viernes, 5 de noviembre de 2010

GUITAR HEAVEN



¿Qué le pasa a Peter Capusotto? Carlos Santana (Autlán de Navarro, Jalisco, México, 20 de julio de 1947) bien podría twittear esa pregunta y replicar así el hilarante sketch donde el nuevo sacerdote del humor argento se preguntaba qué le había pasado al guitarrista de Jalisco: algo así como el malogrado viaje que el enorme artista mexicano habría emprendido desde Woodstock hasta los covers “supernaturales” que le hicieron vender millones de discos.

Lo cierto es que Supernatural (Sony, 1999) fue un gran disco en la aldea global del nuevo milenio y también es cierto que el ex esposo de la “Chocolata” Deborah Santana se dedicó luego de ello a repetirse hasta el cansancio y a edulcorarse hasta el coma diabético.

Ahora, con una nueva novia (la baterista de su grupo, Cindy Blackman), Santana regresa con un disco bestial, apuntalado por su productor, el experimentado Clive Davis.

Versiones de clásicos del rock más rockero como el “Whole lotta love” de Led Zeppelin, cantado por el impecable Chris Cornell, el “Little wing” de Hendrix, recorrido esplendorosamente por el eterno Joe Cocker o “Smoke on the water” de Deep Purple, interpretada por el líder de Papa Roach, Jacoby Shaddix, demuestran que cuando se trata de Santana, los dinosaurios pueden reaparecer. Aleluya por eso.

"MI TRABAJO ES SER BELLA"


Primera noticia relevante: luego de 19 años, la corona de Miss Universo vuelve a México, gracias a la tapatía Ximena Navarrete, nacida el 22 de febrero de 1988 en Guadalajara.
Segunda noticia relevante: la flamante reina de belleza no podrá arreglar los problemas del narcotráfico, no terminará con la pobreza endémica en su país de origen y tampoco podrá hacer mucho por obtener la paz en el mundo. Al menos así lo ha dejado asentado la muchacha de profundos ojos marrones que yergue su metro 75 de altura frente a la nube de periodistas que la ha ido a esperar a un hotel de la zona sur, donde ofrece su primera conferencia de prensa en la capital mexicana, tras ser coronada monarca.
El primer discurso suena a una advertencia más hija del sentido común, tan escaso entre los medios de comunicación masivos, que de la reflexión. Como sea, la muchacha esgrime una bandera en beneficio de la razón y evita con ello que la atosiguen con las preguntas de rigor, casi todas ellas relacionadas con los temas de la política, tan ajena al mundo que la circunda.
Muestra de ello es el humor de que hizo gala en el programa de David Letterman en la televisión estadounidense, cuando entre las diez razones para hacer del mundo un lugar mejor, Ximena expuso el que “traigas el auto a casa y le cambies el aceite” y “encontrar un empleo estrafalario para convertirme juez en American Idol”.
Flanqueada por la Miss Universo de 1991, la espectacular Lupita Jones, que ostenta un cuerpo lleno de curvas y una figura envidiable para los más de 40 años que indica su partida de nacimiento, Ximena parece perderse un poco con esa estampa esmirriada de apenas 50 kilos. Algunos de los muchos personajes que integran su séquito y que la acompañan a todos lados, murmuran por lo bajo que la soberana ha perdido algunos kilos luego de obtener el cetro en Las Vegas. En los foros de Internet, se suman las voces para criticarla por ser tan delgada, aunque lo cierto es que Navarrete no sufrirá el acoso del dueño del concurso, el multimillonario Donald Trump, que casi le saca la corona a la venezolana Alicia Machado cuando esta vio aumentada su figura. “Es una máquina de comer”, dijo hace 14 años Trump refiriéndose a Alicia, algo que sin duda no podrá decir de nuestra Ximena.
La nueva Miss está a tono con los tiempos que corren y apenas llega a la sesión de fotos con GENTE, se convierte en la delicia de maquilladores y fotógrafos. Para las imágenes, conviene estar como un junco y ella cumple con los parámetros estéticos del nuevo milenio, qué duda cabe.
No es frágil y tampoco derrocha simpatía. De hecho, la candidata por Venezuela en el concurso de Miss Universo la acusó de “poco amistosa”, quizás por ese modo que tiene la nueva reina de andar tocar el suelo que pisa con una determinación inusitada para su edad.
Determinación: esa es la palabra clave. Ganas de ganar, entonces, o como dice una popular canción brasileña: “la voz de una persona victoriosa” es la que esgrime la tapatía a la hora de hablar y de moverse frente a una cámara de televisión, una grabadora o un lente fotográfico.
Así lo certifica Lupita Jones: “Es una chica muy determinada, con un carácter muy definido, que no se deja llevar por las cosas y que tiene muy claro lo que quiere”, dice.
Tan claro como para haber recorrido por primera vez una pasarela a los 16 años y saber a esa edad que en el modelaje estaba su futuro. “Luego de allí llegaron los concursos. A todos iba sola, mi familia se quedaba en casa”, cuenta Ximena buscando la confirmación de su madre, una señora bajita de rostro dulce que la mira arrobada.
“Quise que mi familia viniera a verme, pues los extrañaba mucho”. Y allí está la familia, su padre dentista, Carlos, su hermana María y su madre, Gabriela, también odontóloga, que acompañaron a su hija a Las Vegas y que se muestran resignados a su ausencia durante un año, el tiempo que durará su reinado y en el que la Miss recorrerá el mundo haciendo labores de beneficencia y regando pensamientos a favor de la prevención del Sida.
También por allí anda su novio, Pablo Nieto, un rubio al estilo del Kent de la Barbie que, en un gesto mecánico y de otros tiempos le ofrece el brazo cada vez que la muchacha se le acerca. Con sus dientes blancos de anuncio publicitario y su tono bronceado el chico se excusa por no dar entrevistas. “Mi novia es la nota, yo no”, esboza entre tímido y molesto.
Personas queridas y carácter determinado le harán falta a Ximena Navarrete para hacer frente a los miles y miles de cuestionamientos que en la vertiginosa red informática le hacen los internautas a su título de Miss. Dicen que el triunfo fue amañado, para que coincidiera con los festejos del Bicentenario y Estados Unidos lavara así sus culpas por la Ley-Arizona. Dicen que la rusa era más linda, que “hay mejores viejas en la Ibero” y, curiosamente, critican sus rasgos “demasiado indígenas”.
Ella hace frente a todas las agresiones con un estoicismo propio de su rango de reina. Pertenece a una familia conservadora “con mucho orgullo por sus principios morales” de Guadalajara y jamás romperá un plato en público. “Había muchos países que festejaban su Bicentenario y no por ello su representante ganó el título”, se defiende con rostro serio. “Lo único que pasó es que la corona llegó en el momento oportuno, en momentos difíciles para México”, agrega.

La tapatía más valiosa

La ciudad vive a pleno sus 200 años flamantes. En las calles, la gente corre para ver el desfile militar del 16 de septiembre. Hace poco, el Presidente de la Nación estuvo en Dolores, allí donde el primer Grito de la Independencia dio destino histórico al cura Miguel Hidalgo. La noche anterior, la ciudad entera había vibrado con los festejos en Palacio Nacional, donde en uno de sus balcones Ximena Navarrete vio pasar los carros conmemorativos y vio emerger a El Coloso de su letargo. En el hall del Polyforum Siqueiros los guardias de seguridad comentan una encuesta que propuso un periódico de circulación nacional: “¿Cuál es el tapatío más valioso: el Chicharito Hernández o Ximena Navarrete?”. – Que yo sepa el Chicharito no ha ganado todavía nada y la Ximena ya es reina, le dice el uno al otro. Y lo convence.
En los alrededores del teatro, un tipo calvo corre como un loco, dando vueltas en círculos. Es uno de los miembros de la nutrida guardia de seguridad de Navarrete. Cumple así el muchacho con el protocolo emergido de las mismísimas tierras gringas. La oficina de Donald Trump es la que maneja la agenda de la Miss y es la que decide el paso y el ritmo de la monarca. Con la habitual parsimonia y cortesía mexicanas, los porteros del teatro le dejan al forzudo hacer las cosas a su modo. El guardaespaldas no quiere que la muchacha entre por la puerta de entrada, a pesar de que no hay nadie por los alrededores y sólo entran pocas personas, espaciadamente, a comprar entradas en la taquilla. Las camionetas enormes que traen a la Miss y a su numerosa escolta se equivocan de estacionamiento y ocupan el espacio destinado al World Trade Center, desde donde no se puede acceder directamente al teatro. El calvo entra en pánico y comienza a correr de un lado para otro. Finalmente, Ximena Navarrete entra por la puerta central del teatro y se dispone a trabajar para la sesión de fotos de GENTE.
Trabajar es otra de las palabras clave en el vocabulario de la Miss. “Ser bella es mi trabajo. Y este título para mí es eso. Soy una reina de belleza y eso es lo normal para mí”. Normal, todo es normal en su esfera. Es una muchacha que a todas luces se muestra sensata, tranquila y muy consciente de la atención que concentra a su paso.
Quizás por eso, se ilumina cuando en el improvisado set del teatro las cámaras comienzan a gatillar. Hay mucha gente alrededor que la observa, pero ella como si nada. Primero un vestido en la gama del dorado, los pies descalzos y su pequeña silueta extendida en el suelo del foro. Luego, un vestido blanco y plata que le otorga un brillo especial y que destaca la belleza de sus rasgos en todo su esplendor.
Ganó el título de Miss Universo el 23 de agosto en el Hotel Mandalay de Las Vegas. “Hacía mucho frío en el recinto y estábamos todos muy nerviosos”, cuenta Lupita Jones. “Yo estuve ahí y sé que no hubo trampas, sé lo que se siente cuando vas cumpliendo las diferentes etapas y te vas acercando a la corona”, dice Ximena.

La confianza

Una mujer pelirroja de origen estadounidense que hace las labores de su agente de prensa la sigue a todos lados. Es a ella a la que hay que consultarle las cosas que puede o no puede hacer Ximena Navarrete en relación con los medios de comunicación. Frente a la presión de la gente que la acompaña y de los fans del teatro que se arremolinan para sacarse una fotografía con ella, la Miss Universo conserva la calma.
“Estoy a gusto, no me pongo nerviosa, tengo mucha confianza y soy muy segura. No tengo ningún tipo de problema con eso”, afirma.
“El certamen de Miss Universo consiste un poco en ser observada todo el tiempo y poco a poco te vas acostumbrando. Además, antes de llegar a Las Vegas pasé por muchos otros concursos, así que ya tomo todo con mucha naturalidad”, afirma.
Antes de lograr el reinado del mundo, Ximena se alzó con el cetro de Miss Belleza México. Quizás por eso no le pese salir a la calle sin una gota de maquillaje cuando la ocasión se lo permite. “Soy muy normal al respecto, no me importa que me estén mirando”, asegura.
De sus recuerdos de infancia ama las navidades con sus primos y añora las muñecas que compartía con su hermana María. Aficionada a los juegos de mesa que estimulen su memoria, Ximena está orgullosa de pertenecer a una familia tradicional y unida. “Crecí respetando muchos valores, he sido una niña muy estudiosa, con muy buenas calificaciones en un colegio hasta tercer año de puras mujeres y luego en una escuela mixta”, cuenta.
Navarrete comenzó a estudiar la carrera de nutrición movida por la enfermedad de su abuelo, un cáncer intestinal que no le permitía comer. “Él batallaba mucho con el tema de la comida, tenían que inyectarle los alimentos. Muchas veces las personas piensan que estudiar Nutrición tiene que ver con querer estar delgado, pero la verdad es que se trata de una ciencia compleja con miles de aristas”, explica.
Su primer concurso fue a nivel nacional cuando ella estaba todavía estaba en la preparatoria. Competían 30 chicas de Monterrey, con otro tanto de Guadalajara y del Distrito Federal. Pudo con todas. Ximena tenía entonces 18 años.
“Después de ese concurso seguí modelando, haciendo sobre todo mucho trabajo en pasarela y así me fue llevando la vida. Primero fui Miss Jalisco, luego Miss México y ahora Miss Universo”.
“Lo importante de todo esto es saber adónde te metes. No es todo color de rosas y debes estar preparada para poder afrontar miles de circunstancias diversas”, afirma Ximena, al tiempo que admite que en la dieta rigurosa que lleva para conservar su peso “me hago grandes escapadas con las tortas ahogadas de mi tierra y con todo el picante que pueda. Para mí, la comida que no tiene chile, no sabe a nada”.
Frente a los discursos críticos que cuestionan la validez de los concursos donde el único componente a destacar de la mujer es su belleza física, Ximena se planta con la convicción que la rige: “Los concursos de belleza tienen cada vez más auge y por algo será. A lo mejor, la gente que no pertenece a este mundo, ve sólo el aspecto frívolo de los certámenes, pero cuando estás adentro te das cuenta de que las cosas son mucho más complejas. Que hay mucho esfuerzo y dedicación detrás de cada concursante”, dice.
Con el dinero que ganó, pagará deudas, según admitió. Y con el título que obtuvo “trataré de aportar mi granito de arena para hablar bien de mi país y levantar una voz por aquellos que no la tienen y necesitan de nuestra ayuda”.
En su reciente novela Blanco nocturno, el escritor Ricardo Piglia se pregunta si la belleza tiene valor moral. “Al menos uno desea que las personas lindas sean buenas”, dice. Como buena reina, Ximena Navarrete visitó el Crit de Tlalnepantla, en el Estado de México. Luego de la sesión con GENTE, partió a una casa hogar para niñas de la calle en la colonia Santa María Insurgentes, del Distrito Federal. En la puerta, las niñas la esperaban ansiosas para darle un hurra. Ella se dejó querer y las besó una por una.
Entre todas, destacaba una morenita de traje rosado que portaba una corona de plástico en la cabeza. Por lo visto, la monarca tiene heredera.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El día que Miguel Hidalgo anunció El grito por Twitter



Dice José Trinidad Camacho (Jalisco, 20 de agosto de 1961), más conocido como Trino, que una de las cosas fantásticas que pasarán durante el Bicentenario en México es que todo el mundo va a entender los chistes de Jis.
Habla, uno de los moneros más importantes y queridos del país, de su pareja profesional, el también tapatío José Ignacio Solórzano. Ambos, Jis y Trino, han entrado para siempre en la memoria colectiva de un par de generaciones nacionales contando colorida y, por qué no decirlo, escatológicamente, las hazañas del Santos, de la Tetona Mendoza, la Kikis Corcuera, el Peyote asesino, entre otros integrantes de una lista de finísimos y entrañables seres.
Se sabe que Jis y Trino están divorciados y que nunca han hecho terapia de pareja, por lo que la simbiosis continúa en el Siglo XXI y ahora, casi en secreto, de la mano de la productora Lynn Fainchtein y el guionista Augusto Mendoza (que no, que no es el hijo de la Tetona) preparan un largometraje animado sobre El Santos y el resto del clan.
Trino, un dibujante y humorista incansable que llena las páginas de los periódicos nacionales con sus fábulas de policías y ladrones, con las aventuras del Rey Chiquito, con sus tiras sobre fútbol (donde siempre llora por esa rara y casi espeluznante condición de ser hincha del Atlas) no se mide y ahora se ha metido con el sacrosanto Bicentenario de la Independencia y la Revolución de México.
“Me di cuenta de que todos los escritores y moneros que iban a hablar sobre el Bicentenario lo iban a hacer enserio. ‘El Fisgón’ sacó uno muy bonito y muy investigado, como es su costumbre. ‘Magú’, igual. Rius, por supuesto, quien además de investigar da su versión. Son libros muy buenos y excelentes materiales de textos para los chavos, así que quise hacer uno para el recreo, para que se rían en el patio de la escuela y no piensen en nada”, explica Trino a GENTE.
El cura Miguel Hidalgo que comunica por Twitter el lugar y hora donde pegará el grito, “para no hacer el pancho de llegar solito”, la publicación en el blog de Emiliano Zapata de El Plan de Ayala (“Aunque piden tarjeta de crédito para poderlo bajar, ¡qué ojetes!”), la propuesta de los organizadores de los festejos “de hacer una torre bien alta, pero no hacerla, o hacer como que sí, pero al final nos chingamos la lana” son sólo algunas de las pinceladas con que Trino pinta un mural graffitero destinado a “desmitificar a los héroes de la Patria”, según dice.
“Pero, claro, hay que bajarlos del pedestal, todos iban al baño, se divorciaban tres o cuatro veces, Hidalgo tuvo una punta de hijos y esas son las cosas que siempre hablábamos en el colegio con los compañeros, la historia no oficial”, apunta.
“El libro nació como una propuesta de editorial Tusquets, para mí y para Jis. Como buen jugador de fútbol que es, aquel se desmarcó chingón y cuando sentí la presión de que me iban a poner un historiador para que me ayudara, me di cuenta de lo que en realidad quería hacer era una tira desde cero, como si todavía estuviera en la escuela secundaria, frente a mi maestro de historia, haciendo un chiste con cada cosa que él nos enseñaba”.
El resultado es, efectivamente, un tratado fresco y no ortodoxo de una historia que de por sí ya tiene su gran cuota de absurdo.
El dibujante todavía trabaja con el lápiz y colorea a mano, carece de asistentes que le puedan seguir el trazo, por lo que su prolífica producción de tiras es artesanal y se mueve al ritmo fatídico de las entregas. Todo plazo se cumple y el de Trino duró un mes y medio de delinear y delinear las proezas bicentenarias, dudando a veces si poner o no poner determinados chistes. Por caso, aquel impresionante donde las cabezas colgadas en la Alhóndiga se vuelven parlantes y cantan a coro el “Psycho Killer”, de Talking Heads, mientras un policía las manda a guardar silencio.
A pesar de ser un autor consagrado y de que su libro sobre el Bicentenario tuvo una inmediata reimpresión en septiembre, el mes de su publicación, Trino cree que su humor “recién está conociéndose en mi país, faltan muchos años todavía y no me corre ninguna prisa”.
Con 49 años recién cumplidos, el artista vive en Chapala, a pocos minutos del lago, muy cerca de un campo de golf, donde junto a su primogénito José María y su esposa Margarita ensaya su depurada técnica para el dibujo. Primero el lápiz, luego la tinta china, siempre el papel en blanco y los temas que aparecen como sus obsesiones clásicas: “Sobre todo hacer humor sin centrarme en la política, tal como hacemos en el programa de radio que tenemos con Jis (“La chora interminable”, todos los jueves a las 21 por Radio Unam). El otro día, por ejemplo, hicimos uno sobre los pelones, porque Jis pertenece al Club de los Pelones reales, porque luego hay unos pelones falsos que nomás se rapan, esos son unos mamones”, afirma.

CUMPLEAÑOS, UN POEMA DE FERNANDO PESSOA

En el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños,
yo era feliz y nadie estaba muerto.
En mi antigua casa, hasta cumplir años era una tradición de hace siglos,
y la alegría de todos, y la mía, armonizaba con una religión cualquiera.
En el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños
yo tenía la gran salud de no percibir ninguna cosa,
de ser inteligente entre la familia,
y de no tener las esperanzas que los otros tenían en mí.
Cuando llegué a tener esperanzas, ya no sabía tener esperanzas.
Cuando llegué a tener la vida, perdí el sentido de la vida.
Si lo que fui de supuesto en mí mismo,
lo que fui de corazón y parentesco,
lo que fui de fiestas de media provincia,
lo que fui de ámenme y soy niño,
lo que fui -¡ay, Dios mío! Lo que sólo hoy sé que fui...
A qué distancia...
(ni lo encuentro)
¡El tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños!
Lo que ahora soy es como la humedad en el corredor final de la casa,
poniendo espigas en las paredes...
Lo que ahora soy (y la casa de los que me amaron tiembla a través de mis lágrimas),
lo que ahora soy es haber vendido la casa,
es haber muerto todos,
es sobrevivir a mí mismo como un fósforo frío...
En el tiempo en que festejaban mi cumpleaños...
¡Qué mi amor, como una persona, ese tiempo!
Deseo físico del alma de encontrarse allí otra vez,
por un viaje metafísico y carnal,
como una dualidad de yo para mí...
¡Comer el pasado con pan de hambre, sin tiempo de mantequilla en los dientes!
Veo todo otra vez con una nitidez que me ciega para lo que hay aquí...
La mesa puesta con más lugares, con mejores diseños en la loza, con más vasos,
la alacena con muchas cosas -dulces, frutas, el resto en la sombra debajo del alzado-,
las tías viejas, los primos diferentes, y todo era por mi causa,
en el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños...
¡Deténte, corazón!
¡No pienses! ¡Deja el pensar en la cabeza!
¡Oh, Dios mío, Dios mío, Dios mío!
Hoy ya no cumplo años.
Duro.
Se me suman los días.
Seré viejo cuando lo sea.
Nada más.
¡Rabia de no haber traído el pasado guardado en el bolsillo!
¡El tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños...!

viernes, 22 de octubre de 2010

Para el olvido la memoria

desde la lluvia que se pega como seda a tus pechos descubiertos
acuérdate del viento en la escalada por el corazón de piedra
tus manos en la sangre de mis ojos
el verdor del suelo que te hace resbalar
acuérdate
el caminito de tierra hacia la capilla con ese sol que te cuarteaba la planta de los pies
mira donde estaba la casa de la abuela
con las sábanas blancas como una instalación de fantasmas a la tarde
acuérdate de un Torino que pasaba a 300 kilómetros por hora
de la sandía crujiente en los labios
la remera a rayas rojas y azules
los vaqueros flojitos en el culo
y ese pelo de maraña que espantaba a las oficinistas
por qué tu novia no se peina
por qué debajo de la mesa crece una lujuria inesperada
como esas veredas anchas donde te escondías y siempre me encontrabas
acuérdate de la mochila en la espalda
de los deditos allí
de los jadeos
acuérdate
de cuando dormía y me fotografiabas
de los tíos que bebían tinto con seven up
de la música ampulosa
Vangelis
Wakeman
coros litúrgicos cuando la siesta nos ponía frente a frente
peligrosamente solos
apabullados ante los cuadernos escritos con pluma azul
de las cartas mandadas como si estuvieras en Siberia
pero estabas sentado en la silla de al lado
y tu nombre y mi nombre eran grafía unívoca
simultánea
¿te acuerdas?
de la merienda gratis en niza
de las copas de cristal finitas como un dedal de caracol
guardadas con esmero en el centro de la maleta
¿te acuerdas de las coliflores plantadas en filas militares al costado de la ruta?
¿del bosque donde el cuerpo sangraba?
¿de la anciana belga que decía gudmorrnin con esa erre impronunciable y una cabellera blanca que parecía una peluca?
entonces no hablábamos del virtuosismo de los pianistas ni de los nuevos escritores filipinos
tampoco veíamos las series americanas o los documentales con presos que se tatúan el pene
era poca la bruma que se alzaba en el horizonte donde la madurez nos esperaba para firmar solicitadas en apoyo a las mujeres que no quieren morir lapidadas
este modo feroz de ser adulto
al fin una mujer
después de todo un hombre
acuérdate de los vidrios empañados y el índice que formaba una ese y una eme
carteles difamados por la realidad tangible de un muro que se expande allí donde la memoria clava una estaca
el suelo bulle
la tierra cede
caen los edificios
los billetes de avión traen fechas vencidas
las estampas familiares cuando mamá reía se pierden en el moho
no dejes que el lodo arrastre tus pantalones cortos
el reloj con la pulsera de cuero
el balcón de La Habana
o las tardes de Atenas
para olvidarlo todo
acuérdate de todo
sé por qué te lo digo

domingo, 17 de octubre de 2010

Aceite madre

aceite madre
luna de jabón
arrasa con la herida
esconder la frente en tu regazo
aliento de carabina tragicómica
-muere cobarde y sale una pluma del hocico

madre óleo espiral
transito el horizonte
me vuelvo espantapájaros
tumbo al mago

-hazlo niño
digo
al trueno
que sea como un grito sudoroso
brizna de lodo
que quiebra la armonía del durazno
y lo hace feroz turbado maloliente

ungüento de río verde
lima las púas del dromedario
tengo un monstruo en la almohada:
-muere cabrón
y sale un pasto seco de la cigarrera

la vida es historieta
quieres matar al héroe
para inmolar tu rabia
y sale un pacifista de los rincones
trae pancartas
girasoles de plástico
una proclama

lava dulce en la torre
cruzar los brazos en negación del diablo
retumba un día de aceite madre
óleo trazado por la indolencia de un toro a medio morir
escupe dudoso
y no perece
boquea como sapo en la pirámide
-muere tertulia
y sale un crisantemo de la placenta

estruja bilis de la montaña
próstata de los inviernos que vendrán
todos los días son tuyos
¿qué harás con ellos?
recordarás los tiempos en que los tristes tigres retozaban
llenos de moho los prisioneros huían de tu castillo
pensar en no pensar
olvidar la mazmorra
la fotografía de un buey en celo
la mujer árabe en la gasolinera

aceite
madre
óleo de espuma ríspida
qué nariz olfateará la luna
ese jabón nocturno con que lavas la ciénaga
toda tuya es la arcilla
¿quién vendrá de alfarero?

dirás no conocerme
ignorarás el tedio con que yo dibujaba las cortinas de hule
hablarás de otra sombra
bang bang bang
tiro al centro
y la flecha se unta de un aire empastado
cíclope de trapos virulentos
disfraz de la que fui cuando los días no me trotaban por la piel

hoy es un ritmo de aceite madre
las cosas tienen un viento pegajoso en la memoria
se engarzan a mis dedos las estatuas callosas y volubles
¿qué me quieren decir los inmortales?

espíritu de bruma
querer dormir hasta que la sangre no vomite
los ojos se abren hasta tu plenilunio

todo el aceite es tuyo madre
robo el líquido desde donde partí
hasta esta acera atribulada por guijarros

la claraboya succiona la materia con que recuerdo los días
que eran suyos
no me pertenecían la bufanda ni el sitio de las dalias ni ese muérdago
en cambio
hoy es un día de óleos despanzurrados en el espejo
¿qué esperaré cuando todo me niegue?

no hablarás de mí
no me despeinaré bajo la grama de tu verde mar
olvido la cimitarra de agua que sondea mi cuerpo
en busca de tu rostro
y no diré que en la costilla de tu rojo esqueleto
duerme un volcán que se parece a un ánfora
grita un mastín que es igual a mi sombra

impávidos ante la monotonía de una flecha
que nunca llega al centro
deambulamos sin vértice con dudas
acaso este vaivén nos complete el vacío
y en lugar de ser héroes seamos tristes

aceite madre
lava ungüento bilis
todos los vientos son míos y son tuyos
¿dejarán de mecernos algún día?

lunes, 11 de octubre de 2010

ENTREVISTA A JUAN PABLO VILLALOBOS PARA PÁGINA 12



Difícil determinar si la aparición de Fiesta en la madriguera (Anagrama), la primera novela del mexicano afincado en Barcelona Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, 1973) es índice de una nueva corriente literaria en un México que se desangra por una guerra contra el narcotráfico que ya ha dejado 28000 muertos (periodo entre 2006 y lo que va del 2010).
Lo que sí puede decirse es que esta historia hilarante y extraña, breve y precisa, presentada a fines de agosto en el Distrito Federal y que acaba de llegar a la Argentina, es la obra de un outsider, no sólo porque Villalobos vive desde hace muchos años en Europa, sino también porque su historia de vida no tiene nada que ver con el narcotráfico. Es decir, el escritor no es de Ciudad Juárez, no vivió en carne propia la violencia de Tijuana, de Tamaulipas, León o Michoacán y no pertenece al mainstream literario mexicano. Su primera novela fue escrita casi en secreto por un joven que para mantener a su familia se dedica a la mercadotecnia. Cuando estuvo terminada, Fiesta en la madriguera fue puesta en un sobre, enviada a la editorial Anagrama, donde el mítico Jorge Herralde la leyó, le gustó y luego tomó el teléfono para darle las buenas nuevas al autor.
Alejado del folclorismo con que ciertos escritores intentan pintar las “hazañas” del crimen organizado que asola el territorio mexicano, vistiéndolas de una épica de la que carecen toda vez que las fosas comunes, los asesinatos a mansalva, los secuestros indiscriminados que en su mayoría terminan en homicidios aun cuando se cobre el rescate por la víctima, representan en todo caso la entronización de una crueldad sin moral, Villalobos narra la historia en la voz de un niño llamado Tochtli.
Al estilo de El niño con el pijama de rayas, la publicitada novela del irlandés John Boyne, el protagonista de Fiesta en la madriguera, habitante de un palacio blindado, del que no sale porque su padre, un narcotraficante de peso, es muy celoso de su seguridad, Tochtli narra con una ingenuidad desopilante a veces y otras con una lucidez estremecedora, una realidad cruenta, donde la sangre, los cadáveres, los agujeros sangrantes que las armas hacen en los cuerpos humanos construyen un escenario rocambolesco, absurdo y fatal.
El humor de la novela es directo y produce carcajadas a cada línea. Dice Tochtli que un país del Primer Mundo es aquel que tiene, por ejemplo, hipopótamos enanos de Liberia. Por tanto, México no es Primer Mundo. Y así encontramos a Juan Pablo Villalobos, en una cafetería de la colonia de clase media La Condesa: con un hipopótamo de goma, regalo de su mujer, en las manos. Patético, diría el niño de su novela.

- Un país que no tiene hipopótamos enanos la tiene difícil, ¿no?
- ¿Verdad? Claro, es un país tercermundista, sin dudas.
-
- El humor juega un papel importantísimo en su novela, ¿es una elección del lenguaje sólo aplicable al tema terrible de los crímenes del narcotráfico?
- El acercamiento desde el humor es una preocupación estilística, siempre intento acercarme a la realidad desde el humor. Es un juego de peligro, porque si fallas, puedes tener un fracaso estrepitoso, pero lo que intenté en Fiesta en la madriguera, a través del niño narrador, es lograr una mirada que me permitiera huir de moralismos, de visiones preocupadas por proponer soluciones al problema del narcotráfico y esto me lo permitía esta mirada “inocente”, que cae en la crueldad fácilmente y en el absurdo, que es en definitiva lo que más me interesa: el tema del absurdo.

- En México le perdonarán que se haya metido con sus narcotraficantes, pero no que haya criticado la comida mexicana

- El tema gastronómico me apasiona y creo que hay que acercarse a las diferentes culturas a través del estómago. Los mexicanos tenemos una relación con la patria y con los afectos a través de la cocina. Así que quise jugar un poco con esa enorme tradición de la comida mexicana. Y en particular con el pozole (especie de buseca, con granos de maíz y carne de puerco), que se hace con las cabezas de cerdo, que es muy pesado y luego le ponemos hojas de lechuga arriba. Viviendo en Barcelona, una vez preparé un pozole para unos amigos, que se quedaron extrañadísimos por las hojas de lechuga que le puse. Es algo raro de nuestra comida, o como que los tacos al pastor tengan piña, no te das cuenta de lo absurdo hasta que no estás afuera. Al final, pasa eso porque nuestra cultura es barroca y hay tantos sabores en la comida mexicana, que al final no sabes lo que estás comiendo.

- ¿El niño de su novela es deudor de otros niños en la literatura?

- Soy un fanático de Un mundo para Julius, del peruano Alfredo Bryce Echenique. Me encanta ese libro, que leí hace muchos años. De alguna manera, creo que influyó en la voz de mi narrador. Otra influencia que tal vez podría citar, aunque aquí más que un niño ya es un adolescente, es El guardián entre el centeno, de Salinger.

- ¿El tratamiento de la realidad tiene que ver con su pasado de cronista?

- Bueno, la verdad es que sólo escribía crónicas de viaje para un periódico mexicano. No soy periodista. Al final, el acercamiento al tema del narcotráfico me interesaba poco en cuanto a reflejo de una realidad social o de construir la historia de un narcotraficante o un político en particular. Mientras escribía las novelas leía las noticias que llegaban de México, eso es cierto. Te hablo de hace unos cuatro años, cuando empezó la violencia más bestial que se ve ahora. Entonces, en la novela hay una obvia influencia de algunos hechos puntuales de la realidad del narco mexicano, pero no al nivel de relatar hechos que estuvieran en ese momento en un periódico.

- De todas maneras, hay hechos muy identificables con la realidad del narco mexicano. El zoológico privado, los políticos corruptos, el gringo drogón…

- Sí, lo que pasa es que en una novela breve hay que trabajar con recursos que el lector pueda llenar fácilmente. En una novela extensa, uno puede describir todos los detalles, todos los personajes, pero en una novela breve, uno tiene que poner clichés, estereotipos, historias elementales, para que el lector pueda completar la historia. El formato de la novela corta me parece muy atractivo, porque al final el potencial de lecturas que ofrece es muy rico. De pronto, las novelas decimonónicas, por ejemplo, son tan descriptivas que te lo dan todo. En la novela breve, tienes que trabajar mucho como lector, completar muchos vacíos.

- Con respecto al lenguaje, su novela se sale de cierta tradición latinoamericana que privilegia un tono abigarrado y pomposo. Hay como un rescate del estilo directo, golpeador, de Cortázar, de Bolaño, por nombrar un autor de moda y más contemporáneo

- Bueno, Cortázar no sé, porque hace muchos años ya que lo leí, pero Roberto Bolaño sin dudas, es una referencia muy fuerte para todos los que escribimos actualmente.

viernes, 8 de octubre de 2010

“Un vientre de cetáceo molestaba más que un vientre de ballena”


Erguido y con una prestancia varonil que conserva desde su juventud, a pesar de que el calendario acusa unos 74 años muy bien llevados, el peruano Mario Vargas Llosa ingresa a la Sala Nezahualcóyotl de la Universidad Autónoma de México (UNAM) y suena un aplauso atronador.
Los más de 2000 jóvenes estudiantes que han ido a escucharlo en una de las tertulias literarias destinadas a conmemorar el Doctorado Honoris Causa que acaba de recibir el autor de La ciudad y los perros , parecen estar inmunizados frente a las corrosivas ideas políticas por las que el escritor es, desde la izquierda bienpensante, a menudo despreciado.
De impecable traje azul y con el rostro atravesado por esas partes iguales de fiereza y candor que lo han hecho conocido en el mundo, Mario Vargas Llosa hace un repaso por sus libros frente al funcionario público y escritor mexicano Sealtiel Alatriste, un interlocutor sereno y pudoroso que permite que el flamante Premio Nobel de Literatura hable de lo que más sabe y de lo que más le gusta.
El escritor tenía apenas 26 años cuando metió su primera novela La ciudad y los perros al concurso de Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral. “Eran tiempos donde reinaba una feroz censura”, evoca. “Fue el editor Carlos Barral quien decidió jugársela y publicarla, aunque claro, primero tuvo que pasar por los ojos del censor. La censura era algo ridículo e imprevisible. Por ejemplo, recuerdo una particularmente graciosa. En una parte, me refiero a un militar de alto cargo como a alguien que tenía un vientre de cetáceo. Bueno, pues al censor no le pareció, entonces lo cambié por vientre de ballena, que al censor le pareció muy adecuado”, comenta entre risas.
Era la época en que la forma era el súmmum de la búsqueda estilística y el autor peruano era llamado por sus amigos “El sartrecillo valiente”, por su afición militante a Jean Paul Sartre. “La literatura por entonces era un instrumento de combate, se hablaba aquello de que las palabras son actos y La casa verde (1965) es seña de ese deslumbramiento por la forma y lo que refleja es ese engolosinamiento por la experimentación formal”, explica.
“La casa verde es también la muestra de cómo me modificó la lectura de William Faulkner, un escritor que me marcó profundamente y que fue el primero que leí con lápiz y papel a la mano. Las historias que él contaba se enriquecían gracias a su lenguaje preciosista, a esa prosa laberíntica en la que las sensaciones, las emociones, las ideas, iban creando un mundo propio de una gran complejidad”, agrega.
No fue sólo el autor de El sonido y la furia quien tatuó huellas indelebles en la pluma vargallosiana. Ahí están también como referentes el grandioso James Joyce con su célebre Ulises y el hoy menos leído estadounidense de Chicago, John Dos Passos, responsable, entre otras, de la novela Manhattan Transfer. “Tal vez también esté André Malraux, a quien leí con devoción en mi juventud. La condición humana es un libro que me produjo una profunda impresión en mis años mozos”, dice.
Pese a la firme voluntad de estilo que caracteriza las historias contadas por el autor de Arequipa, nunca se entusiasmó mucho por el Nouveau roman, el movimiento literario fundado por Alain Robbe-Grillet a principios de los 60. “Para mí fue un fenómeno pasajero, se trataba de sacrificar enteramente la historia en aras de la máxima exploración estilística y eso era condenar ese tipo de literatura directamente a las catacumbas”, afirma.
“Creo que la novela, cuando deja de contar una historia importante, se condena al fracaso y a la decadencia”, insiste.
De su inefable personaje, el cabo Lituma, que aparece en La casa verde, en ¿Quién mató a Palomino Molero?, La Chunga, en un cuento de Los jefes, en un radioteatro de Pedro Camacho en La tía Julia y el escribidor y, por supuesto, en su novela Lituma en los Andes, Mario Vargas Llosa no tiene mucho que decir. “No sé cómo explicarlo –dice y se encoge de hombros-, me pasa con Lituma lo que no me ha pasado con otros personajes, cada vez que empiezo una novela ahí aparece el cabo, como ofreciéndose, como diciendo: - Yo no he sido lo suficientemente aprovechado por usted, aquí estoy, úseme”.
Precisamente, en Lituma en los Andes, publicada en 1993, el escritor incorpora a su literatura el tema de Sendero Luminoso, la guerrilla maoísta que comenzó a operar en el Perú de los ‘80. “Hasta entonces –evoca- todos habíamos crecido en la firme convicción de que nuestro país era pacífico. En mi niñez viví muchos años en Bolivia y regresé al Perú cuando tenía 10. En mi familia se decía muchas veces que el Perú no era violento como Bolivia”.
“Viajé a Ayacucho en la época en que la región estaba más afectada por el terrorismo de Sendero y esa violencia me impresionó muchísimo. Sin olvidar, por supuesto, la política antirrevolucionaria de las Fuerzas Armadas del Perú, que cometió también hechos terribles. Escribí esa novela fundamentalmente con la idea de mostrar este fenómeno lateral, paralelo, a un momento de enorme truculencia política en mi país”, explica.
De la que se considera su mejor novela, Conversación en la catedral, publicada en 1969, Mario Vargas Llosa admite que “no la hubiera escrito si no hubiera conocido personalmente, aunque sea en forma efímera, al jefe de la seguridad de la dictadura del general Odría”.
“Se llamaba Alejandro Esparza Sañartu y probablemente era el hombre más odiado del Perú durante la dictadura, incluso más odiado que el propio dictador. Yo estudiaba entonces en la Universidad de San Marcos y había muchos estudiantes en la cárcel, a los que tenían con los presos comunes, sin abrigo ni alimentos. Entonces, hicimos una colecta en la facultad para comprar mantas y tuvimos que pedir una audiencia al jefe de la seguridad para que nos autorizara la entrega de esas frazadas”, cuenta.
“Fue una experiencia surrealista frente a un hombre que en apariencia era inofensivo. Era menudo, con una mirada aburrida, parecía que nos miraba como detrás de un vidrio y al verlo me prometí que alguna vez iba a hacer una novela alrededor de ese personaje”.
Muchos años después de Conversación en la catedral, en el 2000, sale La fiesta del Chivo, la novela donde el escritor peruano retoma el tema de las dictaduras latinoamericanas y reflexiona sobre el auge del trujillismo en la República Dominicana de los años ’50.
“Quien llevó al grado más grotesco y violento de una dictadura sin dudas fue Rafael Trujillo, quizás por esa naturaleza histriónica que convertía todos los actos de gobierno en un gran espectáculo. Ninguna dictadura latinoamericana llegó a los límites de la crueldad del trujillismo”, afirma.
En Pantaleón y las visitadoras, publicada en 1973, Mario Vargas Llosa comienza a sacudirse la impronta solemne de su admirado Jean Paul Sartre y empieza a incorporar el humor en su literatura. La risa es también un elemento importante en La tía Julia y el escribidor, novela autobiográfica de 1977.
“Me gusta que mis historias limiten con la realidad. No soy para nada un escritor fantástico. Las novelas se han hecho para contar mentiras que permiten expresar verdades profundas para la condición humana”: Palabras de un Nobel.

sábado, 2 de octubre de 2010

HERBIE HANCOCK “SANTANIZADO” O DE CÓMO LLEGAR A LOS 70 AÑOS PARECIENDO DE 50




Cuando Herbie Jeffrey Hancock (Chicago, 12 de abril de 1940) tenía 11 años, dio un concierto de piano interpretando a Mozart con la Chicago Symphony Orchestra. Desde entonces y merced a una virtud musical que lo volvió un niño prodigio cuando apenas tenía cinco primaveras, el gran icono del jazz contemporáneo se ganó para siempre el derecho a hacer lo que se le antoje.
Al lado de su elogiada maestría para ejecutar los teclados, el músico debió aceptar los motes de ecléctico y versátil con que la crítica, no siempre con fortuna o admiración, lo fue describiendo a lo largo de una fructífera carrera de más de cinco décadas.
¿Cuál es el Hancock que nos gusta más? Por un lado, está el pianista lírico de la inolvidable película del francés Bertrand Tavernier, Round midnight (1986) y por la que HH ganó el Oscar. Difícil olvidar sus exquisitos arreglos en ese drama jazzístico basado en la trágica vida de Bud Powell e interpretada magistralmente por el saxofonista Dexter Gordon, donde sobrevolaban con una prestancia irrevocable los fantasmas de John Coltrane y de Thelonious Monk.
“Contando con la presencia de un plantel de músicos de brillantez insuperable, el resultado tenía que ser necesariamente bueno, pero finalmente fue soberbio. El motivo tiene un nombre: Herbie Hancock. La autoridad que le otorga el hecho de ser uno de los grandes protagonistas del jazz moderno, su propia e insustituible intervención como pianista en muchos de los números así como su larga experiencia en el mundo de la música para el cine y la televisión, son algunas de las claves”, escribió un crítico en una publicación especializada de España.
Tenemos también al Hancock intelectual que compuso la música para el filme Blow Up (1966) de Michelangelo Antonioni y basada en textos del argentino Julio Cortázar. En ese entonces, el joven Herbie formaba parte del histórico quinteto de Miles Davis y su trabajo para el director italiano fue el primero que hizo para el cine, con resultados profusamente alabados por la crítica.
Precisamente, a raíz de ese material, Hancock fue invitado a participar en el 2004 al homenaje que se hizo en Guadalajara con motivo del décimo aniversario de la Cátedra Julio Cortázar en la universidad tapatía. El cachet exorbitante que exige un músico de su categoría impidió que el músico visitara México. Fue reemplazado por el contrabajista estadounidense Charlie Haden y el pianista cubano Gonzalo Rubalcaba.
El Hancock más incomprendido es sin dudas el que durante una buena cantidad de años se dedicó a la electrónica, aunque hay quienes dicen que de este pianista formidable, visionario y transgresor hay que escucharlo todo.
Álbumes como Perfect machine, Sound system y Future Shock, su atrevida incursión en el electro/techno/electro-pop, lo alejaron sin dudas de su público jazzista, pero no por ello lo quitaron de los primeros lugares de venta.
Es así como, entre un eclecticismo sublimado por el poder de un músico capaz de moverse con comodidad en distintos géneros, Herbie llegó a los 70 años. No se sabe si su conocida afición al budismo, religión transmitida por su esposa desde hace cuatro décadas, Gudrun Mexines, es lo que lo mantiene tan vital (parece poco menos que un cincuentón), pero lo cierto es que desde que llegó a los 70 abriles precisamente el 12 de abril, don HH ha decidido celebrarlo con todo durante dos años seguidos.
Una de esas fiestas musicales está representada en su reciente disco The Imagine Project, donde el pianista parece haber sufrido un proceso de “santanización” (por el Carlos Santana de Supernatural) al conformar una estructura de dúos con artistas de la World music, del pop y del rock, todos muy distintos entre ellos.
Claro, es Hancock y sólo hay que mirar un poquito para atrás en su vastísima discografía para encontrar el maravilloso New standard, de 1997, donde Herbie interpretó a Los Beatles, a Nirvana y a Prince, entre otros. También existe, más cerca en el tiempo, el disco del 2005, Possibilities, un legítimo producto HH animado por las voces de Sting, Joss Stone, Annie Lennox, Paul Simon, Christina Aguilera y John Mayer.
El nuevo trabajo de don Hancock, entonces, no representa su primer acercamiento a la música comercial y es de esperar que su inconmensurable público en el mundo reciba con los oídos abiertos este proyecto que el músico ha denominado “colaboración global”, destinado a lanzar un mensaje “sobre la paz y la responsabilidad” a todo el planeta.
“La música te abre a respetar otras culturas más allá de la tuya propia y a abrazar culturas fuera de ella. Y también a explorar nuevas posibilidades combinándolas todas”, dijo Hancock
The imagine project, editado por Sony Music, producido por Larry Klein y a la venta en México desde finales de junio, incluye las colaboraciones del grupo Los Lobos, del legendario saxofonista y compañero Wayne Shorter, la cantante pop estadounidense Pink, el británico Seal, la sitarista Anousha Shankar y la cantante de Mali Oumou Sangaré, con quien hace una versión impresionante del tema de Lennon “Imagine”. También canta el colombiano Juanes (bueno, ni Hancock es perfecto).

viernes, 1 de octubre de 2010

HERBIE HANCOCK


Cuando Herbert Jeffrey Hancock tenía 11 años, dio un concierto de piano interpretando a Mozart con la Chicago Symphony Orchestra. Desde entonces, el gran ícono del jazz contemporáneo se ganó para siempre el derecho de hacer lo que se le antoje. Entre un eclecticismo sublimado por el poder de un músico capaz de moverse con comodidad en distintos géneros, Herbie llegó a los 70 años y ha decidido celebrarlo con todo. Una de esas fiestas musicales está representada en el flamante The Imagine Project, en el que el autor de "Cantaloupe Island" y colaborador de Miles Davis parece haber sufrido un proceso de santanización (por el Santana de Supernatural) por el que eligió una estructura de dúos con artistas de la world music, del pop y del rock. Claro, no es Santana, es Hancock. Y sólo hay que mirar atrás en su vastísima discografía para encontrar el maravilloso New Standard (1997), en el que Herbie interpretó a Nirvana y a Prince. También existe Possibilities (2005) animado por las voces de Sting y Joss Stone, entre otros. The Imagine Project además incluye las colaboraciones de Los Lobos, del saxofonista Wayne Shorter, de Pink, del británico Seal, la sitarista Anoushka Shankar y la cantante de Mali Oumou Sangare, con quien hace una versión impresionante de "Imagine", de John Lennon. También canta el colombiano Juanes (bueno, ni Hancock es perfecto).

jueves, 30 de septiembre de 2010

WALLANDER


Los fanáticos mexicanos del hombre común proveniente de Ystad, una pequeña ciudad sueca con un gran puerto, con barcos que van y vienen de Polonia y Bornholm, están de parabienes desde que el canal 22 ha comenzado a transmitir la serie Wallander, protagonizada por el actor, productor y director irlandés Kenneth Branagh (Belfast, 1960).

Producidas por la BBC en escenarios naturales, las dos temporadas del programa que ha vuelto a mostrar la notable versatilidad del ex marido de Emma Thompson para calzarse como si fueran hechos a la medida los trajes de sus personajes, ofrecen a un Wallander vencido por la depresión que le causa su reciente divorcio (su mujer lo ha dejado por un hombre más joven), el deterioro mental de su complicado padre (interpretado magistralmente por el mítico David Warner) y las tendencias suicidas de su hija Linda, que también se ha hecho policía.

Branagh (el director de la esperada Thor, con Natalie Portman y Anthony Hopkins) se sacude en esta serie -por la que ha ganado el Bafta al mejor actor- la etiqueta de intérprete shakespeariano que le ha colgado la crítica desde su preciosa Mucho ruido y pocas nueces y desde el rotundo Hamlet que dirigiera y protagonizara en 1996.

Diríamos que en Wallander, el irlandés se ha “mankellnizado”, tan preciso que está en su rol de detective.

Tan entusiasmada está la directiva del Canal 22 con la serie, que puso todos sus esfuerzos para convencer a Mankell de que visitara Zacatecas entre el 15 y el 18 de julio cuando se llevó a cabo el Festival Hay de Literatura. No pudo ser. Los lectores del sueco saben que el escritor es, al fin y al cabo, como su álter ego Wallander: un tipo incapaz de socializar y al que las multitudes o la atención extrema lo desestabilizan sin más.

Quién es Wallander

Al detective Kurt Wallander le sale todo tan mal, que más bien podría decirse que el personaje fascinante salido de la pluma no menos hechicera de Mankell es un anti-detective. Un tipo gordo, diabético, falto de bohemia y de mística, cultiva eso sí un costado filosófico que lo acerca al entrañable alcohólico Philip Marlowe, creación imprescindible del estadounidense Raymond Chandler.

Hay que decirlo: Wallander no es tan inteligente como Sherlock Holmes y ni por las tapas se prodiga en excesos gastronómicos como el comisario Montalbano, aquel italiano entrañable del súper vendedor Andrea Camilleri (basta ver el refrigerador vacío del sueco para entender por qué los placeres terrenales le son tan esquivos).

Sin embargo, es en esta carencia de virtudes heroicas en donde reside la popularidad mundial de un investigador privado hundido en la melancolía y atravesado por la falta de éxito social. Un club de fans en inglés, varias películas y series, además de la popularidad mundial de las ocho novelas que han hecho rico y famoso a Mankell y que en nuestro país publica y distribuye la editorial Tusquets, dan cuenta de la trascendencia de un personaje que también en México ha derramado su magia.

Al decir de la escritora Ana García Bergua, la gran virtud de Wallander es el propio Wallander, “ese policía diabético, achacoso, que ve desmoronarse la tradición socialdemócrata sueca ante una ola de violencia y una corrupción que nunca se han visto por esos lares o por lo menos no tanto, antes del asesinato de Olof Palmer. Mankell plantea un punto de vista muy diferente del que podríamos tener en Latinoamérica o en Estados Unidos sobre el crimen. Wallander podría ser un cuate nuestro…”.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Un mapa de sangre

Un mapa de sangre

Al calor del narcotráfico y la violencia desenfrenada de los últimos años en su país, han aparecido varios libros de ficción que reflejan, al menos, la preocupación de los escritores mexicanos por dar cuenta del tema que tiene su epicentro en Ciudad Juárez, con su tasa criminal exorbitante y su ya declarado feminicidio. Desde 2666 de Roberto Bolaño en adelante, algunos se preguntan si están frente a un nuevo fenómeno llamado “narcoliteratura”. Mientras tanto, otros lo niegan, aunque no dejan de escribir sobre el tema. A continuación, un mapa de las más recientes novelas y autores que de una forma o de otra se han colocado en el ojo de la tormenta.



Por Monica Maristain

En diciembre de 2002, Arturo Pérez-Reverte presentó en la Feria del Libro de Guadalajara La Reina del Sur, una novela que narra la vida de una narcotraficante de Culiacán, Sinaloa, y que estaría inspirada en las peripecias de la Reina del Pacífico, considerada una líder histórica en el contrabando de cocaína de Sudamérica a México. El autor niega más o menos rotundamente (como es muy su estilo) que Teresa Mendoza, su personaje, le deba algo a la real y ahora encarcelada Andrea Avila, aunque admitió en aquella ocasión haberse valido de los buenos oficios del escritor mexicano Elmer Mendoza para conocer los intrincados vericuetos de la “cultura del narco”, un sistema que se inicia con los narcocorridos de Los Tigres del Norte y que tiene su punto climático en ciertas novelas, como las del propio Elmer, por caso su celebrada Balas de plata.

La amistad entre Pérez-Reverte y Mendoza ha generado un chiste entre bambalinas de la intelectualidad mexicana tendiente a hablar de La Reina del Sur como de “esa linda novela que escribió Elmer”. La ironía es reflejo, en todo caso, de una extrañeza que causa la historia del narco mexicano narrada desde afuera, algo singular, aunque en un país acostumbrado a ser mejor narrado por los extranjeros que por sus naturales (ejemplos: Bajo el volcán, de Malcolm Lowry; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño). Por lo pronto, la chanza no hace más que pronunciar en secreto una verdad intuida: lo que está pasando con el tema del narcotráfico mexicano no puede ser contado desde una frontera lejana. Al menos no puede ser contado sin el riesgo de tornarse así un folklore for export, tan for export como las bolsitas con la cara pintada de Frida Kahlo o los muñecos de resina con la estampa de un mexicano durmiendo la siesta eterna en la vereda pública.
Elmer Mendoza, autor de varios libros, entre ellos Balas de plata, que lo volvieron una autoridad, referencia y consulta en el tema.

Fue Pérez-Reverte quien en la conferencia de prensa realizada para hablar de La Reina del Sur hizo referencia a cierta ética y códigos morales que caracterizaban el negocio del narcotráfico. “No estoy a favor del crimen organizado, por supuesto, pero he de decir que conceptos como los de la lealtad y de no matar a inocentes deberían ser más respetados en lo que se llama la sociedad normal y que sí veo entre los narcos”, señaló.

Pérez-Reverte dijo eso y luego se llevó a Los Tigres del Norte de gira por toda España, en donde les brindó su amor públicamente y hasta cantó un corrido con ellos. “Camelia la tejana”, un narcocorrido de Los Tigres del Norte, fue el punto de partida para La Reina del Sur, así que había que devolver gentilezas.

Claro que en 2002 todavía no había comenzado lo que hoy se conoce como “La guerra del narco”, que ha sido la manera elegida por el actual gobierno de la derecha mexicana, encabezado por el presidente Felipe Calderón, para plantarle cara al negocio de la droga en tierra azteca. Cuestionada por propios y extraños, la guerra oficialista ha generado una espiral de violencia cruenta y ciega que ha dejado, desde 2006 hasta la fecha, unos 30 mil muertos y unos 5 mil desaparecidos. La cifra es índice de una pequeña guerra civil que tiene como escenario principal el norte del país, con Ciudad Juárez como símbolo de un infierno que parece no tener fin.

Los códigos morales a que hacía referencia Arturo Pérez-Reverte y cierto aire festivo que ofrecen los narcocorridos populares al describir el trasiego de cocaína y toda la red de relaciones que se generan a su alrededor, parecen hoy haber quedado en parodia de una crueldad feroz que ha puesto en vilo al sistema de gobierno mexicano.

Frente a los hechos, el folklore literario y musical del narco parece haber enmudecido. Tanto es así que la tan mentada versión cinematográfica de La Reina del Sur ha sido cancelada sin retorno por su director y productores “a raíz de la violencia que se vive en México”.

VOY A PERDER LA CABEZA

¿Cómo ha ido respondiendo la literatura a la escalada de violencia que crece sin cesar en México? Si Balas de plata, la novela con la que Elmer Mendoza obtuvo el premio Tusquets en 2007, elegía el policial y un detective a lo Wallander para narrar una intriga sinaloense donde la corrupción, la venganza y la tragedia destacaban al tráfico de armas como la peste bubónica que asola las tierras de nuestro descontento, Fiesta en la madriguera, la reciente y primera novela del mexicano radicado en Barcelona Juan Pablo Villalobos, se anota en la otra punta del género para contar una historia de extrañeza en la voz de un niño enredado trágicamente en un sistema sangriento.

Entre ambos libros, el de Elmer Mendoza y el de Juan Pablo Villalobos, hay mucha tela literaria que cortar. En esa trama roja, cada vez hay menos espacio para intentar la construcción de una épica alrededor de los crímenes del narcotráfico, y la violencia en alza plantea cada vez más dilemas morales. Un rasgo fuerte del dilema lo marcó El hombre sin cabeza, de Sergio González Rodríguez, un tratado de la violencia contemporánea que une mediante un hilo narrativo tenebroso las decapitaciones de los sicarios mexicanos con las que realizan los talibán y que luego difunden por Internet.

Sergio González Rodríguez, nacido en 1950, cobró fama internacional con Huesos en el desierto, el registro de las mujeres asesinadas en Juárez y que dio origen al término “feminicidio” en un país que no ha alcanzado todavía a dar respuesta a los familiares de las víctimas. Ya suman más de 500 las mujeres muertas, con 142 asesinadas sólo en 2010 y la policía no ha detenido a nadie por estos hechos. El tema de los descabezados lo retomó Daniel Sada (Mexicali, 1953) en su reciente libro de cuentos Ese modo que colma. La narración que da título al libro describe, precisamente, una historia en la que aparecen cuatro cráneos en una hielera, un hecho real que dio rienda suelta a la imaginación del autor norteño.

Obviamente es posible empezar a preguntarse si los libros aparecidos en el último quinquenio en México alcanzan para definir un corpus que pueda definirse como el nacimiento de un nuevo género literario al que podríamos llamar “narcoliteratura” o “narconovela”. En diálogo con Radar, Juan Villoro (él mismo ha usado el narcotráfico como tema de fondo en su novela El testigo) considera que “más que una narconovela, lo que existe es interés por el tema. No puede ser de otro modo, con cerca de 30 mil muertos en cuatro años”. Para él, hay dos ejes fundamentales en los libros que tratan el tema del narco: “El retrato de la violencia y la necesidad de trascenderla a través de la ironía, el placer y la imaginación”.
Sergio Gonzalez Rodriguez tratO en El hombre sin cabeza, las decapitaciones de los sicarios mexicanos.

Elmer Mendoza es más entusiasta y optimista. “La literatura de violencia es cada vez más propositiva. No es sólo un recuento épico de la depredación humana; se sustenta en una estética que se va definiendo en base a una voluntad de estilo y un territorio lingüístico concreto. Si logramos crear obras maestras, será un género literario”.

Daniel Sada dice que “se está produciendo cierta obra relacionada con el narco, pero para mí es un petardo que no creo que dure mucho. En todo esto se dirime la calidad, habrá buena literatura y mala. Antes del narco se hablaba mucho de la frontera, de los migrantes, pero no existe ninguna gran novela sobre ese tema”, dice. “Para que se funde un género, hace falta una obra muy contundente y esa obra no ha aparecido todavía. De todas las que salieron, la que más me gusta es Al otro lado, de Heriberto Yépez”, agrega.

Según Villoro, “a diferencia del periodismo, que ha cedido el protagonismo a los autores de los crímenes, la novela ha buscado el relato de las víctimas, los actores secundarios, los daños colaterales (así es como, a fin de cuentas, se nos puede decir a la mayoría de los mexicanos)”.

Juan Pablo Villalobos es una rara avis en el género e incluso en el mundo literario mexicano. Fiesta en la madriguera ha irrumpido con sugestiva fuerza entre los lectores, inaugurando un lenguaje aséptico que describe irónica y desapasionadamente la rutina del crimen organizado, echando mano de la voz de un niño-testigo que al principio parece no entender nada, pero luego lo entiende todo. “Al final, el acercamiento al tema del narcotráfico me interesaba poco en cuanto a reflejo de una realidad social y en cuanto a construir la historia de un narcotraficante en particular. Mientras yo escribía la novela, iba leyendo las noticias de México. Empecé cuando comenzaba el boom de la violencia más bestial, cuando aparecieron pedazos de cuerpo y cabezas por todos lados, pero lo que yo hacía como método de escritura era mirar a la mañana tres o cuatro periódicos de México por Internet, aunque sólo miraba la primera plana, no entraba en la noticia. Entonces, en la novela hay un poco de esto, pero sin llegar a relatar puntillosamente un hecho que realmente haya sucedido”, cuenta Villalobos a Radar.
Juan Villoro, que en su novela El testigo tiene el negocio de la droga como telon de fondo.

CORAZON DE KALASHNIKOV

Alejandro Páez, nacido en Ciudad Juárez en 1968, escribió Corazón de Kalashnikov (Planeta, 2009) entrelazando la vida de tres mujeres juarenses signadas por la violencia y echando mano de un lenguaje literario de alto vuelo, para narrar ficcionalmente lo que su oficio de periodista no le permitía contar. Para el autor no existe el concepto de “narcoliteratura”.

“Respeto a quienes lo usan o lo aceptan, pero no creo en él. Me parece que la literatura es una sola e indivisible. Por lo regular escribimos de lo que conocemos, de lo que sabemos. La literatura no viene de la nada. En mi caso, provengo de una ciudad que ha convivido ya un siglo con traficantes de heroína, candelilla, licor, cigarros. Viví entre narcos, fueron mis vecinos. Mi generación quedó destruida por contacto directo o como víctima colateral. Entonces, en cierto momento, cuando me di el tiempo y me senté a escribir ficción, no pude sino recurrir a las figuras que me eran comunes. Corazón de Kalashnikov recurre a narcos, sí, pero también a mujeres: Ciudad Juárez es una comunidad en la que las mujeres juegan un papel central. La fuerza laboral de esa frontera fue de 400 mil durante el boom maquilador, en la década de 1990. Los hombres fueron reducidos a papel secundario y eso generó un drama que no viene al caso contar aquí, pero que se expresó en maltrato y, en algunos casos, en homicidios. El narcotráfico tiene una presencia tan brutal en México que por supuesto ha marcado muchas formas del arte, entre ellas la literatura”, asegura.

Más allá de negar que exista una “narcoliteratura”, ¿cree que el tema del narco es insoslayable en la literatura mexicana?

–Si este sexenio terminará con cerca de 60 mil muertes, uno de nosotros tendrá que contarlo, seguramente. Cito a Julio Cortázar. Está el narco porque debe estar. Este trauma trastrocará la plástica, la historia, los libros de texto. Los que escribimos o nos expresamos somos por lo regular hojas limpias y sensibles sobre las cuales cada circunstancia deja una huella.

Antes de publicarla, ¿sabía que su primera novela debía tocar el tema de la violencia, de su ciudad natal?

–Una amiga periodista descubrió estos textos. Me preguntó: “¿Qué escribes, Alejandro? ¿Tienes ficción?”. Fue entonces que descubrí que sí escribía ficción y que tenía una novela terminada. “Sí”, le respondí. Ella, mi madrina, me llevó ante mis editores y no para planear una novela sino para buscar la oportunidad de publicar algo que casi se escribió solo antes.

Es decir, además del peso autobiográfico, ¿sintió la necesidad moral de que su primera novela transitara el territorio de Ciudad Juárez?

–No. Esos ambientes, esos personajes, esas mujeres y esos hombres estaban dentro de mí. No pude evitarlos. Como periodista, como estoy informado de manera natural de lo que allí sucede, sí podría hablar de un compromiso. Pero no como escritor.

Sus personajes sobreviven en medio de la violencia y a usted le gusta decir que en realidad todas sus historias son historias de amor.

–Creo en el amor. En su fuerza destructora, que no tiene nada que ver con violencia. A todo amor le corresponde un desamor. Debemos recordar que en Ciudad Juárez, en donde van 7 mil ejecutados violentamente por el narco en sólo tres años y medio, la gente sigue enamorándose, guiando a sus hijos, llevándolos a la escuela. Sigue amando. Por eso digo que escribo de amor, aunque haya balas y sangre en mis textos. En mi caso, me parece que sin pensar en el género deberé escribir sobre Juárez porque no tengo remedio: soy juarense, mis padres son de Chihuahua, como mis abuelos y mis bisabuelos. Tengo pocos cántaros a los cuales recurrir, y éste no se ha secado todavía.

Según Roberto Bolaño, “el infierno es como Ciudad Juárez, que es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos”. ¿Qué es para usted Ciudad Juárez?
Alejandro Paez, nacido en Ciudad Juarez y autor de Corazon de Kalashnikov.

–Hace poco, y cito a Charles Bowden, pensaba que Ciudad Juárez era el laboratorio de nuestro futuro como sociedad latinoamericana. Pero el futuro nos alcanzó pronto. Juárez es el presente. Cali está en llamas. Todo Venezuela está en llamas. Tamaulipas, Coahuila, Nuevo León: México está en llamas porque el modelo económico que seleccionamos, y que hizo mierda a Ciudad Juárez, falló; y los jóvenes no tienen otra opción que lanzarse al mundo del narcotráfico. Les fallamos y ahora nos disparan. No los educamos, no les dimos salarios dignos, empleos, salud. Ahora tomaron su camino y fue el peor. Eso ha pasado durante generaciones en Ciudad Juárez. Ahora nos explota en la cara. Nos dice con toda brutalidad que somos una sociedad fallida, que no distribuimos las oportunidades y que ahora hemos enfermado todos, en conjunto. Si seguimos tratando de acabar a punta de balas y prohibiciones este fenómeno, estamos condenados al fracaso. Debemos pensar que los drogadictos son nuestro error; su enfermedad es nuestra culpa. Debemos pensar que el sicariato se alimenta de nuestra falta de fuerza para exigir un justo reparto de la riqueza. Debemos pensar que la violencia es el resultado de gobiernos corruptos y sociedades corrompidas que vivieron del crimen organizado. Ahora, el crimen está más organizado que la sociedad, y nos desangra.

Las mujeres de Juárez son las protagonistas de su novela. En la realidad, ¿son una lucha perdida?

–Mi madre tiene cinco albergues de huérfanos en Ciudad Juárez. A sus 74 años, ella sigue rescatando niños, sin ayuda del Estado, de picaderos, de familias de drogadictos, de las esquinas. Esas son las mujeres de Ciudad Juárez: son su fuerza. La lucha la perdimos todos, menos ellas. Ellas son las que mantienen el alma de esa comunidad. Y, hasta la fecha, son las de los empleos modestos y legales: las que van, entre balazos, a las maquiladoras; las que atienden los restaurantes, las tiendas, los comercios, a pesar de que los extorsionadores casi acabaron con todo negocio legal en Juárez. Ellas son la única lucha que hemos ganado como sociedad. Y son, claro, las más vulnerables. Una pinche sociedad de machos ha querido aplastarlas, pero por fortuna siguen de pie. El futuro, si lo pensamos con esperanza, se fincará en ellas.

¿Qué opina de los innumerables libros que han salido sobre Juárez?

–Les deseo suerte. Espero que se vendan si tienen calidad, como el de Bolaño, y que queden en el olvido si son una mierda.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

LOS PERIODISTAS SON PEORES QUE ANTES


Dice Arturo Pérez Reverte que "los periodistas somos peores que antes". Algún malediciente que nunca falta apuntará que lo dirá por él. Al fin y al cabo, el afamado autor de "La carta esférica", "La reina del Sur" y "Las aventuras del capitán Alatriste", entre otros, no goza, como se sabe, de gran respeto entre sus colegas de profesión. Aun cuando las declaraciones del autor español siempre están teñidas de esa pátina de cinismo y pedantería al que es tan afecto, no es difícil coincidir con él cuando se analiza el pobre lenguaje del que hacen gala los nuevos comunicadores (sin decir, desde ya, para no insistir en las obsesiones de siempre, que cuando un periodista se llama a sí mismo comunicador, está chingado). Dice la locutora que lee los titulares en ese canal de la derecha gusana que pulula en el cable, a la altura del 635 (para los que tienen SKY): "El Golpe de Estado de Chile en 1937". Y lo leyó así: muy clarito. Y pasó, nadie dijo nada, nadie aclaró el punto. Claro, es probable que el error obedezca a alguna pulsión disléxica más que a una ignoracia supina acerca de los hechos históricos recientes en la patria de Salvador Allende y de Pablo Neruda. Lo que no es tan claro es el efecto que en las nuevas generaciones, más aficionadas a los videojuegos que a los libros de historia, puede producir la confusión de fechas referida. Imaginarse aquello de "el Golpe fue en 1937: lo escuché en la tele" no es precisamente contar con una frondosa tendencia a la fantasía.
Dice el periodista del noticiero de Canal 11: "Un grupo de empresarios decidieron...". Y ya te arruinó la mañana o al menos la noticia en cuestión. Tú escuchas atento una noticia hasta que truena algo. Es como en esas cenas familiares cargadas de tensión y silencio espeso, hasta que alguien, un duende o un tío con Parkinson, hace sonar a destiempo un tenedor sobre el plato.
En el programa "El gordo y la flaca", una dizque periodista menciona la palabra "antisonantes" para referirse a un músico famoso que se había peleado con otro famoso como él. Y no escuchas la noticia...te queda la palabra sonando en el cerebro: antisonantes, antisonantes, antisonantes...dice que es antisonante, pero suena, suena, suena...

martes, 14 de septiembre de 2010

CUANDO PERDER ES GANAR


El gran rugbier argentino Hugo Porta suele contar que en sus inicios deportivos era un buen tenista, tanto como para pensar dedicarse de lleno a ese deporte. Sin embargo, las serias transformaciones de carácter que comenzaba a notar en sí mismo, lo hicieron pronto desistir. "Mis padres no me soportaban. Cualquier partido que perdía, fuera de torneo o de práctica, era un drama terrible cuyo efecto me duraba días". Pensaba Porta y pensó bien que un juego de equipo le iba a quitar mañas y atenuar neurosis y que le iba a ofrecer, además, la hermosa posibilidad de compartir la experiencia competitiva, eso de equilibrar méritos y responsabilidades. Fue así como el deporte de alto rendimiento perdió en Argentina un tenista, pero ganó un excelente rugbier, capitán durante muchos años de los legendarios Pumas.
En la final del US OPEN 2010, las primeras palabras que pronunció Rafael Nadal al ganar su cuarto Grand Slam del año fueron para su contrincante, el serbio Novak Djokovic. "Es rara una actitud como la tuya en alguien que acaba de perder un partido de tanta importancia. Y una actitud así es de agradecer y de felicitar", fue más o menos lo que dijo el enorme tenista de Manacor. Se refería Rafa no a la cara de velorio con que "Nole" comenzó aceptando su derrota, sino a la inmediata actitud posterior que el tenista balcánico adoptó en la emotiva ceremonia de premiación. El rostro alegre, sereno, la generosa felicitación al victorioso y esa personalidad extrovertida a que Djokovic nos tiene acostumbrados en el máximo circuito internacional, fueron la manifestación de un triunfador nato: aquel que sabe perder.
Es cierto, como dice Porta, que el deporte individual tiende a deformar los caracteres de sus practicantes, volviéndolos hijos únicos en un sistema donde poco se penan o condenan las conductas mezquinas, autistas, de poco compañerismo. Por eso, cuando aparecen esos gigantes que tanto adentro como afuera de la cancha saben estar a las alturas de las circunstancias, uno no puede menos que festejarlo.
No cualquiera puede ser segundo. Está visto.

domingo, 12 de septiembre de 2010

NENE DE ANTES




MUSICA › A LOS 62 AÑOS, ROBERT PLANT RETOMA EL ESPIRITU DE SUS 17 CON BAND OF JOY
“Hoy como ayer, sólo quiero cantar”



Por Mónica Maristain

Los 62 años y las arrugas en el rostro que ostenta el ex líder de Led Zeppelin son el testimonio de su status de estrella de rock global desde tiempos remotos, sobre todo aquellos en que no existían las estrellas globales. Y en este volver a los 17 privado, con un disco solista cuyo lanzamiento mundial está previsto para el próximo 14 de septiembre, Robert Plant se toma un tiempo para reflexionar sobre sí mismo y sobre su modo de entender la música que lleva más de cuarenta años haciendo. “Todavía me impresionan las sorpresas que brinda la música. No tiene sentido que los músicos viejos como yo digan que ya no es como antes, porque sí, es como antes. Simplemente, tenés que encontrarlo. Este disco de alguna manera busca invocar la emoción de mis 17 años. Al fin de cuentas, es como era ayer: ¡sólo quiero cantar!”, dice.

Y no se trata de nostalgia de abuelo. Se trata de su relativismo nietzscheano de siempre, de esa especie de desapego por las hipérboles que un negocio al que suele despreciar insiste en sembrar y hacer germinar a su lado. No hay encuesta sobre las mejores voces de la historia del rock que no lo tengan en los primeros puestos. La última fue la realizada el año pasado por la radio online Planet Rock, en la que volvió a reinar por encima de voces con estilos absolutamente diferentes. Entre los primeros 40 de esa tabla, el más joven es Chris Cornell, acaso uno de sus deudores directos. Y en esa tabla no aparece Eddie Vedder, el líder de Pearl Jam, un claro espejo (aunque no prístino) de ese modo de cantar a lo Plant. Pero él no se detiene en eso, prefiere pensar en que mañana es mejor. “Quería imprimirles mi personalidad a canciones de otros autores y abrirlas a mi estilo. Tengo una manera particular de cantar y debía enfrentar estas canciones de la única manera que conozco, cantándolas con el estilo Plant”, dice a propósito de Band of Joy, su primer solista en cinco años. También será el primero después de que en 2009 arrasara con los premios Grammy, llevándose seis estatuillas a su casa... y otros tantos fueran a parar a la de Alison Krauss, la reina del bluegrass con la que Plant construyó el imprescindible Raising Sand.

El desdén histórico por los refulgentes brillos del mainstream del rock que él, sus compañeros de Led Zeppelin y algunos colegas ilustres inventaron, se ha ido ahondando en el interior de Plant con el paso del tiempo. Si de algo no quiere escuchar hablar el cantante es de la posible unión de Led Zeppelin, aun cuando el guitarrista Jimmy Page y el bajista John Paul Jones (muy feliz con Them Crooked Vultures, la banda de próceres convocada por Dave Grohl) anunciaron el año pasado una gira mundial y un disco con Led Zep, ¡sin Plant! La cosa no se concretó, aunque el baterista Jason Bonham, el hijo de Bonzo, confirmó en julio pasado que el intento se hizo. “Estuvimos un año componiendo y armando todo y la verdad es que disfruté mucho de trabajar con Jimmy y John Paul. Fue muy divertido”, dijo el músico. Pero si Plant tiene pocas ganas de oír hablar de Led Zeppelin, hay miles que sí quieren oír hablar de Plant. Saber, por ejemplo, cómo conserva la voz potente de su juventud, acaso sin la estridencia, pero con el mismo fervor misterioso y profundo con que regala unos fraseos inverosímiles, unos agudos capaces de doblegar cualquier espíritu sensible.

El título del nuevo disco, Band of Joy, alude a la banda de blues formada en Birmingham en 1965, que Robert Plant lideraba antes de que se fundara Led Zeppelin, y en la que también estaba John “Bonzo” Bonham. Plant es el único sobreviviente de la agrupación original, pero decidió reinstaurar el nombre en su nuevo grupo de acompañamiento. “Band of Joy representa un intento por crear, diversificar y celebrar la gran dinámica de la escena musical de mediados de los ’60. Quería traerla de regreso al presente, a este punto en mi carrera”, dice Plant a propósito de su álbum, grabado en Nashville, producido por él mismo y el legendario guitarrista estadounidense Buddy Miller. “Me acerqué a Buddy porque es una especie de curador del museo del rock”, confiesa el cantante. “Con su colaboración encontré la sección rítmica ideal para el proyecto. La mezcla e interacción que surgen del bajo y la batería son esenciales para hacer que estas canciones vivan en otra parte.”

“Las diferentes experiencias que he vivido durante los últimos años me han acercado al tipo de conocimiento musical y técnico de Nashville”, sigue el ex Zeppelin. “Está ahí, listo para ser desempolvado. Así lo pensé, la mezcla entre acústico y poderosamente eléctrico.” El primer single es “Angel Dance”, de Los Lobos, un tema que al decir del intérprete inglés es “muy seguro de sí mismo y orgulloso”. La canción dice que “mañana llegará un nuevo día y podremos correr y jugar... / todos se han ido adonde pertenecen / vamos a cantar nuestra canción...” Y Plant comenta: “Una letra como ésa es una gran forma de abrir la puerta a esta etapa particular de la carrera tan diversa que he tenido”.

El repertorio es variado y de diversos orígenes. Está la canción “You Can’t Buy my Love”, sacada de un álbum de los ’70 de un músico llamado Bunger Joe. “El disco se llama I Wish I Could Sing y el tema es la respuesta a ‘Can’t Buy Me Love’, de Lennon y McCartney. Me pareció muy linda, es como una canción pop, así que le agregué un puentecito con ‘uh uh uh’ y te lleva directamente a lo que se hacía en 1963. Abrís la puerta y entra gritándote.” La banda formada por Plant –que incluye a Buddy Miller, Byron House, Darrell Scott, Marco Giovino y Patty Griffin– hace también “Falling in Love Again”, una gran balada negra de The Kelly Brothers, con todo el estilo de 1964. “Es una canción hipnótica que permite incorporar coros. Si uno analiza mi carrera, nunca hubo suficiente tiempo para agregar otras voces a la mía. Los coros se usaron muy poco en Led Zeppelin. Para este tema, fue genial tener los coros y adosarle un profundo tono de barítono, que le da un carácter muy particular.”

La hermosa voz de la estadounidense Patti Griffin deslumbra en la versión de “Monkey”, del grupo indie Low, formado en Minnesota en 1993. “Ella se acercó a la canción con una forma libre y directa. Fue perfecta”, dice Plant. En la reciente gira que el cantante hizo por Memphis para presentar el disco en vivo, hizo “Monkey” sin Griffin e igual sonó impresionante, con un dejo melancólico y una cadencia amorosa y envolvente que el genial Miller intensifica con unos riffs inolvidables. En el disco, Plant y Griffin también hacen otro tema de Low, “Silver Rider”, seco y evocador, de un rock a media máquina, inspirado en el blues y el folk estadounidenses. Miller le puso banjo a la versión de “Satan your Kingdom Must Come Down”, la canción desoladora y absolutamente adictiva de la banda alt-country Uncle Tupelo, que el ex Zeppelin canta como si estuviera adentro de una iglesia, a un tempo mucho más lento que la grabación original.

Está la balada folk “Cindy, I’ll Marry You Some Day”, y un punto alto del disco sin dudas lo constituye la interpretación de “Central Two-O-Nine”, un tema triste y oscuro de Townes Van Zandt (1944-1977), el cantautor texano maníaco-depresivo y alcohólico que inspiró, entre otros, a Bob Dylan. De Van Zandt, Plant también hace “Harm’s Swift Way”. “La canción te toma por sorpresa y te destroza. Es una pieza muy sombría. Pensé si habría una forma diferente de hacerla. Queríamos convertirla en algo que no fuera necesariamente un monumento a su autor, sino en una reflexión diferente de su trabajo”, cuenta el cantante. “‘Central Two-O-Nine’ es la reinterpretación de muchas canciones geniales que cambiaron mi vida, incorporadas en la misma pieza. El enigma alrededor de la historia de Van Zandt sigue abriéndose ante mí diariamente. Toda su visión de compromiso sobre lo que se debe hacer todos los días para sobrevivir es espectacular. La sensibilidad y también la futilidad del asunto. ¿Realmente importa si asimilamos este compromiso?”, se pregunta Plant. Y acaso la mejor respuesta positiva sea su formidable disco.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Un regalito de Trino

ENTREVISTA A DEMIÁN BICHIR


Demián Bichir (México, 1963) es un hombre inquieto. No se conforma con haber nacido en una familia cuna de grandes actores, también le da a la pluma escribiendo columnas de temas varios para distintos medios nacionales, nunca olvida su pasión por el “rebaño sagrado” y casi toda su agenda está supeditada a los partidos que las Chivas de Guadalajara disputan para regocijo de su fan número uno.
La mención a su pasión futbolera podría resultar frívola aplicada a otras personas, pero en él constituye todo un sello de identidad voluntaria que el artista pregona a voz en cuello casi. Otra de su afición contumaz está expresada en su propio cuerpo, el territorio de un metro noventa donde explora y construye sus roles para el cine, el teatro y la televisión.
“Cuando no grabo o filmo me dejo crecer todo”, dice sin metáforas. Esto es: pelo, barba, bigote y músculos varios florecen para que su dueño se ofrezca como en un catálogo de amplias posibilidades; al fin y al cabo, nunca sabe del todo si lo próximo que viene es un gordo con sombrero subido a un caballo o un flaco esmirriado perdido en la bruma de una metrópolis insana.
Afable y nervioso, de sonrisa abierta y siempre preparada para el interlocutor de turno, Demián va por la vida guiñando el ojo con picardía. Dice que es feo y por tanto no le queda otra más que apelar a la simpatía. Cuando uno le recuerda que la referencia a su supuesta fealdad parece más una artimaña en un mundo donde casi todas las chicas se dan vuelta para mirarlo, él concede con modestia cierta que en él ven al famoso, al conocido. “Si camino por las calles de Turquía, seguro que nadie se da vuelta para observarme”, afirma.
Se ríe a mandíbula batiente cuando escucha aquello tan popular de que él y sus hermanos, también inmensos actores, Odiseo y Bruno, son como “Los Baldwin” mexicanos. En el tú a tú confiesa que en una familia con tantas individualidades, a él le toca a menudo el papel de conciliador, el que va ligando los hilos para que la trama de un hogar que desborda de afecto se despliegue con todos sus colores y matices.
Hijo de los también actores y directores de teatro Alejandro Bichir y Maricruz Nájera, Demián heredó de sus progenitores un interés marcado por la política y sus opiniones siempre se colocan a la izquierda. No le pesa, ahora que se ha convertido (gracias a su formidable comandante Fidel Castro en la película El Che, de Steven Soderbergh) en más internacional que nunca, aprovechar los recreos en los rodajes para convertirse en un improvisado embajador de su país y narrarle a sus compañeros de filmación las bellezas que viven en el suelo donde nació, más allá de la guerra del narco, más acá de la mala fama nacional en el extranjero.
Le gusta comer y le gusta hacer ejercicios. Es disciplinado. Bebe con moderación y no le entra a las drogas. Para lo que no tiene límites es para la obsesión. Con la misma fe y dedicación con que encara su trabajo en el cine, dirige los destinos de su restaurante en La Condesa, respondiéndole personalmente a los comensales que dejan quejas o algún que otro comentario adverso. Nadie, en esos momentos, querría tenerlo como jefe.
Querido por el gran público por su papel inolvidable en Sexo, pudor y lágrimas, el futuro de este verdadero trabajador de la escena, se presenta inconmensurable. Viene de hacer del cura Hidalgo en el filme Hidalgo – Moliere, dirigido por Antonio Serrano, con una caracterización conmovedora.
Entre aviones y aeropuertos busca su destino. Por ahora, ese sino es solitario. Un divorcio, un par de noviazgos sonados y frustrados, la muerte de su querido perro Rufino, le han otorgado el carácter de “single”. No se queja. Demián nunca se queja de nada.
- ¿Hay un afuera y hay un adentro ahora en tu vida profesional?
- Lo que pasa es que soy “pata de perro”, desde niño, nunca me puedo quedar en un solo lugar. Me mueve el deseo de andar experimentando, buscando nuevos lugares y nuevas posibilidades. Eso es lo que me ha llevado a salir de mi país, fundamentalmente. Yo me fui a vivir a Nueva York a los 22 años y todo lo que sabía de inglés era the pencil is red y párale, ¿no?. Pensé que con eso me bastaba para defenderme en Nueva York, pero ni madres. Sin embargo, tenía ganas de darle a mi actor otro tipo de vivencias. Desde muy chavo hago teatro profesional y necesitaba salir del cascarón. Estaba listo para vivir en otro lado, afuera de la casa de mis padres. Nunca tuve, por cierto, la necesidad de irme dando un portazo al grito de “Los odio” o “Me odian”. Así que empecé por rentar una casita en el Desierto de los Leones y cuando tenía todo listo para empezar a vivir solo, conocí a mi chava. Fue en la filmación de una película gringa que se llamó Los penitentes (1988, Cliff Osmond), con Raúl Juliá.
- Y te enamoraste de la protagonista…
- Así es. Rona De Ricci y yo nos enamoramos en San Miguel de Allende. Cuando terminó la filmación, no lo pensé más y me mudé a Nueva York. Claro, todo el mundo pensó entonces que era una locura, pero pudo más mi espíritu aventurero…
- ¿Y ahora the pencil is red and yellow and green?
- Uy, ahora domino una gama de colores que ni lo puedes creer… La verdad que ha sido difícil aprender inglés. Sobre todo porque lo aprendí de adulto. A mí se me complicó mucho y era un poco desesperante porque al final del día tenía siempre un dolor agudo en el cerebelo, de tanto tratar de traducir y de tanto tratar de darme a entender. Mi chava no hablaba español y por eso digo que el amor todo lo puede. Ni siquiera las idas al cine eran felices, porque yo extrañaba los subtítulos.
- Ahora todo cambió…
- Sí, porque soy muy necio y trabajé muy duro, la verdad. Atrás de cada película que la gente ve hay mucho trabajo. Es un poco lo que nos pasa a los feos: para ligarte a una chava tienes sacar todo el repertorio de lo mejor de ti. Lo mismo pasa en el trabajo: si no soy un fenómeno de actor, un dotado, entonces tengo que trabajar el triple.
- Igual, siempre dices eso en las entrevistas, que eres feo y la verdad es que tienes un pegue bárbaro…
- No, es en serio. No lo digo como falsa modestia. Las chavas que te prestan atención es porque sabes quién eres. Si yo ahora me pongo a caminar por Turquía, no sé si muchas mujeres se me van a acercar…
- Diría que mejoras con los años y que estás llevando muy bien tus 46

- Que tu boca sea de profeta.
- De todas maneras en estos últimos años has venido trabajando mucho tu físico…
- Pero mira que ha sido porque los personajes me lo han pedido. Cuando hicimos American Visa (2005, Juan Carlos Valdivia), quería que fuera un maestro flaco, esmirriado, poco atractivo. Al boxeador de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995, Agustín Díaz Yanes) le metí diez kilos de músculos, pero a Fidel (2008, El Che, por Steven Soderbergh) le tuve que meter diez kilos de panza. Ahora vengo de hacer un jardinero, un personaje para el que tanto el director como yo queríamos una pancita “chelera”. Se trata de un oficio, el de jardinero, donde no hay tiempo para alimentarse sanamente y se sigue una mala dieta. Ahora estoy tratando de sacarme la pancita. Lógicamente, cuando eres más joven, todo es más fácil, pero siempre es importante la disciplina. Cuando no trabajo es cuando más me cuido, hago ejercicios, como bien y todo eso me sirve para mi trabajo.
- Se nota el tiempo que pasas en el gimnasio…
- Y sí, toda mi vida pesé 67 kilos y fui muy delgado. Ahora peso 85 y sigo siendo delgado. Claro que si quiero, puedo ir y perder 10 kilos para un personaje. Subir de peso se me hace más complicado.
- ¿Cómo se trata el tema de los nervios cuando tienes bajo tu responsabilidad un personaje como el de Fidel Castro?
- Es curioso que menciones lo de los nervios, porque mientras estaba filmando El Che, me despertaba a medianoche, con sobresaltos y taquicardias. Y me decía: si no me calmo, me va a dar un pinche infarto. Era la responsabilidad de un personaje para el cual no había tenido un mínimo ensayo. Steven Soderbergh no ensaya, ni siquiera abre el libreto a sus actores, las únicas lecturas que hicimos fue en Monterey, California, a un campamento de tres días donde teníamos todo tipo de entrenamiento. A la noche leíamos el guión alrededor de una fogata, comandados por Benicio del Toro que fue el primero que se puso las botas…
- ¿Y cómo fue que llegaste a ese papel?
- Fue un misterio, la verdad. Luego me contó bien Steven cómo fue. El asunto es que tuve una entrevista con una directora de casting, Mary Vernieu, y cuando la fui a ver tenía cuatro meses de haberme dejado el pelo y la barba luego de Enemigos íntimos (2009, Fernando Sariñana), donde me había rapado hasta el último pelo. Cuando no estoy trabajando dejo crecer todo, para después poder experimentar con diferentes looks. La cosa es que Mary me miraba y me miraba, hasta que en un momento me dijo: -¿te puedes quedar para ponerte en tape? Y le dije, sí, claro, ¿por qué? Y ella me contestó, es que estoy preparando las películas de El Che. Le pregunté si se trataba del proyecto de Terrence Malick con Benicio del Toro y ella me dijo que sí, pero que ya no las iba a dirigir Terrence sino Steven Soderbergh. Javier Bardem va a ser Fidel Castro. Desde entonces supe que quería estar en esa película de cualquier forma, conocía muy bien el proceso cubano de cerca. Mary me pidió que improvisara con acento cubano durante cinco minutos. Conté en cinco minutos la primera vez que vi a Silvio Rodríguez en el viejo Auditorio, yo tenía unos trece años…
- ¿Y qué pasó después?
- Nada, que me volví a mi casa y recibí una llamada de mi representante que me decía que muchas gracias, pero que iban a seguir buscando gente en Puerto Rico. Les mandé a decir que yo iba a volar por mi cuenta a Puerto Rico y que iba a insistir con el casting. Me contestaron que lo iban a tener en cuenta. Luego me subí a un avión para ir a Ibiza, donde iba a ser jurado en un festival. Y estando en Ibiza, a las cinco de la mañana sonó el teléfono. Era una llamada de Nueva York diciéndome que Steven Soderbergh quería que yo hiciera de Fidel Castro. Entonces, a lo largo de mi carrera hice audiciones durísimas, con escenas al derecho y al revés, citas con productores, con directores y esta fue la audición más extraña para obtener un papel con el que ni siquiera había soñado.
- ¿Qué había pasado con Javier Bardem?
- Luego me contó Soderbergh, cuando viajábamos a bordo del barco Gramma en Cuba, que cuando Javier se fue a hacer la película de Woody Allen se quedaron desarmados y que fue Mary Vernieu la que le dijo que yo tenía la mirada de Fidel. Steven y la productora vieron mi audición y dijeron que sí y que me ofrecieran el papel. Así fue. En ese barco le dije a Soderbergh que le tenía que mandar unas flores y unos chocolates a Bardem para agradecerle. Y, esto es lo mejor, Steven me contestó que el que tenía que regalarle y agradecerle algo era él.
- ¿Y quién fue la primera persona con la que compartiste ese logro?
- Inmediatamente con mi padre, por obvias razones. Él fue un revolucionario toda su vida, tiene 70 años y sigue yendo a los mítines y sigue reclamando lo que es suyo y lo que es justo para el bien común. Por mi padre, además, yo me llamo Sandino, de segundo nombre. Es un viejo que ama a la Revolución Cubana y especialmente a Fidel. Estaba muy emocionado.
- ¿Qué es lo mejor de tu trabajo?
- Las relaciones que se forman. Mis amigos más queridos son por el cine que he hecho. Las experiencias más ricas me las dieron las películas en las que he trabajado.
- ¿Y el éxito y el fracaso?
- Son tan relativos y dependen de tantas cosas y no de ti, precisamente. La única obligación que tenemos los actores y todo el equipo en un filme es hacer la mejor película posible. Nadie va al set pensando que va a hacer una mierda.
- ¿Te gusta vivir en Los Ángeles?
- Es una ciudad muy cómoda para mi trabajo, pero la realidad es que me gusta mucho más Nueva York y cada día estoy más cerca de regresar, es lo más parecido al DF.
- Entre los famosos que conociste, ¿alguno de ellos te hizo temblar de emoción?
- Bueno, mucha gente. La verdad es que me invitaban a todo, durante la gira de presentación de la película habrán dicho ¡Fidel, que venga!
- ¿Y nunca te dijeron “comes y te vas”?
- No, por suerte. Me quedé al postre, la sobremesa y encima me regalaron puros. (risas). Nunca había viajado tanto con una película. La cosa es que en Nueva York, durante una gala, estábamos Benicio y yo en plena charla y apareció una señora a felicitarnos y de paso a presentarnos a su esposo. ¡Era Neil Simon! Como bicho de teatro que soy y habiendo hecho dos obras de él, imagínate. En Ibiza conocí a alguien que luego se hizo un gran amigo mío: John Hurt. Cuando estuvimos filmando en Irlanda con Bruno, él y su esposa nos fueron a visitar y se quedaron unos días con nosotros. Marie Louise-Parker (la protagonista de la serie Weeds, donde Demián forma parte del elenco) también es una buena amiga.
- Y de pronto llegas a Hidalgo, con la historia de México, que tanto te preocupa…
- Sí, la verdad es que en la historia de nuestro país tenemos muchos lunares. La nuestra es una historia de traiciones y parece que no aprendemos las lecciones. Cuando te echas un clavado en un papel como el de Hidalgo, realmente se mueven muchas cosas. Es fascinante. Cada vez que regreso a México me pasa lo mismo, sobre todo con el Distrito Federal, al que siento como a la mujer más hermosa del mundo: oscura, peligrosa, sexy y llena de vida.
- La caracterización que hiciste para Hidalgo fue impresionante…
- Porque peleé mucho para que pudiéramos rodar en el orden que le convenía al personaje y no a la producción. Por el presupuesto, estaba condenado a usar peluca, barba postiza y poder cumplir así con un plan de rodaje de dos millones de dólares. Cuando hicimos El Che, todo el plan de rodaje se adaptó a la caracterización de Benicio, para que fueran sus pelos, su panza, sus dientes…Al final, lo logramos en Hidalgo y con mucho sacrificio pudimos filmarla de acuerdo a mi cronología…y por eso se vio ese resultado.
- ¿Estás mejor ahora en los rodajes que antes, más calmado?

- Bueno, de mí nunca escucharás una queja a menos de que algo esté mal. Así me lo enseñaron mis padres: cuando algo está fuera de lugar no tienes por qué callarte, hay un montón de detalles en mi trabajo que tiene que ver con poner los puntos sobre las íes y las diéresis sobre las úes.
- Después de tanto camino andado, ¿eres mejor actor y también mejor ser humano?
- Sí, cada trabajo te hace mejor actor y mejor ser humano. Sobre todo por la gente que vas conociendo en los rodajes, en las obras de teatro. El amor te hace mejor gente
- ¿Y cómo andas de amor?
- Terminé con Sandra (Echeverría, también actriz) hace un año. La verdad es que el amor duele, duele mucho. Las relaciones más importantes de mi vida ha sido con cantantes o actrices y siempre nos hemos separado a la hora de trabajar. Hay etapas en la pareja durante las que no te ves y esas etapas suelen ser muy largas. Los actores somos nómades. Tengo 46 años y me he cambiado 17 veces de casa, así vivo, así vivimos.