viernes, 2 de enero de 2009

ALGUNAS TARJETAS QUE LLEGARON

















ENTREVISTA A CARLOS CUARÓN PARA MILENIO SEMANAL


Soy un novelista de closet

Películas que transformaron para siempre y para bien el rumbo del cine nacional: Sólo con tu pareja y …Y tu mamá también. A ambas las escribió un hombre nacido el 2 de octubre de 1966 llamado Carlos Cuarón, guionista de profesión y escritor vocacional.
Graduado de la UNAM en Lenguas Inglesas, alumno dilecto del Sundance Institute, el hermano menor de Alfonso, el laureado director de Harry Poter y Los niños del hombre, entre otras, también se ha revelado como dramaturgo con obras como Llantas contra el pavimento, Zapatos y alpargatas, Puro y natural y Coco Tuétano y la rebelión de las armas.
La palabra es lo suyo, tanto que desde que empezó a coquetear con “esa prostituta” (Cuarón dixit) llamada cine, comenzó también a familiarizarse con los premios en festivales internacionales de gran prestigio por caso el de Venecia, donde se alzó con el León de Plata al mejor guión por Y tu mamá también.
Carlos Cuarón es un hombre lleno de historias, un tipo consustanciado con su profesión de guionista, tal como lo demostró en una columna firmada por él mismo para la revista Letras Libres y en la que se dedicó a describir su oficio. “Para ser un buen guionista hay que saber conciliar con los colaboradores más importantes, sobre todo con el director. Hay que hacer a un lado el ego y ofrecerse con humildad. Un guionista es un escritor a prueba de balas.”, agregaba rotundo.
Hoy, ese hombre que en numerosas ocasiones e injustamente, ha sido llamado “el hermano”, enfrenta quizás la prueba más dura en su carrera cinematográfica al presentar la ópera prima Rudo y cursi, con Gael García Bernal y Diego Luna, cuyo guión también le pertenece a Carlos.
Fútbol y música dan colorido a la película producida por Cha Cha Cha Films, una flamante productora formada y dirigida por los cineastas Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu.

Tiene su estudio en una calle que se llama Colorines, esquina Árbol de fuego. La realidad tiene todo para un guionista.
Totalmente, de eso se trata. En Cuernavaca vivía en la esquina de Senda Misteriosa con Senda de la Meditación.

¿Le gusta que le digan “Carlos Cuarón, guionista u hombre de cine”?
Las dos están bien. Soy guionista, soy hombre de cine, me imagino que también soy hombre de letras, porque he escrito obras de teatro y he publicado algunos cuentos. No me importa, me considero cuentahistorias, porque finalmente es lo que hacen un guionista, un literato y un cineasta.

¿Cuál es la historia de contar historias?
Primero empezó mi pasión por la lectura, como a los 11 años. Sobre todo lecturas de humor blanco, Marco Antonio Almazán y Enrique Jardiel Poncela eran dos escritores de los que más leía. Fue muy importante para mí, a pesar de que esté considerada una sub–literatura, porque lo que me dieron esos libros fue el gusto a la lectura, podía leer y no aburrirme. Mi mamá me sentaba a leer Corazón, diario de un niño y me quedaba dormido, aburridísimo; de ahí, poco a poco, fui descubriendo a mis autores, inmediatamente cuando empecé a leer en tercero de secundaria cosas más serias, me enamoré y decidí que quería ser escritor a los 14 años. Tienen mucho que ver escritores como Tito Monterroso, Jorge Ibargüengoitia, el mismo Carlos Fuentes, por supuesto, García Márquez.


¿Cómo escribe los guiones de las películas que dirigirá su hermano?

Alfonso y yo tenemos un proceso de colaboración, que ya está muy hecho, porque son muchos años de trabajar juntos. Empezamos hace más de 20 años. A Alfonso, generalmente, le gusta pensar en un sofá o estirado en una hamaca y yo necesito un escritorio, entonces tomo nota y vamos platicándonos la historia, es como jugar ping-pong con las palabras.

¿Existe la nueva ola del cine mexicano?
No creo que haya una nueva ola, periódicamente se ha hablado del nuevo cine mexicano y del resurgimiento de éste y lo que pasa es muy sencillo, como desde hace mucho tiempo ha dependido el cine mexicano del subsidio estatal, cambia un sexenio viene un presidente con buenas intenciones, entonces va pa´arriba, se hace un montón de películas, a mitad del sexenio empiezan a bajar y al final ya no hay nada, a nadie le interesa nada, se acabó el cine nacional y la típica crisis.

¿Qué lo ha traído hasta aquí, cuál ha sido su vida, cuán absurda ha sido su comedia humana?
Si he de seguir las enseñanzas del Corán, ha sido un accidente afortunado tras otro, porque hasta los accidentes feos que causan dolor y sufrimiento, han sido finalmente para bien. El accidente fue que mi hermano estudiaba cine y que yo iba a cargarle los cables en sus ejercicios de la escuela y en el momento en el que necesitó que alguien le escribiera un guión volteó y me habló.

¿Cuántos hermanos son?
Somos cuatro. Alfonso y yo nos dedicamos al cine. Nuestro
hermano mayor es biólogo conservacionista especialista en primates y selva tropical y mi hermana, que está entre Alfonso y yo, es veterinaria.


Usted es un tipo raro porque terminó de leer el Ulises y sigue las enseñanzas del Corán.

No es que siga las enseñanzas del Corán, lo que sí sé es que parte de cómo se estructura la vida de los musulmanes es bajo la creencia de que todo es un accidente. Alfonso dice que cuando me invitó a colaborar con él yo tenía una novia que me quería muchísimo y que esa niña se llamaba Literatura, porque yo me dedicaba a escribir cuentos; entonces llegó él y me presentó a una puta que se llama Cine y que me encantó.


¿Está en deuda con algo que haya querido hacer?

No que quise hacer, porque nunca vivo en el pasado. No sólo creo, lo soy, lo he hecho, tengo obras de teatro que están producidas, que están publicadas; tengo cuentos publicados, soy básicamente un novelista de closet, pero han sido tantos años de represión que hoy estoy en una especie de “oye, expresa” a punto de estallar en ese sentido. Sí es cierto que tengo un lado reprimido, estudié Letras Inglesas, sé perfectamente que Joseph Conrad empezó a escribir a los 42, entonces no me preocupa, tengo la certeza desde los catorce años de que voy hacer varias novelas, no una.


¿Cómo ha sido crecer en el seno de la familia Cuarón?

Es mi normalidad. A todos nosotros nos parece muy normal la vida que hemos llevado y como hemos crecido, somos la típica familia mexicana de clase media, crecimos en los 70, 80.


¿En qué colonia vivía?

En nuestra primerísima infancia en la Roma, después nos mudamos a San Jerónimo. Mi padre era médico nuclear, se separó de mi madre cuando yo tenía cinco años y se divorciaron cuando yo tenía siete, somos hijos de divorciados. Por ser el más chico a mí me tocó una educación proporcionada por mi nana Libo. Mi madre tuvo que hacer un poco de padre proveedor. A mi papá lo veíamos una vez a la semana hasta que cumplí doce años y nos dejó de ver.

¿Fue algo trágico para usted?
No me gusta ver las tragedia en las cosas, prefiero verla en otros lados. A los trece años me parecía normal vivir con mi mamá y mi nana y no ver a mi papá.

¿De qué fue sacando partido para conquistar, para seducir?
El sentido del humor es algo que saqué como mecanismo de defensa y tiene que ver con ser el hijo más chico. No tenía como defenderme físicamente y encontré en el lenguaje mi única defensa. Llegaban a molestarme mis hermanos grandes y yo les soltaba ideas, recuerdo a Alfonso enojándose, poniéndose rojo porque yo sólo le decía: “Soy más grande que tú” y él me decía que era un idiota, que cómo podía ser, si me llevaba cinco años, entonces yo le decía que había nacido en octubre y él en noviembre y que por lo tanto yo era más grande que él, era perfectamente consciente de que le estaba diciendo una barrabasada, pero lo que estaba haciendo era sacarlo de quicio. Con mi familia, gané todas las guerras en forma verbal.

¿Sufrió mucho a causa de las chicas?

Pues, más o menos, recuerdo que en primero de primaria las niñas me seguían para pellizcarme o darme besos; prefería los pellizcos a los besos, creo que eso marcó mi relación con las mujeres (risas).

¿En la adolescencia se sentía ganador?
En la pubertad fui un chavito muy inseguro, me refugié en el estudio, durante uno o dos años de mi vida me volví un “matadito”. En esos dos años tuve alguna novia y no me fue bien con ella, obviamente, me volví muy introvertido, mi principal motivación en la vida era sacarme 10. Lo veo ahora y digo que “qué bueno que nomás fue un año”.

¿Después jugó al necesitado?

Siento que fue parte del desarrollo normal de un niño, era un púber, las niñas hacía tres años que habían crecido, ya tenían “chichis”, caderas. Mi novia de sexto año era una tabla, que dejé de ver en el verano, cuando regresamos a primero de secundaria, recuerdo que la vi y se me cayó la quijada (risas) y no me atreví a hablarle. Me refugié en el estudio porque era muy violento todo este mundo adolescente, de los típicos niños que entraban al baño y se la medían, a mí me sacaban de onda todas esas cosas.

¿De todos los universos posibles que giran a su alrededor cuáles le interesan?

A mí me llama la atención la vida, en general. Por supuesto, tengo mis pasiones muy personales.

No es del América.
No, puto el que le vaya al América, sí soy fanático del fútbol, no soy de los Pumas, todo el mundo cree que Alfonso y yo somos de los Pumas, pero Alfonso le va al Atlas; yo, al Cruz Azul.

¿Le pasa con el fútbol lo mismo que a Buñuel que si le preguntaba a alguien si tomaba vino y le contestaba que no, sentía cierto desencanto?

Un poco, lo que pasa es que cuando la gente me dice eso, por lo general, me burlo mucho.

¿El mexicano no va como perdiendo siempre las cosas?

Se necesita, por supuesto, una nueva mentalidad ganadora, pues hay una falta de conciencia del mexicano que puede hacer las cosas y de que puede ser exitoso y de que está a la misma altura que cualquier otro.

¿Es perredista?

No, me parece que todos los partidos políticos en este país son una porquería, sí soy un tipo de izquierda, pero el PRD no representa la izquierda.

¿Quiénes son sus favoritos entre los actores mexicanos?
Diego y Gael, son estrellas del mundo y son actorazos. Daniel Giménez Cacho es como el actor perfecto; Chucho Ochoa, Damián Alcázar es un camaleón y tiene una disciplina para el trabajo muy envidiable; Marco Pérez es otro actor joven que me fascina.

¿Qué guionistas le interesan?
Charlie Kaufman, Alan Boyle, Guillermo Arriaga, Richard Price…

¿Le interesan las historias mexicanas?
No me gusta adjetivar, a mí me interesa el cine, no el cine mexicano, me gusta la literatura, no la literatura mexicana.

ENTREVISTA A JORGE VOLPI PARA PERIÓDICO PERFIL, DE ARGENTINA


Para el escritor Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) lejos quedaron los tiempos del “Crack”, el movimiento literario que, sin ser en toda forma un tratado estético de la generación postboom, denunciaba la vulgarización de que había sido objeto, a fuerza de malas copias e imitaciones a mano alzada, el género literario que en Latinoamérica dio joyas como Cien años de soledad, del colombiano Gabriel García Márquez o Rayuela, del argentino Julio Cortázar, entre otros.
Defensores de lo que llamaron “novela total”, arraigados en lo que ellos mismos denominaron “literatura difícil y exigente”, Volpi, acompañado por sus congéneres y compatriotas Ignacio Padilla, Eloy Urroz, Pedro Ángel Palou, Ricardo Chávez-Castañeda y Vicente Herrasti, volvieron a plantear escenarios europeos, osados experimentos lingüísticos y narrativa no lineal para sus historias.
Corría 1994, ellos tenían menos de 30 años de edad y con buenas dosis de entusiasmo e irreverencia, supieron entonces conmover el anquilosado panorama literario de México, primero, y de Hispanoamérica después.
Cobraron fama y sus novelas comenzaron a ser leídas por propios y extraños, al punto de que hoy, muchos críticos y lectores destacan del “Crack” su eficaz fuerza marketinera, algo que ellos, como es obvio, se niegan a admitir.
Jorge Volpi acaba de cumplir 40 años. La edad lo encuentra activo, al frente del canal 22, el canal de la cultura del Estado mexicano, prolífico en la publicación periódica de ensayos y novelas, a la sazón coordinador general de lo que será el magno homenaje al último caudillo de las letras aztecas, Carlos Fuentes, con motivo de su ochenta cumpleaños.
Para él, que se ha mostrado solícito y amable en la respuesta a un largo cuestionario cuasi proustiano exclusivo para Perfil, la novela sigue siendo un elemento imprescindible para la humanidad.
“Al contrario de lo que piensa mi admirado Paul Auster, quien cuando recibió el premio Príncipe de Asturias dijo que amaba las novelas porque no servían para nada, creo que las novelas sirven para muchas cosas y que si no fuera así la especie humana no las habría creado y perfeccionado a lo largo de tanto tiempo”.
“Por un lado, las novelas nos permiten meternos en la piel de otros, que es algo prácticamente imposible más que con la ficción literaria; además, al formar parte de las decisiones y sentimientos de los personajes, nos permiten reforzar esa idea imaginaria pero esencial que es la idea de que todos los seres humanos somos iguales”, agrega.
El laureado autor de En busca de Klingsor, El fin de la locura y El temperamento melancólico, entre otros, ha dado a conocer en estos días sus última obras: Mentiras contagiosas, una mezcla de ensayo literario y ficción con textos que exploran los límites de la novela y plantean su supervivencia y El jardín devastado, una novela corta con tintes autobiográficos, en la que un joven intelectual (que podría ser Volpi) dialogo metafísicamente con una mujer perdida en el desierto iraquí.
“Frente a la plaga de novelas que nos invade es necesario batir una lanza por la novela compleja, aquella que no se rinde a la imitación, que desafía las convenciones, que busca superarse a sí misma”, afirma el ex agregado cultural de México en Francia.
“Si una novela es la repetición de ciertos arquetipos, una extensión larga, ciertos personajes reconocibles y mucho sexo, claro que es fácil escribirlas y claro que tendrán éxito inmediato. Lo que sucede es que una novela es, en realidad, un vehículo de conocimiento del ser humano a través del lenguaje y si no se entiende así de entrada, lo que se produce no son obras vivas sino muertas”, afirma rotundo.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS

¿Es intolerable el azar?
Al contrario, es fantástico que el universo sea imprevisible. No hay nada más aburrido que imaginar un Dios que ya lo sabe todo.

¿Qué novelas leería Darwin?

No sé si le interesaba la ficción ni al joven Darwin aventurero, que las vivía, ni al viejo que se sorprendía plácidamente de sus aventuras pasadas.

¿Toda tradición literaria se asienta sobre una guerra?

Las tradiciones se forman a partir del conflicto de unos textos contra otros, por supuesto. Pero es, justamente, una guerra creativa.

¿Cuál es la guerra que agita la tradición literaria mexicana?
La agitan sobre todo los caudillos, como en nuestra tradición política. Todavía es posible reconocer, en cualquier caso, a los antiguos nacionalistas reconvertidos en quienes no se cansan de atacar al “mercado” y los cosmopolitas, a los que sólo interesa lo anglosajón…

¿Hay vencedores vencidos?

Claro: Juan Rulfo. En su época, todo el mundo pensaba que el gran escritor mexicano, leído en todo el mundo, sería Paz. Y fue Rulfo.

¿Se siente usted compelido a escribir las memorias de la guerra?

Sí, diría que me gusta ser un corresponsal en la guerra literaria.

¿Le hubiera gustado vivir cuando la República mexicana de las letras tenía presidente?

Crecí en la época en que Paz lo dominaba todo. Un grandísimo escritor y también un gran caudillo.

En esta literatura sin jefes, ¿dónde está su lugar?
Justo en el no-lugar, en esa esfera con centros en todas partes.

¿Su revolución consiste en ser tradicionalista?

No me identifico ni con la revolución ni con la tradición.

¿Tanto fue el cántaro a Fuentes que al final se hizo homenaje?

Es la figura literaria más conocida de México en el mundo, era inevitable.

¿El advenimiento de los 40 años lo encontró más novelista que nunca?
Disfruto tanto el ensayo como la novela. Y más a los 40.

¿Tiene más sentido querer ser Cervantes que Quijote?

Nadie en la época de Cervantes hubiese querido identificarse con ese pobre diablo que era Don Quijote. El Romanticismo lo convirtió en un héroe quimérico.

¿Por eso usted estudió en la Universidad de Salamanca?

No, estudié en Salamanca porque ya estudiaba allí mi amigo Nacho Padilla.

¿Qué recuerda de su época de estudiante?
La marcha salmantina. El frío de Salamanca. Los paseos por la Plaza Mayor. Escribir En busca de Klingsor.

¿Terra Nostra sería la novela que usted escribiría si fuera Pierre Menard?

No, sería Doctor Faustus, de Thomas Mann.

¿Mentiras contagiosas es un ensayo donde lo que omite también construye una estética?
Los silencios son siempre significativos. El escritor que más me importa de América Latina, Jorge Luis Borges, justo es quien no está.

¿O habrá otros ensayos?

Eso espero. Ahora preparo uno largo sobre América Latina.

¿Escribiría sobre Juan José Arreola, por ejemplo?

Me gusta, pero no es mi favorito. Preferiría Inés Arredondo.

¿Escribiría sobre Elena Garro?
Insisto: Inés Arredondo.

¿Quién es el mejor escritor mexicano de todos los tiempos?
Sor Juana Inés de la Cruz.

¿Cuál es su autor imprescindible?

Thomas Mann.

¿En busca de Klingsor es su mejor obra?
No, creo que es No será la Tierra. (N.d.R.: Editada en 2006 por Alfaguara, cierra la trilogía sobre el siglo XX, que comenzó con la laureada En busca de Klingsor y siguió con El fin de la locura).

¿Cuál es su rutina como escritor?
Ahora escribo casi a diario, por las mañanas. Pero puedo pasar semanas sin escribir.

¿Escribe en computadora?
Depende. Mi novela reciente, El jardín devastado, la escribí a mano.

¿Corrige mucho?
Cada vez más.

¿Escribiendo es más feliz que leyendo?

Son felicidades distintas, complementarias.

¿Recuerda la emoción cuando tuvo en las manos su primer libro publicado?

Sí, pero vino acompañada de una decepción personal, así que me vacunó contra el fetichismo libresco.

¿Siempre supo que sería escritor?

En absoluto. Quise ser científico, historiador, psicoanalista, arquitecto… Decidí ser escritor a los 17 años.

¿La escritura es un oficio o una profesión?
Para mí es un placer. Un placer que a veces duele.

¿Quién lee la primera versión de sus libros?

Mis amigos: Eloy Urroz, Ignacio Padilla, Pedro Palou, Vicente Herrasti.

¿Es receptivo a las opiniones de sus amigos durante el proceso de escritura de un libro?

Practicamos una especie de democracia de la corrección. Si hay mayoría de críticas, el autor calla.

¿Ha cambiado algún título, estructura o algo de una obra ya diseñada por consejo de un amigo?
Infinita cantidad de veces. No creo en los textos perfectos.

Si el crack fue una acción de marketing literario, el balance es excelente, ¿no cree?
Pero no lo fue. Lo fundamos en 1994, cuando no teníamos ni agentes ni editores ni posibilidades claras de publicar.

¿Se junta a menudo con sus colegas del crack?

Todos juntos es cada vez más difícil, pero sí, muy seguido, con uno u otro.

¿Le preocupó alguna vez quedarse sin trabajo?

Sí, por eso estudié Derecho.

¿Cuáles son las ventajas de dirigir un canal de televisión?

Imaginar lo que uno verá en el futuro.

¿Y las desventajas?

La burocracia y la “grilla” omnipresentes en México.

¿Dudó mucho antes de aceptar el puesto en Canal 22?

Me dieron 24 horas para decidir.

¿Lo consultó con alguien?

Con toda la gente cercana. Y todos me dijeron que aceptara.

¿Cómo se describiría en función de jefe?
Soy siempre amable, me gusta el trabajo en equipo, casi nunca me exaspero.

¿Tiene personas de confianza en el canal?
Todo el cuerpo directivo tiene mi confianza, si no es muy difícil trabajar.

¿Hay más similitudes que diferencias o viceversa entre ser funcionario de la diplomacia que de la televisión estatal?
La intriga política es la misma, desafortunadamente.

¿Qué recuerda de su paso por Francia como diplomático?
Fue una gran experiencia. Sobre todo recuerdo el contacto con artistas plásticos mexicanos.

¿Qué fue lo más importante que hizo allí?

Ofrecer una mirada de México que no fuese la tradicional.

¿Nunca le han despertado inquietud los desempeños de los gobiernos para los que usted cumplió y cumple funciones?

Siempre me inquietan.

¿Siempre estuvo consciente de que sus elecciones profesionales le iban a aumentar significativamente su cuota de enemigos?
No, tardé en descubrir que tenía enemigos. Yo conscientemente nunca los he buscado. Y no queda más remedio que aprender a combatirlos.

¿Los enemigos que tiene merecen respeto o no valen nada?
Hay de ambos.

¿Qué aprendió de sus enemigos?

La vileza.

¿Y de sus amigos?
La lealtad.

¿Ha perdido amigos últimamente?

No, últimamente no, pero sí en el pasado.

¿Lo lamentó?
Muchísimo.

¿Tiene más enemigos que antes o no los cuenta?

No tengo idea.

¿Su padre es un gran lector (o fue) o un escritor frustrado?

No, un médico humanista que adoraba el arte y la lectura.

¿Hay un tipo de lector-Volpi?
No lo sé.

¿Qué cosas no pueden faltar en su estudio?
Música.

¿Nunca se ha visto tentado por el alcohol o las drogas?
Me encanta el vino y el tequila. Drogas, lo reconozco, nunca.

¿Siempre fue tan recatado y pulcro?
Soy mucho más desordenado de lo que aparento.

Los críticos dicen que su prosa es demasiado fría, ¿coincide?
Ojalá fuera así.

¿Usted es demasiado frío?

Temo que no.

¿En qué momentos del día escucha música?
Todos los que puedo. Me es indispensable.

¿Qué tipo de música le hace perder el sentido?

Bach, Beethoven, Schubert, Mahler…

¿Qué otras cosas de la vida le hacen perder el sentido?

Las mujeres.

¿Pierde a menudo el sentido o siempre es tan propio como parece?
Lo parezco.

¿En qué gasta el dinero?
En viajes, libros y CD’s.

¿Usted elige su ropa?

Temo que sí.

¿Usted ha decorado su casa?
Sí.

¿Tiene muchos libros?
Bastantes.

¿A algún libro le da más valor que otro?
Atesoro más mis discos.

¿Cómo es su madre?
Risueña, gentil.

¿Su infancia fue grata?
Grata, sí, y también atormentada.

¿Qué añora de su niñez?

La inconsciencia.

¿Cuál era su juguete favorito?
Coleccionaba (y todavía) robots.

¿Ha tenido buenos maestros?

Algunos espléndidos, por supuesto. Entre escritores, Hugo Hiriart.

¿Qué le diría de México a alguien que no conoce México?
Que destierre sus prejuicios y valore sus contradicciones.

¿Puede vivir en un lugar sin tacos, guacamole o mariachis?

He vivido 10 años fuera de México. Extraño la comida, pero claro que sobrevivo. Y, además, ahora uno encuentra tortillas en todas partes. Los mariachis, en cambio, no me interesan.

¿Qué cosas de su país ya no tienen arreglo?
Tantas oportunidades perdidas. La última, en el 2000.

¿Por qué cosas su país todavía debería tener esperanzas?

Por la energía individual.

¿Qué cosas de su país lo hacen sufrir?
La desigualdad. 5 por ciento de la población que acumula el 80 por ciento de la riqueza.

¿Qué cosas de su país lo hacen feliz?
La comida, el arte, la literatura, mi familia.

¿Ha sufrido por amor?

Varias veces.

¿Por odio?
Nunca.

¿Por envidia?
Brevemente.

¿Ha sentido sed en el desierto?
Y frío en la tundra.

¿Calor en la nieve?

Y escalofríos en la jungla.

¿Soledad en la multitud?

Siempre.

Entre la imaginación y la voluntad, ¿qué privilegia para escribir una novela?

Es la sutil combinación de ambas.

¿Alguna vez sintió que tanto esfuerzo no valió la pena?
Muchas veces. Tengo dos o tres novelas que, a más de cien páginas de iniciadas, terminaron la basura.

¿Va al cine solo?
Creo que una de las cosas que más he hecho en mi vida es ir al cine solo.

¿Frecuenta el teatro?

No tanto como quisiera, pero el tiempo es limitado y siempre prefiero un concierto.

¿La Ópera?
Siempre. Soy operómano feroz. Mi sueño sería escribir el libreto de una ópera.

¿Los conciertos de rock?
Sólo por error.

¿Tiene ídolos?
Mis padres.

¿Cree en Dios y en el Espíritu Santo?
Soy ateo militante.

¿En la Virgen de Guadalupe?
¿En quién?

¿En la llanura la fe también mueve montañas?
Fe es una palabra que detesto.

Si fuera nombrado Ministro de Educación, ¿cuál sería su primera medida?
Espero nunca serlo, pero intentaría reformar radicalmente lo que estudian los alumnos en la primaria. Hay que enseñar el placer del conocimiento y del arte y prepararlos verdaderamente para la vida cotidiana.

¿Y si fuera Ministro de Cultura?
Lo mismo.

¿Le gustaría dirigir Conaculta?

No.

¿Qué cosas no perdonará nunca?
La traición.

ENTREVISTA A ÁNGELES MASTRETTA PARA EL PERIÓDICO CRITICA DE ARGENTINA


Como ella misma dice en el blog Puerto libre, que lleva el nombre de su libro de ensayos publicado en 1993 y que ha comenzado a escribir hace apenas 15 días para el periódico español El País, Ángeles Mastretta (Puebla, 1949) está viviendo una gloria renovada. “Últimamente me ando sintiendo en la cresta del reconocimiento”, dice en su cuaderno de bitácora electrónico, la experiencia que cuestiona un poco Mercedes Casanova, la agente literaria de la autora de Arráncame la vida, a raíz del fervor con que Ángeles se ha dado a la tarea de escribir un texto diario y de jugar con la Internet, el espacio “que nos iguala y donde nadie me trata de usted”, según nos confiesa.
Su transcurrir en la cresta de la ola es fruto de la versión cinematográfica de Arráncame la vida, una película que gracias al protagónico del mexicano Daniel Giménez Cacho, mediante un trabajo para el que el afamado actor de La mala educación ha tenido que engordar 12 kilos, se ha constituido en un verdadero fenómeno de asistencia de público en México. Con casi dos millones de personas que la han visto desde su estreno, el 12 de septiembre, la cinta dirigida por Roberto Sneider encabeza la lista de películas mexicanas con mayor éxito de audiencia e ingresos de los últimos años.
La novela de Mastretta, cuya historia transcurre en 1932, fue publicada por primera vez en 1985 y hasta ahora ha sido traducida a 80 idiomas.
La saga de Catalina (que en la película interpreta la bellísima actriz Ana Claudia Talancón), la mujer que en su adolescencia profesa un amor sumiso por el general Andrés Ascencio, con quien se casa cuando ella apenas tiene 16 años y que luego se enamora de un joven y libertario director de orquesta, es ya un clásico de la literatura latinoamericana contemporánea.
La autora se mostró desde un inicio muy entusiasmada con el proyecto de llevar al cine su Arráncame la vida y de hecho colaboró con Sneider en la adaptación del guión. La película tuvo un costo de casi 7 millones de dólares, cifra por la que se constituyó en el filme más caro de la historia nacional. Por contrato “muy firmado” –como asegura Mastretta- la escritora se había comprometido a no entrometerse para nada en la elaboración de la película, pero el director parece haber cedido a sus encantos cuando, habituado a la presencia de la autora en los escenarios de filmación, comenzó a hacerle consulta tras consulta.
Hoy, Ángeles Mastretta puede decir sin sonrojarse que incluso hay escenas “como la de la relación sexual que Catalina, que está embarazada de Ascencio, tiene con un ex compañero de la escuela”, que se mantuvieron en la cinta definitiva gracias a su insistencia.
Va de suyo que la también autora de Mujeres de ojos grandes (1990), Mal de amores (1996) y Ninguna eternidad como la mía (1999), entre otros, está encantada con el éxito que ha tenido la película y vive con entusiasmo sus tareas de promoción en los círculos cinéfilos destinados a encarrilar la cinta rumbo al Oscar y al Globo de Oro.
Recientemente ha estado en Los Ángeles, en una función especial para la prensa extranjera, superando con estoicismo los contratiempos que conlleva ser sapo de otro pozo entre productores de filmes, periodistas especializados y hoteles que no proveen pantuflas. “Como tengo aires de princesa doy por hecho que en todos los hoteles hay zapatitos de toalla para andar descalza dentro de ellas en vez de pisando el tapete verde mugre que tenía mi cuarto. No había, pero perdí el tiempo preguntando por unos”, escribe en su blog.
Su Majestad Mastretta es, efectivamente, un miembro de la realeza azteca; el gran sacrificio de su madre, que fundó una escuela de baile para poder mantener a la familia cuando se quedó viuda a los 46 años y cinco hijos, le permitió seguir estudiando en los carísimos colegios privados donde también iban sus vecinos del barrio residencial que habitaba. Además, la escritora, que vende como pan caliente cualquiera de sus libros de ensayo o de reflexión sociológica a los que se viene dedicando últimamente, ocupa junto a su marido, el analista político y escritor Héctor Aguilar Camín, un sitio de privilegio entre los intelectuales mexicanos, gozando de una popularidad que no cede con el paso del tiempo.
Hay que decir también que la obra un tanto breve de Ángeles Mastretta y su afición a las historias melodramáticas, con orientaciones femeninas y un tanto folclóricas, le han retaceado un sitio confortable allí donde se cuece la alta literatura. Es poco probable que aparezca en las revistas de teoría literaria y mucho menos que algunos de los escritores de la nueva generación en México que alaban sin pudor a sus antecesores, por caso Carlos Fuentes o Sergio Pitol, la tengan en cuenta a la hora de justipreciar el corpus literario nacional.
Injustamente se la ha puesto en el grupo de las mujeres que escriben sobre agua y chocolate, en un paradigma de marketing que refiere tanto a la chilena Isabel Allende como a la mexicana Laura Esquivel o la muy menor también chilena Marcela Serrano. De todas ellas, es probable que Mastretta esté más cerca de la dominicana Julia Álvarez o de la colombiana Laura Restrepo, por el cuidado del lenguaje que dichas autoras profesan.
Ella, Ángeles, tan fina, hace como que no se entera de lo muy resistida que es en los círculos literarios “serios”. Al fin y al cabo, no le falta razón cuando apunta que son pocas las críticas publicadas en su contra (“más bien me ignoran”, admite) y que después de todo, sin que nadie se diera cuenta, un buen día del año 1997 México amaneció con la primera mujer en la historia en ganar el prestigioso premio literario Rómulo Gallegos. Era Mastretta, que había ganado contra todo pronóstico por su novela de 1996, Mal de amores.

Tarde de Ángeles

Estamos por hacer frente a lo que en México se llama “bomberazo”, es decir, una circunstancia azarosa que compele a una resolución inmediata. Es Ángeles al teléfono que pide disculpas por sus problemas “con las certezas” y pensar erróneamente que ya nos había avisado que la entrevista se llevaría a cabo “hoy, es decir, dentro de media hora”.
Por suerte Mastretta vive en una colonia accesible, la San Miguel de Chapultepec, a poca distancia de donde el martes, a la misma hora en que se empezaban a recibir los primeros resultados de las trascendentes elecciones estadounidenses, caía un jet que llevaba a bordo al secretario de gobernación Juan Camilo Mouriño, el segundo hombre más poderoso del país luego del presidente y al número uno de la lucha contra el narcotráfico, Santiago Vasconcelos.
“Todo esto es tan raro, ¿escuchaste el discurso del presidente? Eso de que hay que investigar hasta las últimas consecuencias. ¿Qué quiso decir?”, pregunta sin esperar respuesta.
Es una mujer diminuta y agraciada. Va a cumplir 60 años y parece de 45. Muy delgada y vivaz, se pasea nerviosa por los interiores de una enorme mansión con parque, jardines, escaleras de madera clara y amplios ventanales. La inminente llegada del fotógrafo la ha puesto en pie de guerra frente a su propia imagen. En media hora hay que resolver todo: la entrevista, las fotografías, el maquillaje. Ante la sugerencia de que vistiera un hermoso saco pintado a mano diseñado por el modisto Armando Mafud, famoso por incorporar las tradiciones mexicanas a sus prendas, Ángeles se preocupa por la luz del día. “Es que ese saco es de noche y si me sacan en el jardín con un traje de noche, voy a parecer una loca”, se disculpa.
De pronto desaparece.
Su estudio tiene el tamaño de un departamento con dos recámaras, no hay un orden obsesivo, pero lucen los objetos hermosos: un cuadro, un papelero de plata, una colección de piedras redondas de ónix provenientes de Puebla, la computadora ultramoderna de pantalla líquida…
Cuando la autora entra en escena nuevamente, luce perfectamente maquillada. “Ya está, lo más importante es el maquillaje. Luego vemos lo de la ropa”, dice. Inquieta y espontánea, el luego es “ahorita” y desaparece otra vez entre sus closets, de donde elige un traje blanco de estilo oriental al que le adosa un chal con tonos lilas y verdes. Ángeles sigue al fotógrafo rumbo al jardín y posa con experiencia y seriedad. No quiere reírse mucho, “porque no quiero parecer una loca”, insiste.
Tiene miedo del frío en este invierno adelantado que padece México, pero acepta cambiarse y hacer las fotos con el saco de Mafud. “Sí, es una belleza”, concede encantada. En una de las salas, sus hijos veinteañeros Catalina y Mateo conversan con unos amigos. “Que ellos anden por aquí me inhibe un poco para las fotos. Nunca quise darme importancia con los amigos de mis hijos”, pregona.
Antes de encender el grabador, suena el teléfono. Es el esposo. “Fíjate, me llama para decirme que después me va a llamar. Ay, los maridos, qué cosa rara, ¿no?”, dice ella que de maridos sabe un rato; al fin y al cabo, a los esposos les dedicó su último libro, un compilado de historias de parejas en donde afirma que “los maridos son un estado de ánimo”.
Comienza la entrevista, que duró casi dos horas de las tres que estuvimos en su casa.

- Dice Andrés Calamaro que al rock le dio la vida, ¿usted le dio la vida a la literatura?
- No. La literatura me da vida a mí. La vida se la doy a las personas que quiero y para eso necesito el alimento que me da la literatura.
- ¿La vida familiar pudo ser compatible fácilmente con la vida literaria?
- Sí, yo tuve esa fortuna. Los niños iban al colegio y yo escribía y además vivo con un hombre excepcional que también escribe. Los dos somos escritores y crecimos juntos, literariamente hablando.
- Parece funcionar bien la pareja de escritores…hay muchos casos.
- Seguramente por el otro pasa parte de lo que uno escribe, sin lugar a dudas. Nosotros no leemos nuestros respectivos libros mientras los estamos escribiendo, sino que los leemos cuando los tenemos terminados. Nos vamos contando las historias, eso sí. Es parte de la diversión.
- ¿Ese hombre excepcional del que usted habla es también para usted un gran analista político, un buen escritor?
- Es todo eso y también la neurosis propia de ser todo eso. Es un gran escritor, tiene una mirada excepcional para ver el mundo y para analizarlo, lo cual es muy difícil. Yo tengo una buena mirada para ver, pero no tengo ningún interés en hacer análisis políticos. Los hago mientras voy escribiendo, casi te diría que se hacen solos. Si fulano es un perverso y se para chueco, quizás con eso esté haciendo una teoría política en torno a uno de mis personajes, pero esa capacidad de síntesis que tiene Héctor para decir tres frases y concebir dar toda una idea es excepcional. Y cuando digo excepcional, quiero decir que no hay nadie que yo conozca que pueda hacerlo tan bien como él.
- ¿Coincide siempre con sus apreciaciones políticas?
- Con las que publica sí. Las otras se arreglan en casa.
- ¿Vivir en México ha sido difícil precisamente por ser Héctor un escritor dedicado a la política?
- No podríamos vivir en otra parte así que ni se nos ha ocurrido pensar en qué tan difícil es. Héctor es muy de ciudad, lo suyo no es el campo ni el mar. Y es muy de México. Entonces, ¿dónde va a vivir? No le queda otro remedio que vivir en el ombligo del país. Yo nací en Puebla y qué bueno que no que me quedé porque el de allá es un mundo que cerca mucho, es muy avasallador y silencia. El universo público, político, sigue siendo como el de Arráncame la vida. Hay una parte en que la gente está mermada por vivir allí. Mi hermana vive en Puebla porque es muy valiente, se dedica a la ecología y está enfrentada al gobernador.
- Para colmo los últimos acontecimientos políticos en Puebla han dificultado aún más las cosas…(N.d.R.El gobernador poblano, Mario Marín, fue protagonista de un escándalo cuando mandó a apresar y a torturar a una periodista que investiga abusos de menores por parte de poderosos empresarios)
- Sí, además, ¿cuáles son los últimos acontecimientos políticos en Puebla? Siempre hay uno nuevo.
- Así y todo, ¿qué encuentra cada vez que regresa a Puebla?
- Ay, tú no te das una idea de lo mucho que gozo cada vez que voy. El campo es hermoso, ¿viste las escenas campestres de la película? Así es Puebla. Los volcanes, las flores, mi hermana vive por ahí y ese es mi horizonte en Puebla. Casi ni voy a la ciudad. El centro de la ciudad, donde está filmada la historia, también es muy bonito, pero hay otros espacios horrendos, donde te da vergüenza estar.
- Contra todo consejo de otros escritores, se metió de todos modos en el desarrollo de la película…
- Sí, contra todo consejo. Es más, a mí me pidieron que firmara un contrato donde me comprometía a no intervenir para nada en la filmación de Arráncame…, pero soy muy curiosa y el director Roberto Sneider es muy generoso, así que hicimos una buena mezcla. Él comenzó a preguntarme, yo a contestar, y sin darme cuenta estaba prendidísima de la historia y no quería dejarla. Finalmente, he tenido que aceptar que es su historia. La disfruto muchísimo, pero como siempre pasa en estos casos, hay cosas que no hubiera filmado y otras que sí y viceversa. Sin embargo, no le quitaría nada, al contrario, le pondría un poco más.
- ¿Tal vez algo más de contexto histórico que se narra en la novela, pero que está diluido en la película?
- No, a mí el contexto histórico no me importa tanto. No se puede dar más del que ya se dio en lo que dura el filme. Lo que hace falta es contar la historia de ella, que es lo central. Tal vez me hubiera gustado que el enamoramiento fuera más intenso y el desamor más dramático, a eso habría que haberle dado más tiempo.
- Entre los dos hombres, las mujeres se quedan con el militar Ascencio…
- Mi hija también piensa eso. Claro que el Ascencio de la película es un encanto…aunque el de la novela también, ¿no? Bueno, como fuere, yo no lo quise hacer tan encantador y hay muchos lectores que no lo ven tan encantador. La historia transcurre en Puebla en la época en que gobernaba Maximino Ávila Camacho, el hermano de quien luego fuera presidente de México. Hay bastantes rasgos comunes entre Ascencio y este político poblano.
- ¿Cuál será el secreto de Arráncame la vida, ese que le hizo vender más de un millón de copias; será el tratamiento de la sexualidad femenina?
- Bueno, ese creo yo es uno de los secretos porque le gusta mucho a las chicas jóvenes, ese descubrimiento de la sexualidad femenina. Aunque he de decirte que se me han acercado mujeres de 30 años para decirme que gracias al libro descubrieron cosas de su propia sexualidad. Imagínate. Otros secretos los desconozco, porque sino haría un libro así por año y sería millonaria.
- ¿Y el secreto de su popularidad? Cada vez que va a la Feria del Libro de Guadalajara, sus libros se agotan en el día…
- Qué increíble, ¿no? El año pasado fui con Maridos, que no es una novela, pero se vendió íntegro. No sé, yo siempre tengo un miedo espantoso. Ahora con este blogcito que estoy escribiendo, me lleno de horror. Escribo cinco líneas y las borro, soy muy insegura.
- Acaba de cumplir los 80 Carlos Fuentes…
- Ah, ese sí es muy seguro de sí mismo, ¿ves? (risas)
- ¿Usted es su amiga?
- Sí, vivo el homenaje que se le está haciendo, con cariño. Él es un auténtico caudillo de nuestra literatura, sé que no le gustaría que se lo dijéramos, pero lo es. Creo que él representa un último modo de ser en nuestra literatura, no quiero decir que no aparezca alguien que sea tan querido como él, pero…
- ¿Se ha terminado el tiempo en que la literatura mexicana necesitaba un presidente?
- Exacto, hay muchas variantes, conviven escritores de todas las edades, hay nuevos géneros.
- ¿Con quiénes comparte sus miedos literarios?
- Una de mis grandes lectoras entre los escritores mexicanos es María Luisa Mendoza, “La China”, que es más o menos de la edad de Carlos Fuentes. Con ella tengo una excelente comunicación literaria, tenemos gustos muy parecidos, la conocí de muy chica cuando fui a hacerle una entrevista con avidez. Luego soy muy amiga de todos los escritores que están en la revista Nexos, los Pérez Gay, ese extraordinario personaje que es Luis González de Alba, tan buen escritor y tan delicioso como persona…en fin, creo que todos los escritores en México nos llevamos bastante bien. Luego pasa que vivir en esta ciudad tan grande, tan tremenda, te impide ver a gente que vive en la otra punta. A veces me pregunto, ¿por qué no veo más seguido a Elena (Poniatowska)? Claro, cómo la voy a ver a menudo si ella vive en el sur…
- Claro, Chimalistac es otra ciudad en el Distrito Federal…
- (risas) Sí, eso es el sur sur…
- ¿Hubo otro México mejor que este?
- No lo sé y no me importa mucho. El México que me interesa es el de mis hijos, el de ahora. Te voy a decir: el México de ahora es mejor que el de antes. Es más sucio, está superpoblado, abunda el mal y el mal se expresa en sus manifestaciones más bárbaras, pero así y todo es mejor.
- ¿Por qué?
- Porque lo podemos decir. Antes, cuando emitías una opinión acerca de cualquier político o situación política, corrías peligro, te encarcelaban o directamente te mataban. Esta sola circunstancia hace que vivamos en un México mejor.
- En un México también más desilusionado, porque el cambio del PRI al PAN en el 2000, luego de 71 años de lo que Vargas Llosa llamó la “dictadura perfecta”, fue un fiasco…
- Ah, no. Yo no me desilusioné. Nunca creí en Vicente Fox y siempre supe que era el baboso (imbécil) que demostró ser. Nada me da más gusto y me siento muy sabionda por eso. Nadie en mi familia me apoyaba, mira esa foto de mi madre, que participó en las elecciones del cambio cuidando las urnas; para ella que había sufrido al PRI durante toda su vida, Fox era la solución. Por suerte vivió para darse cuenta de que no era ninguna solución. Claro que no voy a negar que el solo hecho de que dejara de gobernar el PRI resultó una alegría para muchos mexicanos.
- Ahora, no es para reírse, pero siempre se las arreglan los mexicanos para generar noticias que tapan a las noticias por las que se interesa el mundo…
- ¿Qué te parece? Es verdad, el martes la noticia mundial era Obama y todos estábamos prendidos a la televisión, cuando de pronto se cae el avión que llevaba al Secretario de Gobernación. Lo que pasó es una tragedia y se mezcló con la alegría que nos dio el hecho de que Obama ganara las elecciones en los Estados Unidos. Qué te puedo decir, es muy raro, espero fervientemente que haya sido un accidente, pero tal como están las cosas en México, es muy sospechoso y es terrible, que perdiera la vida un político tan joven, padre de tres niños pequeños…en fin, es horroroso.
- Acaba de morir su madre, ¿cómo era ella?
- Tuve una madre muy presente, muy vital y muy generosa, que acaba de morir. Se fue muriendo poco a poco durante un año y se murió muy a su pesar. Tenía 83 años y estaba perfecta. Caminaba un kilómetro por día, se cuidaba mucho y pensábamos que iba a vivir por lo menos hasta los 90, los 94. La muerte es algo violento para mí. Soy súper agnóstica, será por eso. La muerte de mi madre, aunque haya sido una viejita, me enfurece. La muerte no es natural, es un acto de violencia. Todo el mundo sabe que se va a morir, pero todo el mundo vive como si fuera eterno, porque de otro modo no se podría vivir. No me conforma con que algunos me digan que mi madre se fue al cielo. Qué lindo sería eso, que yo pudiera mirar al cielo y decirle: - Mamá, mira qué bien me fue con la película, pero no es así. Ella estará en el cielo, pero yo tengo una cita acá en la tierra. (Se pone a llorar con desconsuelo).

Los libros que vienen

Tiene razones Mercedes Casanova, la agente literaria de Ángeles Mastretta, para estar intranquila. La autora se ha abocado tanto a la escritura de su blog, que ha dejado parados los dos libros que tiene en preparación. “Encima por lo del blog no gano nada, lo hago gratis. Pierdo un dineral cada día, Mercedes me va a matar”, comenta Ángeles entre risas.
Entre los libros que vienen, está la contracara de Maridos, relatada por el personaje femenino de ese libro de historias de parejas, Julia Corzas. “Julia Corzas tuvo varios maridos, el primero: su abuelo; el segundo, su padre, el tercero, fantasma y con el cuarto se casó” rezan las primeras líneas. “Eso es todo lo que escribí hasta ahora”, dice Mastretta como alumna a punto de explicar por qué no hizo la tarea.
El otro libro buscará contar la historia de sus padres. El hecho fantástico de que en la casa familiar de Puebla ahora haya dos urnas con las cenizas de su madre, que acaba de morir, y con las de su padre, muerto hace 40 años y recientemente exhumado.

El affaire Bolaño

“Y aprovecho este paréntesis para agradecerle una vez más al jurado esta distinción, especialmente a Ángeles Mastretta”, dijo el chileno Roberto Bolaño (1953/2003) cuando recibió en 1999 el premio Rómulo Gallegos. La escritora mexicana fue la única en el jurado que había votado en contra de Los Detectives Salvajes, la gran novela latinoamericana de la contemporaneidad. La ironía de Bolaño fue la enunciación de una estética que los enfrentó sin que la autora de Arráncame la vida, que no conocía la obra del escritor chileno, tuviera una participación activa. Más bien era Bolaño el que la llamaba “escribidora”, con notable desprecio. Hoy, a casi 10 años de aquel acontecimiento, Mastretta afirma que “no haber votado por Los detectives salvajes fue un error que pagaré toda mi vida. Qué suerte que ahora lo pueda decir, porque la verdad es que nunca me lo habían preguntado. Sí, yo voté en contra de Bolaño y me equivoqué drásticamente. Es cierto que me gustaba mucho más la novela de Eliseo Alberto, Caracol Beach, al menos lo entendía yo más, pero ahora que Bolaño es un autor de culto y que yo lo he ido poco a poco descifrando, puedo decir que lo respeto, aunque su literatura no sea de las del tipo que a me apasiona”.
“Nunca más vuelvo a votar en contra de todo un jurado, esa tarde perdí mi integridad. La verdad es que entre los fans de Bolaño yo no tengo muchos fans, no me voy a afligir por eso. Más me ha valido entender quién es Bolaño y volverme fan suya”, concluye Ángeles Mastretta.

viernes, 24 de octubre de 2008

EL ODIO INÚTIL


Dicen que las ideas geniales surgen debajo de la regadera. Debo de estar teniendo problemas con la ducha que uso en mi casa rentada o el agua, de plano, está viniendo tan contaminada que sus efectos devastadores llegan a la raíz del cerebelo (del mío). Todos mis pensamientos cuando la espuma y el vapor caen rendidos a mis pies son obsesivos. Nada de Eureka con olor a Palmolive, ninguna fórmula mágica, jamás una lógica ajedrecística e implacable. Mucho menos cantar, como manda el tópico, lo que en cierto modo es ganancia.
Cumpliendo con mi rutina higiénica, en uno de estos días nublados y poco apacibles que dan sentido a la rutina en la capital más convulsionada del mundo (del mundo mío), se deslizó la pastilla de jabón a la tina como resultado de una física insoslayable cual es la modificación del espacio cuando acontece un dilema.
Vamos a ver, ¿qué nos pasa cuando alguien nos hace daño, nos traiciona, nos deja tirados en un pozo sin una cuerda a mano para poder saltar a tierra plana?
Los tratados de psicología, las amigas del té de las 5 y las suegras, siempre aconsejan en estos casos: no guardar rencor, aprender a perdonar y trabajar como obrera africana para construir una estrategia del olvido, del dejar pasar agua, del no fijarse en esos sentimientos parecidos al odio, a la ira, a la sed de venganza.
Como arma de defensa, he de decir que me resulta a todas luces voluntarista y absurda. No sé si serán las bacterias del líquido elemento las que me llevan a pensar así, pero ¿no es una herida doble el que te lastimen y luego tener que abocarte a una tarea inconmensurable y franciscana para no acumular impulsos pérfidos o no hacer caso a ese primer estado del corazón sangrante, cuando sólo quieres matar a quien te ha hecho daño?
Hay una vikinga en mí, un ser que parece haber vivido en tiempos cavernícolas, cuando la justicia se ejercía por garrote propio. Jamás me escucharán decir las odiosas frases de rigor (odio las frases de rigor, el café liviano y la palabra fashionista, ya que estamos lo digo) tipo “el transcurrir de la vida pone a las cosas y a las personas en su lugar”, “no vale la pena guardar rencor”, “el odio se hace tumor y es mal negocio”.
Uy, debo cambiar de marca de jabón o comenzar a bañarme con Perrier o Evian, puesto que abominar de las oraciones comunes no puede manchar mi alma con esos placeres efímeros de la revancha. Es el calentamiento global lo que convierte al agua potable en veneno en la piel, ya lo advertía Al Gore.
Decía el amado escritor chileno Roberto Bolaño: “Aunque suene un poco pretencioso, nunca he odiado a nadie. Al menos estoy seguro de ser incapaz de un odio sostenido. Y si el odio no es sostenido, no es odio, ¿no?”.
Yes, así son las cosas cuando de personas nobles se trata. El asunto puede dirimirse con un ejemplo físico: imagínense quedar escupiendo espuma y sangre sobre la banqueta a causa de alguna agresión inesperada e injusta como son casi todas las agresiones en nuestra atribulada existencia. ¿Qué pasaría si en lugar de buscar auxilio en la enfermería más cercana nos mantuviéramos firmes en la lamentación y en el resentimiento?
Va de suyo: que no se nos gangrene el alma. Y como decía mi abuelita: - que con su pan se lo coman.
Eso sí, a partir de ahora comenzaré a cantar debajo de la regadera y que los vecinos se compren tapones para los oídos. No digan que no avisé.

martes, 30 de septiembre de 2008

ANDRÉS CALAMARO: NO HA LUGAR


Quién sabe si Andrés Calamaro (Buenos Aires, 22 de agosto de 1961) quiso a lo largo de su vida convertirse en un filósofo, pero su vastísima discografía (aproximadamente unos 30 discos sin contar las múltiples colaboraciones en discos de otros artistas) es firme espejo evolutivo de un pensamiento en torno a las cosas que más suelen importarnos a los habitantes de esta parte del mundo: la latinidad, el argentinismo, Maradona, las drogas y la libertad.
Sobre todo, encima de todo, la libertad. Libre para ser un pez que nada contra corriente, es verdad (certificado de ello son sus 5 discos El salmón), pero libre también para arrastrar, en ese nado sincopado, demencial a veces y de nivel olímpico otras, todas y cada una de sus cadenas.
Como aquel que se fugara con la soga al cuello o con la pesa en el tobillo, jamás ha salido por la boca del túnel sin cargar, con las manos ensangrentadas, los ojos tiesos o el andar tembloroso, los baúles de su propia historia, los souvenires de sus personas amadas, las memorabilias de aquellos que lo hicieron “rockero, ricotero y rioplatense”, como canta, casi a capella, en “El palacio de las flores”.
Es probable que Calamaro nunca se propusiera ser un periodista, pero sus largas brazadas en el mar de excrementos donde suelen germinar las flores de un país como Argentina han dejado frases memorables que identifican con una claridad lacerante el momento social y político de su país de origen. “Mucho traje de fajina / pero sobra cocaína” fue la descripción irrefutable y precisa del fin del menemismo y el auge del duhaldismo, que tarde o temprano iba a reemplazarlo mediante la fuerza armada de la tenebrosa policía bonaerense. “No pienso estar en enero en Pinamar / no me gusta cagar en el mar” es el paisaje desolado y hondo del decadentismo menemista, por el gobierno de Carlos Saúl, que dejó sumida a Argentina en una profunda crisis económica y social.
De sociedad, él, el honesto brutal, también conoce y aunque nunca pasó por la universidad para hacerse sociólogo, en “Vigilante medio argentino”, la imprescindible canción de El salmón, delinea como nadie el claro perímetro del clasemediero nacional, una categoría casi racial que en el país sudamericano ha definido, para bien y para mal, el desarrollo de la historia.
Como en Memoria del miedo, del periodista argentino e inglés Andrew Graham Yooll, Calamaro ha sabido también – y tan bien- transmitir el perfume de los días negros de la cruenta dictadura militar, en medio de cuyo clima de terror él fue niño primero y adolescente después.
“Mucho Matute de gorra en la calle / mucho no señor, sí señor”, canta sin pretensión épica en “El palacio de las flores”, evocando el perfume de aquellos cotidianos pasares por enfrente de las sedes policiales, cuando Argentina toda era un puesto militar activo y al acecho. Hijo de Malvinas, en “Vietnam” (Nuestro Vietnam) aclara muy bien que no perdonará a los impulsores de aquella absurda tragedia bélica.
No sabemos si el creador de “Mil horas” y “Sin gamulán” pretendió alguna vez ser un artista pop, pero muchas veces sus temas estuvieron en la punta del hit parade y a la hora de contar los billetes, innúmeras cajas registradoras de la multinacional Warner tocaron una sinfonía en honor de sus canciones.
¿Habrá intentado la poesía? Sus temas “Media verónica” o “Sin documentos” , entre tantos otros, poseen altura lírica y en aquello de vivir lo que se escribe, ha dejado alma y cuerpo, con voluntad maiakovskiana (por Vladimir, el gran poeta ruso) en muchos de sus versos. No es poca verdad: los afiliados a su club adivinan las gotitas de sangre , las lágrimas doradas, los gritos sordos, los zapatos de hormigón y las tristes sombras entre los pliegues de sus melodías.
¿Cinceló entre el dolor y la gloria esa indómita coherencia de las contradicciones? Sólo las bestias y los generales no dudan y dicen lo mismo siempre (también los maestros y los mediocres). La inteligencia práctica, que es aquella que nos permite tener diferentes opiniones sobre un mismo tema (la negación simultánea o la afirmación sin soberbia) le ha permitido al niño que no le “interesaba la pelota”, construir involuntariamente sagrados himnos de tablón futbolero, al tiempo que homenajear en una canción ya clásica a su gran amigo Diego Maradona. Calamaro ha grabado también “Estadio azteca” (especie de basílica para los argentinos que disfrutaron allí de la obtención del campeonato mundial de fútbol en 1986), con letra de su amigo Marcelo Scornik y ha sido y parece ser todavía, el crítico más feroz de esa cultura de la camiseta que envuelve a la mayoría de los nacidos en su suelo. En la entrevista otorgada a la revista mexicana DIA SIETE a principios de julio de este año, afirmó en forma tajante que los argentinos “no somos un pueblo responsable y tenemos el espíritu patriótico definido por el fútbol.”
Cuando decía que quería llegar delgado a Tacuarentown (ahora dice que había que llegar vivo a la cuarentena), Calamaro era frívolo. Y cuando hacía rimar el florero con el cenicero, Calamaro era provocador. Cuando canta sus canciones en ritmo de bailanta (algo así como la música grupera), Calamaro es divertido.
El buen humor es una virtud un tanto ausente en su carácter. Para decirlo en buen romance: se relaja poco y su atribulada pasión guerrera hace nido en todas las batallas, en todas las peleas. Tanto así que a veces no sorprende verlo como el Ironman de Robert Downey Junior: sin guantes de boxeo, enfrentando al monstruo, en el medio del ring.
Quizás esta persistente actitud de gallo cocorito, de culo apretado y mentón al frente, se le vaya disolviendo con el transcurrir del tiempo (al fin y al cabo, es la estupidez el único mal que la edad no cura), pero hay que decir en su descargo que no le ha resultado fácil transmitir su discurso en medio de las hordas opinantes que quisieron aturdir el fluir de su obra.
Por lo pronto, Andrés Calamaro nunca ha sido venerado en su país natal, donde estuvo siempre demasiado comprometido con la actualidad, lo que le impidió calzar esa aura misteriosa con que artistas de diferente temperamento han sabido escabullirse del mundanal ruido. Es artista de potrero, de eso no hay dudas, un callejero que toca el timbre y sale corriendo, el típico marranito que levanta la falda a las muchachas y luego pone cara de “yo no fui”, ejercitante saboteador de museos y fiestas patrias, niño que se sube a la azotea con sus compañeros dispuesto a dirigir las maniobras de la travesura próxima. Con esas cualidades no se construye una leyenda, está clarísimo. Acaso se combate, con armas prodigiosas, el monstruo invencible del aburrimiento.
Ni los muchos que a lo largo de estos años lo han seguido con fervor futbolero ni aquellos que lo han despedazado a mansalva (seguramente por haberse quedado con los favores de todas las ninfas del condado), supieron justipreciar su obra vasta y necesaria.
Incluso cuando la irrefutable inserción popular de sus melodías obligó a artículos laudatorios, la frecuente cita a sus asuntos personales despedía un tufo a menosprecio que daba náuseas. Como si en el canto sublime de Camarón de la Isla tuviera algún peso su desgraciada adicción a la heroína, como si escuchar a Gardel fuera oír sus batallas perdidas en contra de la compulsión por la comida, como si en la célebre escena de la despedida en Casablanca, recordáramos las altas plataformas que calzaba Humphrey Bogart para no quedar tan chaparro al lado de Ingrid Bergman.
No ha lugar. Ni el aplauso cuando dice “fumemos un porrito”, ni la lectura de su obra en clave de artista drogadicto, al que la chica lo dejó. Qué bueno por él que ahora sea un devoto padre de familia, un esposo enamorado de su mujer, un hombre que controla las adicciones. Para la percepción esencial de una obra magnífica, casi monumental, no ha lugar las circunstancias trágicas o gloriosas de su transcurrir íntimo. Además, él lo ha contado y lo cuenta todo en sus canciones. No ha lugar al análisis de lo ya analizado por el propio artista.
En los últimos dos años, sin embargo, ha acontecido un despertar calamaresco que da tibieza al corazón y regocijo al alma. De pronto, los argentinos se dieron cuenta del pedazo de artista que moraba en sus calles y rincones y le empezaron a dar todos los premios que antes le habían retaceado. Este hombre ha ganado el Gardel de Oro, el máximo galardón que se entrega en Argentina a la producción musical, en dos oportunidades, una en 2006 y otra en 2008.
Entre todas las cosas que Andrés Calamaro no quiso ser, se destaca aquella por la que siempre se distinguió y a la que se entregó con vocación de acero. Él es un cantante, o mejor aún: un cantor, un cantor popular. Entona maravillosamente y sus fraseos e inflexiones tienen sensualidad, un valor escaso en el rock en español.
Curiosamente, él, que ha sido de todos los célebres rockeros argentinos, el que menos relación ha tenido con sus pares brasileños, ha sabido como sus colegas del país vecino, realizar una obra inmensa en torno a las canciones (En Brasil, ¡hasta Hermeto Pascoal escribe canciones!).
Con convicción tolstoiana, la pintura de su aldea le ha permitido hablar del universo y es a ese artista cantor, hacedor de canciones inolvidables y eternas, al que disfrutaremos en México en octubre próximo. Al fin. Llegó la hora.
(Ilustración de Augusto Costhanzo)

domingo, 28 de septiembre de 2008

ALVARO ENRIGUE, PORTADA DE RADAR, PERIÓDICO PÁGINA 12

libros

Domingo, 28 de Septiembre de 2008

Vidas mías

Por Monica Maristain

Alvaro Enrigue (1969) ya había amenazado con ponerse de moda con su proverbial antología de cuentos Hipotermia. De ese libro dijo el reputado crítico mexicano Christopher Domínguez: “Creo, tras leer Hipotermia, que Alvaro Enrigue es de los pocos escritores mexicanos (y si me apuran, de todo el orbe de la lengua) que está escribiendo cuentos que no son ni borgesianos ni chejovianos”. Las promesas se cumplieron y quizás por ese desparpajo que Enrigue despliega en torno a las cuestiones “literarias”, ha traído al mundo de la literatura en español, una frescura y un tono personal que le permiten transitar por una ruta propia, no original ni rotundamente nueva, sino suya, de él. Esa distinción es la culpa quizás de que sus editores nombren a Vida perpendiculares, como la expresión de “novela-río” o “novela cuántica”, Dios sabrá lo que eso significa, categorizaciones que el autor se niega a explicar, precisamente porque ni él las comprende. Lo que es cierto es que, entre el humor inteligente y la tierna ironía de quien nunca abandonará a sus personajes en el desierto (no al menos sin indicarle la dirección del oasis más cercano), Enrigue ha sabido entregar con Vidas perpendiculares, una novela con una estructura que permite el tránsito de sus personajes principales por varios tiempos. Entrar a la atmósfera de Jerónimo Rodríguez Loera, el hijo deforme y hermano con mala fortuna, el rechazado y aislado de su familia, es como meterse en los espejos de Alicia, no para encontrar conejos amables, sino para entablar sabrosas conversaciones con un monje del siglo XVII, una doncella griega o un anarquista asturiano en Buenos Aires.

Sicilia, Chicago, Buenos Aires, Jalisco, Argentina, Italia, México... los paisajes por donde uno de los escritores jóvenes más prometedores de la literatura mexicana, vuela sin paracaídas ni protector solar.

Alvaro Enrigue es hermano del también escritor Jordi Soler, y ha vivido entre el Distrito Federal y Washington D.C. Ha sido profesor de Literatura en la Universidad Iberoamericana y de Escritura Creativa en Maryland. Se dedica desde 1990 a la crítica literaria y ha colaborado en revistas y periódicos de México y España. A su regreso a México, después de una breve etapa como editor de literatura del Fondo de Cultura Económica, ha pasado a formar parte de la dirección editorial de la revista Letras Libres. Ganó el Premio de Primera Novela Joaquín Mortiz con La muerte de un instalador, en 1996.

Definitivamente, nunca presentará su última novela en Sicilia, ¿verdad?

–Apareció una reseña en La Nueva España –el periódico esencial de Asturias– en la que se preguntaban por qué un novelista mexicano trataba tan mal a la patria chica. A mí no me puede preocupar menos el alma nacional siciliana, asturiana o mexicana. Lo único que puedo argumentar en mi defensa es que a Jalisco –mi patria chica– le va peor. Espero que los lectores agudos noten que la descarga va contra los micro-nacionalismos y no contra el terruño de nadie.

¿Conoce Sicilia?

–No, pero conozco a una porteña de origen siciliano. Verla odiar fue suficiente.

¿Son dignos de tener en cuenta sus conocimientos botánicos?

–Me angustia muchísimo que ya nadie sabe los nombres de los árboles. Es un conocimiento que está por perderse si no hacemos algo. He hecho un esfuerzo consciente por conocer por nombre a la flora de la ciudad de México. Y obligo a mis pobres hijos a conocerla. Dylan, que tiene dos años, dice: “Mira, un ahuehuete” cuando pasamos junto a uno. Nada en el mundo me honra tanto.

Si alguien le cuenta algo que usted no quiere escuchar, ¿comienza a hablar de la floración del durazno como hace Mercedes de Vidas perpendiculares?

–Mis estrategias no son las de mis personajes. Mi madre habla muchísimo por teléfono, así que he desarrollado la habilidad de entregar respuestas cabales y creíbles sin escuchar ni una palabra de lo que me están diciendo.

¿Lee todo lo que escribe su hermano?

–Los libros sí. Creo que siempre soy el primero en leerlos impresos. Los artículos, cuando me los encuentro.

¿Él lee todo lo que escribe usted?

–Me escribe largas cartas sobre su lectura de mis libros. Me costaría salir a dar la cara a la prensa sin su espaldarazo.

¿Qué tanto de Caín y qué tanto de Abel hay en cada uno?

–Caín era agricultor y Abel pastor; de eso se trata ese relato: Yahvé quiere a un pueblo errante, así que elige al pastor. Jordi y yo somos dos escritores pequeñoburgueses; la pregunta no aplica.

¿Por qué a su personaje le duele más la indiferencia de la abuela que de la madre?

–La madre no puede ser indiferente a ninguno de sus hijos. En cambio la abuela, que no tiene un lazo tan hondo con los nietos, tiene una política: distingue entre los bastardos y los herederos.

¿Tuvo usted alguna abuela que pudiera ser un personaje de novela?

–¡Puf! Tengo una de 98 años. Hace poco la llevamos a comer y pidió sesos a la mantequilla, algo que yo ya no puedo comer. Y la otra era un personajazo: cuando se murió su marido se descocó en grande.

¿Por dónde empieza a hablar de usted cuando le preguntan por sus orígenes?

–Los Enrigue llegaron a América en el siglo XVI y llegaron todos: desde el siglo XVII no hay ni un Enrigue en Extremadura. Sólo los Moctezuma son más americanos que nosotros.

¿Quiénes son o fueron sus padres?

–Dos profesionales de clase media. Nuestro padre es una especie de estrella del derecho internacional. No un diplomático, pero sí un viajero prolongado y, por lo mismo, siempre se iba con nuestra madre. Se quedaban por períodos largos en Bruselas o en DC, en Berlín o Constantinopla. Mi madre es una refugiada republicana barcelonesa que estudió Química y trabajó en clínicas de ginecología y obstetricia del Seguro Social hasta que tuvo su primer nieto y lo mandó todo a volar. A la pobre siempre le descontaban toneladas de días porque tenía que estar en las cosas diplomáticas de mi padre, pero volvía y seguía trabajando. Es una de esas heroínas discretas que conciliaron mundos más allá del deber para que las mujeres de hoy pudieran tener la carrera profesional que se les dé la gana. A veces se nos olvida lo difícil que fue para ellas.

¿Qué recuerda usted de su infancia?

–Un aburrimiento infinito, como todas las infancias. Tenía pésimas calificaciones.

¿Y de su adolescencia?

–Una diversión infinita. Seguía teniendo pésimas calificaciones.

La descripción que hace de la ciudad de Chicago en su novela, ¿no está un poco influida por la televisión, por la serie Los Intocables, por ejemplo?

–Es una ciudad que conozco bien, pero las influencias son inevitables y saludables. Me parece que un imaginario pop es tan útil como influencia como uno de mayor jerarquía cultural.

¿Este es un libro para saldar cuentas con Freud?

–Es el Santo Tomás de Aquino del siglo XX. El psicoanálisis cura, pero por la misma razón por la que curan los chamanes: opera sobre el lenguaje, que es el medio con que damos categoría al mundo. Eso no quiere decir que uno vaya por el mundo queriéndose tirar a su mamá y odiando a su papá.

¿Sigmund Freud era más un poeta que un científico?

–Un ideólogo formidable, inteligentísimo; con una sensibilidad que cambió al mundo. Un escritor maravilloso. Un fanático de sí mismo y un gran ensayista, pero no un poeta. Los poetas son pocos.

¿Este es un libro para saldar cuentas con los muralistas?

–Todavía quedan cosas en las que nos podemos reír de ellos, ¿no? ¡La retórica triunfal! ¡El nacionalismo idiota! ¡La grandilocuencia comunista en un grupo de asalariados de un gobierno burgués! Eran buenos artistas, pero ideológicamente hacían agua por todos lados. Escribir novelas es encontrar esas fisuras y echarles sal. Reírnos nos dice tanto de lo que somos como pensarlo severamente. La novela es la crítica de lo menor, la discusión con nuestras miserias.

¿Qué diría de la situación actual entre los Estados Unidos y México?

–Es la misma de siempre. Me recuerda a un episodio de mi juventud, en el que corté con una novia y a ella le conmovió sinceramente, porque no se había enterado de que anduviéramos.

¿Dónde le duele más la literatura mexicana: en la cabeza o en el corazón?

–Creo que es una literatura saludable. Me preocupa la extinción a mil por hora del arte de la reseña, que era el gran espacio de conversación libresca. Es un fenómeno universal que se explica un poco con el triunfo de los diseñadores sobre los editores en la guerra por el contenido de los periódicos y un poco por la proliferación de la imbecilidad pública que ha promovido la cultura del blog. Todo va más o menos junto: Internet banalizó la opinión escrita y esto produjo que el peso de los contenidos de un medio impreso se cargara al lado de lo visual. ¡Pum! El fin de la era Gutenberg, que me gustaba. Creo que el fin de la reseña es sólo el principio.

¿Cuál es su autor mexicano favorito?

–¡Puf! Estás hablando de una lista que incluye a Sor Juana y Juan Ruiz de Alarcón, nada más para abrir boca en el XVII –¿Bernal Díaz o Netzahualcóyotl en el XVI?,¿los podríamos considerar mexicanos?–. Creo que si alguien puede tener un autor mexicano favorito, no sabe nada de literatura mexicana. Es como preguntarle a alguien “¿Cuál es tu estrella favorita?” Respuesta: “Mmmmm, ¿la A4E54637-3.?”.

¿Carlos Fuentes ganará el Nobel o antes lo ganará Mario Vargas Llosa?

–Vargas Llosa es de derecha y Fuentes lleva años escribiendo libros indignos de su bibliografía primitiva. Ninguno de los dos se puede sacar el Nobel.

¿Qué novela le hubiera gustado escribir?

–Rojo y negro; bajándose al puro seleccionado latinoamericano, Conversación en la catedral.

De todos los personajes y tiempos que integran su última novela, Vidas perpendiculares, ¿con quién se siente más identificado?

–No tiendo a sentirme identificado con mis personajes, pero mi favorito es el caza-monjes napolitano. El relato que prefiero es el de la griega que se cree listísima y va y se enamora de San Pablo. También me gusta mucho el muralista al que le va fatal por ser de derecha.

¿Cree en las vidas pasadas?

–Por supuesto que no. Ni en las vidas pasadas, ni en la salvación del alma, ni en el psicoanálisis, ni en la lucha de clases, ni en Elena Poniatowska, ni en nada.

¿Es que usted no guarda recuerdos de la felicidad?

–Por supuesto, pero la felicidad no es valor literario. Como Jefferson, yo aspiro a la felicidad, pero la novela es heredera de la épica y la tragedia; no hay espacio ahí para el contento. Por otro lado, Vidas perpendiculares tiene final feliz para que veas que no soy ningún azotado.

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