domingo, 14 de agosto de 2011

La honestidad brutal de Ozzy Osbourne


Adelanto exclusivo de DÍA SIETE: Qué cuenta el Príncipe de las Tinieblas en I’m Ozzy: confieso que he bebido, la autobiografía que rompió récords de ventas en su versión original en inglés en 2010 y que, en septiembre, la editorial Océano comenzará a distribuir en México.


Dice que hizo su autobiografía con la poca gelatina que le queda por cerebro y aun así, con esos jirones de verdad intransigente con que viste los recuerdos que todavía lo asaltan, Ozzy Osbourne resulta un escritor al que es difícil renunciar.

Hasta el punto final de Ozzy: Confieso que he bebido, las memorias del padrino del heavy metal que la Editorial Océano distribuirá en México en septiembre, el lector cae en la cuenta de que si esto es de lo que el padre de Elliot, Louis, Jessica Aimee, Kelly y Jack, evoca en sus 62 años gastados por el alcohol, los accidentes y las drogas, cómo será aquello que se ha perdido para siempre en el laberinto de su cerebro tenebroso y doliente.

Por lo pronto, una humorada en forma de hoja en blanco da inicio al libraco de 356 páginas que, a fuerza de ser veraz, el príncipe de las tinieblas no escribió rigurosamente hablando. En realidad, fue su amigo, el periodista Chris Ayres, quien se puso con una grabadora encendida frente al viejo Ozzy y documentó las memorias de un falso desmemoriado: el ex frontman de Black Sabbath se acuerda de aquello que hace falta recordar.

“Decían que nunca escribiría este libro. Pues que se jodan: aquí lo tenéis. Ahora sólo me falta recordar algo…”, dice el rockero nacido en Aston, Birmingham, el 3 de diciembre de 1948.

Por no olvidar, no olvida la terrible muerte del guitarrista Randy Rhoads, miembro de la banda de Ozzy cuando éste ya había emprendido su largo camino en solitario luego de que los otros miembros de Black Sabbath lo echaran por borracho, pendenciero y drogadicto.

La trágica desaparición de Rhoads, el único que no tomaba drogas y bebía unas pocas cervezas en el grupo, tal vez un vaso de anís de vez en cuando, sorprendió a Osbourne mientras dormía. Ex integrante de Quiet Riot, Randy era un excelso guitarrista con tan sólo 25 años, cuando, en 1982, en el transcurso de una gira con Ozzy rumbo a Orlando, Florida, aceptó de buena gana un viaje por avioneta, invitado por el conductor del microbús que llevaba a la banda.

“El chófer se llamaba Andrew Aycock. Seis años antes había estado involucrado en un mortal accidente de helicóptero en los Emiratos Árabes Unidos. Cuando paramos en las cocheras para reparar el aire acondicionado, Aycock decidió que la apetecía ver si aún podía pilotar aviones. Y entonces, sin pedir permiso a nadie, se hizo de una avioneta propiedad de un amigo suyo”, cuenta Ozzy.

El piloto, que había consumido grandes cantidades de cocaína antes de volar, había perdido la pericia. Randy Rhoads y Rachael Youngblood, la maquilladora, fueron en busca de su destino fatal cuando se subieron a la aeronave no sin antes exigirle a Aycock que no hiciera piruetas en el aire. “Si es verdad que lo prometió, además de un chalado y un drogata era un mentiroso: todos los que estaban en tierra cuentan que pasó rozando dos o tres veces por el autocar antes de segar con el ala el techo a pocos centímetros de donde estaba”, relata Osbourne.

A lo largo de la autobiografía, el fantasma de Randy se cuela por las páginas. Su desaparición es algo que todavía Ozzy no puede digerir: “Aún hoy me resulta desagradable hablar de ello o, recordarlo incluso. De haber estado despierto, no tengo dudas de que habría estado dentro de aquel puto avión. Conociéndome, habría ido colgado del ala , borracho y dando volteretas. Pero es absurdo que Randy se subiese al avión. Randy odiaba volar”.

Los enigmas de Ozzy

En el apartado destinado a contar fotográficamente la vida de Ozzy Osbourne, las imágenes plantean el primer enigma: ¿cómo es que este bueno para nada, nacido en la absoluta miseria en Aston, llegó a ser el amante padre de seis hijos, un multimillonario que vive sus 62 años en una mansión, bebiendo té a raudales y consumiendo sólo los remedios medicados?.

El padrino del heavy metal es el primer sorprendido. “Mi padre siempre pensó que yo haría algo grande: - Tengo una corazonada, John Osbourne, me decía después de unas cuantas cervezas. O acabas haciendo algo muy especial o acabas en la cárcel. Y tenía razón el viejo: antes de cumplir los 18 años ya estaba en la cárcel”, cuenta Ozzy, construyendo un autorretrato sin concesiones. Si algo hay que agradecerle a este libro que amarán las huestes aficionadas al músico y que incluso disfrutarán los lectores ajenos a la fascinante personalidad de su autor, es la sinceridad con la que Osbourne habla de sí. Sus trabajos frustrados, salvo aquel en que separaba las tripas de los cerdos en un matadero, sus fracasos escolares, producto de una dislexia galopante que le fue detectada cuando ya era mayorcito, sus pocas habilidades como ratero que lo llevaron a conocer prontamente la prisión (su padre no quiso pagar la fianza para sacarlo de la cárcel, un sitio al que juró no regresar jamás, tan mala fue la experiencia tras las rejas), son el testimonio de un verdadero chico-problema por cuyo futuro nadie hubiera apostado dos centavos.

“Salí de la cárcel a mediados del invierno de 1966. Joder, qué frío hacía. Los carceleros se compadecieron de mí y me dieron un abrigo viejo que apestaba a naftalina. Luego sacaron la bolsa de plástico con mis cosas y la volcaron sobre la mesa. Carteras, llaves, cigarrillos. Recuerdo que pensé lo que sería recuperar tus cosas tras treinta años, cuando forman la cápsula del tiempo de un universo perdido. Después de firmar algunos formularios abrieron la puerta, descorrieron un portón con alambre de púas y salí a la calle. Era libre y había conseguido sobrevivir en prisión sin que me rompiesen el culo ni me matasen a palos. Pero, entonces, ¿por qué carajo me sentía tan triste?”.

Y, sin embargo, Ozzy lo hizo. A riesgo de parecer cursi uno podría decir que lo salvó el humor, que fue su propensión a tomarse la vida un poco en broma y a obrar en consecuencia lo que finalmente logró encauzarlo en una ida directa hacia la socialización más o menos digna, pero lo cierto es que aun cuando se dedicaba a hacer chistes John Osbourne era un verdadero salvaje. Como la vez en que quiso doblegar la resistencia al hachís que presumía el verdulero del barrio.

- “No, que a mí eso no me hace ningún efecto – decía”

Con un bote hachís afgano, Ozzy quiso vencer la indiferencia a las drogas de Charlie, el verdulero. Y lo hizo adicto.

“- ¿Pero qué era eso que me diste la otra noche. Cuando llegué al mercado estaba alucinando. No pude ni salir de la furgoneta. Me quedé tirado en la caja, entre las zanahorias, con el abrigo por encima de la cabeza y gritando. ¡Pensaba que habían llegado los marcianos!.

- Lo siento, Charlie – le dije

- ¿Puedo pasarme mañana por un poco más? – añadió”

Vivir de prestado

Otro de los enigmas que rodean la fantástica existencia de John Michael Ozbourne y que el artista explora profusamente en I am Ozzy, el libro que debutó con el número 2 en la lista de best sellers del New York Times, cuando salió en inglés, en 2010, es por qué demonios sigue vivo. Así como lo lee. No hay ciencia que pueda explicar la razón por la que este hombre que estuvo a punto de morir quemado en un hotel cuando dejó el cigarrillo encendido, que se aspiró un gran paquete de cocaína durante una redada policial en Los Ángeles, que cuando llegó por primera vez (engañado) a la clínica de desintoxicación Betty Ford le preguntó a su fundadora dónde estaban los cócteles, respira todavía. Y hay más: cuando no se subió a la avioneta donde murió Randy Rhoads porque estaba dormido, cuando a principios de los 90 le diagnosticaron, equivocadamente, esclerosis múltiple, cuando se cayó con su moto en un bache provocado por una bomba alemana durante la guerra en Buckinghamshire, al sur de Inglaterra…Ni el propio Ozzy logra explicarse por qué sigue dando lata en este lado del mundo, como si el Más Allá prefiriera que el Príncipe de las Tinieblas viva aún de prestado en esta dimensión a recibirlo con los brazos más o menos abiertos en la esfera de la nada. No hay mejor muestra de ese asombro que el informe médico llevado a cabo en Hidden Hills, California, en 2009 y al que el músico le dedica un capítulo entero en su libro.

Comienza el doctor preguntándole si alguna vez tomó “drogas recreativas”. El cuestionario prosigue con algunas respuestas tímidas y positivas de Ozzy.

“- Entonces, ¿marihuana, Speedy y…algunas rayas de cocaína?

- Sí, eso vendría a ser todo

- - ¿Y está seguro de eso?

- Ajá

- Quiero estar absolutam…

- ¿La heroína cuenta?”

Y por un tiempo largo siguen las preguntas. Que si la cerveza. Que si el coñac. Los cigarros. Todo parte de una rutina de más de 40 años.

“¿Y hay algo más en su historial médico que deba saber? –preguntó el médico.

Veamos – dije yo. Una vez me atropelló un avión; bueno, casi. Y me he roto el cuello montando en un quad. Durante el coma morí dos veces. También he tenido sida durante 24 horas. Y he creído tener esclerosis múltiple, pero resultó ser un temblor de Parkinson. Y una vez me partí la cabeza. Ah y he tenido gonorrea unas cuantas veces. Y un par de convulsiones, como aquella vez que tomé codeína en Nueva York o cuando me metí la droga de los violadores en Alemania. Y eso es todo, en serio, a menos que quiera incluir el uso de medicamentos con receta.

El médico asintió.

Luego carraspeó, se aflojó el nudo de la corbata y dijo:

- Tengo otra pregunta que hacerle, señor Osbourne.

- Adelante, doctor

- ¿Por qué sigue usted vivo?”

Tony Iommi, Los Beatles y el probador de claxon


La primera incursión de Ozzy Osbourne en la música se dio cuando su madre le consiguió un trabajo como afinador de claxons. Había que afinar unas 900 bocinas de coches al día y la chamba casi lo deja sordo. Renunció el día en que conoció a un obrero de la fábrica que había recibido un reloj de oro como toda compensación por 30 años trabajados. “Estaba harto. Solté el destornillador, crucé la puerta pasando por delante de mi madre, dejé atrás el portón de la fábrica y me fui directo al bar más cercano. Así terminó mi primer trabajo en el mundo de la música”.

Contra lo que pudiera pensarse, no fue sino la música de Los Beatles que dio origen al gran renovador del heavy metal, cofundador de Black Sabbath, la banda más influyente e importante del género.

Ozzy cobró el cheque de la fábrica de bocinas de autos y con ese dinero se compró el segundo disco de los cuatro de Liverpool. “En cuanto llegué a casa con él, todo cambió”, confiesa el rockero, quien por entonces no tenía la menor idea de que la vida lo iba a llevar a compartir escenario con el mismísimo Paul McCartney, su gran ídolo. Fue en la entrega de los premios británicos a la música en 2008, cuando Ozzy, acompañado por su familia, le entregó el galardón al bajista de Los Beatles, de quien Osbourne tiene una colección de pósters en uno de los cuartos de su mansión angelina. Ozzy, que ha hecho una increíble versión de “In my life” junto a Slash, el ex guitarrista de Gun´s Roses, también participó haciendo coros en el disco del baterista Ringo Starr, Vertical man, en 1998.

Más allá de sus míticas y místicas relaciones con Los Beatles, nada transformó más la vida de Ozzy Osbourne que el haber conocido a Tony Iommi, el gran guitarrista de los dedos deformes que fundó, junto al bajista Terry "Geezer" Butler, el baterista Bill Ward y el propio Osbourne, la impresionante banda de heavy metal Black Sabbath.

A edad muy temprana, Ozzy aprendió a querer a Tony: “Había un chico en la escuela que no me pegó nunca: Tony Iommi. Aun así, me intimidaba. Era un tipo grande, buen mozo y le gustaba a todas las chicas. Era increíble, uno de esos talentos naturales: podrías haberle dado una gaita de Mongolia y en dos horas habría aprendido a arrancarle un riff de blues”.

En la adolescencia, si algo quería Iommi era pegarle a Osbourne o al menos no tener que ver nada con él. Fue cuando Bill Ward lo llevó a la casa de Ozzy a la busca de un cantante, respondiendo a un aviso que Osbourne había pegado en las paredes pidiendo músicos para su proyecto “Ozzy Solo”.

“- Lo que sé seguro es que no se llama Ozzy Solo. Se llama Ozzy Osbourne y es idiota. Vámonos de aquí”, fue el comentario definitivo –o casi- de Tony.

La persistencia de Bill le dio una oportunidad al cantante y allí nació Black Sabbath, una banda que estuvo a punto de morir cuando Iommi fue convocado por Jethro Tull, una oportunidad que un chico pobre de Aston no podía dejar pasar.

El destino de Ozzy parecía sellado: ¿qué harían sin Tony? Un futuro en el matadero de cerdos o la vuelta con la cola entre las patas a la fábrica de bocinas para coches lo esperaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, Iommi regresó.

“-¿Cómo que lo has dejado? –dijo Geezer en la reunión de emergencia convocada en el bar pocos días antes de Navidad.

- No era lo mío – dijo Tony encogiéndose de hombros”.

Sharon, la MTV y todo lo demás

De no haber sido por Sharon Arden, la mujer con la que se casó en 1982, luego de haberse separado de su primera esposa, Thelma, la vida musical y probablemente la personal de Ozzy Osbourne no hubiera perdurado más allá de la última borrachera. Y por cierto, hubo muchos alcoholes antes de la redención total del músico, quien hoy no acepta ni siquiera una cerveza como aperitivo. “Bebo té a raudales, el que es adicto lo es hasta en el té”, confiesa.

Sharon, que persiguió con tenacidad el alcoholismo y la drogadicción de su marido (“Pronto se dio cuenta de que en realidad no tenía mucho interés en la horticultura”, cuenta Ozzy al rememorar las veces que escondía las botellas de vino en el jardín de su casa en Inglaterra), logró tener con él tres hijos, encarrilarlo en una fructífera carrera musical como solista luego de que la banda lo echara por sus problemas con las drogas y el alcohol y hacerlo resurgir para las nuevas generaciones con el show de la MTV , The Osbournes, entre el 2002 y el 2005.

Es particularmente enternecedor el capítulo que Ozzy le dedica a su esposa, cuando a esta se le descubre cáncer de colon. La desesperación se hace presa de Osbourne, quien no duda en reconocer la gran deuda de vida que mantiene hacia su amada cónyuge.

Con una honestidad brutal que no evade las palabrotas y la expresión de los pensamientos radicales que lo acompañaron a lo largo de su vida, Ozzy se confiesa ante sí y ante los fans. Su autobiografía es el emotivo testimonio de un muchacho que nunca dejó de pertenecer a su barrio bajo de Aston, un tipo simple, sin ninguna pretensión más que la de sobrevivir en medio de todas las carencias y de un sinnúmero de dificultades.

Por no olvidar, Ozzy recuerda la vez que estuvo a punto de matar sin querer a un párroco que fue a visitarlo, dándole de comer un pastel de hachís, la vez que quiso estrangular a su esposa Sharon, aquella en que se puso a fusilar gallinas o cuando se pasó de borracho en un cumpleaños de su pequeño hijo Jack.

Otros famosos podrán contar en sus memorias lo buenos que fueron con sus vecinos ancianos o qué feo sería el mundo sin sus millonarias donaciones a la beneficencia. No es este el caso. Valiente, este Osbourne. Valiente como pocos.


¿Se comió o no un murciélago en el escenario?


“El concierto estaba saliendo genial. La mano divina funcionaba sin problemas. Y, entonces, desde el público, salió un murciélago. Un juguete, evidentemente, pensé. Así que lo levanté ante los focos y enseñé los dientes mientras Randy tocaba uno de sus solos. El público se volvió loco. Y entonces hice lo que siempre hacía con los juguetes de goma sobre el escenario: ÑAM. De inmediato noté que algo iba mal. Muy mal. No me jodas, pensé, no me jodas, acabo de comerme un murciélago”.



¡Ese muro contra el que estás meando es El Álamo!

“Y ahí estaba yo, con el vestido de noche de Sharon, suelto por las calles de San Antonio, armado con una botella de Courvoisier y con ganas de bronca.” Tres horas pasó encerrado Ozzy, compartiendo calabozo con un veinteañero mexicano que acababa de matar a su mujer con un ladrillo. “Supongo: mear en El Álamo no es lo más inteligente que he hecho en mi vida”, acepta un compungido Osbourne.

domingo, 7 de agosto de 2011

LA MUERTE DE UN GIGANTE


“Yo quiero ir a ver a mi mamá y sentarme en su mesa y comerme sus frijoles y después irme a dormir la siesta en su colchón. Y ya.”. Eliseo Alberto de Diego enfrenta la lente de la cámara con un gesto enérgico: es todo lo que por ahora tiene para decir a la joven documentalista cubana Tané Sánchez, quien en la película Paquete de familia, un documental de cortos pero sustanciosos 12 minutos, construye un puente entre los de afuera y los de adentro de un país que, como solía decir el autor de Caracol Beach, “está en guerra desde hace más de 40 años”.

Eliseo Alberto tenía 59 años cuando murió en el Hospital General de México. Era domingo y llovía en la ciudad. El reloj meteorológico del Distrito Federal atrasa. Y tocaron lluvias de mayo en junio, en julio. Mucha gente lloró por ese hombre con aspecto de oso, manos enormes, ojos siempre un poco entrecerrados, como pícaros, que no sobrevivió a un trasplante de riñón por el que había esperado más de tres años.

En otros julios murió también el escritor chileno Roberto Bolaño. En 2003, para ser precisos. Llovía y corría un viento arrasador. Antes de emprender su último viaje en la tierra, Bolaño puso en su departamento la canción “Lucha de gigantes”, que compuso el español Antonio Vega para su grupo Nacha Pop. Como Eliseo Alberto, Bolaño era joven y fumaba empedernidamente. Como él, un exiliado (vivía y murió en Barcelona). Como él, un candidato a ser trasplantado, sólo que no de un riñón, sino de un hígado que nunca llegó. Ambos, el chileno y el cubano, habían sido candidatos al premio Rómulo Gallegos, pequeño Nobel latinoamericano que quedó en manos del autor de Los detectives salvajes, aunque “Lichi”, como le decían al hijo del enorme poeta Eliseo Diego, llegó hasta las instancias finales. Era 1998 y el voto disidente fue de su amiga, la escritora Ángeles Mastretta. “No sé, a mí me gustaba más Caracol Beach”, explicó la autora de Arráncame la vida.

Ángeles es la misma que escribió en su blog: “Murió Eliseo Alberto. Santo y sabio, hermoso, melancólico y procurador de dichas. Escribiendo, Lichi nos regaló alegrías que no podemos pagarle más que volviendo a cobrar el gusto de leerlo. Hasta ahora, Lichi.”

En estos días no hay hígados ni riñones que devuelvan la vida a dos gigantes de la literatura de nuestro continente que se fueron jóvenes y que animaron las arenas de los premios con esa displicencia y escepticismo sólo esperables en los verdaderos poetas.

Demasiado sacrificio para lograr que esos libros que escribieron como un conjuro contra la muerte sean de pronto recuperados por lectores ávidos que aceptan, inesperadamente, las letras de los tiempos que viven. Leer a los contemporáneos, al fin y al cabo, es asirse al mundo presente con tozudez de niño, con optimismo de muchacha veinteañera.



La obra




Eliseo Alberto de Diego fue un gigante no sólo porque medía casi dos metros y tenía una espalda ancha, capacitada para abrazar a muchos amigos a la vez. Era grande también porque le hizo frente al hecho de ser el hijo de uno de los poetas más importantes del siglo XX sin hacerle frente. En relación con el escritor cubano, nunca nadie firmó una nota de congoja, digna del psicoanálisis burdo que suelen practicar sin oficio y sin vocación algunos medios periodísticos, lamentando la circunstancia de tener que definir quién era mejor, si el hijo o el padre. Tal vez porque Lichi ya tenía asumido y trabajado su complejo de Edipo o simplemente porque amaba demasiado a su progenitor, nofue el autor de Caracol Beach un niño terrible como Martin Amis, rival literario de quien le dio la vida, el laureado poeta de nombre Kingsley. No. Eliseo amaba mucho a Eliseo. Tanto como para que un libro suyo llevara de título un verso de su padre: La eternidad por fin comienza un lunes (La eternidad por fin comienza un lunes / y el día siguiente apenas tiene nombre / y el otro es el oscuro, al abolido. / Y en él se apagan todos los murmullos / y aquel rostro que amábamos se esfuma / y en vano es ya la espera, nadie viene…).

“Yo adoro a mi papá, a veces hasta me tienen que dar un golpe para que deje de hablar de él, ahora estoy escribiendo todo un libro sobre su persona. Papá fue un hombre muy sencillo, humilde, era maestro de escuela, venía de una familia muy aristocrática, pero él era extraordinariamente modesto, un católico de verdad. No me pesaba, aunque tomé medidas precautorias”, declaró en 2006 al periódico El Universal.

En La eternidad por fin comienza un lunes, de 1992, Eliseo Alberto hablaba de un circo pobre que recorre Latinoamérica llevando el arte del mago Asdrúbal, de la trapecista Anabelle, del malogrado león Metro Goldwyn Mayer.

En Crónicas Mexicanas, de 2009, Lichi dio su particular visión de un país al que llegó a amar no tanto como su Cuba natal, pero casi. Contó, entre muchas otras, la historia de los nueve náufragos que sobrevivieron nueve meses a la deriva y, como Monsiváis, habló de Juan Gabriel y de la Virgen de Guadalupe.

Llegó a México en 1998, luego de ser declarado traidor por Fidel y Raúl Castro. En 2000, Eliseo Alberto obtuvo la nacionalidad del país que le dio cobijo. “El lío va a ser cuando muera, porque como fantasma me la pasaré volando de la isla a México, voy a ser un fantasma en medio del golfo de México”, declaró en 2005.

Cuando Lichi tenía que cantar el himno nacional mexicano lo hacía agregándole dos versos del cubano. Y viceversa.

La fogata roja fue su primera novela. Se publicó en 1985 y cuenta la historia de un niño que ingresa al ejército de Sandino en Nicaragua. De Nicaragua viene también el escritor Sergio Ramírez, a quien Eliseo Alberto quería mucho. “Una vez le mostré una foto de mi familia. Y él me dijo: debe de ser una de las pocas imágenes que guardas donde están todos juntos. ¿Cómo te diste cuenta?, le pregunté. Es lo que pasa con las revoluciones: siempre falta alguien en la foto, me contestó Sergio.”.

Informe contra mí mismo fue su diáspora y su catarsis. Lo escribió en 1978 y lo publicó fuera de Cuba. “Por ese libro me recordarán”, solía decir. “Es un libro a favor de lo que amo, mi familia, los amigos, la isla entera”, comienza el prólogo de un documento desgarrador en donde cuenta cómo las autoridades cubanas le habían pedido, cuando él era soldado, que redactara informes en contra de su familia y amigos: “Lo que realmente importaba era contar con un archivo comprometedor, no una reseña sobre el posible acusado, sino un arma contra el seguro confidente. Un texto donde cada uno de nosotros firmaba, a veces sin darnos cuenta del peligro, el compromiso de nuestro propio silencio, pues tarde o temprano esa página escondida en los naufragios de la historia podría salir a flote con su carga de mierda arriba”.

Caracol Beach fue su consagración internacional. Con esa novela ganó el premio Alfaguara en 1998 y allí la crítica comenzó a destacarlo como un heredero natural y vocacional del realismo mágico, sobre todo de su admirado Gabriel García Márquez. Aunque quién sabe. Si bien es cierto que el estilo barroco y florido de Eliseo Alberto, que llevó hasta su máximo en la novela finalista del premio Primavera 2005 en Esther en alguna parte, lo convierten automáticamente en un deudor de la tradición del boom, sus historias cercanas y su profundo ejercicio de la nostalgia le dan un peso propio, independiente.

Escribió también tres libros de poemas, todos hasta 1979. Luego del divorcio de su primera mujer, la bailarina cubana Rosario Suárez, Lichi dejó la poesía.

Su última novela fue El retablo del conde Eros, de 2008. Hizo varios libros de crónicas y publicó también cuentos para niños.



El cine



Eliseo Alberto, licenciado en periodismo por la Universidad de La Habana, fue jefe de redacción de la gaceta literaria El Caimán Barbudo y subdirector de la revista Cine Cubano. Impartió clases y talleres de cine en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba, el Centro de Capacitación Cinematográfica de México y el Sundance Institute de Estados Unidos y en Chile. También fue guionista de los filmes Guantanamera, El elefante y la bicicleta y Salón México.

“Un guión de cine, te voy a decir, no sirve para nada, salvo para hacer una película. Eso es muy triste, y se debe a que el cine, siendo tan poderoso, tiene una debilidad. El cine necesita que otro arte se sacrifique por él y ese arte es la escritura. Entre el cine y la escritura existe la misma relación que existe entre el gusano y la mariposa. El gusano tiene que desaparecer para que en su lugar surja otro animal, que muchos creerán que es más bonito, la mariposa”, le dijo al periodista Gabriel Contreras.



El ajedrez



Eliseo Alberto quiso ser pianista y fabricante de barcos, pero nada amaba tanto como al ajedrez. “Esa es la pasión más grande”, dijo una vez. Participaba a menudo en los torneos y admiraba a su compatriota, el gran ajedrecista cubano José Raúl Capablanca, sobre quien estaba escribiendo un libro en sus últimos días.

En 2006 reunió los ensayos sobre el ajedrez de Luis Ignacio Helguera (1962-2003) y publicó un libro del que también hizo el prólogo: Peón aislado. Ensayos sobre el ajedrez. Fue en ese mismo año cuando retó al campeón mundial ruso Veselin Topalov en la Casa del Lago Juan José Arreola. Junto al también escritor Daniel Sada, Eliseo le aguantó al ruso una partida de más de cinco horas.

“Hacer una novela es jugar una partida de ajedrez, porque tienes que mover esta pieza sabiendo que después vas a mover esta otra y que diez jugadas más adelante vas a atacar tal punto en el frente del contrario”, decía.



La cocina

Eliseo Alberto de Diego había nacido el 10 de septiembre de 1951 en Arroyo Naranja, una localidad ubicada en los suburbios de la capital cubana, donde entre otras atracciones, se erigen el Jardín Botánico y la famosa Expocuba.

Para él la patria era un plato de frijoles y un vaso de ron. Lichi se comía su país todos los días.

“La patria es un plato de comida. Yo me como mi país todos los días. Sus frijolitos negros, su yuca con mojo y una cosa que se come San Pedro en el cielo todos los domingos. Está comprobado: tamal en cazuela”, contó en una entrevista al periódico El País. El escritor era un cocinero incansable a quien le gustaba organizar grandes comilonas en su casa para homenajear a sus amigos. Estaba convencido de que Dios era vegetariano, “porque de otro modo no hubiera durado tanto”.

“Me gusta la cocina, he aprendido que soy un cocinero extraordinario. Eso lo aprendí cuando me quedé solo con mi hija que era muy pequeñita. A mí la cocina me entretiene muchísimo. Cocino mucho, en mi casa todos los días van a comer diez o doce amigos, casi todos cubanos errantes también, exiliados. Muertos de hambre que van a la casa a buscar su olla popular, digamos. La cocina me entretiene mucho, me encanta cocinar, me gustaría escribir un libro de cocina”.

En el prólogo al libro de crónicas editado por Cal y arena, La vida alcanza, el periodista cubano y muy amigo de Eliseo, Rubén Cortés, escribió: “Todo lo que deseaba aquella tarde brumosa de la ciudad de México era regresar a su departamento de la sureña colonia Del Valle, frente al Parque Hundido, para continuar una escena justo donde la había dejado para irse a Europa: Luna, su perrita cocker spaniel, dormida sobre sus costillas y él sesteando en un sofá después de dar cuenta de un tamal en cazuela con manteca de puerco, que había cocinado ese día para el pintor Pedro Luis Rodríguez Peyi, el musicólogo Carlitos Olivares, su hija María José y para mí.”



La vida de un hombre bueno




Los muchos amigos que tenía Eliseo Alberto lloraron su muerte sin pudor. Había muerto un hombre bueno.

El escritor padecía una grave enfermedad renal desde hace tres años, dolencia que descubrió por el síntoma de quedarse dormido en cualquier lado y contra la que luchó a brazo partido. Recibió un trasplante de riñón a mediados de julio en el Hospital General de México.

Agradecido estaba al sistema sanitario mexicano y a la Fundación Ale, una organización sin fines de lucro que propició la donación del riñón que le fue injertado.

“Ale no nos permite perder una ilusión que, sin el apoyo de la Seguridad Social y otros grupos filantrópicos de real y venerada misericordia, sería con suerte un bonito delirio por no decir una última quimera: el desesperado sueño de seguir vivos”, había escrito en su columna habitual del periódico Milenio.

“México es un país magnánimo, no solamente un territorio acosado por la violencia y el crimen. El sistema de Seguridad Social, tan extendido en este país a pesar de las carencias conocidas, más no pocas asociaciones y fundaciones bondadosas, nos acompañan en este trance. Yo soy testigo y deudor”, aseguraba.

Vivía en un departamento de la Colonia del Valle, al sur de la ciudad, con su única hija, María José, quien lo acompañó en sus últimos momentos junto a su madre y ex esposa del destacado escritor, María del Carmen Álvaro Díaz.

Nunca se repuso del todo de las muertes de su hermano “Rapi” y de su madre, Bella. “Bella de nombre y bella de persona”, decía.

Eliseo Alberto tenía una hermana gemela también escritora y un único pecado mortal confesado: “Nadie ha querido más a Cuba que yo”.

Estaba convencido de que Dios había hecho el mundo para escuchar el Concierto número 40 de Mozart.

Sus cenizas serán llevadas a su adorada Cuba.

viernes, 5 de agosto de 2011

NOAH WYLE


Los foros de Internet dedicados al ex médico de ER (Sala de emergencias), el único miembro del elenco que duró hasta la undécima temporada, lo que lo convierte en el actor con más episodios durante toda la serie: 254, se refieren a Noah Wyle (Hollywood, 1971) como “el conquistador silencioso”.

Las fans, que de esto saben, no se equivocan a destacar sus virtudes: al fin y al cabo, el atribulado doctor John Carter nos enseñó el valor de quedarse callado, suspirar con aire angelical y seguir trabajando a ritmo desenfrenado cuando la vida se empeña en mostrarnos su cara más negra.

Las mujeres amaron a ese personaje tierno, un tanto desvalido, buen mozo y millonario que, pudiendo tener todas las mujeres del mundo, moría de amor por la enfermera bipolar Abby Lockart (rol interpretado magistralmente por la hermosa Maura Tierney).

Fue tan fuerte su personaje en la serie creada por Michael Crichton y producida por NBC, entre 1994 y 2009, que tuvieron que pasar seis años para que Wyle se sacara la bata blanca y retornara a la televisión, esta vez al frente de Fallin skies, la serie producida por el infalible Steven Spielberg.

Se trata de una historia de alienígenas que el canal TNT comenzó a transmitir a principios del mes pasado y en donde uno de los actores más solidarios y queridos de Hollywood encarna a un profesor universitario de nombre Tom Mason, encargado de defender a los supervivientes humanos que resisten a la invasión de los extraterrestres.

No es la primera vez que Wyle trabaja con Spielberg, quien fungió como productor ejecutivo de ER en las últimas temporadas. El director de E.T. y Tiburón, entre otras películas emblemáticas, fue una de las razones para que Noah aceptara regresar a la pantalla chica. Es cierto también que el actor deseaba que su hijo de ocho años, Owen, fruto del matrimonio con la maquilladora Tracy Warbin, lo viera como un superhéroe.

En el estreno en los Estados Unidos, Fallin skies tuvo una media de seis millones de espectadores. Se grabaron 13 episodios y ya se habla de una segunda temporada.

Si en Sala de emergencias, el buenón de Carter era más bien parco en movimientos, en esta nueva serie, el personaje de Wyle debe enfrentar numerosos desafíos físicos.

“La verdad, no estaba preparado para mover tanto el cuerpo, pero lo he disfrutado mucho. Trabajar con toda la tecnología digital es algo que requiere mucho trabajo, es muy intenso. Te siente a veces muy tonto cuando estás reaccionando a cosas que no están ahí y esperas que al verlo editado sea algo que realmente da miedo para que no tengas el aspecto de un imbécil”, confesó el actor en entrevista.

Poco aficionado a la ciencia ficción, Wyle se muestra de todos modos satisfecho con esta historia apocalíptica que “pone a la humanidad en el mismo equipo, todos impulsados por la necesidad de defendernos de una amenaza externa”, declaró.

Para el futuro, Noah espera que la vida profesional le brinde la oportunidad de hacer una comedia, un registro que todavía no ha explorado.

miércoles, 3 de agosto de 2011

100 AÑOS DE "CANTINFLEAR"


“La risa es lo propio del hombre” es la cita con la que comienza la inolvidable película de 1940, Ahí está el detalle. La favorita de actores y directores entre la vasta filmografía de Mario Moreno “Cantinflas”, no lo contaba a él como figura principal, acompañado como estaba por grandes estrellas de la época como Joaquín Pardavé y Sara García, la inolvidable abuelita del cine mexicano. Sin embargo, la presencia del hoy legendario cómico superó todas las expectativas. Usando un lenguaje propio de nuestros tiempos, diríamos que el “peladito” se robó la peli.

Este 12 de agosto, don Mario Moreno cumpliría 100 años y, como es de rigor para una figura de su tamaño, los homenajes se multiplican. Una remake en 3D de La vuelta al mundo en 80 días, el filme que ganó cinco Oscar en 1956, una nueva serie de dibujos animados que se llamará El mundo de Cantinflas, un tequila que llevará el nombre del cómico y la imposición de una estatua en el madrileño barrio del Rastro, son algunas de las conmemoraciones con que se evocará la figura del cómico.

La película sobre la vida de Cantinflas, con guión de la argentina Gabriela Tagliavini y dirección del mexicano Alejandro Gómez Monteverde, atraviesa aparentemente serios problemas de producción, según reveló el actor español Oscar Jaenada, quien había sido elegido para encarnar al comediante en la pantalla grande y que se ha retirado del proyecto.

Más allá de los homenajes pertinentes, el personaje creado espontáneamente en una noche en que Moreno olvidó su monólogo y comenzó a hablar con incongruencia, perdura en la memoria y en el afecto no sólo de sus compatriotas, sino también en la del público latinoamericano y en el español, para los que es todavía un ídolo de masas.

Este hombre singular que de las carpas de los circos mexicanos donde comenzó su carrera, llegó al cielo de Hollywood ganando un Globo de Oro en 1957 y durmiendo en la Casa Blanca en 1963, invitado por el entonces presidente Lyndon Johnson, tuvo una existencia llena de matices. Querido por el pueblo, no era muy apreciado por sus colegas y tenía unos cuantos enemigos, entre ellos el gran cantante y actor Jorge Negrete.

“Si Cantinflas se compraba el carro último modelo, Negrete, al día siguiente, tenía uno igual o mejor. Negrete envidiaba lo que Cantinflas tenía, materialmente hablando”, llegó a contar el célebre cinefotógrafo Gabriel Figueroa.

Amante de la fiesta brava y experto en el toreo cómico, fue uno de los mejores actores pagados de la época y como productor reveló una gran muñeca para los negocios.

Complejo y contradictorio, abrazaba las ideas políticas más conservadoras y, sin embargo, se sentía al mismo tiempo el representante de los pobres y desprotegidos de su país.

En la vida real quiso ser médico, pero se lo impidió la situación económica de su familia, formada por padre, madre y 15 hijos. En el cine fue bombero, policía, diputado, cura y profesor, entre otras tantos oficios.

Estudiado por antropólogos, sociólogos y lingüistas, Carlos Monsiváis dijo de su célebre personaje: “Hablaba para decir, nada, los demás lo escuchaban para no entender”.

Hizo más de 50 películas y murió en 1993 a causa de un cáncer pulmonar. Tenía 82 años cuando se hizo inmortal.

MICHAEL BUBLÉ


Cuando Michael Bublé, nacido el 9 de septiembre de 1975 en Burnaby, Canadá, se dio a conocer al mundo, debió lidiar con odiosas e inoportunas comparaciones. El marketing lo llamó “El nuevo Sinatra”, para exasperación de los amantes y conocedores del jazz. Lo cierto es que desde que existe Tony Bennett, desde que hubo un Sinatra en este planeta, los intérpretes del género, por caso Harry Connick Junior, el británico Jammie Cullum y el propio Bublé, se ven compelidos a acceder al altar donde descansan los crooners inimitables.

Recuperando temas clásicos como “That´s life” y “Come fly with me”, apadrinado por el veteranísimo y experimentado Paul Anka, Michael se amparó en la luz de Sinatra, es cierto, pero con el tiempo fue demostrando que podía ser capaz de timonear una carrera musical de acuerdo a sus propios términos y estilos.

Como sea, los 35 millones de discos vendidos y los cuatro Grammy que ganó desde que lanzara su álbum debut en 2003, son el reflejo de un éxito internacional y una autoconfianza que rindió frutos luego de una intensa lucha para poder dedicarse a la música.

Quiso ser jugador de hockey sobre hielo, trabajó de pescador comercial durante muchos años y siempre fue muy estimulado por su abuelo plomero, quien ofrecía arreglos caseros a cambio de que su nieto pudiera cantar en algún escenario doméstico.

Michael Bublé tiene cuatro discos, una vida dorada en Hollywood desde que se casó con la actriz argentina Louisiana Lopilatto y, en el nuevo milenio, su voz de barítono trajo el glamour de otros tiempos para encantar a viejas y nuevas generaciones.

La buena noticia es que el intérprete que en los inicios de su carrera fue apoyado por el célebre matrimonio de músicos formado por la cantante Diana Krall y el compositor Elvis Costello, cantará por primera vez en México, cumpliendo así con los deseos de sus múltiples fans en nuestro país.

Como parte de su gira Crazy Love, el chico con más swing de la música contemporánea, pisará suelo regiomontano para cantar el 18 de agosto en la Arena Monterrey.

Posteriormente, el artista que usó sus primeros salarios para comprarle una bonita casa a sus padres, animará el escenario del Auditorio Nacional, con capacidad para 10 mil personas, con presentaciones el 20 y el 21 de agosto.

Las negociaciones fueron arduas, pero el esfuerzo valió la pena, pues a pocos días de anunciarse los conciertos, el público se largó a comprar las entradas, hoy casi agotadas, que van desde los 300 hasta los 1650 pesos.

Acompañado por una gran orquesta, Bublé cantará clásicos como “Mack the knife”, “All of me”, “Moondance” y “Felling good”, entre otros.

LA VOZ NUEVA DE NICOLE


Pocos nuevos músicos llegan a su primer disco de la manera en que lo hizo Nicole, la joven de 23 años amante de la poesía, la danza y de Los Beatles, nacida en ciudad de México el 6 de diciembre de 1987. Al menos, no en el campo de la canción pop y de los ídolos juveniles, generalmente fabricados en ascéticos estudios de grabación donde siempre hay alguien que tiene “la neta” para acceder al mainstream.

Pero esta chica confía mucho en lo que hace y aquello que hace lleva la mayor parte de su energía y toda su pasión, como para dejarse vender como un producto de consumo rápido. Al contrario, fue tocando puertas hasta que se le abrió la del productor Carlos Lara, quien respetó a rajatabla las motivaciones artísticas de una artista que deseaba, fundamentalmente, alejarse de los sonidos bobos y electrónicos con que muchos de sus congéneres inundan el mercado.

Quería que en su primer disco, Resucitar, el acordeón fuera un acordeón, el piano un instrumento ídem y así.

“Llevo muchos años sumergida en el mundo de la música a través del aprendizaje de distintos instrumentos”, dice la muchacha que compuso su primera canción a los siete años, que tomó clases de chelo, violín y contrabajo y que estudió tres años con músicos callejeros de Guadalajara, intentando aprehender el sonido natural y vívido del arte popular.

Nicole publicó su primer libro de poesía a los 11 años y el segundo a los 20. Está emocionada por la salida de su primer material discográfico, “porque ha representado un gran trabajo, realizado con minuciosidad y disciplina”.

“Ya llegó la hora”, dice con euforia a propósito del material grabado en Los Ángeles.

“Las letras son metafóricas y mis canciones hablan mucho de la totalidad del ser”, explica.

Apasionada de la lectura y cultora de las artes en general, Nicole vive esa edad maravillosa en que todo hecho se convierte en un caudal de información que la inspirará a la hora de producir sus propios temas.

Interesada en la pantomima, ella misma ha construido la imagen con la que se presentará al mundo profesional: una muchacha cándida, arropada por tules, descansa junto a un caballo de carrusel sobre un piso regado con una guía de focos apagados.

Es una joven que no quiere ser grande ni vestirse de femme fatal para demostrar lo que no es. Su discurso seguramente tocará las almás más sensibles de los chicos y chicas de su edad.

“Hablar de la gente que tiene mi edad es generalizar y eso no me gusta, pero podría decir que si bien hay muchos jóvenes que buscan autodestruirse a través de las drogas, el sexo y la bebida, hay otra gran cantidad de chicos que buscan dar, amar y usan su poder creativo para mejorar su mundo y el de los demás”, pregona con convicción.

La resurrección es un concepto que Nicole tiene muy estudiado. Con cierto aire místico asegura que “todos los días, en cierta medida, comenzamos de nuevo”. En la aventura de vivir, ella ha elegido ese impulso que nos compele a salir a enfrentar nuestra propia existencia todos los santos días que nos toca estar en este mundo, para construir el discurso con el que dará a conocer su música fresca y emotiva.

Resucitar saldrá a la venta en el segundo semestre del año, mientras suena su primer sencillo, “Si tú me quieres”, una evocadora tonada que habla del amor por uno mismo y de la fortaleza existencial que dicho sentimiento implica.

LOS IMPRESCINDIBLES EN CD








ESCALANDRUM: Piazzolla plays Piazzolla

El nieto del gran Astor, Daniel “Pipi” Piazzolla, es un afiatado baterista de jazz de largo recorrido por la música de su país natal, Argentina. Por primera vez y seguramente después de varias sesiones con su psicólogo, el muchacho decidió dedicarle un disco a la obra de su nono. Con su grupo Escalandrum recorre clásicos como “¡Escualo!” y “Adiós, Nonino”, entre otros. Esencia de un Piazzolla sin bandoneón, en tempo jazzístico y con mucha sangre familiar.

EDDIE VEDDER
: Ukulele songs

Eddie Vedder, el líder de Pearl Jam, aparece discreta y sorpresivamente con un nuevo álbum solista, tras haber editado una banda sonora para la película Into the Wild (Sean Penn, 2008). La voz quebrada y emotiva del cantante de Illinois, de 47 años, se asienta sobre el sonido seco y vertiginoso de un ukelele. Raíz rockera en melodías atemporales, dignas de una época globalizada y confusa.

BRIAN ENO: Drums Between the Bells

El rey del ambient deja de lado su carrera de productor estrella para producir un nuevo álbum. Tañidos de campana, baterías, guitarras tristes que acompañan la poesía de Rick Holland, con quien ya había grabado algunas cosas en 2003, dan carácter renovador a un músico que se renueva constantemente. Entre Franco Battiato y Laurie Anderson: el mejor Brian para el osado Eno.

BABASÓNICOS: A propósito

La gran banda de pop rock argentino lo hizo de nuevo: el misterio, la fantasía y el barroquismo de sus melodías dieron origen a un nuevo disco delicioso, donde Adrián D’Argelos se confirma como uno de los mejores letristas del rock en español contemporáneo. En la búsqueda constante por no repetirse, puede sin dudas haber melodías mejores que otras. En ese sentido, “Flora y fauno” posee una sustancia adictiva y un destino de clásico en su esqueleto.

NIÑA PASTORI: La orilla de mi pelo

Volcada enteramente al sonido pop con que vistió su cada vez más escondida raíz flamenca, la cantante española deja las guitarras de tablao para abrazar las cuerdas eléctricas, producir un videoclip ad hoc y largarse a conquistar los públicos menos prejuiciosos del mundo. Su voz es la de siempre: un vidrio que se quiebra sorpresivamente en el centro de tu corazón.

domingo, 31 de julio de 2011

Demasiado mito para una pobre chica de Camden Town




Pensar, escribir, hablar de la cantante inglesa Amy Winehouse, fallecida el sábado 23 de julio en su casa de Londres, son acciones a ejercer escuchando, a todo volumen, su increíble disco Back to Black. El segundo y último álbum de estudio de la malograda artista vio la luz en abril de 2006 y la convirtió en una intérprete global, dueña de una fortuna valuada en 11 millones de dólares, 1 dólar por cada una de las copias que el álbum vendió alrededor del mundo. Por ese disco Winehouse obtuvo cinco Grammy, uno al ladito del otro en una sola noche, estatuillas todas que recibió por correo Express, debido a la prohibición que le impedía pisar suelo estadounidense. En el paraíso americano, donde se cuentan alrededor de 3,6 millones de adictos a la heroína, la cocaína crack, las anfetaminas y la marihuana, entre otras drogas ilegales, no están bien vistos los drogones, ya lo sabía ella.

De paso, en su último trabajo de estudio, la muchacha predecía aquello de “volver a lo negro” como un mantra que podría definir su corto destino de muchacha simple, dueña de un talento inconmensurable para la música.

En Back to Black, Amy cantaba aquello que se volvió paradigmático: “No, no, no”…, la contundente respuesta de la joven a los intentos de su disquera por llevarla a la rehabilitación. La canción “Rehab” caló tanto que hasta los cerebros bienpensantes de la sociedad establecida se quejaron por el premio Grammy que recibió al mejor tema del año. “Con estos premios, se envió un mensaje: búrlate de la adicción, crea una canción de guerra para los que sufren de ella, arruina tu vida en todos los demás aspectos excepto por el éxito financiero y el reconocimiento y serás recompensado con medallas de oro por parte de la industria”, escribió el político estadounidense William J. Bennett en el portal de la CNN.

Sin embargo, con premio o sin él, nada podía cambiar la esencia del arte expresado sin dobleces, con el corazón en la mano, por una cantautora veraz y doliente como pocas.

No se trata de que en su canción Amy instara a sus congéneres a drogarse o a no intentar la rehabilitación, una circunstancia que ella enfrentaba con relativo éxito en sus últimos días de vida, sino de relatar con una crudeza pocas veces vista en las cancioncillas de mercado con que nos intoxican los oídos a toda hora, un drama de la existencia difícil de sobrellevar para quien lo padece.

Es, precisamente, ese grado de verdad en su arte lo que hizo grande a Amy Winehouse. No se premia a un artista por sus vicios, sino por la capacidad de sobreponerse a ellos y hacer arte con lo que le sucede. Y ella no fue la única, claro. Ahí está una de las canciones más famosas del rockero argentino Charly García, quien escribió aquello inolvidable de “No puedo dejar/no voy a dejar”, el himno con que respondió a la prensa que lo perseguía de día y de noche cuando el artista sudamericano había entrado, por enésima vez, en una clínica de rehabilitación.

“No tengo nada que perder/quiero que me ayudes. / La gente que te viene a ver / solo te destruye.”, decía García, en unas palabras que calzan como un guante en la terrible realidad que le tocó vivir a Winehouse.

No era una artista porque se drogaba. Era una artista. Y luego se drogaba. Y su drogadicción era un problema de familia, un tema de honda preocupación para sus padres, como seguramente lo es para la innumerable cantidad de progenitores que deben hacer frente a ese drama en todo el mundo. Se cree que son 300 millones los jóvenes que se drogan en el planeta. Amy era una más de ellos.

Mitch Winehouse, que adoraba a su hija con un amor totalmente correspondido, estaba desesperado cuando decidió asistir al Parlamento Británico en calidad de padre de un drogadicto. Fue el 20 de octubre de 2009 cuando el taxista se paró ante los diputados y senadores para decirles: “El año pasado, el Gobierno dedicó 440 millones de euros a programas de rehabilitación, pero si alguien quiere abandonar voluntariamente las drogas, apenas recibirá ayuda”.

“Si uno puede permitirse el ir a una clínica de desintoxicación privada, va a recibir el mejor tratamiento. Pero si, por el contrario, no tiene dinero, ¿qué hacer entonces?”, se preguntó y al hacerlo estaba marcando una frontera entre lo que sirve para construir un mito y con ello forrarse de dólares y lo que sirve para vivir poniéndole el cuerpo a los sinsabores. Al fin y al cabo, como suele decir el gran Francis Ford Coppola cuando alguien le menciona la terrible muerte de su hijo Gio, quien falleció a los 22 años en un accidente de lancha: “A todos nos toca una cuota de tragedia en nuestra vida”.

La industria de la muerte

La muerte de Amy Winehouse, cuyo cadáver fue encontrado en su departamento del barrio de Camden Town, donde bandas de rock importantísimas como Radiohead, Blur y Oasis dieron sus primeros conciertos, disparó una avalancha de teorías, todas destinadas a construir un mito que de tan común en la industria musical ya huele a feo, como pasado de fecha, digamos, a podrido. Es la vieja historia del artista que fallece joven y, en este caso, como el de tantos otros, a los 27. Quiso la mala fortuna que la edad del deceso de la chica blanca con voz de la negra Aretha Franklin coincidiera con los años que tenían Jimmi Hendrix, Jim Morrison, Brian Jones, Janis Joplin y Kurt Cobain cuando murieron a causa directa o indirecta de sus excesos con las drogas y el alcohol.

De todos esos muertos célebres, probablemente la única con la que Amy podría ser comparada es con Janis Joplin. Juntas, la rubia sosa de Texas y la flaca de extraño peinado de Candem Town, se dividen fifty fifty el patrimonio de las mejores voces del planeta. Ambas presumían o padecían una imagen estrafalaria y las dos no demostraban quererse mucho a sí mismas. Estas similitudes, sin embargo, no resultan suficientes para banalmente poner a todos esos artistas en la misma bolsa y largarse con ello a aseverar cosas como “Se veía venir”, “Se lo buscó”, “Un nuevo fichaje para el Club de los 27”.

Se sabe que cuando la industria mediática y discográfica intenta meter a varios artistas en la misma bolsa, esa bolsa es de dinero. Cuánto más vende ahora Michael Jackson, a quien nadie pelaba antes de su fallecimiento, cuánto más factura la pobre Winehouse a apenas una semana de su trágica desaparición.

Esa es la trampa en la que no conviene caer: cuanto más nos creamos el cuento de la artista torturada, mejores y más grandes cifras acompañarán la anunciada salida del nuevo disco de Amy. Al fin y al cabo, como ya anunciaron los representantes de su sello, la cantante dejó bastante material grabado.

Según lo publicado por The Guardian, “dejó más de una docena de canciones grabadas inéditas, que podrían ser publicadas de forma póstuma”. Como para curarse en salud, el periódico aclara que “aún es muy pronto para que los padres decidan qué hacer con ese material, pues están pasando por un momento de duelo”: una metafórica y muy sutil forma de presionar desde los medios y antes los fans a la familia Winehouse.

Es verdad, por ahora Mitch, Janis (la madre) y Álex (el hermano) sólo pueden llorar la muerte del ser amado. Aun cuando las causas del fallecimiento todavía no han sido esclarecidas (se habla de la mezcla letal de una píldora de éxtasis con alcohol), la visión de la familia es coincidente en el sentido de que Amy estaba pasando por una buena época, gracias a su novio, el director de cine Reg Traviss. “Él la ayudó con sus problemas y Amy miraba hacia delante para tener un futuro juntos. Estaba más feliz de lo que había estado en años”, dijo el padre de la cantante, que hablaba por teléfono tres veces al día con su hija.

También dijo que el problema más grave de Amy no eran las drogas sino el alcohol.

“Estaba luchando duro contra la bebida y había completado tres semanas de abstinencia”, agregó.

Una cruel ironía que echaría por tierra todos los esfuerzos de la industria para convertir a Amy Winehouse en otro rentable objeto de consumo, basado en sus tragedias personales, es el rumor que crece: la cantante habría muerto por no beber y no por hacerlo a saco como era su costumbre.

“La abstinencia hizo que su cuerpo sufriese un ataque, y se cree que éste fue el causante de su muerte”, comentó una fuente no identificada. La policía inglesa, en tanto, ha pedido prudencia y no hacer conjeturas hasta que no se tengan los resultados de la autopsia.

No han faltado las voces anónimas que alimentan las agencias de información con dimes y diretes de difícil comprobación: “Que la vieron comprando drogas el viernes a la noche”, “Que estuvo bebiendo desmesuradamente y tomando drogas en los días previos a su muerte”, etcétera, etcétera. Su padre, en cambio, insiste con la versión en contrario: “Los doctores le aconsejaron a Amy dejar gradualmente el alcohol y evitar los atracones de comida a toda costa. Pero Amy dijo que no podía hacer eso. Era todo o nada y lo dejó por completo”, precisó.

Por ahora, nadie sabe realmente qué hizo Amy Winehouse después de visitar a su doctor a las 8 de la tarde y antes de ser hallada muerta a las 4 del día siguiente.

De todos modos, el cuerpo de la cantante no desbordaba salud y en este contexto es poco relevante determinar si fueron sus últimos o sus primeros excesos lo que le quitaron prematuramente la vida. De hecho, en 2008, cuando tenía apenas 24 años, a Amy le fue detectado un enfisema pulmonar, una enfermedad, como se sabe, irreversible.

Nacida para cantar

¿Y yo por qué? Bien se ajusta la prosaica frase para entender lo inexplicable: érase una niña de familia judía, con padre taxista y fanático del jazz, que creció oyendo los dolientes himnos del desamparo en la voz de Dinah Washington, Frank Sinatra y la eterna Billie Holiday.

Quiso el azar que fuera su alma la primera tocada por la música que llega del fondo de los tiempos. Más tarde fue su garganta prodigiosa, el mismo órgano que la sostuvo en pie hasta los 27 en que dijo adiós para siempre. Dicen los que compartieron con ella la Escuela de Teatro de Susi Earnsh, en la que Amy se inscribió cuando tenía apenas nueve años, que la muchacha no se podía quedar callada en clase. Cantaba y cantaba…esa era su única ley.

Porque otros reglamentos no había para la Winehouse. Una atribulada Sylvia Young, directora de la escuela de teatro que lleva su nombre y de la que Amy fue expulsada, contaba cómo le pedía a diario que se sacara un piercing que se había puesto en la nariz, cuando tenía apenas 12 años. “Yo le decía, Amy, sácate ese piercing. Ella me obedecía y cuando yo me daba vuelta, se lo volvía a poner”, recordó compungida.

A los 13 años, Amy, nacida el 14 de septiembre de 1983 y a quien su padre llamaba “la mejor”, recibió su primera guitarra y desde entonces no paró.

Desde el punto de vista musical, el legado de Amy es magro: apenas dos discos, uno de ellos perfecto, como dijo la crítica en todo el mundo, y un futuro artístico que la cantante no alcanzaba a ver con claridad luego de su rotundo éxito global.

“No era un aura especial de artista maldita, era un chica de 27 años con graves problemas con las drogas, con un amor destructivo, con una comandilla de periodistas acampados a la puerta de su casa londinense”, escribió Alfonso Cardenal en el portal de música Sofá sonoro, haciendo hincapié en lo que ya se conoce y no por ello hay que dejar de mencionar: los medios ingleses, conocidos por su falta de compasión y humanidad (¿Remember caso Murdoch y News of the world) se reían de ella a mandíbula batiente, tanto en los periódicos como en los programas de televisión, por caso el famoso late night de Graham Norton en la BBC, quien constantemente hacía mofa de la cantante.

Se rió también de ella la serie Family Guy. En un capítulo del mismísimo 23 de julio, día del fallecimiento de la cantante, el productor de la serie preguntó si alguien sabía si Amy estaba muerta o no. Al parecer, el hombre no había leído las noticias ese día.

En su propio funeral, dos dizque humoristas brasileños, Daniel Zukerman y André Machado, se colaron haciéndose pasar por dos buenos amigos de la cantante. Ambos fueron captados por multitud de fotógrafos, ante los que fingieron estar muy afectados.

La pobre Amy, que ya no puede quejarse de nada, sólo consiguió burlarse del español Enrique Iglesias. Fue en una fiesta conjunta que organizó la disquera de ambos en junio de 2010, donde entendiblemente la cantante no pudo dejar de reír mientras Iglesias acometía una de sus “canciones”.

Amy sufría mal de amores, obligada como estuvo a separarse de Blake Fielder, el marido pendenciero y adicto que, según el padre de Winehouse, la introdujo en las drogas.

Últimamente su corazón parecía haber sanado gracias a los buenos oficios de un novio de película, el joven director de cine Reg Traviss, todo un caballero que le prohibía fumar y beber y, según los amigos de Amy, había hecho de ella “una nueva persona”.

En 2008, la cantante fue votada como el ídolo más relevante para los jóvenes británicos, superando a la madre Teresa de Calcuta y a la célebre enfermera Florence Nightingale. Ese mismo año Bryan Adams le escribió la canción “Flower Grown” que explica los peligros de las drogas, en un intento de ayudarla con su adicción.

En su funeral, su padre la despidió con las palabras: “Buenas noches, ángel mío, que duermas bien. Tu papá y tu mamá te quieren muchísimo”.

Dios, como se sabe, está ahora cantando una melodía soul.


La heredera

La última aparición pública de Amy Winehouse fue en Camden, durante la celebración del iTunes Festival. Apareció por sorpresa, tres días antes de morir, en el concierto de Dionne Bromfield, su ahijada musical. La diva de soul presentaba buen aspecto y bailó y cantó maravillosamente sobre el escenario. Los medios y los fans han puesto ahora los ojos en Dionne, a la que comenzaron a llamar “La heredera de Amy”. Se trata de una cantante negra nacida en 1996 en Londres que debutó con el disco Introducing Dionne, en 2009. Con melodíaas soul con toques reggaes y cierta similitud vocal a la de Amy Winehouse, en su disco debut hace un cover de la gran canción de Marvin Gaye y Tammi Terrell, “Ain't No Mountain High Enough”.

domingo, 24 de julio de 2011

LAS HUELLAS DE MICHEL HOUELLEBECQ EN MÉXICO


A pocos meses de irse de México, país que visitaba por primera vez, el gran escritor francés, autor de libros fundamentales como Plataforma y La posibilidad de una isla, recibió el Goncourt. Una película de reciente aparición da cuenta de los pasos del famoso autor en tierra azteca. Invitado por el músico Alonso Arreola, nieto de Juan José Arreola, Houellebecq dio un inolvidable recital poético en el marco del Festival Poesía en voz alta y luego, contra todas las predicciones, aceptó la invitación de la Feria del Libro de Oaxaca.

Cuando el músico y escritor Alonso Arreola (Ciudad de México, 1974) llegó a la última página de La posibilidad de una isla, fue tan grande su conmoción que decidió escribirle un correo a su autor, Michel Houellebecq (Francia, 1958). No tenía para ello más que las herramientas que brinda la red de Internet a cualquier simple mortal. Desde la página oficial del famoso escritor galo, Arreola le mandó un correo comentándole cuánto le había impresionado la lectura de su obra. Increíblemente, Michel, famoso por su misantropía, respondió. Eso fue a principios, más o menos, del 2009 y desde entonces, comenzó entre ambos un intercambio de correos electrónicos, en uno de los cuales Houellebecq hizo referencia a que nunca había estado en México. La invitación de Alonso no se hizo esperar y esta es más o menos la historia de un encuentro fantástico y también, por qué no, fantasmagórico, entre dos artistas de diferentes generaciones, diferentes lugares de origen y residencia, que derivó en dos recitales poéticos y en una flamante película en DVD, exquisito testimonio de un intercambio definitivo e inolvidable para los involucrados y para quienes tuvieron la fortuna de ser testigos privilegiados del hecho.

Alonso Arreola, que no es nada ajeno a la literatura, pues él mismo escribe, no tiene empachos en admitir que le sirvió de mucho ser nieto del gran Juan José Arreola, uno de los escritores mexicanos más importantes del siglo XX, para enriquecer la atribulada comunicación con Houellebecq. Le mandó en francés el Bestiario, libro que Michel se leyó de pe a pa y que le hizo recordar mucho a la obra de su amigo Fernando Arrabal.

El desembarco por primera vez en México del autor de Las partículas elementales aconteció en noviembre de 2009, luego de largas y complejas negociaciones llevadas a cabo por Alonso. No faltaron, claro, los apoyos estatales de organismos como el Canal 22, la señal nacional dedicada a la cultura y de La casa del Lago Juan José Arreola, institución perteneciente a la Universidad Autónoma de México, pero fundamentalmente, fue el joven músico mexicano quien sirvió de filtró y tuvo toda la paciencia de que es capaz un ser humano para que la empresa en la que se había metido llegara a buen término.

La aventura de comunicarse vía email con Houellebecq no fue nada comparada con la que se originó luego, de cuerpo presente, pero no nos adelantemos a los hechos.

Al principio, el famoso escritor francés estaba obsesionado con el tema de la seguridad y pidió media docena de guardaespaldas, sin olvidar aún las amenazas que le hizo un musulmán trasnochado por los textos de Plataforma, la polémica novela dedicada al turismo sexual que Houellebecq publicó en 2002. El autor, que había declarado aquello famoso de que el Islam era “la religión más idiota”, fue llevado a juicio por sus declaraciones y luego absuelto de todo cargo, aunque no se siente todavía demasiado seguro en el mundo, por lo que mudó su residencia de París a Lanzarote y de esta isla española a la inaccesible isla de Bere (de apenas 200 habitantes), ubicada en el extremo sudoeste de Irlanda.

Además de la seguridad, quería dos pasajes en primera clase y que el trayecto hiciera preferentemente escala en los Estados Unidos, donde Michel ansiaba encontrarse con uno de sus más conspicuos admiradores: el rockero Iggy Pop, quien dedicó a La posibilidad de una isla su disco más bizarro, Préliminaires.

Las negociaciones fueron arduas y estuvieron a punto de fallar muchas veces. ¿Cómo explicarle a un autor tan europeo y lejano como Houellebecq, por ejemplo, que en un país tan inseguro como México lo menos recomendable es andar con muchos guardaespaldas por la calle, pues eso llamaría sin dudas la atención de los delincuentes?

¿Cómo hacerles entender a las anquilosadas instituciones burocráticas mexicanas que alguien con el nivel de paranoia que tiene el autor de El mundo como supermercado jamás mandaría una copia de su pasaporte para hacer cualquier trámite?

Poco a poco, merced a los buenos oficios diplomáticos de Alonso Arreola, los puntos distantes se fueron acercando y el arribo del famoso niño terrible de las nuevas letras francesas a suelo mexicano, se iba haciendo realidad.

Al final, vino solo. No paró en los Estados Unidos, porque ya se había podido encontrar con Iggy Pop en Europa, tuvo un guardaespaldas y una camioneta cuatro por cuatro a su disposición, pudo fumar cada uno de sus 50 cigarrillos diarios en donde se le antojó, alojarse en un coqueto hotel 5 estrellas de la muy cheta zona de La Condesa y cerca suyo siempre tuvo un vaso lleno de tequila o mezcal, las bebidas que ingirió con profusión durante su estada en México.

El recital


Alonso Arreola Alonso es considerado uno de los mejores bajistas mexicanos de todos los tiempos, por lo que se ha rodeado de reconocidas figuras del rock y el jazz nacional e internacional (Jaime López, Chema Arreola, Daniel Zlotnik, Alex Otaola, Gerry Rosado, Cabezas de Cera, Lo Blondo, Yamil Rezc, Mónica del Águila, Michael Manring, Trey Gunn, David Fiuczynski, Victor Wooten, Adrian Belew, Pat Mastelotto) para editar cuatro discos como solista: Música Horizontal (2007), Música para ser niño (2009) Suspendido (2010) y Transfusiones de cruento (2011). Liderando sus propios proyectos o como miembro del grupo La Barranca (2001-2007), ha tocado en los principales festivales de México, ha tocado varias veces en los Estados Unidos, en Francia y en Japón, donde también ha sido editada su música.

Con Houellebecq, la relación fue de igual a igual y juntos idearon un espectáculo llamado Las partículas horizontales, cuya primera versión se llevó a cabo el 26 de noviembre de 2009, en La casa del lago Juan José Arreola, con un lleno total de público. Una semana después, durante la Feria Internacional del Libro de Oaxaca, ambos artistas presentaron otra vez su recital.

La amalgama de música y la excelsa poesía de Michel Houellebecq dio como resultado un espectáculo exquisito, profundo y de alto contenido artístico que derivó en la película homónima que acaba de ver la luz en México. Por ahora el DVD no tiene distribución internacional y sólo se consigue, desde el extranjero, a través de la página oficial de Alonso Arreola (www.labalonso.com).

“El universo grita. El hormigón acusa la violencia con la que fue fraguado como muro. El hormigón grita. La hierba gimotea bajo los dientes del animal. ¿Y el hombre? ¿Qué diremos del hombre?”, grita, gimotea, expresa en un francés delicioso el ganador del Goncourt, especie de Nobel en Francia, mientras a sus espaldas, una pantalla negra traduce al español los textos poéticos.

Un Houellebecq desatado, que hasta ensaya pasitos de baile en el escenario, dice con convicción y se adapta plena y físicamente a la música que lo interpela, constituyéndose en uno de los actos poéticos más revulsivos y fascinantes que se hayan visto por estas tierras últimamente.

Si la prosa del polémico autor francés es revulsiva, llama a la reflexión y genera amores desbordantes y odios inusitados en partes iguales, su poesía conmueve hasta los tuétanos, transformando para siempre la materia sensible de quien accede a sus versos nada satánicos.

Una cita difícil

La aventura de posibilitar la llegada de Houellebecq a México fue ardua y si bien tuvo un principio, conforme fueron pasando los días se convirtió en una verdadera odisea inacabada, fruto del profundo ostracismo en que vive sumergido al autor. Testimonio de ellos son sus conocidos y morosos silencios como carta de presentación. En esta entrevista, concedida especialmente a Página 12, Alonso Arreola cuenta los detalles.

- ¿Estaba tan preocupado por la seguridad Houellebecq?

- Sí, lo primero que me dijo, de manera muy decente y directa, que no quería que lo secuestraran en México porque nadie iba a querer pagar un rescate por él. Entonces empezamos a acordar los términos de su visita, originalmente iba a venir acompañado y después terminó viniendo solo. Cosa que le agradezco mucho, porque a mí no me conocía de nada, si bien yo lo iba poniendo en conocimiento de cada paso que daba en relación con su llegada a México. No cobró nada, hay que decirlo, como también hay que decir que todos los trámites de logística para que su arribo al Distrito Federal llevaron nueve meses de intercambios telefónicos y por correo electrónico.

- ¿Y él quiso leer poesía?

- Sí. Lo que fue una buena idea, la verdad. En libros como El mundo como supermercado o en el que trae las discusiones con Bernard-Henri Lévy, Michel expresa una gran preocupación por su poesía, que es lo menos difundido de su obra. Acordamos que serían un total de 13 textos, que él mismo seleccionó del libro Supervivencia. Cuando conseguí el libro, antes de que Michel me mandara los poemas elegidos, la introducción me tocó mucho. Y fue el único momento en que metí mi mano en los textos, al sugerirle que leyera la introducción. Me dijo que lo iba a pensar, que le costaba mucho, porque era muy doloroso. (El mundo es un sufrimiento desplegado. /En su origen hay un nudo de sufrimiento. / Toda existencia es una expansión, y un aplastamiento. / Todas las cosas sufren, hasta que son. / La nada vibra de dolor, hasta que llega al ser: / en un abyecto paroxismo. Los seres se diversifican y se hacen más complejos, sin perder nada de su naturaleza primera…). De hecho, en el ensayo que hicimos, tuvimos un solo ensayo de ocho horas, aproximadamente, fue muy conmovedor escucharlo leer ese texto. Estaba realmente afectado por ese poema.

- ¿Y qué más pasó en ese ensayo?


- Fue una experiencia muy interesante, porque allí pudimos constatar el enorme oído musical que tiene Michel Houellebecq, no sólo por ser poeta, sino también por poseer una gran conciencia del ritmo, de los cambios de acorde, de las modulaciones… Fue muy impresionante verlo expresar desde su timidez, desde su reserva, las ideas claras y directas en relación con lo que estábamos haciendo juntos. Aportaba mucho y constantemente buscaba más riesgos. Donde yo trataba de ser cauto, venía él para decirme que lo hiciéramos con más fuerza y eso me emocionaba porque precisamente era lo que buscábamos nosotros. Cuando digo nosotros hablo también de mi hermano Chema Arreola (baterista) que participó de todo.

- ¿Cómo diría que fueron esos días junto a Houellebecq?


- Sin lugar a dudas diría que se trató del show más difícil que hice hasta ahora. No sólo por la cantidad de elementos que teníamos que considerar en el momento de la lectura: tornamesas, juguetes, el bajo, las percusiones acústicas y eléctricas de mi hermano, una estación de loops para grabar en vivo…lo que nos tenía muy nerviosos, sino también por el comportamiento que esperábamos de Michel. Durante nuestra correspondencia, si bien había sido afectuoso y muy amable, no dejaba de ser extremadamente parco. Y la idea que nos han dado los medios de su personalidad nos condicionaba bastante. Y parte de nuestra idea previa se comprobó…

- ¿Cómo?

- Bueno, cuando entró a mi casa por primera vez comenzó a hurgar en todos los estantes, todos los rincones, como haciendo una especie de inspección. Eso nos dio mucha risa. También entendí que para él era importante que nos convirtiéramos si bien no en grandes amigos al menos en cómplices profundos en forma inmediata. Teníamos muy poco tiempo para lograr una verdadera conexión. Había ido a buscarlo al aeropuerto, donde lo encontré muy cansado, exhausto y profundamente preocupado. En el automóvil le pregunté si pasaba algo y me retrucó con otra pregunta. ¿Quieres saber la verdad?, me dijo. Y ahí me contó que una persona que él quería mucho se estaba muriendo de una enfermedad muy grave. Me dio los detalles y ahí es cuando todavía le agradecí más que hubiera cumplido nuestro acuerdo a rajatabla. En las circunstancias que estaba viviendo, siendo él quien es, podría haber cancelado todo a último momento y ya…pero no lo hizo.

- Y ese problema lo tiñó todo…

- Así es. Afectó no sólo su visita a México, sino también su performance en el escenario. La verdad es que logramos un gran intercambio en muchos momentos, pero sobre todo cuando estábamos alcoholizados…

- ¿Él bebe mucho?

- Sí, bebemos mucho. En Oaxaca pasamos buenas experiencias culinarias y con el mezcal. Fuimos con él a la iglesia de Santo Domingo en Oaxaca y estaba interesado en todo, preguntaba por cosas y detalles que a nosotros no nos llamaban mucho la atención. Luego me explicó que investigaba para su nueva novela, El mapa y el territorio, con la que ganó el Goncourt.

- ¿Cómo diría que es Houellebecq?


- Sin lugar a dudas, es un tipo que tiene una vida interna muy desfasada de lo que está sucediendo en el exterior. Aceptó hacer algunas entrevistas con la prensa y, al final del día, uno se daba cuenta de que aun con su distancia y su profunda reserva, terminó haciendo todo con mucha generosidad y disposición. Lo que encontré fue a un hombre que representó mi mayor reto creativo, porque tuve que conducir toda la situación de un modo que no me esperaba. Es un tipo muy rudo, que de pronto está harto o enojado, pero por otras cosas que le están preocupando que no tienen nada que ver con lo que está pasando afuera, pero tú tienes que lidiar con eso. Al tercer día, luego de la primera presentación, tomamos la decisión, un poco como hacemos con los niños, de no hacerle caso cuando entraba en esos estados. Es un tipo que reacciona muy diferente a lo normal. Aquello que esperas que le guste, le disgusta. Aquello que crees que lo hará hablar, lo hace entrar en el mutis más profundo, cuando menos te esperas que hable se suelta con un largo discurso. Michel Houellebecq es la persona que he visto más fuera de las convenciones en la comunicación regular.

- Así y todo, se pudo comunicar muy bien con él…

- Totalmente, pero creo que por el gran trabajo previo que hicimos. No dejamos nada al azar. Acaso, lo único improvisado fueron algunos momentos en el escenario. La música que hice, en realidad, si bien tenía temas melódicos, vueltas armónicas, texturas, timbres, instrumentos específicos, estaba siempre dispuesta a rodearlo a él, a cobijarlo, a responderle. Finalmente, es como me gusta trabajar y como había que hacerlo con Michel.

- ¿Se sintió agradecido por la experiencia?


- Mucho. La despedida en el aeropuerto fue muy emotiva. Nos dimos un largo abrazo y me lo quedé mirando cuando se iba. Le grité: - no fumes tanto. Y él me contestó, muy serio: - ¿crees que fumo mucho? Y le dije que fumaba como a nadie había visto en mi vida. Entonces me dijo: Lo tendré en cuenta, gracias por la experiencia. En Oaxaca le regalé una calavera de barro para él y otra para su mujer. Luego me escribió diciendo que le parecía la cosa más extraña tener una calavera humana hecha en barro arriba de su escritorio, pero que le hacía pensar muchas cosas.

- ¿Y de su trabajo en los recitales tanto en el Distrito Federal como en Oaxaca, qué puede decir?

- Fundamentalmente, Michel Houellebecq es un enorme lector de su obra. Se sabe sus textos casi de memoria. Además, tiene un timbre de voz muy particular, muy bueno, por cierto. Su nivel de interpretación fue muy alto y eso se ve claramente en la película. No fue un hombre que vino y sencillamente leyó sus poesías, sino que con ellas hizo un verdadero espectáculo. Él venía de dar shows en Francia con Iggy Pop, tiene mucha conciencia de la cultura rock y pop. De repente me decía: viste esa parte que haces tipo Black Sabbath, deberíamos hacerla con más intensidad, cosas así…

El Goncourt, tirá a mamá del tren y la literatura-basura

A pocos días de partir Houellebecq rumbo a Irlanda, la escritora canadiense Nancy Huston, ganadora del premio Fémina en 2008 por su novela Marcas de nacimiento, declaró en México que la literatura que hace Michel Houllebecq, “es basura”.

En el marco de una conferencia de prensa llevada a cabo en la XXIV edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la autora francocanadiense nacida en Calgary en 1953, admitió no obstante que “conozco el éxito que ese autor tiene entre los jóvenes, porque mi hija de 28 años me cuenta que todos sus amigos son fanáticos de Houellebecq, pero él no es mi hermano en la literatura y creo que las ideas que expone en libros tan famosos como Partículas elementales son completamente falsas”.

“No entiendo por qué hay una corriente de pensamiento entre muchos escritores de Francia y de Europa que pone al nihilismo como fuente principal de su obra. De hecho, analicé el tema en un libro, pero de todos los autores que estudié al respecto, Houellebecq es el que menos me interesa, porque encima no escribe bien”, dijo la famosa esposa del lingüista Szvetan Todorov.

Por esos días, también comenzó a hablarse en México de un libro del 2008, el que había sacado la madre de Michel Houellebecq no para decir, precisamente, cosas bonitas sobre su hijo. En El inocente, Lucie Ceccaldi, la madre del último fenómeno mundial de las letras, convertida al musulmán y de 83 años, dice linduras tales como que el muchacho “ha provocado el mal a todos los que lo han rodeado”.

Duro, polémico, provocador, si la cantidad de enemigos que el escritor ha cosechado a lo largo de su carrera en todo el mundo, pensaba que con la salida en 2005 de La posibilidad de una isla (Alfaguara) y su regreso a Anagrama con Enemigos públicos en 2009, que recoge su intercambio de cartas con Bernard-Henri Lévy, el autor iba a dejar de estar en el foco de atención, la desilusión vino pronto.

Michel Houellebecq lo hizo de nuevo y ganó el Goncourt con su novela El mapa y el territorio, que verá la luz en nuestro continente en septiembre. El jurado votó siete veces a su favor y dos en contra. Según Le Monde, se trata de “una novela apasionante sobre la Francia contemporánea”.

ENTREVISTA A CHRIS BOTTI


Chris Botti, el rubio trompetista de Boston que suele acompañar a Sting y a Paul Simon, vuelve a México para ofrecer un concierto el 29 de mayo, a las 19 30 horas, en el Teatro de la Ciudad. Hijo de una pianista que le transmitió la pasión por la música, fanático de Miles Davis y humilde como pocos, no tiene empachos en elogiar a su colega y contemporáneo Wynton Marsalis.

¿Cómo fue la experiencia de tocar para el Premio Nobel de la Paz?

Fue una experiencia fantástica. Compartí el escenario con grandes artistas como Tony Bennet, Andrea Boccelli y Diana Krall y me sentí muy orgulloso de ser parte de ese evento.

¿Hizo un repertorio distinto para la World Series?

No, sólo toqué el himno nacional de Estados Unidos, jajajaja.

¿Piensa en el público en cada concierto o simplemente ejecuta el repertorio en que usted cree?

Bueno, constantemente estoy pensando en la audiencia, pero sabemos de antemano el repertorio que vamos a tocar antes de subir al escenario.

¿Quiénes son sus trompetistas preferidos?

Me gustan todos los clásicos, definitivamente Miles Davis a la cabeza, Freddie Hubbard me gusta mucho. Soy un gran admirador de Wynton Marsalis… mmm, también Clifford Brown, por supuesto.

¿Unir a Peter Gabriel o Bryan Ferry con el jazz es lo que daría el estilo Chris Botti?

Dios, me encantaría… soy un gran admirador de Peter Gabriel y también de Brian Ferry. Creo que todo ese mundo del pop inglés se mezclaría perfectamente con la música que me gusta.

¿Por qué cree que su disco When I Fall in Love es el más vendido de toda su producción?

Bueno, para empezar tiene mucho mas tiempo de haberse editado, salió al mercado hace seis años, pero también creo que tocó un nervio particular en la gente y estoy muy contento de que así haya sido.

¿Es cierto que cuando fue el día de los atentados usted daba un concierto?

Estaba en Italia el día de los ataques, dando un concierto con Sting esa noche.

Como residente en Nueva York, ¿qué emoción le despierta la muerte de Bin Laden?

Es difícil sentirme feliz por la muerte de alguien… me siento un poco confundido. Dicho esto, es algo que nuestros políticos y nuestro país ha esperado durante mucho tiempo. Así que estoy al mismo tiempo feliz y triste, es un sentimiento agridulce. Pareciera que estamos celebrando la muerte de una persona y, no sé, sabes…. ufff… hubiera preferido que lo capturaran, pero bueno… qué puedes hacer.

Dijo alguna vez que no servía para el piano, ¿Qué otro instrumento le gustaría tocar si no fuera la trompeta?

Estoy muy contento de tocar solamente la trompeta. Es un instrumento que toma mucha práctica y creo que será el trabajo de mi vida solamente tocar la trompeta.

¿Cómo ve el panorama del jazz contemporáneo?

Realmente no presto atención a los diferentes géneros en la música. Siento que sólo tengo un trabajo, que es hacer un disco y con un poco de suerte hacer que la gente lo aprecie; tocar un concierto y hacer que la gente regrese. Realmente no trato de expandir el gusto por un tipo determinado de música, ni siquiera comentar sobre él. No creo, por ejemplo, que Bruce Springsteen tenga que hacer un comentario sobre el rock, solamente tiene que preocuparse de si a la gente le gusta la música de Bruce Springsteen. Creo que es una visión mucho más cercana a la que tienen los músicos de pop sobre su música, en lugar de hacer comentarios sobre si el jazz es esto o si el jazz contemporáneo es lo otro. Trato de mantenerme alejado de todo eso.

¿Ha escuchado algo recientemente que lo haya impresionado o siempre vuelve a los clásicos?

Bueno, siempre me siento impresionado por lo que hace Wynton Marsalis, es impresionante. Lo que hace Branford, su hermano, es igualmente grandioso. Creo que Wynton ha hecho un gran trabajo no solamente tocando la trompeta, que lo hace espectacular, pero también ha sido un vocero. He ahí un caballero que comenta sobre la dirección del jazz; su imagen y su personalidad están íntimamente relacionadas a un estilo específico de música. En ese sentido Wynton y yo somos muy diferentes y lo respeto mucho. Ha hecho un gran trabajo y tiene que hablar al respecto, es un embajador del swing puro.

¿Qué le ha aportado ser uno de los músicos estables de Sting?

En mi vida, mi relación con Sting, nuestra amistad, es una de las cosas de las que estoy más orgulloso. He aprendido muchísimo sobre cómo hacer una gira, cómo mostrar y darle un lugar importante a otros músicos, como actuar … la lista sería interminable. Le debo tanto en mi carrera, por principio de cuentas y además tenemos una gran amistad. Es el mejor.

¿Cómo es el concierto que dará en México?

Bueno, voy a México con una banda increíble y con un par de invitados especiales. Es la mejor combinación de músicos que hemos tenido así que estoy muy emocionado de regresar al Distrito Federal.

ENTREVISTA A EDUARDO SACHERI






En el mundo cultural anglosajón, donde florece el gran mainstream de escritores, actores, músicos y demás etcéteras, no llama la atención que de un buen libro salga una buena película. De ahí, en el millonario showbusiness de las sociedades ricas, se contemplan todas las combinaciones posibles: de mal libro, buena película: de buen libro, película horrorosa y así…

En nuestra latinidad al palo, en cambio, las cosas suelen ser distintas y, por si acaso, cuando se produce esa extraña química capaz de mandar a un escritor a la fama internacional como consecuencia de que su historia fue buenamente filmada, los cuestionamientos se multiplican. Hay cierto desdén de lo que se conoce como “literatura en serio” hacia aquellos autores dados a conocer primero en la pantalla grande.

En Argentina, donde el escritor Eduardo Sacheri nació hace 43 años, no llamó la atención que su novela El secreto de sus ojos, publicada en 2005 con el título más sugestivo de La pregunta de sus ojos, accediera al podio de las mejores ventas merced al películón homónimo de José Campanella, protagonizada por el genial Ricardo Darín, ganadora del Oscar en 2010. Al fin y al cabo, el profesor de historia y fanático de Independiente que había escrito la historia, ya le iba bien con sus libros de cuentos.

Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol, editado en España como Los traidores y otros cuentos (2000); Te conozco, Mendizábal y otros cuentos (2001) y Lo raro empezó después: cuentos de fútbol y otros relatos (2004), son testimonio de una obra parsimoniosa y sólida con que Sacheri ya tenía un lugar en la literatura de su país.

El secreto de sus ojos fue el boom que lo puso en la mirada pública internacional. Le siguió Aráoz y la verdad (2008, novela) y pronto llegará Papeles en el viento, una nueva historia larga “y masculina” de cuatro amigos entrañables, uno de los cuales fallece a causa de una enfermedad terminal.

Invitado a participar en el Primer encuentro de escritores cinematográficos, llevado a cabo en México, entre y el 6 y el 9 de julio, Sacheri reconoce haber encontrado un nuevo camino en su escritura: el de la pantalla grande. No descarta escribir estrictamente para el cine y va de suyo que está encantado con el éxito que ha tenido su novela tamizada por el colador de Hollywood.

Una novela de película

- El secreto de sus ojos sí que es una novela de película…
- (risas) Sí, finalmente, se ha convertido en eso. La verdad es que es sorprendente. Si bien yo ya tenía un cierto recorrido en la literatura con mis libros de cuentos en Argentina, esto que de tu primera novela se transforme en un filme y vaya mucha gente a verlo y obtenga muchos premios es asombroso, todavía lo es en cierta medida para mí…
- ¿No le abruma un poco?
- A veces tanta exposición te abruma un poco porque te quita un poco de intimidad. Si fuera actor, sabría de antemano que el precio de mi éxito sería que la gente me reconociera por la calle y que en un restaurante alguien te estuviera mirando, etc. Para un escritor, el reconocimiento público pasa por otro lado y radica fundamentalmente en que la gente lea los libros que haces. Este tema del cine, en cambio, le ha dado a mi rostro cierta difusión y en Buenos Aires, con cierta frecuencia, sucede que la gente se me acerca en la calle…por suerte, todos los que me paran son personas muy amables a las que les ha gustado mi historia. De todas maneras, esa circunstancia tiene un costadito raro, como algo inhabitual en relación a la vida que yo llevaba antes de esta ola mediática.
- Fue un verdadero fenómeno, ¿verdad?
- Y sí. El efecto que tiene el cine, sobre todo en una película como esta, que tuvo tanto éxito, te cambia la escala de las cosas. Si antes vendías equis cantidad de libros, después del filme, esa cantidad se multiplica por diez o por quince. Además, se empiezan a traducir tus libros, comienzas a vender en lugares impensados. Al principio, cuando te dicen que tu novela va a ser traducida al francés o al inglés, te entusiasmas, pero luego cuando la ves en coreano, en croata o en búlgaro, la sorpresa es inmensa.
- ¿Y no le importó que se cambiara el título?
- No, en ningún caso. Así como en la película no me pareció correcto ponerme caprichoso con determinadas cosas, al punto de hacer naufragar el proyecto, tampoco en el ámbito editorial creo que una posición rígida conduzca a nada. Al fin y al cabo, es más práctico que la novela lleve el nombre de la película, que tener que explicar que la novela se llama distinto pero que en realidad es la misma que dio origen al filme.
- ¿A qué edad comenzó a publicar?
- Hace 10 años, a los 33.
- Su novela demuestra un riguroso trabajo literario atrás…no siempre las buenas películas están basadas en buenas novelas, no es este el caso…
- Bueno, creo que no hubiera podido escribir El secreto de sus ojos si antes no hubiera escrito los libros de cuentos, aunque debo reconocer que para mí fue todo un desafío encarar el proyecto de escritura de una novela. Sentía como una asignatura pendiente. Me iba muy bien con los libros de cuentos, pero quería ser capaz de terminar una novela, aunque después volviera a mi género habitual. A esta historia la tenía por ahí, rondando, desde hace mucho tiempo, pero me daba un poquito de temor. Entonces, que mi protagonista escriba una novela, funcionó como una especie de exordio. Fue como poner en las espaldas del pobre Benjamín Chaparro mis problemas de cómo manejar los tiempos verbales, el vocabulario, o sea, ponerlo en boca de él me liberó a mí como para poder hacerlo. Al mismo tiempo, esto de alternar dos narradores, que casi todos los capítulos de la novela estén escritos por el propio Chaparro, pero de tanto en tanto aparece algún capítulo hecho por un narrador que está por fuera del personaje me dio la posibilidad de hablar más profundamente del propio Chaparro. En realidad, no me hubiera parecido muy verosímil que Chaparro se conociese tanto.
- ¿Por qué?
- Porque los hombres nos conocemos mucho, pero por partes. Hay partes de nosotros mismos que ignoramos profundamente. Entonces, este narrador que contaba lo que le iba pasando a Chaparro mientras escribía, me pareció una buena opción. La estructura de los capítulos son breves, como si fueran cuentos. Y eso me dio cierta libertad de sentirme como si escribiera pequeños cuentos, pequeños relatos.
- La novela propone un vértigo distinto, en el que el narrador puede perderse…
- Sí, es muy distinta hasta la práctica. ¿Cuánto tiempo puede llevar escribir un cuento? No estoy hablando de las diferentes reescrituras que luego uno hace, sino del cuento en sí. Si un cuento te agarra particularmente inspirado capaz que hasta en un día lo escribes. Una novela, en cambio, te lleva meses y meses y uno no es el mismo que era cuando la empezó al que es cuando va en el medio. Una novela no es un raptus de inspiración, sino meses donde te van pasando distintas cosas, vas teniendo ideas, vas descartando otras, te cansas, te vuelves a entusiasmar…
- Con el miedo feroz al estancamiento, además…
- Claro. Esas ideas mortuorias que aparecen mientras escribes cuando te preguntas ¿y esto cómo sigue? O eso que al principio te parece maravilloso, pero luego al verlo escrito te resulta nefasto. Escribir un cuento es como cruzar un río. Te esfuerzas, nadas contra la corriente, pero levantas la cabeza y ves hacia dónde vas. Una novela es como nadar en el Río de la Plata: hay un momento en que perdiste de vista la orilla desde la que partiste y no está a la vista el destino al que querías llegar. Es muy difícil nadar a ciegas.
- De todas maneras, sus editores deben de haber estado muy felices con el hecho de que usted se pusiera a escribir una novela. Supuestamente, eso es lo que se vende ahora…
- Con eso de que yo era profesor de historia y vivía de eso y estaba bien esa vida, todo lo que ha pasado con los libros y lo que sigue pasando, lo vivo como un regalo extraordinario y eso también me da mucha libertad. Como los libros de cuentos se vendían bien, estaba libre para encarar cualquier tipo de género.
- ¿Ahora ya no da más clases?
- Sí, aunque no tanto como antes. Estoy en un par de escuelas secundarias y en la universidad de Buenos Aires una noche por semana.
- ¿Cuál es su materia?
- En la universidad doy clases de Historia Económica Mundial y en las escuelas secundarias, doy primordialmente historia argentina y algo de europea.
- En esta discusión de los géneros que suele darse en el ámbito literario, ¿qué tipo de cuentista es usted?
- Soy un tipo muy clásico. Alguien que confía en ciertas certidumbres de los géneros literarios ortodoxos. Sobre todo, confío como lector en esos paradigmas. Cuando leo un cuento, me gusten que pasen cosas, que haya un vértigo creciente y que haya un final maravilloso o sorprendente. No escribo para otros escritores, será porque no me siento parte de una comunidad literaria. Me pienso a mí mismo como lector primero y escribo en consecuencia.
- ¿Quién es su autor de cuentos favorito?
- El autor que me marcó definitivamente fue Julio Cortázar. Esto del mundo de lo cotidiano como objeto de interés, a veces con una solución fantástica y a veces no…me seduce mucho. Por ejemplo, uno de mis cuentos preferidos de Cortázar es “La salud de los enfermos”: una señora mayor muy enferma, postrada en su cama, la familia alrededor cuidándola, un hijo que muere en Brasil y cómo le ocultan a esa mujer la infausta noticia, los ritos familiares en la Buenos Aires de los 50…hasta la lectura de ese cuento yo consideraba que la literatura debía tratar quién sabe de qué cosas alejadas de la vida cotidiana de cualquiera. Ver que un tipo podía construir una historia maravillosa con una vieja moribunda y una familia que le teje una mentira alrededor, me pareció algo revelador y genial.
- ¿A qué comunidad de escritores argentinos dice usted no pertenecer?
- Me imagino que Ricardo Piglia, que Juan José Saer, que, un poco más acá, Alan Pauls, a juzgar por lo que se lee en la facultad y viendo los escritores que son invitados a ese recinto, forman una comunidad académica a la que no pertenezco, algo que no me parece ni bien ni mal. Así son las cosas.
- También está afuera de esa comunidad la escritora Claudia Piñeiro, una de las más vendidas actualmente en la Argentina…
- Bueno, me divierte mucho más leer una novela de Piñeiro que una de Saer. En la literatura me gustan las historias y no ver al autor delante de ellas.
Todo lo que pasó en el hotel Mondrian

Fue un día de marzo de 2010. Para premiar a la Mejor Película Extranjera en los Oscar se subieron al estrado los directores Pedro Almódovar y Quentin Tarantino. Poco tardaron en mencionar a El secreto de sus ojos como la gran vencedora. A pocos pasos del Kodak Theatre de Los Ángeles, donde se llevaba a cabo la ceremonia, un grupo formado por 20 personas festejaba a gritos y con abrazos efusivos el galardón. En una sala especialmente acondicionada para la ocasión en el Hotel Mondrian, Eduardo Sacheri, disfrutaba su momento de máxima gloria.

- ¿Cómo fue la noche del Oscar?
- Lo que más recuerdo era la tensión creciente de todos los argentinos que estábamos en el hotel Mondrian esperando la premiación. Estaba el jefe de producción de la película, los músicos, éramos unos cuantos haciendo el aguante de la espera. En esa situación, ganar el Oscar era casi una desesperación. Ya que fuéramos uno de los cinco favoritos la sensación de júbilo era absoluta, pero conforme va pasando el tiempo te empieza a picar el bichito de querer ganarlo. Cuando Almódovar y Tarantino aparecieron en el escenario, tenía tal nivel de tensión que salí de la sala donde estaba la pantalla gigante y me fui a caminar por el corredor del hotel. Pensaba que si ganábamos iba a escuchar un grito como si fuera un gol en el Mundial a mis espaldas y si no escuchaba nada, me iba a armar de valor y volvería a la sala con los demás.
- Pero escuchó el grito…
- Sí. Cuando oí el alarido no me dieron las piernas para volver a la sala y abrazarme a esa pirámide de argentinos que, como no podía ser de otra manera, entonaba cánticos futboleros para festejar el Oscar. Parece que no tuviéramos otro código de festejos.
- ¿Y a Campanella cuando lo vio?
- Tuvimos que esperar un rato largo, porque se estaba grabando el nombre de la película sobre la estatuilla. Luego ellos se vinieron al Mondrian y nos juntamos. La verdad es que había habido tanta tensión y tanta adrenalina liberada que estábamos todos extenuados. Al final, no parecía que habíamos ganado el Oscar.