miércoles, 9 de marzo de 2011

ELVIRA LINDO


La escritora y periodista española Elvira Lindo es conocida como la guionista de “Manolito Gafotas”, una serie de novelas en las que se narra la historia de un niño en el barrio madrileño de Carabanchel y que llegó al cine y a la televisión a mediados de los 90. Sin embargo, el transitar por la literatura convencional de la esposa del también escritor Antonio Muñoz Molina es reflejo de un compromiso tan hondo como aquel que ostenta en los medios masivos. De hecho, su columna sabatina en El País, ácida e ingeniosa como pocas, es apenas un esbozo de una vida íntegramente dedicada a la palabra y a la búsqueda de una expresión que la aleje de lo que podría denominarse literatura para mujeres.

Ella se ve como una escritora que acepta su condición femenina. “Soy mujer y no quiero ni puedo evitarlo, lo que no quiero es escribir libros sólo dirigidos a mi género”, dice.

La reciente novela de Lindo, “Lo que me queda por vivir”, fue calificada por el escritor español Juan José Millás “como una novela de terror, aunque ella cree que escribió una novela de amor”.

Se trata de una historia cargada de melancolía que cuenta la vida de Antonia, una mujer que se ve sola a los 26 años, con un niño de cuatro en el Madrid de los años 80.

“Es una novela de juventud, de ese momento en el que uno no sabe cuál es su lugar en el mundo”, explica la autora nacida en Cádiz en 1962 y quien recibiera en 2005 el Premio Biblioteca Breve por su novela “Una palabra tuya”, que fue llevada al cine con todo éxito por la que es hoy la Ministro de Cultura de España, Ángeles González Sinde.

“En mi libro –agrega-, lo sexual está implícito y de lo que se habla más es de lo que se desea, de lo que se siente, experiencias que a veces son muy difíciles de explicar, pero que finalmente resultan más perturbadoras. De hecho, apenas salida la novela en España fue calificada como muy perturbadora”, apunta en entrevista con PÁGINA 12.

La intimidad de un ser humano

- Su reciente novela es la historia de una mujer escrita por una mujer…

- Es verdad. Se trata de una mujer joven, separada, con un hijo, etc. Realmente parece uno de tantos argumentos de los que hay ahora sobre el tema, pero nunca intenté hacer ese tipo de libro. Intenté entrar en la intimidad de un ser humano que no representa a todas las mujeres, sino que se representa a sí misma. Cuando tú cuentas con verdad la vida íntima de una persona y la desesperación que pueda estar padeciendo en ese momento, enseguida logras que el lector, cualquiera sea su género, se identifique con la historia.

- Quién sabe qué será eso que se llama muy a la ligera “literatura femenina”

- He pensado mucho en eso últimamente y me he dado cuenta de que existe el tipo de escritora que se rebela contra la literatura femenina y dice escribir más allá de los géneros. Otra posición es la de la señora que dice escribir exclusivamente para su género y en sus historias la mujer siempre es la heroína. Hay muchas lectoras para las que ese tipo de literatura implica una subida de autoestima. Mi lugar sería una tercera vía que es aceptar el hecho de que soy mujer y no quiero ni puedo evitarlo. No quiero alardear de ello, pero no puedo ocultarlo. En mi escritura es muy posible que se note que soy mujer, pero no me importa, lo que no quiero es escribir libros sólo dirigidos a mujeres.

- ¿Y cuál es la reacción que está teniendo la novela entre sus lectores?

- Hay reacciones muy distintas. Me escriben muchos hombres que se han sentido identificados con la relación entre el niño y su madre y, por supuesto, también me escriben mujeres de mi generación.

- Más allá de los géneros, es innegable que de la intimidad femenina se escribe y se sabe poco, aunque parezca exactamente lo contrario…

- Es cierto. Desde que empezó la democracia en España y empezó a haber nuevos escritores que crearon una comunidad de lectores representados en ese nuevo estado del país, hay muchas mujeres que escribieron libros sobre la intimidad pero desde un punto de vista muy sexual. Creo que lo sexual fue un momento necesario, pero al cabo termina repitiéndose. Es más difícil explicar lo que se desea, lo que se siente…

- ¿Por eso en su novela lo no dicho cobra un papel tan importante?

- Es muy importante la elipsis, porque los capítulos no tienen una clara secuencia temporal, casi se podrían leer de manera independiente. Mi pretensión un poco vanidosa era que el lector rellenara esas elipsis. El lector tiene que imaginar lo que sucede entre una cosa y otra.

- ¿Hay mucha observación de los demás en este libro o es pura intuición femenina?

- (risas) Bueno, cuando lo leyeron algunos psicólogos me preguntaron si había estudiado Psicología. La verdad es que es una carrera que me hubiera interesado seguir. No lo hice, pero leí mucho sobre el tema, porque la realidad es que tengo una enorme curiosidad por el ser humano y sí creo que soy muy observadora. Hay veces que observar ya parece un vicio y no faltan las oportunidades en que le digo a mi marido: Fíjate que creo que a Fulano le pasa tal cosa. Él suele ponerse nervioso y dice que tengo dotes de adivina, pero no es adivinar, se trata de atar cabos. Me gusta observar la diferencia entre lo que la gente dice y lo que está pensando y estoy muy entrenada en eso. También es cierto es que me analizo mucho a mí misma.

- En su libro tienen mucho peso las mentiras pequeñas, esas que decimos a diario sin saber por qué y que terminan teniendo un peso demoledor en nuestras vidas…

- Sí, uno piensa: ¿por qué me mientes cuando no hace falta? Sí es una tontería, si no es necesario.

- ¿Recomendaría por ello la verdad a rajatabla siempre?

- No, de ninguna manera. Pero hablo de las mentiras innecesarias. La verdad porque sí es tan cruel como la mentira.

La escritora profesional

Columnas, guiones, novelas, a Elvira Lindo no parece estarle negada ninguna de las labores relacionadas con la palabra. Su intenso trabajo periodístico, de hecho, está de la mano con su consecuente trabajo literario y de todas sus facetas, la española destaca la obsesión por las lecturas.

- ¿Se siente una escritora profesional?

- He vivido siempre de la escritura sin pensar en que era una escritora profesional. Empecé escribiendo en la radio, luego lo hice para la televisión y siempre me creí algo menos por escribir para esos medios. Luego, además, conocí a Antonio (Muñoz Molina, autor español contemporáneo), que es uno de los hombres menos machistas que conozco, al punto de que no hay en nuestra pareja ningún asunto de rivalidad. Sin embargo, al entrar en su mundo cuando él era ya un autor muy conocido, es curioso, pero comienzas a notar la arrogancia de ese sistema literario donde un escritor con un solo libro suele referirse a su obra, como si ya tuviera una condición de artista…eso de que hay gente que conquista con tres poemas, la verdad es que a mí me ha costado llamarme escritora durante mucho, mucho tiempo.

- Y el hecho de que la lean mucho, de que sea conocido por el gran público por obras como “Manolito Gafotas”, también le debe de quitar mérito en cierto mundillo literario…

- Sí, aunque nunca he tenido la pretensión de ser una escritora popular. Cuando te conviertes en un escritor popular, de que lo escribes tiene una relación directa con como habla el pueblo, por supuesto te cuesta más la consideración. Luego quieres a lo mejor hacer cosas más serias y es como ese motor de la consideración te costara más arrancarlo. Parece que te dijeran: - No hagas cosas nuevas, lo que tienes es suficiente para ti. Pero soy una persona muy obstinada y creo que he conseguido todos mis propósitos. Ya escribí cuatro novelas para adultos, una de las cuales, “Una palabra tuya”, tuvo gran aceptación entre los lectores. Lo que quiero decir es habiendo empezado a escribir muy joven, mi camino ha sido muy lento, precisamente por hacer muchas cosas a la vez.

- ¿Cuánto de provocación y frivolidad hay en su obra?

- De provocación, mucho. No es algo pretendido. No puedes evitarlo. Va en mi carácter, como el humor. Siempre dices algo con la mayor naturalidad y resulta inconveniente o tocas una fibra que no esperabas. En cuanto a la labor en el periódico, la verdad es que no me explico como tantos temas terminan siendo polémicos. Es una provocación no intencionada, en todo caso. En cuanto a la frivolidad, si de frivolidad se trata el gusto por vivir, también creo que hay mucho en mi trabajo. Conozco a escritores mucho más frívolos que yo en su gusto personal, pero que luego se crean una imagen de austeridad, de conciencia social, para proyectar a los demás. Yo no tengo esa barrera. No me ha importado nunca hablar de cuando me divierto, de cuando algo me hace sentir feliz. No me ha importado hablar de la belleza, ni de la ropa, ni de la moda…son cosas que cuando se trata de escritores varones resultan más elegantes para cierta visión machista. Respeto a las personas que no se interesan por la belleza de las cosas, pero quiero ser respetada porque a mí me ocurra todo lo contrario.

Ejercitando el músculo de la tolerancia

En setiembre de 2006, Elvira Lindo fue protagonista involuntaria de un episodio doloroso y que quisiera a todas luces borrar de su biografía. La escritora, que había sido elegida por el Ayuntamiento para leer el pregón de la Merced en las fiestas catalanas, tuvo que entrar escoltada a la ceremonia, en la plaza de Sant Jaume. Unas decenas de personas convocadas por la plataforma de defensa de la Llengua Catalana, que se habían concentrado para protestar por la elección de la madrileña como pregonera y que utilizaron paraguas negros para mostrar su queja, se enfrentaron entonces verbalmente con varias decenas de miembros del partido antinacionalista Ciutadans-Partit de la Ciutadania, que portaban una pancarta con la leyenda: “Todos somos Elvira Lindo”.

- ¿Cómo recuerda ese episodio?

- Como algo que fue muy desagradable para mí. Creo que fue un verdadero disparate y me sentí muy agredida. Hay momentos en que entiendes que un artículo tuyo genere una polémica, lo malo es cuando te ves envuelto en una polémica que no has buscado. Resulta totalmente injusto.

- ¿Ya no escribe nada sobre Manolito Gafotas?

- Hace muchos años que lo dejé y tengo mucha distancia con él, pero se sigue leyendo en los colegios, en todos lados. Creo que con las últimas novelas que he escrito, se atenuó bastante el peso del personaje.








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Mónica Maristain
Periodista

ELENA PONIATOWSKA


Elena Poniatowska, escritora y periodista, nació en París el 19 de mayo de 1932. Llegó a México en 1941 donde se convirtió en una intelectual de energía inagotable, amiga de todos los personajes que construyeron la cultura diversa y transformadora del gran país centroamericano. Amiga de Juan José Arreola, de Carlos Monsiváis, de Diego Rivera, de Luis Buñuel y, sobre todo, amiga de su madre a la que perdió en 2001, el mismo año en que recibiera el premio Alfaguara de novela por La piel del cielo.

Su crónica sobre la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968, reflejada en el libro La noche de Tlatelolco, es aún material de consulta inapreciable y su novela Tinísima, dedicada a la fotógrafa italiana Tina Modotti, ha sido considerado un tratado de enorme belleza que da cuenta de los febriles años ’20 en un México que se abría al mundo.

Elena Poniatowska ganó el premio Rómulo Gallegos en 2007 por su novela El tren pasa primero, basada en el movimiento ferrocarrilero mexicano de 1959, y por su profuso trabajo en los medios gráficos, donde desarrolló una técnica impecable de la entrevista amena y confesional, esta hoy dulce anciana de origen aristocrático y de militancia de izquierda, es considerada maestra de periodistas.
Octavio Paz la elogiaba porque “domina el arte de escuchar” y el cronista y escritor Carlos Monsiváis, su gran amigo fallecido en 2010, le decía “Elenita” con una ternura que ella añora hoy, casi con desgarro. Al fin y al cabo, fue Poniatowska la que hizo temblar el Palacio de Bellas Artes en el pasado junio, cuando en un estremecedor discurso preguntó al aire y con voz fuerte y llorosa: “¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi?. Aquí estamos tus amigos, preguntándote, por qué nos hiciste esto... Por qué no nos preparaste para tu ausencia…”

Su apellido es de origen polaco y su familia vivió en Francia durante tres generaciones. Toda su vida en México ha sido al servicio de las causas sociales y de un oficio que abrazó con pasión en 1953, “por el afán de saber, de participar y también el afán de ser querido”.

Lee a todas horas y escribe todo el tiempo, pero jamás aceptaría que la llamaran una intelectual. “Soy una mujer ama de casa. Tengo diez nietos, voy al supermercado y tengo que pulir las lámparas, hacer el desayuno, hacer la comida, hacer la cena. Me gusta mucho hacer eso. Y pienso que debí hacerlo más cuando mis hijos eran pequeños, en vez de apasionarme con la escritura”, se lamenta.

A la literatura la mira con respeto. “Ahora con la edad pienso que me cuesta más trabajo ser crítica y a medida que avanza el tiempo en vez de ganar seguridad, la pierdo”, admite.

Sin embargo, no le va nada mal con sus novelas. En un territorio editorial donde la competencia se ha hecho feroz, esta mujer de ojos azules, pelo blanco y muy bien llevados 79 años, acaba de ganar el premio Biblioteca Breve 2011 por la novela Leonora, dedicada a su amiga, la pintora inglesa Leonora Carrington.

El jurado, integrado por los escritores José Manuel Caballero Bonald, Pere Gimferrer y Rosa Montero, el catedrático de literatura y crítico literario Darío Villanueva y por la editora Elena Ramírez, afirmó que “en un escenario cosmopolita y con recursos verbales magistrales, Elena Poniatowska construye una figura femenina turbadora en la que se encarnan los sueños y las pesadillas del siglo XX”. El galardón, que se otorga anualmente, está dotado con 30.000 euros (algo más de 40.000 dólares).

La Carrington

Poniatowska suele decir de Leonora Carrington que es “una madre devota, de vocación total hacia la maternidad”. Carlos Monsiváis destacaba de ella “su gran compromiso con los principios libertarios del movimiento estudiantil del ‘68”. Carlos Fuentes adora sus cuadros. “La imaginación no es sólo el reflejo de la realidad: la crea”, afirma el autor de “La muerte de Artemio Cruz” cuando habla de la plástica de esta artista nacida el 6 de abril de 1917 en el pueblo de Chorley, en Lancashire, Inglaterra, quien abrazó la corriente surrealista gracias a su encuentro en 1936 con el pintor alemán Max Ernst, con quien también mantuvo una relación sentimental.

En París, Carrington se hizo amiga de famosos surrealistas como el pintor catalán Joan Miró y el poeta francés André Breton. De militancia antifascista, Leonora también se volcó de manera rigurosa a la escritura, hecho que según Monsivais “distingue notablemente su manera de pintar”. Carrington llegó a México en 1943 y desde entonces formó parte activa de la vida cultural azteca.

Hoy, Elena Poniatowska vuelve a ponerla en el centro de atención con un libro que, asegura la escritora, “no es ni una crítica de la pintura de Leonora Carrington, ni una biografía. Es una obra basada en conversaciones que sostuvimos durante múltiples entrevistas, en los libros de la propia Leonora y en los que se han escrito sobre ella: el de Whitney Chadwick, el de Susan L. Alberth, el de Julotte Roche”.

En un artículo publicado en el periódico mexicano La Jornada, Poniatowska reveló que conoció a la pintora que es tema de su reciente novela en los ’50. “La primera entrevista que le hice apareció en el periódico Novedades, que ya no existe”.

“En estos últimos años he visitado a Leonora a menudo. Hablar con ella de su infancia fue sencillo. Yo le contaba de la mía y, a pesar de los quince años de diferencia en edades, había muchas semejanzas en la forma europea en que nos educaron. De lo que no habló fue de Max Ernst. Cuando le pregunté si había sido su gran amor, respondió que cada amor era distinto; cuando le comenté que su matrimonio con Renato Leduc había sido sólo conveniencia, respondió: "Bueno, tampoco".









“Leonora no es sólo un acto de amor sino también un homenaje a la vida y a la obra de esta mujer que ha hechizado a México con sus colores, sus palabras, sus delirios, sus arranques, sus historias. Trajo a nuestro país todos los recuerdos de sus vidas anteriores, todos los paisajes, los caminos bajo las acacias, todas las verduras que en México no se comían como los salsifíes, las endivias, las alcachofas. Trajo a Simone Martini, a Piero della Francesca, al Bosco y a Grünewald. Pudo haber vivido en Inglaterra, su país de origen, en los Estados Unidos, en Francia o en España, pero es un privilegio saber que un artista de su altura haya decidido ser mexicana. La deuda con ella es inestimable”.

Mucho trabajo, mucho esfuerzo

- ¿Le gusta seguir recibiendo premios?

- Claro, me gusta mucho. Los premios son un aliciente a tanto trabajo, tanto esfuerzo. Realmente es muy difícil escribir. No es nada alivianado. Digamos que es más fácil hacer periodismo, ¿no le parece?. Por ejemplo, si tuviera que hacer una entrevista o una crónica, ya sé que con ese tema de las prisas, con esa cuestión de la entrega, puedo librarme del compromiso. Si sale algo más o menos siempre tendré la excusa de que no tuve suficiente tiempo. Pero aislarse y estar encerrada durante un tiempo para hacer una novela, la llena a una de mucha responsabilidad. La literatura es un acto solitario, todo depende de uno mismo, no le puede echar la culpa a nadie.

- ¿Y cómo se enteró de que había ganado el Biblioteca Breve?

- Me llamaron por teléfono y la verdad me puse muy contenta. ¡Es Seix Barral! Además, con la situación de guerra que estamos viviendo en México, es una buena noticia que una mexicana gane un premio. Esta espantosa Guerra del Narco nos está doliendo a todos los ciudadanos y espero realmente que las cosas cambien, aunque no para mal, claro está.

- A lo largo de su carrera, ¿qué importancia han tenido los premios?

- Bueno, fue muy importante el Romúlo Gallegos en 2007. Me acuerdo mucho cuando gané el Alfaguara. Me dio mucha alegría por un lado, pero por el otro estaba muy triste. Ese fue el año en que murió mi madre, que fue una mujer extraordinariamente valiente. Era bellísima, tímida y extremadamente preocupada por sus hijos. Quiero demostrar mi cariño, ser así, como era ella.

- ¿Sus hijos son lo que usted hubiera querido de ellos?

- Sí. Son muy buenos, desprendidos. Muy dispuestos a dar a los demás, tienen carreras, les gustan los árboles, son buenos con los animales, tienen perros y gatos.

- ¿Son sus lectores?

- Poco. Quizás han leído un libro, pero no lo sé. Me parece espantoso, pesarles, imponerles. Nunca les pregunto si han leído algo o no. Creo que cuando me muera leerán algo para saber, pero ahora es como un trabajo, hablamos de cosas generales.

- ¿Y en la relación con su hija, cree que hay cosas parecidas a las que usted tenía con su mamá?

- Sí, siento que mi hija es muy noble, muy agradecida. Mis hijos son gente de primera, porque no viven para ellos mismos o para estupideces como para un coche o una casa. Ellos viven para los demás.

- ¿Cómo es Leonora Carrington?

- Es una mujer maravillosa, tiene una sonrisa preciosa, posee inteligencia y sentido del humor. Me da mucho gusto visitarla. Ella no sería lo que ahora es sin México, siente que la gente la admira y la quiere, es una persona extraordinaria y fuera de lo común; desde hace muchos años fuma y fuma tanto que pienso que un día se va a evaporar con el humo del cigarro.

- ¿Sabía que usted estaba escribiendo una novela sobre ella?

- Ay, no sé. Seguro que no. Y si lo sabía no le importó. A ella no le importan las cosas que se escriben o se dicen de ella. Le gusta la política o habla de las cosas inmediatas, comunes, cotidianas. Está por encima de todo mito.

- ¿Y por qué eligió la novela como género para hablar de Leonora y no una biografía?

- Mire usted, no tengo formación académica para escribir una biografía. Me da mucha flojera eso del pie de página. Además, en Leonora hay muchas cosas inventadas, hay diálogos que no existieron. Ella, además de ser pintora, es una gran escritora, que narra muy bien. En mi libro hay muchos cuentos que ella me ha pasado.

- ¿Lee más de lo que escribe o escribe más de lo que lee?

- Pues escribo mucho, porque sigo haciendo mucho periodismo, pero quisiera dedicarme nada más a los libros. Ahora siento que se me acerca más el fin y quisiera poner orden en todos mis papeles, no soy organizada, me faltan muchos materiales. Mis hijos no van a querer todo lo que hay aquí, no los puedo abrumar, en la vida moderna de los jóvenes no hay cabida para los libros, entonces, quiero organizar, recuperar. Tengo muchísimas libretas en los que hay cuentos poemas y quisiera ver de qué se trata. Y quisiera donar, porque si yo me muriera ahora les dejaría un gran problema.

- ¿Escribiría sus memorias, por dónde empezaría a contarlas?

- He puesto mucho de mí en las novelas, entonces creo que puedo seguir haciéndolo en novelas. Uno va poniendo cachitos de lo que uno vive. De lo que uno experimenta.

- ¿Y qué historias se quedaron en el camino?

- Bueno, hay muchas. Como entrevistas que no hice, por ejemplo me hubiera gustado entrevistar a Nelson Mandela, me hubiera gustado entrevistar a Dr. Atl (seudónimo del pintor mexicano Gerardo Murillo) que me vino a buscar a la casa.

- ¿Qué quería el Dr. Atl?

- Bueno, vino por amable, supongo que habría escuchado hablar de mí y me quería saludar, conocer. Yo no lo fui a buscar y esperé y después murió. Hay muchas cosas que no he hecho. He trabajado mucho, la cantidad de volúmenes y volúmenes de entrevistas, algunas muy inútiles que me ha mandado a hacer claro, el jefe de redacción.

- ¿Cuál es la entrevista inútil?

- Como era mujer, me mandaban a hacer notas de consejos de belleza, de moda, crónicas de bodas. A mí eso no me interesaba.

- ¿Y qué libros vienen?

- Bueno, me faltan nueve para cumplir mi objetivo.

- ¿Cuál es ese objetivo?

- Hacer un libro para cada uno de mis nietos. Tengo diez. Leonora está dedicado a mi nieto homas Haro Refuveille. Y el próximo será para Inés, mi nieta, la hija de Felipe. Voy a ir de mayor a menor.

- ¿Y sobre qué escribirá?

- Bueno, tengo muchas cosas en la cabeza. Quiero escribir una novela sobre mi marido Guillermo Haro (un astrónomo de gran relevancia, padre de sus hijos y en quien Elena se inspiró para escribir Piel del cielo). También quiero hacer una novela sobre los Poniatowski, porque encontré que Estanislao Poniatowski fue amante de Catalina la Grande; podría hacer algo sobre esa época, me gustaría mucho.

- ¿Es cierto eso de que en México no se lee?

- No, no es cierto. Los mexicanos sí leen. Lo puedo ver por mi propio libro La Noche de Tlatelolco que se sigue vendiendo a través de los años. Y hoy mismo le mandé un libro a alguien porque me dijo: ¡Ay, no lo leí! De todos modos, siento que no hay un público como lo habría en Argentina o en Europa.

- Ahora que se va España a presentar su libro, ¿le gusta viajar?

- Sí, me gusta, aunque no quisiera ser el tema principal de cualquier plática en España. En eso, me estoy pareciendo a Leonora Carrington. Me gustaría más dialogar sobre las cosas que pasan en el mundo y no tanto de mí.




Yo quiero ver un tren

El día que se hizo la entrevista a Elena Poniatowska se celebraba en Argentina el día del ferrocarril. Cuando la escritora se enteró de esta circunstancia, habló con nostalgia de un México ferrocarrilero que ya no existe. La autora de El tren pasa primero, la novela con la que obtuvo el premio Rómulo Gallegos en 2007, se lamentó “por esos trenes de carga que quedaron. Son los que los gringos llaman trailers. También hay un tren carísimo en el norte, un vehículo de placer”.

“Fue terrible que en nuestros países hayan quitado los trenes. Ha sido una pérdida enorme, pero quién sabe, quizás vuelvan. Ojalá”, dijo Poniatowska, quien en la novela narra la historia de Trinidad Pineda Chiñas, un personaje que se deja llevar por el tren desde su pueblito de Oaxaca hasta lugares que nunca imaginó. El tren pasa primero logra transportar a los lectores a la época postrevolucionaria mexicana, cuando el tren dejó de ser vehículo de transporte de armas o soldados y se convirtió en la industria nacional que impulsó el desarrollo desde Chiapas, en el sur, hasta Sinaloa, en el norte.



De izquierdas, hasta la muerte

Elena Poniatowska es conocida en México por su militancia en la izquierda y por la adhesión a Andrés Manuel López Obrador, el candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD) que perdió la elección en 2006 por un margen muy estrecho y en medio de rumores de fraude que salpicaron el mandato del actual presidente Felipe Calderón, de la derecha.

La escritora se mantiene férrea y apegada a sus ideas y espera que en las próximas elecciones presidenciales de 2012 su candidato acceda finalmente al gobierno. “Todos saben que estoy al lado de Andrés Manuel y no he cambiado ni cambiaré. Ya sé que la izquierda tiene a dos candidatos, pues también está en la contienda Marcelo Ebrard (actual alcalde del Distrito Federal). Vamos a ver a quién eligen. Finalmente, estaré al lado del país. Creo, de todos modos, que Andrés Manuel le hace un bien al país al denunciar la corrupción, al denunciar la mala política, al poner en el tapete de las discusiones a los pobres, al buscar una nueva forma de enfrentar problemas”, afirma.

LOS BUNKERS Y SU DISCO DEDICADO A SILVIO RODRÍGUEZ


Chile es tierra de maestros de la palabra y de la música. En eso no difiere de muchos otros sitios donde grandes artistas supieron dejar profundas huellas en un pasado rico en canciones y poesías. El problema con las leyendas es si las nuevas generaciones pueden hacerse cargo de ellas. Al respecto, el grupo chileno Los Bunkers, un quinteto tenaz como pocos y cuyo sonido ha sido de gran influencia entre las agrupaciones más jóvenes, nunca han tenido problemas para enmarcarse dentro de su propia tradición. Si algo ha hecho trascendente a esta banda ha sido, precisamente, su enorme generosidad a la hora de reconocer la labor de sus mayores, de quienes los antecedieron en el camino del arte y a los que tratan con una humildad propia de quien se sabe el inicio del camino.

El grupo es originario de Concepción, en la Región del Bio Bío, zona sur de Chile y sus integrantes se conocieron algunos en una escuela de periodismo a la que asistían en forma más o menos regular y otros en el Colegio Salesiano, de cuyo alumnado formaban parte.

Nacieron en el invierno de 1999 con Álvaro López en voz solista y guitarra acústica, Gonzalo López en bajo, Francisco y Mauricio Durán en guitarras y coros y Manuel Lagos en la batería. Desde su debut en la Universidad Técnica Federico Santa María de Talcahuano, el sonido de la banda comenzó a ser notado por la prensa y los aficionados, al punto de generar un “exilio” de los músicos en la capital de su país.

Santiago de Chile fue el hogar de Los Bunkers cuando comenzaba el tercer milenio, tiempo en que también ingresó como baterista Mauricio Basualto, en reemplazo de Lagos. Éxitos propios como “El detenido” no impidieron que la agrupación comenzara a mostrar su afición a lo que podría ser denominado el Movimiento de la Nueva Canción Chilena y que en épocas del gobierno de izquierdas de Salvador Allende, así como en la clandestinidad acontecida a la fuerza por la instauración de la dictadura de Augusto Pinochet en 1973, se convirtiera en la voz de los desposeídos y de los que luchaban por un mundo mejor en tiempos duros.

Los Bunkers, como hijos de una generación literalmente masacrada por las torturas y las balas de una dictadura sangrienta e implacable, como herederos de una gran masa de gente obligada a emigrar a Europa o a Estados Unidos luego del Golpe pinochetista, emergieron en el 2000 cantando, por ejemplo, “El derecho de vivir en paz”, una canción del legendario Víctor Jara, aquel mismo que fuera asesinado por los militares en el Estadio Nacional de Santiago de Chile y a quien, antes de matarlo, le fueron cortadas las manos para que nunca más pudiera tocar la guitarra ni cantar.

“Nuestras razones son emocionales y tal vez históricas, somos de un lugar en el mundo, de allí venimos y nunca lo hemos negado”, dice ante DÍA SIETE el guitarrista Francisco Durán.

Por eso, por aprender de los maestros, con esa convicción “casi brasileña” (así se lo hacemos notar a la banda en la entrevista y todos asienten con simpatía por lo que representa a nivel de historia musical el gran gigante sudamericano, un país donde los cantautores jóvenes se encuentran con los viejos en fiestas populares donde se borran todas las fronteras musicales), es que en 2001 la banda se acercó a Álvaro Henríquez, el mítico fundador de una agrupación señera como Los Tres.

Lo hicieron para rendirle tributo a otra leyenda de la música popular chilena, la gran Violeta Parra, versionando la conocida “Gracias a la vida”. Fue tan buena la actuación de Los Bunkers en el homenaje Después de vivir un siglo, que al año siguiente Henríquez ofició de productor del segundo disco de la agrupación.

En Canción de lejos, editado por la Sony, Los Bunkers volverían a refrendar su compromiso con la historia más dura de su país de origen, dedicando el tema “Miño” a la inmolación de Eduardo Miño Pérez frente al Palacio de La Moneda en noviembre de 2001, quien se prendió fuego en protesta por el desempleo y por los efectos mortales del asbesto, un mineral que ha sido prohibido en los países desarrollados pero que aún se utiliza en algunas naciones del Tercer Mundo.

En 2003, la banda compartió escenario con Los Jaivas durante un concierto en homenaje a Salvador Allende y un año más tarde popularizaron “La exiliada del Sur”, una canción de Violeta Parra y el legendario Patricio Manns. No faltaron, por supuesto, en la reunión de los legendarios grupos Inti-Illimani y Quilapayún.

La entrada a México de Los Bunkers se dio en 2005, con el cuarto disco de estudio de la agrupación titulado Vida de perros y del que se extrajo el single “Llueve sobre la ciudad”, que tuvo gran éxito tanto en la audiencia chilena como en la mexicana.

Desde hace dos años, los chilenos decidieron afincarse en el Distrito Federal, donde recibieron la noticia de que serán los primeros músicos originarios del país sudamericano en presentarse en el famoso Festival de Coachella el próximo 17 de abril.

Hasta aquí más o menos la historia de una agrupación que se caracteriza por su hondo compromiso político así como por una mirada estética que otea con profundidad en el horizonte de sus mayores, un hecho que se vio reflejado en el reciente disco Música Libre (editado por Universal Music), que rescata las que consideran son las mejores canciones del cantautor cubano Silvio Rodríguez, “de quien somos fanáticos desde pequeños”, según apunta uno de sus integrantes, mientras los demás asienten con la cabeza.

“Las canciones de Silvio están más vivas que nunca, no se trata de rescatar un material que ha muerto”, dice con voz firme el guitarrista Francisco Durán.

El himno renovado

“Esto no está muerto, no me lo mataron”: el himno del cubano Silvio Rodríguez dedicado a Santiago de Chile tiene una actualidad espeluznante. Ante los oídos de alguien distraído, podría decirse que suena en el equipo una canción nueva, un tema recién hecho para esa ocasión en que un país castigado por la tragedia de un terremoto que dejó 524 muertos y ruinas que todavía perduran, requiere de un impulso emocional que vuelva a poner las cosas en el más alto extremo del optimismo.

Pero no es el cantautor isleño nacido en San Antonio de los Baños el 29 de diciembre de 1946 el que canta.

El pregón llega del grupo de rock chileno Los Bunkers.

Canciones como “Sueño con serpientes”, “Quién fuera”, “Que ya viví, que ya te vas” y “Al final de este viaje”, forman parte de un grupo de 12 temas seleccionados especialmente por la agrupación.

El disco, producido por Meme del Real, uno de los integrantes de Café Tacuba, destaca por la fidelidad melódica a canciones señeras en la obra del artista cubano, quien alabó precisamente ese elemento como una de las tantas cosas positivas en el trabajo de la agrupación chilena.

Del Real participó además como fotógrafo al captar al grupo para la portada del disco en Tlatelolco, donde por varios meses a su llegada a México ensayó la banda, en el piso 21 de la torre Coahuila.

Hay que decir también que no es la primera vez que Café Tacuba se acerca por medio de unos de sus integrantes a la historia de la música chilena. En Valle Callampa, editado en 2002, el famoso cuarteto mexicano interpretó a su modo, rindiendo un homenaje sin precedentes en la historia de la música de rock latina, las canciones más conocidas de Los Tres.

Aunque no es la primera vez que músicos de rock transitan por el repertorio de Silvio Rodríguez, puesto que el grupo mexicano Santa Sabina grabó “Sueño con serpientes” en el 2000 y el argentino Javier Calamaro acaba de hacer lo propio en su reciente disco “Este minuto”, para los músicos chilenos “todavía hay muy poco de Silvio en el rock latinoamericano”.

“Nos dimos cuenta de que este disco no estaba hecho y que debió hacerse hace mucho rato. Las bandas y músicos latinoamericanos que nosotros conocemos, casi nunca nombran a Rodríguez como referencia. Si se les pregunta por sus influencias, nombran a los Rolling Stones, pero no a Silvio”, asegura Francisco Durán.

“Silvio nos mandó un correo electrónico y se mostró muy contento por el resultado, algo que obviamente nos tiene muy felices”, dice su hermano Mauricio.

El repertorio elegido por el conjunto no explora los temas más populares del cantautor cubano, por caso “Mi unicornio azul” u “Ojalá”.

Antes, los jóvenes chilenos que en 2002 ganaron el premio APES (Asociación de periodistas de espectáculos en Chile) se decantaron por canciones profundas y de gran significado para los miles de admiradores que Rodríguez tiene a lo largo de todo el continente.

Así, el himno “El necio”, “Leyenda, “Ángel para un final”, que la banda ejecuta en tiempo de blues y “Nada más”, en una versión muy rockera, integran un disco que destaca por su sonido potente y la sobria instrumentación grabada en un formato de toma directa, lo que le otorga gran frescura al material.

“Las canciones de Silvio Rodríguez estaban prohibidas en nuestro país en esas épocas cuando también estaba prohibido emocionarse en Chile, cuando nos fue prohibido pensar. Sus canciones significaron la luz para una sociedad, que hasta ahora sufre las consecuencias de vivir atada a la ignorancia y a la masacre”, afirma Francisco Durán.

“En los 60, grupos anglosajones como los Birds hicieron un disco con canciones de Bob Dylan, pero en nuestro continente faltaba uno con canciones de Silvio y por suerte nos tocó a nosotros”, agrega.

El cantante Álvaro López, a su tiempo, afirma que “respetamos mucho los temas y ellos mismos nos fueron llevando hacia la forma exacta de interpretarlos”.

Por otra parte, Mauricio destaca la labor del productor “quien nos planteó como primer desafío el hecho de que nos olvidáramos de que esas canciones no las habíamos escrito nosotros y que las hiciéramos como si fueran nuestras”.

“Santiago de Chile”, “Y nada más”, “El día feliz que va llegando”, “Pequeña serenata diurna” y “La era está pariendo un corazón”, completan el disco que salió a la venta en noviembre y que será presentado en un concierto en marzo en México.

miércoles, 2 de marzo de 2011

LORENA OCHOA


Lorena Ochoa es pequeña. Su voz metalizada le quita todavía más corporeidad. Habla, pero no dice mucho. Se defiende aunque no la ataquen y a su alrededor todo es protección: primero, la del manager, a la sazón su hermano Alejandro, que se encarga de recomendar las preguntas a los periodistas: “No hablará de ninguna otra cosa que no sea el proyecto del libro de memorias”. Luego, la protección en forma de escudo imaginario que la ex deportista de élite antepone a su interlocutor ocasional. Es raro, la muchacha nacida el 15 de noviembre de 1981 en Guadalajara y que tanto valor demostrara en las canchas de golf de todo el mundo, es un manojo de nervios en sociedad y todo lo que ostenta frente a la prensa especializada o no es miedo. Por no hablar, ni siquiera habla de Tiger Woods, su famoso y atribulado colega. Por no decir, tampoco se muestra natural ni simpática, como si a la necesidad que tienen sus empresas Ochoa Sports Management, dedicada a hacer eventos de golf y la Ochoa Golf Academy, dedicada a dar cursos del deporte, de mantener viva la imagen de la deportista luego de que esta se retirara prematuramente del circuito profesional, le hiciera falta un entrenamiento intenso que le permitiera a Lorena sortear con menos dificultad sus encuentros con los medios de comunicación.
Por lo pronto, se ve que la mejor golfista durante cuatro años consecutivos en la liga de golf LPGA, y que anunciara formalmente su retiro en mayo pasado, para sorpresa y asombro de allegados, fanáticos y, por supuesto, de sus patrocinadores, no se siente a gusto dando entrevistas ni siendo el principal foco de atención en un sitio público. Quién sabe si eso contará en su anunciado libro de memorias, un trabajo que publicará en 2011 la editorial Random House Mondadori y cuyos detalles la ex atleta relata en esta entrevista exclusiva con GENTE.
- Todavía no has cumplido los 30 años y ya estás escribiendo tu libro de memorias…
- Apenas acabo de cumplir los 29. La verdad es que no son memorias en el sentido estricto. Estoy muy chica para una autobiografía, pero se me hace muy importante , sobre todo ahora que hace poco que dejé el circuito de la LPGA, compartir las experiencias vividas durante mi carrera profesional.
- ¿Por qué te parece importante transmitir esas experiencias y transmitirlas mediante un libro?
- Siempre me ha gustado escribir, es algo que hago desde chica. También me gusta mucho leer, claro, pero sobre todo escribir: tengo muchos cuadernos llenos de anotaciones, cartas a mis padres, a mi psicólogo, a mis amigas del circuito profesional, tengo muchas cosas para poner en un libro. Y es un gran desafío para mí hacerlo, más porque es algo que he tenido en la cabeza durante muchos años y ahora al fin he encontrado el momento de concretarlo.
- ¿Qué has venido leyendo últimamente?
- En este momento lo que estoy leyendo es la biografía de André Agassi, un tenista que tuvo muchas dificultades de chico. Mi libro no tratará sobre experiencias vividas en los campos de golf, de lo que quiero hablar es de cómo fue infancia, de las decisiones que tuve que tomar, los sacrificios que tuve que hacer. Mi libro no será de golf, pues busco un público más amplio para platicarles cómo fue mi vida y sus diferentes etapas hasta llegar a ser la número uno del mundo. Quiero que el lector o lectora, cualquiera sea su edad o profesión, encuentre en mi libro cosas que le puedan servir para su propia vida. Quiero hacer un libro inspirador y que motive a la gente que lo lea para realizar sus sueños más ansiados.
- El lector podrá ver cómo es ese proceso que lleva a la cima del alto rendimiento deportivo…
- Creo que más que eso, lo importante es que la gente va a poder ver cómo una persona común y corriente puede llegar a ser la mejor del mundo.
- También buscarán el por qué de tu retiro…
- No tengo ya nada que explicar al respecto. Lo dije en su momento. Creo que la gente entiende mi manera de pensar y entiende los valores que defiendo, los valores que me dieron mis padres, los que fortalecieron mis amigos tanto adentro como afuera del campo de golf. Me retiré simplemente porque en el deporte alcancé todas las metas que quería y ahora quiero hacer otras cosas. Fue muy claro para mí. Estoy muy contenta de haberme retirado como la número uno del mundo.
- ¿No extrañas la adrenalina de la alta competencia?
- Sí, por supuesto, extraño los momentos de gloria, levantar trofeos…Lo que no extraño es entrenar durante diez horas al día. Estoy muy tranquila con la decisión que he tomado, la confirmo día a día y no me arrepiento.
- ¿Cómo es un día tuyo ahora?
- Juego al golf por la mañana, unas cuatro horas, más o menos. Es importante aclarar que no me retiré del golf, sino de la liga profesional. El deporte todavía ocupa mucho tiempo de mi vida, doy clases, seminarios, juego torneos de exhibición. El año pasado estuve en San Diego, en Nueva York, el golf es mi pasión y seguiré jugando toda la vida.
- ¿Y cómo viste los acontecimientos que rodearon la vida profesional y personal de tu colega Tiger Woods?
- No hablo de eso. No tengo ningún comentario. Lo único que puedo decir al respecto es que si vuelve a ser el número uno del mundo, tardará unos cuatro años al menos en conseguirlo. Y que es un excelente jugador, claro.
- ¿Va a tardar en aparecer otra Lorena Ochoa en el golf mexicano?
- Hay que tener paciencia. Las comparaciones no son buenas y nos tenemos que relajar al respecto. Intento dejar mi ejemplo, aunque mi historia es mía y esto de haber ido a Estados Unidos, de haberme hecho profesional, de haber llegado a ser la número uno, ha sido un camino muy difícil de recorrer y se me hace injusto que le exijan lo mismo a cualquier otra golfista de mi país. En México hay jugadoras muy buenas, que tienen mucho talento y los frutos se verán en unos cinco o seis años.
- Tu caso, de todos modos, habrá hecho desarrollar mucho el golf en México…
- Bueno, esa ha sido mi idea y siempre hice todo lo que estuvo a mi alcance para apoyar al deporte, para hacer que el golf fuera más popular, más accesible. Y sigo trabajando en eso, de eso no me retiro.
- ¿Cuáles son las cosas que más te preocupan de la realidad de tu país?
- Soy una persona muy positiva y trato de no preocuparme y gastar tiempo en las cosas malas. Miro hacia delante y siempre me ha resultado fácil dejar atrás lo negativo. Ayudaría mucho a México que las personas fueran más optimistas y positivas, que vieran las cosas bonitas del país y no destacaran lo feo.
- ¿Cómo va el proyecto de ser mamá?
- En 2011 quiero iniciar mi familia, espero que las cosas salgan bien y que Dios nos regale un hijo.

HARRY CONNICK JUNIOR


Pocas personas hay en el espectáculo internacional tan interesantes como el actor y músico Harry Connick, Jr., nacido el 11 de septiembre de 1967 en Nueva Orleans.
No sólo tiene una estampa de otros tiempos, con una masculinidad a flor de piel que lo ha hecho atractivo incluso para marcas publicitarias, un área –la de los anuncios- en la que comenzó a trabajar cuando apenas tenía cinco años, sino que un carácter expansivo y una sonrisa matadora le han funcionado muy bien para trabajar en el cine. Ya tiene, de hecho, un background nada despreciable de 19 películas que han contado con su casi dos metros de altura y su rostro con ciertos rasgos latinos. Para los despistados, baste decir que es el irlandés que consuela a la viuda Hillary Swank en ese filme harto cursi llamado Posdata te amo y es el hombre barbado que soporta a la insufrible René Zellweger en Ejecutiva en apuros. Fue el narrador, además, en Mi perro Skip. Interpretó a Justin Matisse en Siempre queda el amor, a Jimmy Wilder en Independence Day y al sargento Clay Buslay en Memphis Belle.
Y no es que este hombre al que le sobran kilitos y que vive una vida tranquila con la actriz y modelo de Victoria Secret´s, Jill Goodacre, con quien ha procreado a sus hijas Charlotte, Georgia y Sara, sea precisamente una cara bonita o posea una belleza clásica y convencional. Al contrario, Harry tiene eso que suele llamarse sex appel y posee, además, lo que no es poca cosa, una imagen confiable, de tipo buenazo y un tanto inocentón que tanto gusta a ciertas mujeres.
Claro que al que fuera también el esposo humanista y médico sin frontera de la alocada y pelirroja Debra Messing en la recordada serie Will and Grace, nada le gusta más que ser visto como un músico, sobre todo un músico de jazz.
Cantante y pianista versátil, que tanto ha explorado el sonido funk como el blues y la canción popular estadounidense, Harry detesta ser llamado “el nuevo Frank Sinatra” (título que ahora le pelea en los medios el canadiense Michel Bublé) y poco le importan las reservas que frente a su prolífica carrera musical exponen los puristas del jazz. Hay quienes dicen que su voz de barítono se asemeja a la del gran Tony Bennett y no faltan los disconformes a quienes les incomoda su estilo medio popero para cantar temas como “Mona Lisa” o “Smile”.
Este hijo de un matrimonio mixto formado por una madre judía y por un padre católico irlandés (algo así como juntar aceite y agua) pasó por las aulas del gran Ellis Marsalis, el célebre pianista progenitor a su vez de los muy famosos Wynton y Branford, para convertirse, a los muy jóvenes 20 años, en un pianista con disco propio, donde tocó a teclado suelto, sin ningún otro tipo de acompañamiento, para delicias de la crítica un repertorio de estándares de jazz.
Quedó huérfano de madre cuando tenía 13, a los 21 años comenzó a cantar profesionalmente y contaba con apenas 22 cuando en 1989 ganó fama mundial con la banda de sonido de una película de Rob Reiner que hizo historia: Cuando Harry conoció a Sally.
Fue con ese rostro serio y joven que apareciera en la portada del disco cuando se hizo un sex symbol para la juventud de la época y desde entonces no tuviera ningún problema para dividir su carrera entre la música y la actuación. Con ventas superiores a los 25 millones de copias, ha ganado el Emmy, el Grammy y ha obtenido varias postulaciones al premio Tony.
En 2009 llegó a la Casa Blanca para cantarle a la familia Obama y amenizar el baile de los gobernadores, demostrando así su compromiso con la nueva era política de su país y, sobre todo, con la reconstrucción de su ciudad de origen, devastada por el huracán Katrina. De hecho, Harry Connick Jr es el impulsor de un programa llamado Musicians' Village, que ha permitido reconstruir una pequeña ciudad con 80 casas, de las que la mayor parte están habitadas por músicos que perdieron sus hogares.
Fue también en 2009 cuando el muchachote cantó junto a la Primera Dama de Francia, la ex modelo Carla Bruni-Sarkozy, en la cadena de televisión francesa Canal Plus.
Bruni había estado de invitada en el disco que Harry hizo con el productor Clive Davis, Your songs. Juntos hicieron una bella versión de “And I lo ve her”, la canción de Los Beatles. Fue la mismísima mujer del cantante quien sugirió la participación de Carla, con quien había compartido aventuras cuando ambas eran modelos. Contó luego Harry que a Nicolas Sarkozy lo vio poco. “Sólo vino a saludar una vez cuando ensayábamos y eso fue todo”, dijo.
Este marzo es de parabienes, con el lanzamiento en México del disco y video Harry Connick Jr. in concert on Broadway, un trabajo de casi dos horas que condensa el ciclo exitoso que el músico ha estado presentando en uno de los escenarios más exigentes del mundo.

domingo, 27 de febrero de 2011

EL NEGRO OJEDA


Su cuerpo magro encerraba un espíritu inconmensurable, el ancho territorio donde planeó su voz, sobre todo esa manera de cantar como pidiendo permiso y luego tomándoselo todo, invadiendo el aire con ese don inexplicable de los trovadores natos, genéticamente programados para conmover sin piedad a sus escuchas.

Había nacido Salvador El Negro Ojeda el 27 de enero de 1931 en el Distrito Federal, aunque su corazón apuntaba al paisaje veracruzano. Su patria, en realidad, era el son jarocho, era la negritud en su garganta y también fue la música cubana, de la que se enamoró sin remedio en los ‘40 y a la que conocía con una erudición empírica que lo convertía en un maestro.

Su hijo y productor musical, Santiago, declaró a una agencia de noticias que cuando iban a tierras veracruzanas y cruzaban el límite de Puebla a Veracruz de inmediato empezaba a hablar como jarocho. Frágil como un ave, se engrandecía cuando interpretaba una canción popular, la misma que en su voz se hacía distinta, algo mucho más grande, más trascendente. Por caso, la versión que El Negro hizo de “El necio”, un tema paradigmático de un Silvio Rodríguez ya maduro y que el propio cantautor de San Antonio de los Baños, poco dado a los elogios a sus pares, prácticamente le regaló al intérprete mexicano. Cuando la cantó, iniciaba el nuevo milenio y estaba de moda el Buena Vista Social Club. Ya hubieran querido los que amaban a Ojeda un productor con oído fino como Ry Cooder, para darlo a conocer en todo el mundo, porque –hay que decirlo- Ojeda nunca fue mainstream. Es cierto que él cantaba para no morirse de tristeza, como declaró en más de una ocasión, pero a sus muchos admiradores les queda ese sabor amargo de quien pudo en sus últimos años ser merecedor de un status masivo, sobre todo para que las nuevas generaciones disfrutaran el tesoro que anidaba en su garganta.

Trovador, jaranero, huapanguero, rumbero y sonero, con una trayectoria profesional de más de 66 años, Ojeda fue fundador, miembro y director del grupo Los Folkloristas, con el que grabó tres discos. En solitario ha grabado seis más, entre ellos, el Bellas Artes, ¡Al fin! (Discos Puebla, 2009), una especie de coronación de una vida íntegramente dedicada a la música.

Tocaba la guitarra, el piano, el contrabajo y las percusiones, sabía de música popular mexicana más que nadie y, a pesar de sus ideas de izquierda, jamás cantaba panfletos.

Se lo impedía su sensibilidad de artista y, sobre todo, su irredimible pasión libertaria. Porque era libre no le interesaba cuántos discos iba a vender, cuántos autógrafos firmaría después de un concierto, mucho menos si algún medio periodístico se iba a hacer eco de sus múltiples actividades profesionales.

Solía decir que “a la vida no hay que tomársela en serio”. Por lo tanto, tampoco habrá que tomarse con demasiada solemnidad la noticia de su muerte. Dicen que murió en su casa de Coyoacán a los 80 años y que sus cenizas serán arrojadas a las aguas del río Papaloapan.

HARUKI MURAKAMI


Mientras este artículo se escribe, son innumerables las personas que abren un libro de Karuki Murakami (Kioto, 1949) en cualquier parte del mundo. “Eso es lo fascinante de ser un best seller, no hay que despreciar a quienes venden muchos libros”, dijo alguna vez en Guadalajara el autor italiano Alessandro Baricco.

El nuevo héroe japonés de la literatura, aquel que se hiciera mundialmente célebre con la inolvidable Tokio Blues (Norwegian Wood, por su título en inglés) ha vendido, efectivamente, muchos, muchísimos libros. Digámoslo con números: 4 millones de la novela que llevara el título de una canción de Los Beatles (“Madera noruega”), para dar cuenta de la existencia de uno de los autores japoneses más occidentalizados del mundo, después del malogrado Yukio Mishima (1925-1970).

Quizás en esa universalidad de los personajes que habitan el mundo fascinante del autor nipón, todos ellos aficionados a modos menos estructurados y poco atados a esa férrea tradición japonesa que consiste en trabajar mucho, pelear duro y mostrar poco los sentimientos, se halle la razón de quien ha pasado en poco tiempo a convertirse en un firme candidato al Premio Nobel.

Aficionado al jazz (tuvo un local de música llamado “El gato Peter”) desde que sus padres le regalaran un disco de Art Blakey & the Jazz Messengers, Murakami detesta tanto a los perros como a la celebridad. Cultiva un pánico extremo a ser conocido y son pocas las entrevistas que otorga y escasas las oportunidades en que se deja fotografiar.

Autor de una obra constante y exitosa que inició cuando tenía 30 años y, mirando un partido de béisbol en la televisión, decidió ser escritor, también ha vendido muchos ejemplares de una novela enorme de más de 600 páginas titulada Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

De su pluma salieron, además, Sputnik, mi amor, Al sur de la frontera, al oeste del sol, Sauce ciego mujer dormida, Kafka en la orilla, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, After dark y La caza del carnero salvaje.

Vivió durante un tiempo en los Estados Unidos, donde a causa de un creciente desasosiego comenzó a experimentar una nostalgia de su Kobe, la ciudad arreciada por un terremoto en 1995 y por el Tokio de su descontento, que en ese mismo año sufrió el atentado con gas sarín en el metro que mató a 13 personas y afectó a cientos de pasajeros. Ya de regreso en Japón, Murakami acendró su origen y certificó los lazos con la tierra donde nació escribiendo sobre ambos episodios.

Las historias de Murakami comienzan a partir de un hecho trivial, insignificante y cotidiano. Tal vez así acontecen las cosas importantes en la vida. Un hombre de 30 años cocina espaguetis en la cocina de su departamento. Suena el teléfono: ese es el inicio de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. “Era un hecho tan simple, pero sentí que algo estaba ocurriendo allí”, dice Murakami. Al fin y al cabo, él escribe sólo para divertirse. “Escribo con la misma fascinación con la que leo: no sé qué va a pasar, no sé cómo sigue la historia, y eso me divierte mucho”, explica.

Toru Watanabe, un ejecutivo de 37 años, escucha casualmente mientras aterriza en un aeropuerto europeo una vieja canción de los Beatles, y la música le hace retroceder a su juventud, al turbulento Tokio de finales de los sesenta: así inicia la famosísima Tokio Blues. “Esa novela fue un simple experimento. Personalmente, a mí me gusta esa novela, pero no he vuelto a leerla desde hace casi 20 años. De momento, no tengo ninguna intención de volver a escribir algo parecido. No tengo interés en el pasado. Ya no puedo sentir interés en el llamado estilo realista porque, si escribo una novela así, acabo aburriéndome”, declaró Murakami en 2007 al periódico español El País.

Mientras este artículo se escribe, alguien, en alguna parte del mundo, está criticando a Haruki Murakami con ferocidad. Desde llamarlo “el mayor timo de la literatura japonesa” a “poca cosa endiosado”, los oponentes a sus libros masivos, plagados de guiños a la cultura pop, comienzan a hablar en voz alta. Lo mismo pasó con el estadounidense Paul Auster, quien cuando sacó El palacio de la luna en 1989 era un autor de culto y cuando comenzó a ser masivamente leído y célebre en el mundo, dejó de ser cool para muchos lectores snobs.

Murakami, que dice que quisiera desaparecer del mundo cuando no escribe, está ajeno a las disquisiciones sobre su obra y seguramente no escucha el ruido sordo que ha generado la salida inminente de su esperada nueva novela, que en México verá la luz el próximo 7 de febrero.

Se trata de 1Q84, en expresa referencia a George Orwell (en japonés, Q se lee igual que el 9), una profusa obra de 1000 páginas que viene a calmar la ansiedad de sus acólitos que desde que saliera After dark, su anterior novela, hace cinco años, esperaban con desesperación una nueva historia. En Japón, donde fue publicada en tres tomos, la novela ya vendió 480 mil ejemplares.

Amor, miedo, crímenes, horror, en un tema que tiene, curiosamente, cierto parentesco con el otro boom de la literatura contemporánea, el fallecido sueco Stieg Larsson, toda vez que trata el abuso infantil. Amoame, una profesora de educación física, es también una asesina de hombres culpables de malos tratos contra los niños. También está el escritor inexperto que monitorea los textos de una joven monja. Y todo lo que pasa entre ambos personajes.

“Orwell escribió 1984 mirando al futuro, y yo, con mi novela, quiero hacer lo contrario, mirar al pasado, pero sin dejar de ver el futuro. Es mi obra más ambiciosa”, dijo el autor en su última visita a Barcelona, el año pasado.

ENTREVISTA A ALVARO ENRIGUE



“Mi novela es un gesto suicida”

Uno de los escritores mexicanos más originales es el autor de Vidas perpendiculares, quien con agudeza comenta aquí su nuevo libro, Decencia, “una novela que incluso parece una novela”.


Hace menos de tres años, el escritor mexicano Álvaro Enrigue fue elegido como uno de los autores fundamentales a seguir en el 2009. “El avance de su obra nos interroga. Ha sabido usar su experiencia personal o la de su familia para crear un escenario donde estamos todos involucrados”, dijo entonces el crítico Phillippe Ollé-Laprune, quien hacía referencia a la salida de la celebrada Vidas perpendiculares, uno de los textos más leídos en México en 2008. El autor, nacido en 1969, abría el paraguas y lamentaba las expectativas generadas “pues de todos modos decepcionaré a todo el mundo”.

En 2011 la salida de Decencia, la nueva novela de Enrigue editada por Anagrama, vuelve a poner al escritor en el centro del debate. Pocas veces se tiene la certeza de estar leyendo lo que en el futuro se constituirá en una obra clásica. En Decencia hay una profundidad inesperada, un uso audaz del lenguaje y un entramado estilístico riguroso y complejo, que apunta a que se está frente a la que podría ser considerada la obra mayor de un escritor que ya ha dejado de ser promesa para convertirse, sin duda, en una de las voces trascendentes de las letras mexicanas. La historia no es simple: se juega a dos tiempos con circunstancias que tanto en el pasado como en el presente de la novela atañen a lo más profundo de un México singular y tragicómico. Se trata de una novela antiépica donde todos los registros icónicos quedan hechos polvo frente al humor sin concesiones de Enrigue.

Dos revolucionarios de pacotilla que discuten por la valía de las canciones de Roberto Carlos (“Todo cantautor tiene su momento-Villaurrutia en algún momento de su carrera”, dice uno de los personajes), secuestran a un viejo burgués que fue ocasional testigo de un atentado a la Embajada de Estados Unidos. En paralelo, en un flashback cautivador y exquisitamente narrado, la primera persona del anciano secuestrado evoca su niñez acontecida en pleno surgimiento de la Revolución. Tanto en el ayer como en el presente de la novela los personajes transitan casi sin rumbo por un territorio que poco les pertenece y al que no logran decodificar ni comprender. Construye así Enrigue una parábola irrefutable del México contemporáneo, un universo extraño que se desintegra con pasión entre una violencia que termina siendo el único lenguaje de comunicación posible entre habitantes desconsolados de una tierra impropia y dolorosa.

Aprieta el escritor el acelerador para meterse de lleno en una tradición que ya había sido la pincelada de su acuarela en libros anteriores como Hipotermia: la de una escritura que apunta a Borges, a Bolaño (sobre todo al desencantado y agudo de El gaucho insufrible), a Malcolm Lowry y a Carlos Fuentes, aunque la región de Enrigue nada tenga de transparente. Por cargarse a todo el México simbólico encima, Álvaro se mete hasta con el tequila. Como Ricardo Piglia en Blanco nocturno, cuando el autor argentino dice aquello de que los gauchos no comían carne porque en realidad no tenían dientes, Enrigue pulveriza los mitos patrióticos y le quita todo el folclor a su país natal para hacerlo implacable y despojado como el más desnudo de todos los desiertos. “Digan lo que digan los doctos en cursilería que se han apoderado de este país, que alguna vez se envaneció del furor de su gente, no hay nada menos memorable que una infancia provinciana. Todo elogio de la provincia termina siendo un comentario sardónico en torno al aburrimiento”, dice.

Tenía razón Enrigue cuando auguraba aquello de que iba a decepcionar a todos: su escritura imaginativa y original devino en estilete hondo clavado en las entrañas de una nación desorientada. Su novela es el espejo partido de un lugar en el mundo que es el suyo y, mal que nos pese, también el nuestro.


CON POCO FUTURO COMERCIAL
MM: ¿La decencia de un México que ya no existe convierte a este libro en el más pesimista de su carrera?

AE: He escrito libros en estados de depresión más aguda, es sólo que la rabia y la indignación son más bien caseras en esta ocasión.
MM: ¿México se ve mejor desde lejos?

AE: Todo se ve menos chulo desde adentro.
MM: ¿Tal vez con los lentes de Malcolm Lowry, de Carlos Fuentes, de Roberto Bolaño?

AE: México es un país en el que muchas cosas se han hecho mal, pero ha sido muy exitoso caracterizándose a sí mismo a partir de ciertas peculiaridades míticas, entre las que está la mentira sobre una relación íntima con la muerte, o la que supone que tenemos una capacidad única para carcajearnos, de preferencia de lo que no deberíamos. Eso no nos hace más bravos, pero sí víctimas fáciles de la oportunidad narrativa.
MM: Piglia habló de las nuevas constelaciones de escritores, alejados de una tradición estrictamente nacional o continental. ¿Se siente usted parte de una nueva tradición?

AE: No, lo cual no ayuda. Es una postura con poco futuro comercial y está definitivamente opuesta al nazismo mágico que cosecha todos los premios, pero uno tiene que escribir lo que tiene que escribir. Me pidieron Decencia para un premio gordo de otra editorial, la leyeron y me dijeron que mejor no, que mejor cuando escribiera algo más europeo.
MM: ¿Atado a una tradición inesperada que podría hacer decir que esta es la más borgiana de sus novelas?

AE: No sé si una novela pueda ser borgiana, pero tendría que estar loco para decirte que no a lo que sea que me emparente con el apóstol de la escritura hispanoamericana. En cualquier caso, lo único que me importaba mientras trabajaba en ella era el peso específico del lenguaje, y eso lo aprendimos de él.
MM: ¿Acaso Decencia no se parece un poco a Blanco nocturno en la desmitificación del campo y sus tópicos?

AE: Piglia es un autor muy argentino…
MM: ¿Decir que los gauchos argentinos no comían carne porque en realidad no tenían dientes no es casi lo mismo que decir que la bebida nacional mexicana es un brebaje edulcorado y mentiroso?

AE: Las novelas sirven, entre otras cosas, para triturar mitologías; pero por otra parte lo que cuenta Decencia sobre el tequila es cierto, o lo era en el periodo: el tío Juan —tío de mi padre— vivía de venderle piloncillo a las tequileras. Nunca jamás vas a ver a un Enrigue beber tequila añejo: es aguardiente con mascabado.
MM: ¿No será usted el verdadero gaucho insufrible?

AE: Tarde o temprano, todos tomamos en préstamo ese hallazgo genial de Sarmiento: ¿Qué nos heredaron nuestros padres?, ¿qué le vamos a heredar a nuestros hijos? Civilización y barbarie.

PA’LANTE COMO UN ELEFANTE
MM: Aunque usted dice no utilizar las estrategias de sus personajes, ¿durmió tranquilo después de escribir la frase “Tanta Revolución para que al final terminemos siendo mexicanos”?

AE: Tranquilísimo. Tienes que pensar que crecí durante los horrores del nacionalismo revolucionario y que, como cualquier persona de razón de cualquier país, vivo agobiado por lo que no funciona. Si hubiera escrito otro tipo de novela habría podido decir: “Tanta democracia para que al final terminemos siendo priistas”, y nadie me hubiera podido decir que estoy equivocado.
MM: Un policial, una road movie… ¿acaso ésta es su novela más osada desde el punto de vista estilístico?

AE: Siempre he puesto empeño en estirar las estructuras hasta el sitio en que se quebrarían si las jalara un centímetro más. Esta vez la luz quería estar puesta en el lenguaje. Cuántas cláusulas puedes meter en una frase sin que se extravíe el lector, hasta dónde llega el olor de un adjetivo, en qué momento deja de significar un tropo.
MM: ¿No marca Decencia un viaje de ida a una temática y a una narrativa de la que ya no podrá salir?

AE: Al contrario, es el pago de una deuda que me libera: ya escribí una novela que incluso parece una novela, ya puedo ir a lo que sigue.
MM: Ha dicho: las novelas están para ser leídas y no mucho más que eso. ¿Cómo cree que leerán Decencia sus colegas mexicanos?

AE: Sentados y con buena luz.
MM: Por ahí ya encontré una reacción: “Esperaba encontrar algo de ese estilo efectivo y cristalino que leí en Hipotermia”. Quizás nadie esperaba que usted se pusiera tan profundo, ¿no cree?

AE: Los lectores más apasionados son como los amigos: les jode que cambies. Pero no te puedes repetir, lo que sea menos imitarte a ti mismo. Hay un mantra de Maelo —sonero mayor—: “Pa’lante, pa’lante, como un elefante”.
MM: En otras palabras, ¿está dispuesto a enfrentar las iras que despertará Decencia?

AE: Con las rabietas de mis hijos tengo suficiente.

COMO UN CUARENTÓN
MM: Tardó ocho años en escribir esta novela, pero mucho menos tiempo se necesita para leerla y entender unas cuantas claves que explican la situación actual de México y su violencia. ¿De dónde le vino tanta clarividencia?

AE: Puf. Será la ginebra.
MM: ¿Hasta Decencia sabía que México le importaba tanto?

AE: Me importa mucho que ciertas historias no se pierdan: mientras escribía Decencia sentía que si no la terminaba, la marcha mítica de los Enrigue fuera de Autlán se iba a perder para siempre. Que seamos mexicanos es circunstancial. O más elegante: me importan, como a Pacheco, tres calles, dos bosques, unas fotos por las que daría la vida.
MM: Usted no participa mucho de los debates políticos y literarios, pero de pronto aparece uno de sus libros para revolver las aguas. ¿Es una estrategia de marketing o fobia de aparecer en público?

AE: Escribir novelas es una forma artera de participar del debate público: una descarga de caballería apache. No un artículo profesoral, sino un emprenderla a patadas contra lo que ya no soportas.
MM: Sé que es muy difícil hablar de la obra propia, pero, ¿cómo se siente frente a la publicación de Decencia?

AE: Como un cuarentón: nada que demostrar.
MM: Y cuando digan de usted que el autor ha madurado, ¿da Enrigue un salto inesperado al vacío?

AE: La verdad es que la gentileza formal de Decencia es pura provocación. Es otro gesto suicida, escrito pensando que ahora sí es el último. Pero siempre me las he arreglado para trabajar en el libro que sigue, así que mejor no digo nada.
MM: ¿Tres libros de autores mexicanos que lo hayan impresionando últimamente?

AE: Casi nada, de Daniel Sada. Volví a leer El libro vacío, de Josefina Vicens, formidable; La ruina de la casona, de Maqueo Castellanos —si se me permite celebrar un libro que publiqué en mi avatar de editor.
MM: ¿Y de autores extranjeros?

AE: Estoy con Freedom, de Franzen, con mucha felicidad. Mañana tengo que tomar un vuelo largo, y en lugar de estar a dieta de tafiles me entusiasma la idea de pasarme un montón de horas aplastado leyéndolo. Me volvió loco The road, la novela de Cormac McCarthy. Quiero terminar con Franzen ya para poder entrarle a Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg.
MM: ¿No será esta su novela más universal por ser, precisamente, la más mexicana?

AE: Dios te oiga.

RICARDO PIGLIA


En la literatura argentina, un territorio donde la enorme sombra de Jorge Luis Borges (1899-1986) pesa con la fuerza de un gigante, Ricardo Piglia, nacido en Buenos Aires en 1941, aparece como uno de los narradores paradigmáticos del nuevo tiempo, capaz de hablar con esa sombra de igual a igual y de constituirse en una referencia insoslayable para poder entender algunos de los enigmas que plantea una narrativa poderosa y densa como la que ostenta el país sudamericano.
Con su obra literaria, entre la que se destaca Respiración artificial, aparecida en 1980, cuando la dictadura argentina erigida tras el Golpe de Estado de 1976 reinaba con un poder omnímodo y sangriento, el autor irrumpe con la eficacia de una poderosa linterna, iluminando aquí y acullá, tejiendo vías firmes de comunicación con una tradición de la que es opíparo deudor y mirando, como mira siempre Piglia, a un más allá que lo convierte en un escritor universal y disfrutable para lectores remotos y disímiles.
No sólo son sus novelas y sus cuentos (se dio a conocer en 1967, cuando su primer libro de relatos La invasión ganó el premio Casa de las Américas), sino también es su gran trabajo como ensayista lo que ha hecho de este autor tenaz y consistente como una roca, a veces inconmensurable como la pampa húmeda en la que se desarrolla su reciente y elogiadísima novela Blanco nocturno, uno de los más complejos y fascinantes del universo literario contemporáneo.
Por su pluma barroca y afilada de ensayista han pasado Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández, Manuel Puig, en un abanico cuyo sentido de experimentación y sin duda su rigor intelectual constituyeron la constelación alrededor de la cual Piglia ha hecho crecer su potente voz literaria.
Junto con otro gran escritor argentino ya desaparecido, Juan José Saer (1937-2005), Piglia es faro en una tradición distinta a la del boom encabezado por el colombiano Gabriel García Márquez. Se trata de una disidencia creativa que dio sus mejores frutos en paralelo al realismo mágico que concentró toda la atención lectora en los 70, una vía expresada a partir de un registro literario diferente, pero tan nutritivo como aquel que generara obras consagradas y muy leídas como Cien años de soledad y que se revalora en la actualidad con la certeza monterrosiana de estar descubriendo algo que ,como el dinosaurio, siempre estuvo allí. Dicho registro reemplaza la desbordada fantasía del mágico realismo por un surrealismo grotesco y provocador que parodia sin respeto alguno y con mucha inteligencia, primero a eso tan difuso llamado “lo argentino” y después a la tan mentada realidad latinoamericana.
“Me parece que se están formando nuevas constelaciones y que son esas constelaciones lo que vemos desde nuestro laboratorio cuando enfocamos el telescopio hacia la noche estrellada”, le dijo Piglia a otro “disidente”, el gran escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003), con quien supo mantener una larga charla pública en torno a sus obsesiones literarias.
Como habitante, entonces, de una constelación extravagante, Ricardo Piglia se define con la modesta aristocracia que en sus tiempos también supo airear el buen Borges: “A veces creo que solo me lee un grupo de amigos y eso para mí es el éxito”, dice a DÍA SIETE con ternura convincente.
Tal vez aturdido por el éxito de Blanco nocturno, la novela que luego de trece años (en 1997 dio a conocer Plata quemada, de la que se hizo luego una exitosa versión cinematográfica) lo colocó en el centro de atención no sólo en su país, sino también en el resto de Latinoamérica y España, es que el escritor está ahora dedicado a escribir cuentos. “Como el mercado editorial no quiere cuentos, hay que empezar a hacerlos”, asegura.
La reciente novela de Ricardo Piglia es un policial que transcurre en un clima opresivo, donde todos se conocen y todos saben las historias de todos, en un pueblo donde el comisario Croce y su ayudante investigan el crimen de un turista puertorriqueño.
A medida que la historia avanza, el humor y la ironía se hacen lugar para muchas veces parodiar la tradición del gaucho que en Argentina, según Piglia, “obedece a reminiscencias que crean una versión turística del país”.
De las influencias que pueden rastrearse en Blanco nocturno, que entre otros temas explora la relación entre la ciudad y el campo, el autor argentino nombra al estadounidense William Faulkner como fuente de inspiración principal.
“Él es que construyó el condado de Yoknapatawapha, ese lugar imaginario que luego se repitió en el Macondo de Gabriel García Márquez y en el Comala de Juan Rulfo, entre otros”, afirma.
Cuenta Piglia que contaba Borges que decía Macedonio Fernández en clave de humor: “los gauchos fueron inventados para entretener a los caballos en las estancias”; esa burla desparpajada opuesta a la solemnidad pomposa de un folclore conservador que quiere pero no puede convertirse en corsé cultural para todo un país, es la carne que da sustancia a la obra de Piglia y que al mismo tiempo lo hace tan atractivo para las nuevas generaciones de lectores, que lo veneran.

JAMES FRANCO EN LOS OSCAR


Los principios básicos de la gran fábrica de sueños son, como se sabe, férreos e inamovibles. Hollywood es mucho más conservadora de que se piensa y la religión de la también llamada Meca del cine requiere siempre de fieles servidores a su causa. Uno de esos códigos que hacen que perviva a través de la historia esa enorme vitrina de famosos es que periódicamente aparezca una figura que, en apariencia, sólo en apariencia, resulte extravagante, distinto, salido de la cadena de celebridades como si de una mata salvaje en un jardín bien cuidado se tratara.
Algunos, desafortunamente, han pagado con la vida el precio de ser diferentes y la gran licuadora de celuloide se los ha tragado a edad prematura. Recordemos a James Dean, la gran estrella de los 50, quien murió en un accidente automovilístico cuando apenas tenía 24 años, dejando una impronta de actor rebelde y poco adaptado al sistema que se ha vuelto una referencia insoslayable en todas las épocas.
Más acá en el tiempo, el también rubio, también él con un rostro angelical, River Phoenix, sembró de oscuridad los 90 cuando murió a causa de una sobredosis en la puerta de una discoteca cuyo dueño era otro rebelde, el actor Johnny Depp.
A los 28 años, hace apenas dos, fallecía también a causa del abuso de psicofármacos el australiano Heath Ledger, el único actor en recibir un Oscar póstumo por su papel del Guasón en Batman.
Los “malos” suelen ponerse de moda y atraer la atención de los medios y de los fans con la fuerza de un imán. Cuando la rueda de la fortuna gira a su favor, hay malos que no caen en la trampa del show business y que se convierten en buenos para poder vivir un transcurrir apacible por una profesión que, a menudo, se convierte en una cruenta lucha de gigantes.
Tal fue el caso del irlandés Jonathan Rhys Meyers, quien a los 33 años ha dejado de ser noticia por algún escándalo ligado al consumo de alcohol, sustancia a la que es muy devoto. Precisamente, fue su costumbre de irse de copas la que hizo suspender el rodaje de la tercera temporada de Los Tudor, serie que el actor protagoniza y ahora, en su cuarta entrada a una clínica de rehabilitación, el recordado asesino de Match point, una de las obras maestras de Woody Allen, ha declarado su firme intención de alejarse del chupe. “Ahora beber no está dentro de mis objetivos de vida. Quiero hacer algo útil con mi vida y beber no es un sinónimo de eso”, dijo.
Manso y tranquilo como anda el otro irlandés famoso en Hollywood, Colin Farrel, quien desde que es padre ha dejado de frecuentar los antros y bebederos de Los Ángeles, teniendo en cuenta que el otro gran malo (malísimo) de Hollywood, Charlie Sheen, ya no es un chico, apareció en el firmamento la sensual figura de James Franco para demostrar que no todos son figuritas de Disney en el gran mundo del entretenimiento (aunque a juzgar por la reciente entrada de Demi Lovato en una clínica contra las adicciones, ya no se puede confiar ni en las estrellas adolescentes).

Ese notable parecido a James Dean

Claro que el actor de 32 años, nacido en California el 19 de abril de 1978, no es tan malo como parece y con ese notable parecido a James Dean, personaje que encarnó en una serie televisiva que obtuvo excelentes críticas y le supuso el Globo de Oro en 2001, sólo se ha dedicado a coquetear con la línea oscura de la marginalidad. Una vez apareció dando una entrevista a la cadena MTV con rastros de estar intoxicado con alguna sustancia extraña. Sus balbuceos recorrieron la red y el video fue muy visto en youTube. Otra, también en MTV, mientras oficiaba de presentador con su colega Seth Rogers, subió al estrado portando un cigarro que parecía contener marihuana. Una fotografía tomada al azar lo mostró luego durmiendo en plena clase en Yale, donde cursa un doctorado en Artes. Y hasta allí.
Quizás porque no son muchos los escándalos que ha protagonizado y tal vez porque ha demostrado ser un gran actor, como lo comprueba el hecho de su postulación a un Oscar como protagonista de 127 horas, la nueva película de Danny Boyle (Slumdog millionaire), es que este chico “bonito pero raro”, según la definición de un periodista estadounidense, ha sido el elegido para conducir la próxima gala de los Oscar, el 27 de febrero.
Dueño de una belleza salvaje que no parece cultivar con cremas ni afeites especiales, James Franco tiene además una imagen absolutamente normal y fresca que seduce tanto a quienes por empatía generacional podrían identificarse con él, como a las muchachas que alimentan los foros de fanáticas buscando siempre redimir al que se ve tentado de transitar por carriles no convencionales.
La ruta que recorre Franco, precisamente no es la habitual. Por lo pronto, el actor de Piña express, Comer, rezar y amar y Milk, entre otras, es un intelectual dedicado a coleccionar títulos universitarios (graduado en literatura, cine y artes por Yale y otras tres universidades), es un lector voraz de Shakespeare y Milton, entre otros grandes de la tradición literaria inglesa, escribe cuentos (recientemente ha publicado un libro llamado Palo alto que no ha sido muy bien recibido por la crítica especializada) y hace poco animó en el MOMA una performance de la famosa artista serbia Marina Abramovic, que se llamó “The artist is present” (El artista esta presente): una persona del público (en este caso, el conocido actor), se sienta en silencio frente a Abramovic el tiempo que quiera o pueda. La escena queda documentada mediante una foto en la que se inscribe la cantidad de tiempo que el participante duró. James aguantó 60 minutos.
A no dudarlo, entonces: las imágenes de James Franco que suelen captar los paparazzi son aquellas en las que la estrella de Hollywood aparece cargando una buena cantidad de libros. Y eso sí que es raro en la Meca del cine.

¿Quién es este chico?

James Franco siempre viste de forma casual, como en un grunge eterno algo pasado de moda: jeans despintados, playeras y tenis grises, que completa con unos rizos ensortijados y nada prolijos que pueblan su armonioso rostro. No es muy alto y tampoco es atlético. Quizás esa imagen desvalida de chico que se salteó varias veces la merienda en la infancia sea la culpable de la atracción que despierta en muchachas y muchachos (fue portada de una célebre revista para homosexuales y su éxito fue tal que lo titularon como “el heterosexual más gay del mundo”). Seguramente también ese look fue el que lo llevó a reinar en el mundo de la moda. En un traje negro mojado o en calzones y con el pecho descubierto frente al espejo del baño: James ha poblado las páginas de papel couché con una muy vista y elogiada campaña para Gucci.
Bebedor compulsivo de café de Starbucks (americano del día, bien cargado), Franco posee la rara inteligencia (y grata, cuando se tiene) de los que saben reírse de sí mismos. Así lo demostró en el papel especial que realizó en la serie de Alec Baldwin y Tina Fey, 30 rock. Allí, el actor hizo de James Franco y contrató a la rubia y alocada Jenna Maroney para que hiciera de su novia falsa y calmara la sed de los paparazzi.
Recientemente, la prestigiosa revista The New Yorker le dedicó un extenso reportaje en el que lo volvían a mencionar como todo un ícono para la nueva generación de actores estadounidenses.
No le gusta ese rol ni aquellos que cuestionan su formación universitaria y sus múltiples intereses.
“Sólo soy alguien curioso que le gusta explorar en varios terrenos”, suele decir, encogiéndose de hombros y mostrando todos los dientes en una sonrisa capaz de derretir al más desprevenido.

La fiesta del Oscar

El muchacho que estará acompañado de la actriz Anne Hathaway en la ceremonia de entrega de los Oscar, ya ha dejado saber que no sólo de célebres amputaciones viven los grandes actores estadounidenses (su filme 127 horas es la historia de un alpinista que sobrevive de milagro y luego de tomar drásticas decisiones en la montaña donde ha quedado atrapado. Muchos espectadores impresionables salieron casi desmayados de la sala de proyección). Es probable que en el momento de esplendor que vive el encantador James Franco, le permita bailar y cantar en la esperada gala. Así como lo leen: a los miembros de la academia del cine de Estados Unidos les parecieron pocos los 5 millones de espectadores que en el mundo vieron la ceremonia de los Oscar en 2010 y espera que la audacia y el desparpajo de un actor fresco como Franco, aumenten esa cifra 2011.
“Habrá mucho canto y tap. Este fin de semana estuvimos rodando algunas secciones que son pre-grabadas. Anne y yo bailamos, hicimos varias coreografías y grabamos varias pistas de voz. Tengo un gran coach, saca lo mejor de mí y hasta me alienta a hacer un musical en Broadway”, dijo el actor.
Será la primera vez que el presentador también aspire a una de las estatuillas grandes (la de mejor actor) y los realizadores de la gala ya se restriegan satisfactoriamente las manos por el morbo que ha despertado dicha circunstancia entre los aficionados.
Todos los focos estarán puestos en James Franco la noche del 27 de febrero. En el famoso Kodak Theatre de Los Angeles habrá lugar incluso para la abuela del actor, quien está convencido de que “será ella la que se robe toda la atención”.

lunes, 21 de febrero de 2011

ENTREVISTA A LEILA GUERRIERO


La periodista argentina Leila Guerriero (Buenos Aires, 1967) es sin duda uno de los cuadros destacados en un oficio que se muestra vulnerable en los inicios del nuevo milenio. Situación que ella no vislumbra grave, toda vez que la guía la firme convicción de que siempre habrá periodistas, más allá de las amenazas tecnológicas, más acá del trasiego de la información que parece repetirse machaconamente en los portales de Internet y no dar de sí algunas pistas para entender el complicado mundo circundante.
Ganadora del Premio Nuevo Periodismo CEMEX+FNPI en la categoría texto, por su trabajo “Rastro en los huesos” publicado en la revista Gatopardo, Guerriero investigó en dicho reportaje las labores del Equipo Argentino de Antropología Forense que se formó para investigar los casos de personas desaparecidas en la Argentina durante la última dictadura militar.
En el libro Los suicidas del fin del mundo (Tusquets), la profesional realiza una exhaustiva crónica de un pueblo perdido en la Patagonia argentina, donde a fines de los ’90 una ola de suicidios de jóvenes conmovió a la sociedad.
Esta entrevista se llevó a cabo en México, donde la profesional dio un seminario de periodismo narrativo.
- ¿Qué opinión le merece la editorial del Diario de Juárez dirigido al crimen organizado en la que preguntaba “¿Qué quieren de nosotros?”?
- Me pareció una editorial muy provocadora, aunque reconozco que tengo poco contexto para analizar una situación semejante. También me pareció un texto muy ácido, pero imagino una editorial de ese tenor publicada en algún diario argentino y yo, como lectora argentina, la leería como algo provocadora y el mensaje, me parece, no sería: ahora vamos a publicar lo que el crimen organizado nos dicte. Más bien me parece un texto que denuncia la ausencia del Estado.
- Lo curioso es que en un momento del mundo en que se dice que los periodistas no tienen cabida en el nuevo orden, en el nuevo milenio, cada vez hay más ataques a la prensa…
- No creo en absoluto que el periodismo no tenga ya lugar, me parece una paparruchada. Nunca firmé al pie de ese discurso. No hago ninguna lectura al respecto, porque eso de que el periodismo ya no existe me parece un verdadero disparate.
- ¿Tuvo miedo alguna vez a lo largo de su carrera?
- Sí, claro, pero no se compara al miedo que puede haber padecido un colega que recibe amenazas. Como todo periodista sí he cubierto algunas cosas de la marginalidad que te ponen en cierta situación de riesgo…no sé, te encuentras a la noche en una villa miseria en medio de una balacera, por ejemplo, y no tienes celular y no sabes qué hacer, pero la verdad que al lado de lo que le sucede a otros profesionales en otras partes del mundo, donde prima la violencia, no me ha pasado nada. Creo que he corrido más riesgo en mi vida de civil que como periodista.
- ¿Hay un manual, una manera de cuidarse, en situaciones de riesgo?
- No tengo idea, creo que habría que preguntarle eso a un periodista de guerra o que vive situaciones de violencia todo el tiempo.
- ¿Usted toma alguna precaución especial?
- Las lógicas. Trato siempre de mantener un contacto firme en el lugar que visito y me aseguro de tener una salida, pero después me entrego. Soy de las que piensa que no vale la pena arriesgar la vida por algunas cosas.
- Escribir un libro como Los suicidas del fin del mundo supongo que le supuso algún riesgo emocional…
- No, de ninguna manera. Creo que el periodismo no se trata de involucrarse con la historia, me parece que uno tiene que mantener una distancia con el objeto a estudiar. Si te involucras demasiado con lo que estás haciendo, empiezan a pasar algunas cosas que uno ve en ese periodismo ñoño, cuando el periodista se pone a llorar con el entrevistado o profesionales que dicen que tal o cual cobertura le cambió la vida…No, a mí no me pasa eso. Sí era difícil emprender los viajes para hacer el libro, porque gastaba tiempo de mis vacaciones, tiempo de mi descanso, había como un agotamiento en eso, pero no por el tema en sí. Soy una persona muy fuerte y siempre trato esos temas “border”.
- ¿Y eligió ese tema porque le resultó interesante?
- Sí, totalmente. Los periodistas tenemos como una especie de radar para detectar aquellos temas que pueden ser interesantes para hacer un reportaje. Me llegó una gacetilla de la Ong Poder Ciudadano, que hablaba de implementar un plan de resolución de conflicto sin violencia en Las Heras y al principio pensé que era en Las Heras, Mendoza, o Buenos Aires, y me llamó la atención de que hubiera un pueblito con ese nombre en Santa Cruz y del que yo no tenía ni idea. La gacetilla hablaba de 22 chicos que se habían suicidado, en una ciudad petrolera, con iglesias, con embarazos precoces, con violencia intrafamiliar y dije: -bueno, acá hay un tema. Además, soy del interior, entonces esa relación en la capital y el interior plantea un conflicto que no se resuelve nunca, me interesa eso. Me pareció que Las Heras funcionaba un poco como el emblema de muchos pueblitos del interior que resumía muchas problemáticas: lo que había dejado el menemismo, la privatización de YPF, la mirada ombliguista de la capital…todo eso.
- ¿Encontró solidaridad en la gente del lugar para ayudarla a encontrar las historias que narra en su libro?
- Sí, la gente fue muy solidaria conmigo en todo momento. Yo iba con mucho tino y mucha discreción, por supuesto, que eso es importante para nuestra tarea. Me mandaban de una casa a la otra, había habido un silencio demasiado grande durante mucho tiempo, así que estaban ávidos en general por hablar. Una vez que obtuve la lista de los chicos que se habían suicidado, comencé a trabajar muy de a poco. Curiosamente, la lista completa no la tenía ni siquiera la policía. Finalmente la encontré en la funeraria, la tenía el hombre que los había enterrado a todos.
- Los libros resultan un muy buen canal de expresión periodística, ahora que los medios se han acotado mucho, por falta de espacio, ¿coincide?
- Sí. El tipo de periodismo literario o narrativo que hago tiene un buen espacio en los libros. Igual, cuando terminé de escribir Los suicidas… dije que nunca más iba a escribir un libro, porque me significó un esfuerzo muy grande, quedé muy cansada, muy vacía…ese discurso me duró un tiempo largo, tipo un par de años y ahora se me pasó. De hecho, ahora empecé a dirigir la colección de crónicas de Tusquets Argentina y me encanta la idea de encontrar buenos autores y buenas historias, es muy atractivo.
- ¿Ese puesto le va a quitar tiempo para la escritura del próximo libro?
- Estoy habituada a hacer mil cosas a la vez, la verdad, pero no creo…soy como súper organizada y muy obsesiva, si asumo un trabajo no siento que le voy a quitar calidad a otro.
- ¿Se formó en las redacciones?
- Sí, me formé allí, pero no podría decir que soy un animal de redacción porque no me gusta estar en ellas. Nunca escribí en las redacciones, por ejemplo, siempre escribí en mi casa. Es importante proteger el espacio de la escritura. En las redacciones suena el teléfono, una compañera viene a contarte un chisme, uno no puede hacer mucho allí. Estoy hablando del tipo de periodismo que hago yo, admiro por supuesto el periodismo diario, pero no lo sé hacer.
- Siempre tiene que haber un editor que le reciba la nota…
- Sí. Y he tenido suerte, suelo llevarme muy bien con mis editores. Las pocas clases de periodismo que tengo las obtuve de las redacciones y de los editores que tuve. De todas maneras, creo que las historias están en la calle, no en las redacciones. Si entro a un periódico y veo una redacción llena de periodistas la veo como un fracaso de nuestro oficio.
- ¿Qué opina de las nuevas tecnologías aplicadas al oficio periodístico?
- Bueno, creo que la tecnología no necesariamente te vuelve mejor periodista y tampoco te vuelve peor. Internet es una herramienta muy poderosa si uno la sabe usar, si uno sabe que ese no es el único recurso disponible. Jamás hago una nota basándome sólo en el material que encuentro en Internet. Hay muchos libros y revistas de épocas anteriores que no están cargadas en la red, por ejemplo. Hay gente talentosa que hace muy bien su trabajo y no creo que el periodismo esté peor que antes. A lo mejor el periodismo diario está sufriendo un poco la transición y se pierde un poco de vista el contenido. Hay historias que no se pueden contar en dos minutos. Los periodistas trabajamos con material sensible y en ese sentido me parece que pasa lo de siempre: hay gente que hace muy mal su trabajo y otra que lo hace muy bien y en ambas cosas no tiene mucho que ver la tecnología.
- ¿Estamos cerca de leer todo por la computadora?
- No, no estamos muy cerca. Es probable que se termine en algún momento la era del papel y seguramente aparecerá un medio que sea tan eficaz como el papel, que lo puedas llevar a la playa sin necesidad de enchufarlo en ningún lado, que puedas hacer un viaje de veinte días sin conexión a la nada sólo para leer…hay lugares maravillosos en el mundo que no tienen electricidad, yo suelo viajar a esos lugares y no me gusta pensar que no podré leer, pero por ahora falta tiempo para eso. Lo que sí me parece es que, papel o no papel, el contenido alguien lo va a tener que dar. No me asusta Internet o lo cibernético o que alguien se quiera leer una nota en una Blackberry, el punto es cuál va a ser el contenido, ¿va a estar bien escrito?, ¿qué va a decir?, ¿qué visión del mundo le vamos a contar al lector? Creo que eso se lo está preguntando muy poca gente.