que me dejaron hacer absolutamente lo que quería sin ponerme limitaciones de tipo dogmático o fundamentalista. Por lo pronto, escribo en Página 12, que es el único periódico en el mundo que tiene tantos escritores de ficción en sus filas. Es casi reprochable que haya tantos escritores de ficción en un diario, ¿no? Esas son de las cosas buenas que tiene la Argentina, vez un proyecto así en un país como Estados Unidos ni siquiera llegaría a discutirse.

Sus reseñas en el periódico son exquisitas...
Gracias. En ese sentido, cuando hago reseñas, mi posición es muy evangélica. Siempre trato de hablar de cosas que me gustan y me entusiasman. A mí, por ejemplo, en los suplementos culturales, con el poco espacio que hay, digamos, dedicar media página a destruir un libro, cuando puedes hablar bien de otro que te gustó mucho, me parece una pérdida de tiempo. No entiendo esa manera de reseñar y no la practico.

Usted fue uno de los primeros en hablar de Martin Amis
Sí, bueno, porque lo leí en inglés y además vivía en Barcelona, donde sus libros se habían presentado antes que en Buenos Aires. Amis me gusta mucho, me sigue gustando mucho, igual que Ian Mc Ewan, que los ingleses en general.

Se radicó en Barcelona, donde hay muchos colegas suyos.
Bueno, Barcelona tradicionalmente es una ciudad de escritores nómades, de gente que llega ahí; siempre fue como muy hospitalaria, sobre todo con los escritores latinoamericanos. La verdad es que a mí Barcelona me gusta mucho, porque tiene lo mejor de la vida de provincia y lo mejor de una ciudad cosmopolita. Es muy de puertas para adentro. En Madrid me pongo muy nervioso, es como estar adentro de una película de Almodóvar todo el tiempo. Barcelona es mucho más privada, no hay casas abiertas, no camina uno todo el tiempo con gente, no hay fiestas. Sólo hay como cinco o seis fiestas fijas al año y esas fiestas tienen que ver con los premios literarios.

Y maneja su carrera literaria desde Barcelona
Ahora tengo un agente, cosa que antes no tenía y, bien, es un lugar donde pasan cosas por ahí. Es un buen lugar donde estar, sobre todo cuando ya tienes una cierta cantidad de libros atrás. Todavía vivo románticamente, con la idea de poder dedicarme sólo a escribir. No he perdido contacto con Argentina, sigo escribiendo para Página 12, sigo escribiendo para la revista mexicana Letras libres. A mí me parece mejor sumar que no sumar.

¿Y cómo vive esa polémica renovada acerca de los que se fueron a propósito de la última crisis en Argentina y de los que se quedaron?
Respeto a todo el mundo, el debate me parece genial, pero yo no me engancho en nada. La verdad que es como una remake, como el mismo argumento cambiando un poco las figuritas y sí, ha sido la primera crisis que golpeó de lleno a mi generación. Antes la veía con un poco más de respeto y ahora que estuve en mayo presentando el libro y veía la cara de mis amigos y te das cuenta que hay un castigo ahí, tal vez mucho más injusto, porque mi generación ni siquiera tuvo la gran fiesta revolucionaria de "vamos cambiar el mundo". Nosotros tenemos lo peor de ambos mundos, ni la comimos ni la bebimos. Te puedo asegurar que nuestra generación no va a tener desaparecidos, pero va a tener una forma de desaparecidos.

Además, a usted no le gustan ni el fútbol ni el dulce de leche.
Es verdad. En ese sentido no soy muy argentino, puedo vivir sin la carne sin ningún tipo de problemas. De todas maneras, cuando voy a Argentina como carne, pero el dulce de leche no me interesa, el fútbol nunca me interesó. Incluso con el fútbol tengo problemas así muy puntuales o muy críticos a la hora de sentirlo como esa actividad en la que todos piensan del contrario: - Los vamos a reventar. Extraño a amigos, pero yo no digo "extraño a mis amigos argentinos", extraño a mis amigos, podrían ser lituanos, también.

¿Argentina no es el centro del mundo, entonces?
No. Dios tampoco es argentino.

¿Y Maradona?
Maradona es como El retrato de Dorian Gray. O sea, es como el símbolo perfecto de lo que le va ocurriendo al país. El gol con la mano, por ejemplo, me parece algo muy típico de la Argentina. En ese partido contra Inglaterra están los dos extremos que definen a mi país: por un lado el gol genial, absoluto, y por el otro, la trampa, la “viveza criolla”.
Ahí tienes los dos rostros del ser nacional: la trampa y la genialidad.

¿Qué escritores en lengua española le atraen?
Bueno, sin dudas, el chileno Roberto Bolaño. 2666 me encantó y, además, soy de releer mucho. Releo a Bioy Casares, me gusta Juan Marsé, me gusta Eduardo Mendoza. Son más los escritores que me gustan que los que no me gustan. Yo no soy como esa gente que necesita verificar y renovar su antipatía. Hay un momento de tu vida que tienes un olfato que todo el libro que agarras sabes que te va a gustar. Los libros malos se quedan como en una instancia muy, muy anterior. De los argentinos me gustan mucho Alan Pauls, César Aira, Guillermo Saccomano, Ricardo Piglia y seguro me estoy olvidando de muchos.

En eso de no criticar, tampoco parece argentino
Lo que pasa es que yo no tuve educación universitaria. Soy un analfabeto. La universidad te forma mucho, pero al mismo tiempo te implanta muchos odios y muchas antipatías de las que yo me vi librado siempre. La verdad es que el oficio de escritor es tan difícil, tan excesivo, tan dificultoso y tan mal remunerado que, encima, pelearme con mis amigos escritores, con los que se supone que tienen que ser mis colegas, me parece un poco estúpido.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Interesante entrevista, interesante entrevistado. Inteligentes comentarios de ambos lados. EMpate.
ººººººcintia

Anónimo dijo...

Y además debo reconocer que rodrigo fresán me encanta, aunque sea tan poco argentino como para no gustarle el fútbol, pero lo suficiente como para contestar con un aire de superioridad que rebate cualquier refutación.
Cintia

José Antonio Monterrosas Figueiras dijo...

Gracias por esa entrevista.

Abrazos

Christian Gaudi dijo...

La inteligencia de Rodrigo Fresán quedó aún más expuesta con las laxas preguntas de este entrevistador tonto.