miércoles, 20 de diciembre de 2006

ENTREVISTA A ROBERTO BOLAÑO


Estrella distante

En el desvaído panorama de la literatura en lengua española, un espacio en el que todos los días aparecen jóvenes redactores más preocupados por ganar becas y puestos en los consulados que por aportar algo a la creación artística, se destaca la figura de un hombre enjuto, mochila azul en ristre, anteojos de enorme marco, cigarrillo sempiterno entre los dedos, fina ironía a bocajarro siempre que haga falta.

Roberto Bolaño, nacido en Chile en 1953, es lo mejor que le ha pasado en mucho tiempo al oficio de escribir. Desde que con su monumental Los detectives salvajes, acaso la gran novela mexicana de la contemporaneidad, se hiciera famoso y se embolsara los premios Herralde (1998) y Rómulo Gallegos (1999), su influencia y su figura han ido en crecimiento constante: todo lo que dice, con su afilado humor, con su exquisita inteligencia, todo lo que escribe, con su pluma certera, de gran riesgo poético y profundo compromiso creativo, es digno de la atención de quienes lo admiran y, por supuesto, de quienes lo detestan. El autor, que aparece como personaje en la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas, y que es homenajeado en la última novela de Jorge Volpi, El fin de la locura, es, como todo hombre genial, un divisor de opiniones, un generador de antipatías acérrimas a pesar de su carácter tierno, su voz entre atiplada y ronca, con la que responde, cortés, como todo buen chileno, que no escribirá un cuento para la revista pues su próxima novela, que tratará sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, ya va por la página 900 y todavía no la acaba.

Roberto Bolaño vive en Blanes, España, y está muy enfermo. Espera que un trasplante de hígado le dé resto para vivir con esa intensidad que alaban quienes tienen la fortuna de tratarlo en la intimidad. Dicen ellos, sus amigos, que a veces se olvida de ir a la visita médica por escribir.
A los 50 años, este hombre que recorrió Latinoamérica como mochilero, que se escapó de las fauces del pinochetismo porque uno de los policías que lo encarceló había sido su compañero en la escuela, que vivió en México (alguna vez la calle Bucareli en un tramo llevará su nombre), que conoció a los militantes del Farabundo Martí que luego se convertirían en los asesinos del poeta Roque Dalton en El Salvador, que fue vigilante en un camping catalán, vendedor de bisutería en Europa y siempre un hurtador de buenos libros porque leer no es sólo una cuestión de actitud, este hombre, decíamos, ha transformado el rumbo de la literatura latinoamericana. Y lo ha hecho sin avisar y sin pedir permiso, como lo hubiera hecho Juan García Madero, antihéroe adolescente de su gloriosa Los detectives salvajes: “Estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho. Yo no quería estudiar Derecho sino Letras, pero mi tía insistió y al final acabé transigiendo. Soy huérfano. Seré abogado. Eso lo dije a mi tío y a mi tía y luego me encerré en mi habitación y lloré toda la noche”. El resto, en las 608 páginas restantes de una novela cuya importancia los críticos han comparado con Rayuela, de Julio Cortázar, y hasta con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Él diría, frente a tanta hipérbole: ni modo. Así que mejor vayamos a lo que importa en esta coyuntura: a la entrevista.

¿Le dio algún valor en su vida el haber nacido disléxico?–Ninguno. Problemas cuando jugaba al fútbol, soy zurdo. Problemas cuando me masturbaba, soy zurdo. Problemas cuando escribía, soy diestro. Como puedes ver, ningún problema importante.

¿Siguió siendo Enrique Vila-Matas amigo suyo luego de la pelea que tuvo usted con los organizadores del Premio Rómulo Gallegos?
–Mi pelea con el jurado y los organizadores del premio se debió, básicamente, a que ellos pretendían que yo avalara, desde Blanes y a ciegas, una selección en la que yo no había participado. Sus métodos, que una pseudo poeta chavista me transmitió por teléfono, se parecían demasiado a los argumentos disuasorios de la Casa de las Américas cubana. Me pareció que era un error enorme que Daniel Sada o Jorge Volpi fueran eliminados a las primeras de cambio, por ejemplo. Ellos dijeron que lo que yo quería era viajar con mi mujer e hijos, algo totalmente falso. De mi indignación por esta mentira surgió la carta en donde los llamé neostalinistas y algo más, supongo. De hecho, a mí me informaron que ellos pretendían, desde el principio, premiar a otro autor, que no era Vila-Matas, precisamente, cuya novela me parece buena, y que sin duda era uno de mis candidatos.

¿Por qué no tiene aire acondicionado en su estudio?
–Porque mi lema no es Et in Arcadia ego, sino Et in Esparta ego.

¿No cree que si se hubiera emborrachado con Isabel Allende y Ángeles Mastretta otro sería su parecer acerca de sus libros?
–No lo creo. Primero, porque esas señoras evitan beber con alguien como yo. Segundo, porque yo ya no bebo. Tercero, porque ni en mis peores borracheras he perdido cierta lucidez mínima, un sentido de la prosodia y del ritmo, un cierto rechazo ante el plagio, la mediocridad o el silencio.

¿Cuál es la diferencia entre una escribidora y una escritora?
–Una escritora es Silvina Ocampo. Una escribidora es Marcela Serrano. Los años luz que median entre una y otra.

¿Quién le hizo creer que es mejor poeta que narrador?
–La gradación del rubor que siento cuando, por pura casualidad, abro un libro mío de poesía o uno de prosa. Me ruboriza menos el de poesía.

¿Usted es chileno, español o mexicano?
–Soy latinoamericano.

¿Qué es la patria para usted?
–Lamento darte una respuesta más bien cursi. Mi única patria son mis dos hijos, Lautaro y Alexandra. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria.

¿Qué es la literatura chilena?
–Probablemente las pesadillas del poeta más resentido y gris y acaso el más cobarde de los poetas chilenos: Carlos Pezoa Véliz, muerto a principios del siglo XX, y autor de sólo dos poemas memorables, pero, eso sí, verdaderamente memorables, y que nos sigue soñando y sufriendo. Es posible que Pezoa Véliz aún no haya muerto y esté agonizando y que su último minuto sea un minuto bastante largo, ¿no?, y todos estemos dentro de él. O al menos que todos los chilenos estemos dentro de él.

¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?
–Yo nunca llevo la contraria.

¿Usted tiene más amigos que enemigos?
–Tengo suficientes amigos y enemigos, todos gratuitos.

¿Quiénes son sus amigos entrañables?
–Mi mejor amigo fue el poeta Mario Santiago, que murió en 1998. Actualmente tres de mis mejores amigos son Ignacio Echevarría y Rodrigo Fresán y A. G. Porta.

¿Antonio Skármeta lo invitó alguna vez a su programa?
–Una secretaria suya, tal vez su mucama, me llamó una vez por teléfono. Le dije que estaba demasiado ocupado.

¿Javier Cercas compartió con usted las regalías por Soldados de Salamina?
–No, por supuesto.

¿Enrique Lihn, Jorge Teillier o Nicanor Parra?
–Nicanor Parra por encima de todos, incluidos Pablo Neruda y Vicente Huidobro y Gabriela Mistral.

¿Eugenio Montale, T. S. Eliot o Xavier Villaurrutia?
–Montale. Si en lugar de Eliot estuviera James Joyce, pues Joyce. Si en lugar de Eliot estuviera Ezra Pound, sin duda Pound.

¿John Lennon, Lady Di o Elvis Presley?
–The Pogues. O Suicide. O Bob Dylan. Pero, bueno, no nos hagamos los remilgados: Elvis forever. Elvis con una chapa de sheriff conduciendo un Mustang y atiborrándose de pastillas, y con su voz de oro.

¿Quién lee más, usted o Rodrigo Fresán?
–Depende. El Oeste es para Rodrigo. El Este para mí. Luego nos contamos los libros de nuestras correspondientes áreas y parece que lo hubiéramos leído todo.

¿Cuál es el mejor poema de Pablo Neruda según usted?
–Casi cualquiera de Residencia en la Tierra.

¿Qué le hubiera dicho a Gabriela Mistral si la hubiera conocido?–Mamá, perdóname, he sido malo, pero el amor de una mujer hizo que me volviera bueno.

¿Y a Salvador Allende?
–Poco o nada. Los que tienen el poder (aunque sea por poco tiempo) no saben nada de literatura, sólo les interesa el poder. Y yo puedo ser el payaso de mis lectores, si me da la real gana, pero nunca de los poderosos. Suena un poco melodramático. Suena a declaración de puta honrada. Pero, en fin, así es.

¿Y a Vicente Huidobro?
–Huidobro me aburre un poco. Demasiado tralalí alalí, demasiado paracaidista que desciende cantando como un tirolés. Son mejores los paracaidistas que descienden envueltos en llamas o, ya de plano, aquellos a los que no se les abre el paracaídas.

¿Octavio Paz sigue siendo el enemigo?
–Para mí, ciertamente, no. No sé qué pensarán los poetas que durante esa época, cuando yo viví en México, escribían como sus clones. Hace mucho que no sé nada de la poesía mexicana. Releo a José Juan Tablada y a Ramón López Velarde, incluso puedo recitar, si se tercia, a Sor Juana, pero no sé nada de lo que escriben los que, como yo, se acercan a los cincuenta años.

¿No le daría ahora ese papel a Carlos Fuentes?
–Hace mucho que no leo nada de Carlos Fuentes.

¿Qué le produce el hecho de que Arturo Pérez Reverte sea actualmente el escritor más leído en lengua española?–Pérez Reverte o Isabel Allende. Da lo mismo. Feuillet era el autor francés más leído de su época.

¿Y el hecho de que Arturo Pérez Reverte haya ingresado a la Real Academia?
–La Real Academia es una cueva de cráneos privilegiados. No está Juan Marsé, no está Juan Goytisolo, no está Eduardo Mendoza ni Javier Marías, no está Olvido García Valdez, no recuerdo si está Alvaro Pombo (probablemente si está se deba a una equivocación), pero está Pérez Reverte. Bueno, (Paulo) Coelho también está en la Academia brasileña.

¿Se arrepiente de haber criticado el menú que le sirvió Diamela Eltit?
–Nunca critiqué su menú. Si acaso, tendría que haber criticado su humor, un humor vegetariano o, mejor, a dieta.

¿Le duele que ella lo considere mala persona después de la crónica de aquella malograda cena?–No, pobre Diamela, no me duele. Me duelen otras cosas.

¿Ha vertido alguna lágrima por las numerosas críticas que ha recibido por parte de sus enemigos?
–Muchísimas, cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar, que, entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?

¿Cuál es la opinión en torno de su obra que más valora?
–Mis libros los lee Carolina (su esposa) y después (Jorge) Herralde (el editor de Anagrama) y después procuro olvidarlos para siempre.

¿Qué cosas compró con el dinero que ganó en el Rómulo Gallegos?–No muchas. Una maleta, según creo recordar.

De su época que vivía de los concursos literarios, ¿hubo alguno que no pudo cobrar?
–Ninguno. Los ayuntamientos españoles, en este aspecto, son de una probidad fuera de toda sospecha.

¿Era buen camarero o mejor vendedor de bisutería?
–El oficio en el que mejor me he desempeñado fue el de vigilante nocturno de un camping cerca de Barcelona. Nunca nadie robó mientras yo estuve allí. Impedí algunas peleas que hubieran podido terminar muy mal. Evité un linchamiento (aunque de buena gana, después, hubiera linchado o estrangulado yo mismo al tipo en cuestión).

¿Ha experimentado el hambre feroz, el frío que cala los huesos, el calor que deja sin aliento?
–Como dice Vittorio Gassman en una película: modestamente, sí.

¿Ha robado algún libro que luego no le gustó?
–Nunca. Lo bueno de robar libros (y no cajas fuertes) es que uno puede examinar con detenimiento su contenido antes de perpetrar el delito.

¿Ha caminado alguna vez en medio del desierto?
–Sí, y en una ocasión, además, del brazo de mi abuela. La anciana señora era incansable y yo pensé que de ésa no salíamos.

¿Ha visto peces de colores debajo del agua?
–Por supuesto. En Acapulco, sin ir más lejos, en el año 1974 o 1975.

¿Se ha quemado la piel con un cigarrillo?
–Nunca voluntariamente.

¿Ha tallado en un tronco de árbol el nombre de la persona amada?
–He cometido desmanes aún mayores, pero corramos un tupido velo.

¿Ha visto alguna vez a la mujer más hermosa del mundo?
–Sí, cuando trabajaba en una tienda, allá por el año ’84. La tienda estaba vacía y entró una mujer hindú. Parecía y tal vez fuera una princesa. Me compró algunos colgantes de bisutería. Yo, por descontado, estaba a punto de desmayarme. Tenía la piel cobriza, el pelo largo, rojo, y por lo demás era perfecta. La belleza intemporal. Cuando tuve que cobrarle me sentí muy avergonzado. Ella me sonrió como si me dijera que lo entendía y que no me preocupara. Luego desapareció y nunca más he vuelto a ver a alguien así. A veces tengo la impresión de que era la mismísima diosa Kali, patrona de los ladrones y de los orfebres, sólo que Kali también era la deidad de los asesinos, y esta hindú no sólo era la mujer más hermosa de la Tierra sino que también parecía ser una buena persona, muy dulce y considerada.

¿Le gustan los perros o los gatos?
–Las perras, pero ya no tengo animales.

¿Qué cosas recuerda de su niñez?
–Todo. No tengo mala memoria.

¿Coleccionaba figuritas?
–Sí. De fútbol y de actores y actrices de Hollywood.

¿Tenía una patineta?
–Mis padres cometieron el error de regalarme un par de patines cuando vivimos en Valparaíso, que es una ciudad de cerros. El resultado fue desastroso. Cada vez que me ponía los patines era como si me quisiera suicidar.

¿Cuál es su equipo de fútbol favorito?
–Ahora ninguno. Los que bajaron a segunda y luego, consecutivamente, a tercera y a regional, hasta desaparecer. Los equipos fantasmas.

¿A qué personajes de la historia universal le hubiera gustado parecerse?
–A Sherlock Holmes. Al capitán Nemo. A Julien Sorel, nuestro padre, al príncipe Mishkin, nuestro tío, a Alicia, nuestra profesora, a Houdini, que es una mezcla de Alicia, de Sorel y de Mishkin.

¿Se enamoraba de las vecinas más grandes que usted?
–Por supuesto.

¿Las compañeras de la escuela le prestaban atención?
–No creo. Al menos yo estaba convencido de que no.

¿Qué cosas debe a las mujeres de su vida?
–Muchísimo. El sentido del desafío y la apuesta alta. Y otras cosas que me callo por decoro.

¿Ellas le deben algo a usted?–Nada.

¿Ha sufrido mucho por amor?
–La primera vez, mucho, después aprendí a tomarme las cosas con algo más de humor.

¿Y por odio?
–Aunque suene un poco pretencioso, nunca he odiado a nadie. Al menos estoy seguro de ser incapaz de un odio sostenido. Y si el odio no es sostenido, no es odio, ¿no?

¿Cómo enamoró a su esposa?
–Cocinándole arroz. En esa época yo era muy pobre y mi dieta era básicamente de arroz, así que lo aprendí a cocinar de muchas formas.

¿Cómo era el día que se hizo padre por primera vez?
–Era de noche, poco antes de las 12, yo estaba solo, y como no se podía fumar en el hospital me fumé un cigarrillo virtualmente encaramado en el artesonado de la cuarta planta. Menos mal que no me vio nadie desde la calle. Sólo la luna, habría dicho Amado Nervo. Cuando volví a entrar una enfermera me dijo que mi hijo ya había nacido. Era muy grande, casi calvo del todo, y con los ojos abiertos como preguntándose quién demonios era ese tipo que lo tenía en los brazos.

¿Lautaro será escritor?
–Yo sólo espero que sea feliz. Así que mejor que sea otra cosa. Piloto de avión, por ejemplo, o cirujano plástico, o editor.

¿Qué cosas reconoce en él como suyas?
–Por suerte se parece mucho más a su madre que a mí.

¿Le preocupan las listas de ventas de sus libros?
–En lo más mínimo.

¿Piensa alguna vez en sus lectores?
–Casi nunca.

¿Qué cosas de todas las que le han dicho sus lectores en torno de sus libros lo han conmovido?
–Me conmueven los lectores a secas, los que aún se atreven a leer el Diccionario filosófico de Voltaire, que es una de las obras más amenas y modernas que conozco. Me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal como los leí yo y como intento seguir leyéndolos. Me conmueven los jóvenes que se duermen con un libro debajo de la cabeza. Un libro es la mejor almohada que existe.

¿Qué cosas lo han enojado?
–A estas alturas enojarse es perder el tiempo. Y, lamentablemente, a mi edad el tiempo cuenta.

¿Ha tenido miedo alguna vez de sus fans?
–He tenido miedo de los fans de Leopoldo María Panero, el cual, por otra parte, me parece uno de los tres mejores poetas vivos de España. En Pamplona, durante un ciclo organizado por Jesús Ferrero, Panero cerraba el ciclo y a medida que se aproximaba el día de su lectura la ciudad o el barrio donde estaba nuestro hotel se fue llenando de freaks que parecían recién escapados de un manicomio, que, por otra parte, es el mejor público al que puede aspirar cualquier poeta. El problema es que algunos no sólo parecían locos sino también asesinos y Ferrero y yo temimos que alguien, en algún momento, se levantara y dijera: yo maté a Leopoldo María Panero y después le descerrajara cuatro balazos en la cabeza al poeta, y ya de paso, uno a Ferrero y el otro a mí.

¿Qué siente cuando hay críticos como Darío Osses que consideran que usted es el escritor latinoamericano con más futuro?
–Debe ser una broma. Yo soy el escritor latinoamericano con menos futuro. Eso sí, soy de los que tienen más pasado, que al cabo es lo único que cuenta.

¿Le despierta curiosidad el libro crítico que está preparando su compatriota Patricia Espinoza?
–Ninguna. Espinoza me parece una crítica muy buena, independientemente de cómo vaya a quedar yo en su libro, que supongo que no muy bien, pero el trabajo de Espinoza es necesario en Chile. De hecho, la necesidad de una, llamémosla así, nueva crítica, es algo que empieza a ser urgente en toda Latinoamérica.

¿Y el de la argentina Celina Mazoni?
–A Celina la conozco personalmente y la quiero mucho. A ella le dediqué uno de los cuentos de Putas asesinas.

¿Qué cosas lo aburren?
–El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy por sentado.

¿Qué cosas lo divierten?
–Ver jugar a mi hija Alexandra. Desayunar en un bar al lado del mar y comerme un croissant leyendo el periódico. La literatura de Borges. La literatura de Bioy. La literatura de Bustos Domecq. Hacer el amor.

¿Escribe a mano?
–La poesía, sí. Lo demás, en una vieja computadora de 1993.

Cierre los ojos, ¿cuál de todos los paisajes de la Latinoamérica que usted recorrió le viene primero a la memoria?
–Los labios de Lisa en 1974. El camión de mi padre averiado en una carretera del desierto. El pabellón de tuberculosos de un hospital de Cauquenes y mi madre que nos dice a mi hermana y a mí que aguantemos la respiración. Una excursión al Popocatépetl con Lisa, Mara y Vera y alguien más que no recuerdo, aunque sí recuerdo los labios de Lisa, su sonrisa extraordinaria.

¿Cómo es el paraíso?
–Como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas e italianos. Un sitio que se usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso al fin y al cabo no importa.

¿Y el infierno?
–Como Ciudad Juárez, que es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos.

¿Cuándo supo que estaba gravemente enfermo?
–En el ‘92.

¿Qué cosas de su carácter cambió la enfermedad?
–Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los 38 años, ya iba siendo hora de que lo supiera.

¿Qué cosas desea hacer antes de morir?
–Ninguna en especial. Bueno, preferiría no morirme, claro. Pero tarde o temprano la distinguida dama llega, el problema es que a veces no es una dama ni mucho menos es distinguida, sino más bien, como dice Nicanor Parra en un poema, es una puta caliente, que es algo que hace dar diente con diente al más pintado.

¿Con quién le gustaría encontrarse en el más allá?
–No creo en el más allá. Si existiera, qué sorpresa. Me matricularía de inmediato en algún curso que estuviera dando Pascal.

¿Pensó alguna vez en suicidarse?
–Por supuesto. En alguna ocasión sobreviví precisamente porque sabía cómo suicidarme si las cosas empeoraban.

¿Creyó en algún momento que se estaba volviendo loco?
–Por supuesto, pero me salvó siempre el sentido del humor. Me contaba historias que me volvían loco de risa. O recordaba situaciones que hacían que me tirara al suelo a reírme.

La locura, la muerte y el amor, ¿de qué de estas tres cosas ha habido más en su vida?
–Espero de todo corazón que haya habido más amor.

¿Qué cosas lo hacen reír a mandíbula batiente?
–Las desgracias propias y ajenas.

¿Qué cosas lo hacen llorar?
–Lo mismo: las desgracias propias y ajenas.

¿Le gusta la música?–Mucho.

¿Usted ve su obra como la suelen ver sus lectores y críticos: arriba de todo Los detectives salvajes y luego todo lo demás?
–La única novela de la que no me avergüenzo es Amberes, tal vez porque sigue siendo ininteligible. Las malas críticas que ha recibido son mis medallas ganadas en combate, no en escaramuzas con fuego simulado. El resto de mi “obra”, pues bueno, no está mal, son novelas entretenidas, el tiempo dirá si algo más. Por ahora me dan dinero, se traducen, me sirven para hacer amigos que son muy generosos y simpáticos, puedo vivir, y bastante bien, de la literatura, así que quejarse sería más bien gratuito y desagradecido. Pero la verdad es que no les concedo mucha importancia a mis libros. Estoy mucho más interesado en los libros de los demás.

¿No le sacaría algunas páginas a Los detectives salvajes?
–No. Para sacarle páginas tendría que releerlo y eso mi religión me lo prohíbe.

¿No le da miedo que alguien quiera hacer la versión cinematográfica de la novela?
–Ay, Mónica, yo les tengo miedo a otras cosas. Digamos: cosas más terroríficas, infinitamente más terroríficas.

¿“El ojo Silva” es un homenaje a Julio Cortázar?
–De ninguna manera.

Cuando terminó de escribir “El ojo Silva”, ¿no sintió que había escrito un cuento capaz de estar a la altura, por ejemplo, de “Casa tomada”?
–Cuando terminé de escribir “El ojo Silva” dejé de llorar o algo parecido. Qué más quisiera yo que se pareciera a uno de Cortázar, aunque “Casa tomada” no es uno de mis favoritos.

¿Cuáles son los cinco libros que marcaron su vida?
–Mis cinco libros en realidad son cinco mil. Menciono éstos sólo a manera de punta de lanza o embajada aviesa: El Quijote, de Cervantes. Moby Dick, de Melville. La Obra Completa, de Borges. Rayuela, de Cortázar. La conjura de los necios, de Kennedy Toole. Pero también debería citar: Nadja, de Breton. Las cartas de Jacques Vaché. Todo Ubú, de Jarry. La vida, instrucciones de uso, de Perec. El castillo y El proceso, de Kafka. Los aforismos de Lichtenberg. El Tractatus, de Wittgenstein. La invención de Morel, de Bioy Casares. El Satiricón, de Petronio. La Historia de Roma, de Tito Livio. Los Pensamientos, de Pascal.

¿Se lleva bien con su editor?
–Bastante bien. Herralde es una persona inteligente y a menudo encantadora. Tal vez a mí me convendría más que no fuera tan encantador. Lo cierto es que ya hace ocho años que lo conozco y, al menos de mi parte, el cariño no hace más que crecer, como dice un bolero. Aunque tal vez me convendría no quererlo tanto.

¿Qué dice de los que piensan que Los detectives salvajes es la gran novela mexicana de la contemporaneidad?
–Que lo dicen por lástima, me ven decaído o desmayándome en las plazas públicas y no se les ocurre nada mejor que una mentira piadosa, que por lo demás es lo más indicado en estos casos y ni siquiera es pecado venial.

¿Es cierto que fue Juan Villoro el que le convenció para que no titulara Tormentas de mierda a su novela Nocturno de Chile?–Entre Villoro y Herralde.

¿De quién más escucha consejos alrededor de su obra?–Yo no escucho consejos de nadie, ni siquiera de mi médico. Yo doy consejos a diestra y siniestra, pero no escucho ninguno.

¿Cómo es Blanes?
–Un pueblo bonito. O una ciudad pequeñita, de treinta mil habitantes, bastante bonita. Fue fundada hace dos mil años, por los romanos, y luego pasaron por aquí gente de todos los lugares. No es un balneario de ricos sino de proletarios. Obreros del norte o del este. Algunos se quedan a vivir para siempre. La bahía es bellísima.

¿Extraña algo de su vida en México?–Mi juventud y las caminatas interminables con Mario Santiago.

¿A qué escritor mexicano admira profundamente?
–A muchos. De mi generación admiro a Sada, cuyo proyecto de escritura me parece el más arriesgado, a Villoro, a Carmen Boullosa, entre los más jóvenes me interesa mucho lo que hacen Alvaro Enrigue y Mauricio Montiel, o Volpi e Ignacio Padilla. Sigo leyendo a Sergio Pitol, que cada día escribe mejor. Y a Carlos Monsiváis, el cual, según me contó Villoro, motejó como Pol Pit a Taibo 2 o 3 (o 4), lo que me parece un hallazgo poético. Pol Pit, ¿es perfecto, no? Monsiváis sigue con las uñas aceradas. También me gusta mucho lo que hace Sergio González Rodríguez.

¿El mundo tiene remedio?
–El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte.

¿Usted tiene esperanzas, en qué, en quiénes?
–Mi querida Maristain, vuelve usted a empujarme a los potreros de la cursilería, que son mis potreros natales. Yo tengo esperanza en los niños. En los niños y en los guerreros. En los niños que follan como niños y en los guerreros que combaten como valientes. ¿Por qué? Me remito a la lápida de Borges, como diría el ínclito Gervasio Montenegro, de la Academia (como Pérez Reverte, fíjese usted) y no hablemos más de este asunto.

¿Qué sentimientos le despierta la palabra póstumo?
–Suena a nombre de gladiador romano. Un gladiador invicto. O al menos eso quiere creer el pobre Póstumo para darse valor.

¿Qué opina de quienes opinan que usted ganará el Premio Nobel?
–Estoy seguro, querida Maristain, de que no lo ganaré, como también estoy seguro de que algún atorrante de mi generación sí que lo ganará y ni siquiera me mencionará de pasada en su discurso de Estocolmo.

¿Cuándo ha sido más feliz?
–Yo he sido feliz casi todos los días de mi vida, al menos durante un ratito, incluso en las circunstancias más adversas.

¿Qué le hubiera gustado ser si no hubiera sido escritor?
–Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que ser escritor. De eso estoy absolutamente seguro. Un tira de homicidios, alguien que puede volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas. Tal vez entonces sí que me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía, se soluciona con un tiro en la boca.

¿Confiesa que ha vivido?
–Bueno, sigo vivo, sigo leyendo, sigo escribiendo y viendo películas, y como les dijo Arturo Prat a los suicidas de la Esmeralda, mientras yo viva, esta bandera no se arriará.

ENTREVISTA A QUINO



Quinografía
Su encuentro con Borges. Las propuestas más indecentes que le han hecho a Mafalda. La prueba irrefutable de la falta de humor de los argentinos. El día en que alguien usó a Manolito para justificar la dictadura. Las mañas que le trajeron los años. Los motivos que le impiden dejar de dibujar. Su última conversación con Oesterheld. Las tiras por las que Fidel Castro lo chicanea cada vez que va a La Habana. Su socialismo impenitente. Quino accedió a hablar de todo esto para la edición con que la Playboy mexicana festejó su 50º aniversario.

En una ocasión, le preguntaron a Roberto Fontanarrosa qué era lo más difícil de ser caricaturista. “Convencer a los invitados de que una fiesta no se anima cuando llega uno”, respondió el rosarino. Se equivoca el que crea que cuando Quino arriba a algún sitio el ambiente se torna chistoso. Aunque nos siga haciendo reír con el humor más filoso e inteligente de que pueda ser capaz un genio de su naturaleza, Joaquín Salvador Lavado provoca en persona muchas cosas, menos la risa. Por lo pronto, es un hombre que a los 71 años se conserva increíblemente seductor. Tal vez, como en uno de esos dibujos inolvidables que lo han hecho un maestro del humor de página entera, no faltarán en su vida las mujeres que le echan en cara la apostura frágil con la que intenta agenciarse el cariño del sexo opuesto.
Lo cierto es que este hijo de inmigrantes andaluces, nacido en la ciudad de Mendoza el 17 de julio (aunque en los registros oficiales conste nacido el 17 de agosto), logró lo que nadie en la reciente edición de la Feria del Libro de Guadalajara. “Quino, casi estoy enamorada de ti”, le confesó en público la joven directora de la Feria, Nubia Macías.
Desde que nació se lo llamó Quino, para distinguirlo de su tío Joaquín Tejón, pintor y dibujante publicitario con quien a los 3 años descubrió su vocación. Y desde que en 1954 saliera publicado su primer dibujo, Quino ha transcurrido los últimos 50 años de su vida como el gran portavoz de varias generaciones de personas que no se resignan al estado de las cosas y siguen soñando con un mundo mejor.
Da escalofríos pensar que cuando Hugh Hefner juntaba sus escasos 8 mil dólares para crear Playboy, la revista que iba a revolucionar el pensamiento contemporáneo, Quino lograba vender su primer dibujo al semanario Esto es, de Buenos Aires. “El día que publicaron mi primera página pasé el momento más feliz de mi vida”, declaró. Desde entonces y hasta la fecha, sus dibujos de humor se vienen publicando ininterrumpidamente en infinidad de diarios y revistas de América Latina y Europa. Mafalda, el personaje que no dibuja desde hace 30 años, significó una verdadera revolución a favor de la libertad de pensamiento, la defensa de los derechos humanos, el elogio a un vida en armonía con la naturaleza. Con ella aprendimos a no aceptar las cosas como son y a preguntarnos por qué, en un mundo lleno de manjares exquisitos, debíamos conformarnos con una sopa rancia e insípida.

¿Le molesta que le hablen de Mafalda?


–No. Me molesta un poco la reiteración de las preguntas, pero no sólo sobre Mafalda sino sobre todo. Hace poco leí una vieja entrevista a Vladimir Horowitz, que estaba casado con la hija de Toscanini; cuenta que estaba en un estudio de grabación rodeado de periodistas, la mujer de él estaba sentada a un costado y escuchaba todo lo que le preguntaban y en eso murmura: ¡siempre las mismas preguntas! A mí me pasa algo de eso. Por eso, en mi página oficial (www.quino.com.ar) hay un espacio llamado “Preguntas más frecuentes”, en donde respondo las preguntas de siempre, así no me las vuelven a hacer.

¿Ha sido buena su vida?

–¿Ha sido buena? ¡Hombre!, comparada con tanta gente que no puede vivir de lo que le gusta, entonces ha sido buena. Yo, de chiquito me propuse dedicarme al dibujo, y lo he logrado.

¿De dónde ha venido esta afición a planificar una vida?

–Es que no la planifiqué siquiera. En Juan Cristóbal, de Romain Rolland, se narra la vida de un músico; y hay una parte en que el niño escucha por primera vez un piano y el efecto que le produce ese bosque de sonidos es el mismo efecto que a mí me produjo ver a mi tío dibujar cuando yo era pequeño. Ese efecto lo utilicé para una tira del Guille, cuando dibuja todas las paredes y le dice a su madre: “¡Mamita!, ¿viste todas las cosas que hay adentro de un lápiz?”.

- Qué cosa extraña eso de la vocación...

–Sí, a mí me hace pensar que he tenido mucha suerte, de no andar como estos chicos que veo cambiar de carreras y de colegios a cada rato. He tenido una suerte tremenda al saber desde muy chico lo que quería ser. Pero debe ser algo de familia. A mis dos hermanos también se les despertó muy temprano su vocación.

Este vivir entre tres ciudades (Milán, Madrid y Buenos Aires), ¿ha sido una elección?

–No, de ninguna manera, porque cuando me fui por primera vez de Argentina no fue porque quise. A partir de ahí ha sido el no saber manejarnos de otra manera y todo quedó en manos del azar.

¿Y cuándo está en Milán extraña Madrid y cuando está en Madrid extraña Buenos Aires?

–No, a Madrid no la extraño porque la incorporamos hace poco a nuestra vida. A mi mujer, Alicia, no le gusta nada Madrid, a mí tampoco me entusiasma, pero, bueno, por el momento estamos así.


¿Cómo es Milán?


–Uy, es muy linda. Aunque la mejor casa la tenemos en la Argentina. Siempre nos falta algo. Toda la biblioteca la tengo en Buenos Aires, las enciclopedias, todo esto que uno necesita para el trabajo está en Argentina.

¿En qué barrio vive?

–En pleno centro: Talcahuano y Santa Fe, desde hace 30 años.

Ha visto casi todo ahí.

–Sobre todo he visto el desplazarse de la ciudad. Antes resplandecía y hoy es una zona abandonada, de oficinas; he visto empobrecerse el Barrio Norte también.

¿Ha visto a Borges? Era su zona.

–Sí. Él comía en un lugar que se llamaba Cantina Norte, que estaba en Paraguay y Maipú.

¿Se le acercó alguna vez?

–No. Intenté acercarme a Borges una vez que estaba dando una charla en la Sociedad Hebraica. La charla era sobre el idioma español, algo con lo que yo tuve siempre muchos problemas porque me crié hablando andaluz. Mis compañeros en la escuela primaria no me entendían. Cuando llegué a Buenos Aires hablaba en mendocino, así que tampoco me entendían. Entonces quería preguntarle acerca de los matices del español en Argentina, preguntarle por el uso del che, del vos, de cómo hablan los uruguayos, en fin, total que empecé diciéndole a Borges que yo era andaluz y entonces me dijo: “Ah, usted sabe que la palabra andaluz viene de vándalos” y se fue por otro lado... yo me quedé mudo. Además le cité un ejemplo de mi provincia. En Mendoza, cuando una persona está espiando a otra se dice “aguaitar”, igual que en catalán; entonces le pregunté a Borges si no pensaba que eso podría estar relacionado con el inglés “to wait”, de esperar, y él me dijo: “No, de ninguna manera, eso no tiene ninguna relación”. Una contestación antipatiquísima. Todo fue muy antipático en mi encuentro con Borges.

¿Y a quién le hubiera gustado conocer?

–A Julio Cortázar.

Pero se deben haber cruzado varias veces... qué raro que no se hayan visto.

–Una vez le dejé en París la colección completa de Mafalda, pero nunca me enteré si se la dieron o no. Él no estaba. Sólo andaba su gato dando vueltas por las afueras del departamento.

Ernesto Cardenal recordaba mucho a Julio Cortázar en la Feria del Libro. Tenía muchos recuerdos del apoyo de Cortázar a la revolución nicaragüense, que parece lejana, pero en realidad transcurrió hace muy poco, hablando en términos de tiempo histórico...

–Pero el capitalismo también se va a ir al carajo. Esto no puede continuar así. Yo lo que espero es que a la larga se intente otra forma de socialismo. No igual al que ya fue, pero para mí sigue siendo el mejor sistema de gobierno.

¿Cómo ha vivido los últimos acontecimientos en Cuba? Me refiero sobre todo a los fusilamientos.

–En el momento en que eso pasó dije que hacía mías las palabras de José Saramago. Aunque después, hablando con un cubano y con un francés que es agregado cultural en La Habana me dijo que, visto desde adentro de la isla, todo era muy distinto a como se vio afuera. Que realmente esta gente era para matarla. De todas maneras sigo pensando que nada es para matar a nadie.

¿Hace mucho que no va a Cuba?

–La última vez fue en el ‘97. En total estuve ocho veces en Cuba, pero siempre he ido a trabajar. Conozco La Habana, Varadero, y nada más.

¿Conoce a Fidel?

–Sí, aunque no tengo buena relación con él. Hay dos tiras de Mafalda en las que se habla de él y no le han caído muy bien. Cuando fui por primera vez a Cuba me pidieron explicaciones al respecto. Fidel, que es famoso por su memoria, cada vez que me ve, me pregunta: ¿Quién tú eres, chico? Me ignora completamente.

¿Cómo se piden explicaciones?

–Directamente. La gente que te van presentando te va preguntando: ¿Por qué en esa tira de Mafalda tú dijiste que el Comandante era un cretino?

¿Usted dijo que Fidel era un cretino?

–Claro, ¿no te acuerdas? Era la época de Onganía, donde todo lo que dijera Fidel era considerado malo. Entonces Mafalda se pregunta por qué Fidel no dice que la sopa es buena, así en la Argentina la prohíben. Y en el último cuadro, Mafalda termina gritando: “¿Por qué este cretino no dice que la sopa es buena?”.

¿Y la otra tira?

–Es cuando Felipe va a la casa de Mafalda, le lleva una flor y Mafalda la coloca entre un montón de flores que tienen las plantas de su padre. Felipe termina diciendo: “Es como regalarle un terrón de azúcar a Fidel Castro”. También me preguntaron qué había querido decir con eso. Una vez, visitando la redacción de Dedeté (legendaria revista cubana de historietas), me dijeron que nunca nadie había dicho nada, pero que caricaturas de Fidel no se hacían. A la noche siguiente, en una recepción oficial a la que fui invitado, yo me había tomado dos mojitos enormes antes de que llegara el Comandante. La cosa es que cuando llegó, luego de que él me preguntara el consabido “¿Chico, quién tú eres?”, le dije: “Comandante, me han dicho algunos colegas que en Cuba no se pueden hacer caricaturas sobre usted”. Fidel me contestó: “¿Yo he dicho eso? ¿Alguien me ha sentido alguna vez decir eso? Tú hazme todas las caricaturas que quieras”. Y pegándome con el dedo en el pecho, me aclaró: “Siempre que no me hagas contrarrevolución porque si no te tengo que poner preso”. Claro, nunca entendí qué es hacer contrarrevolución.

¿Dónde ha comido la comida más rica del mundo?

–En Génova. Era un pescado con hongos que fue ponerme el primer bocado en la boca y saltárseme una lágrima de lo rico que era eso. Nunca sentí una cosa igual con la comida.

¿Su esposa es buena cocinera?

–Sí, excelente.

¿Qué es lo más rico que hace?

–No tiene una especialidad. Mejor dicho, lo que mejor le sale es cuando inventa una comida con todas las cosas que han sobrado de otras comidas.

¿A usted nunca se le ha dado por cocinar?

–No, soy un desastre. A veces me he quedado solo en Milán y he intentado cocinarme, pero me ha salido mal. Quiero decir: puedo hacer una pechuga a la plancha con ensalada. Pero cuando le quiero agregar una sopa, o se me quema la sopa o se me quema la pechuga.

¿Y dónde está el mejor vino?

–Yo sigo prefiriendo los de Rioja, los españoles. Aunque hace poco estuve en San Pablo. Fui a cenar con Ziraldo, el dibujante, y pedí un cabernet sauvignon de Brasil. Ziraldo creía que yo estaba loco por pedir un vino de Brasil, pero al final terminó reconociendo que estaba bien. Era buenísimo. Como decía un vinero que vivía en Milán debajo de mi casa cuando le íbamos a devolver un vino que estaba mal: “¿Qué quiere, señor Quino?, el vino es una cosa viva. Y el corcho también”. En ese sentido, en la Argentina soy fiel a las bodegas López, porque mantienen una calidad constante. Es raro que una botella te salga mal. En cambio hay vinos riquísimos, como los Torres, de Cataluña, que de cada 10 botellas, dos te salen con gusto a corcho. Pero no sé... una vez alguien dijo que los que más saben de vino son los borrachos y no los críticos que hablan del sabor de terciopelo y esas chorradas. Lo importante es que los vinos están cada vez más caros y que para que un vino sea bueno uno debe gastar mucho dinero, lamentablemente.

¿Qué cosas viven en usted de Mendoza, su provincia natal?

–Voy todos los años a Mendoza. Es una provincia muy bella, pero no recuerdo que los mendocinos tengan un sentido del humor tan desarrollado como los cordobeses. La teoría de Luis Landriscina es que el humor de los cordobeses se debe a que los andaluces fundaron allí su universidad. Cada vez que voy a Córdoba me sorprende por la imaginación que tiene esta gente para inventar nombres o criticar situaciones, es algo notable. Volviendo a Mendoza, me gusta más la gente de San Rafael que la de la capital. Los mendocinos son raros, jamás te invitan a su casa, se reúnen todos en la calle San Martín y ya está, ya cumplieron socialmente.

¿Cómo se mantiene un matrimonio de tantos años? (Quino se casó en 1960 con la doctora en Química Alicia Colombo.)

–Bueno, a ver, se mantiene con muchas crisis. No es que uno esté siempre bien en el matrimonio. Pero si tuviera que dar una receta esa sería el respeto, el cariño, la paciencia...

¿Y en su profesión Alicia ha cumplido un papel importante?

–Sí, muy importante, porque yo soy muy dejado. Mafalda se empezó a publicar en Europa porque Alicia fue la que contestó a la persona que escribía desde Italia y yo no le respondía nunca. Un día Alicia me dijo: “A mí me da vergüenza este hombre que siempre escribe y vos nunca le contestás. ¿Me dejás que le conteste yo?”. Con los viajes pasa lo mismo, me tiene que incentivar ella a que viajemos, yo soy más de quedarme en la casa, de no salir. No sé. La verdad es que yo me manejo muy mal en la vida, con todo.

¿Cómo ha llegado a esta edad con tantas ganas de seguir?

–Y... bueno, no sé, no he hecho otra cosa en mi vida y no sabría qué hacer si dejo de dibujar. Sobre todo le tengo terror a dejar de publicar en los periódicos. Porque si no tuviera la presión de la entrega, no tendría la disciplina de sentarme a dibujar porque sí.

Entonces, usted nunca ha trabajado para el éxito...

–No, incluso siempre me he negado a que usaran mis dibujos en campañas publicitarias. He preservado a mis personajes del merchandising rabioso y de todo eso. De todas maneras, a veces pienso que debería haber sido una especie de empresario para manejar con un sentido comercial lo que me ha tocado crear. No he sabido administrar mi carrera y eso es algo que nos ha sobrepasado. Digo “nos” porque Alicia es mi representante y se ocupa de todos los contratos, tiene una oficinita en casa, que también la sobrepasa y está cansada, harta..., ya no sabemos cómo hacer.

¿Ha ganado mucho menos dinero del que podría haber ganado?

–Sí, he rechazado muchas cosas. Hace unos 15 años mi editor francés me ofreció hacer un libro de Mafalda para la Shell. El tema era así, a cada cliente que entrara a una de las gasolineras de la Shell le iban a regalar uno de mis libros. Pagaban mucha plata. Creo que a mí me hubieran tocado unos 50 mil dólares y yo dije que no, por supuesto; ¿cómo un personaje que vive despotricando contra las multinacionales se va a quemar de esa manera? Otra vez los caldos Maggi me ofrecieron una fortuna para que les diera a Mafalda. La idea era hacer un aviso que dijera: “Ahora sí, a Mafalda le gusta la sopa”. Otra vez dije que no y casi nadie lo entendió, pero así fue.

¿Y no le preocupa no ser entendido?

–No, porque para mi moral yo tengo razón.

¿Y no le preocupa haberse quedado un poco solo en esas decisiones?

–No. Me da mucha rabia que me propongan estas cosas, porque me da la sensación de que no entendieron mi trabajo o, lo que es peor, si lo entendieron, no lo respetan.

El escritor mexicano Juan José Arreola decía que nunca iba a perdonar ni entender haber sido expulsado del vientre materno...

–Sí, es cierto. Mis padres murieron muy temprano y siempre me pregunté qué clase de tipos son los padres que te largan al mundo y luego se van. Para mí fue muy dura esa experiencia.

¿Nunca sintió la necesidad de ser padre?

–No. Me cuesta entender a las parejas que hacen unos sacrificios terribles para poder tener un hijo; hacen el amor a las 7 de la mañana, recogen el semen, lo llevan a un laboratorio, van al médico, la verdad es que no lo entiendo. Me parece una desmesura. Me asusta mucho la idea de tener un hijo y que se me enferme, me entraría una desesperación terrible. No lo soportaría. En eso coincido con el Negro Fontanarrosa: “A uno le preocupan mucho más las 5 líneas de fiebre de su hijo que la Guerra del Golfo”. Tengo cinco sobrinos y con eso me basta.

¿Es un amigo suyo Fontanarrosa?

–Tenemos una cosa que nos separa mucho culturalmente y es que el Negro vive pendiente del fútbol. A mí me gusta el fútbol, pero siempre prefiero que gane el mejor, no tengo un equipo en particular. A mí, que la Selección Argentina gane el Mundial me importa un pito. Si el otro equipo juega mejor me parece justísimo que la Argentina no gane nada. Y Fontanarrosa no entiende esas cosas. Cuando Colombia le ganó 5 a 0 a Argentina lo llamé a Daniel Samper (periodista colombiano) para felicitarlo y me preguntó si estaba loco y qué clase de argentino era yo. Cuando me preguntan si los argentinos tienen sentido del humor siempre respondo que no, porque con el fútbol no te podés meter. Hacés una broma de fútbol y hasta podés perder la vida. Te pueden matar en serio. El fútbol me encanta como coreografía, como propuesta, lo encuentro muy inglés en la rudeza de las reglas: por un tipo que mete un foul es penalizado todo el equipo, eso sólo puede pasar en un colegio inglés y, por tanto, en el fútbol.

¿Y Caloi es amigo?

–Sí, pero en ese caso nos divide la política, porque él es peronista fanático, pero llegamos a un acuerdo gracias a mi mujer, que puso límites y nos prohibió hablar de política. Nosotros respetamos ese acuerdo y nos llevamos muy bien.

¿Qué otros dibujantes son amigos suyos?

–Soy muy amigo de Miguel Rep, que me parece uno de los dibujantes más talentosos de la última generación. Pero diría que en general me llevo bien con todos, menos con Nik, que publica en La Nación y empezó robando muchísimo a Rudy, a Daniel Paz, de Página/12. Nik vino a crear un malestar por primera vez entre los dibujantes argentinos. Nadie lo soporta. Al punto que si hay una mesa redonda, todos participan con la condición de que él no esté.

¿Valora la experiencia de la revista Humor, que en los 80 cambió el lenguaje del humor en la Argentina?

–Sí, muchísimo. Su creador, Andrés Cascioli, fue un verdadero baluarte en el sentido de que comenzó a informar lo que estaba pasando realmente en la Argentina con la dictadura.

¿Y por qué nunca publicó allí?

–Porque no me gusta publicar en revistas de humor. Me gusta publicar en periódicos y en revistas de interés general. En la revista de Clarín estamos el Negro Fontanarrosa, Caloi y yo, pero no es una revista de humor. Es un suplemento dominical. Publiqué hace muchos años en Rico Tipo, pero donde escribían de cine y de otras cosas unos tipos geniales que no me di cuenta en el momento lo buenos que eran. Me di cuenta después. Tampoco hago sátira política, yo no hago humor con ministros ni con presidentes. Dicen que mi humor trata de la esencia del ser humano, y tal vez sea así, porque por más tecnología que descubran, la persona sigue siendo la misma. Además, en estos tiempos los políticos tienen muy poco peso. Hay una sola potencia que domina y antes por lo menos estaba Flash Gordon para que nos defendiera de Ming. Ahora sólo quedó Ming, que es George Bush.

Ming gobierna el mundo, entonces...

–Claro, y además Ming es sordo. No escucha a la gente. Todo el mundo sabe que Bush invadió Irak por el petróleo, pero lo peor es que Bush sabe que todo el mundo sabe, pero no le importa. No le importa el futuro de la humanidad, ni el de sus nietos, ni el de sus bisnietos, eso me llama mucho la atención. Los gobernantes de ahora han construido un gran muro de goma en donde rebotan las protestas de los ciudadanos. Podemos decir todo, pero nadie nos escucha, a nadie le importa.

¿De qué otras cosas tratan sus dibujos, además de la esencia humana?

–De la relación entre los débiles y los poderosos. Eso siempre me ha obsesionado. Esa sensación de impotencia que tienen los pobres frente a los ricos, de los mandados frente a los amos, no sé, a veces pienso que debería dejar de dibujar por un tiempo, para no vivir la angustia o el miedo a repetirme. Pero cuando pienso en que voy a abrir el periódico y no van a estar mis dibujos, me da más angustia y sigo dibujando. Es como ese jefe de estación que se jubila, pero vuelve todos los días para ver si los trenes pasan a horario. No me puedo imaginar esperando pasar los trenes. Además, en mi oficio no hay trenes.

¿Quién se fue demasiado pronto en su vida además de sus padres?

–Ahora en enero acaba de morir un amigo que ni siquiera había cumplido los 60 años. Para mí y para mi mujer la muerte de Vázquez Montalbán también ha significado la pérdida de un amigo aunque no lo conocíamos. Con tantos españoles que hay para morirse, ¿por qué no se murió Aznar en lugar de Vázquez Montalbán? Qué injusticia. ¿Por qué no se murió Fraga?

¿Llegó a conocer a Oesterheld?

–Sí, y siempre me quedó el sabor amargo de que la última vez que lo vi discutimos mucho por política. Fue una discusión muy fuerte. Estaba el dibujante Oski, fue en la casa de él, estaba toda su familia, era un tipo muy radicalizado que decía cosas como que si el pueblo no entiende a Picasso, entonces Picasso no sirve. Me quedé muy mal, porque ésa fue la última vez que lo vi.

Ni siquiera ese radicalismo alcanza a explicar la barbarie cometida por los militares argentinos...

–No, claro que no. Qué maricones los militares argentinos. Porque por lo menos los militares brasileños admitieron haber matado y les devolvieron los cadáveres a los familiares. Los argentinos los desaparecieron y todavía siguen negando todo. La cobardía de esta gente es lamentable, inadmisible.

¿Le gustan las fiestas navideñas?

–No, porque vengo de una familia que nunca festejó nada. A nosotros ni siquiera los cumpleaños nos festejaban.

¿Qué día cumple años?

–El 17 de julio, pero como estoy anotado un mes después, es un conflicto.

Pero no, porque se lleva dos regalos.

–Te crea algo falso que se suma a que hay dos banderas argentinas, una con sol y la otra sin sol, un dólar que vale dos o tres, que River o que Boca, que peronista o radical.

¿Qué cosas lo hacen perder la calma? Usted parece bastante tranquilo... o contenido.

–No, no soy tranquilo. Soy contenido, por eso tengo tantos problemas de salud, porque guardo todo, nunca expreso lo que verdaderamente me pasa. Hay muchas cosas que me hacen perder la calma, no elegiría ninguna en particular.

¿Y qué cosas lo hacen sentir fuerte, a usted que parece tan frágil?

–Nada.


Ni siquiera sus dibujos.

–Bueno, mis dibujos sí. Cuando estoy muy mal, me encierro en mi estudio y dibujo. Pero jamás me siento fuerte. Soy muy débil, un hombre inseguro para todo.

¿Qué está leyendo ahora?

El libro de las ilusiones, de Paul Auster, en el que curiosamente aparece un argentino. Empecé a leer las memorias de Gabriel García Márquez, pero me desilusionaron bastante. Lo considero un libro antiguo.

¿Y el último disco que ha escuchado con pasión?

–El de Romeo y Julieta de Sergei Prokofiev en versión de Ricardo Mutti, que me encanta. Lo que pasa es que me he vuelto muy maníaco. Es verdad eso que dicen que cuando uno se pone viejo comienza a tener muchas manías. Antes podía dibujar escuchando música, pero ahora no. Antes, sólo necesitaba el silencio para que me surgiera una idea y luego ponía música para dibujar a lápiz. Con el tiempo, me distraía la música en el dibujo, así que comencé a ponerla sólo cuando pasaba el dibujo de lápiz a tinta. Ahora no puedo escuchar nada en ninguna parte del proceso. Son manías.

¿Qué opina del nuevo gobierno argentino, encabezado por Néstor Kirchner?

–En primer lugar me queda claro que los argentinos no quieren ser gobernados por ningún político que no sea peronista. Yo no soy peronista, como todo el mundo sabe, pero le tengo simpatía a Néstor Kirchner. Me gusta él y me gusta Lula, de Brasil. Además, me gusta que ambos estén tratando de hacer cosas juntos, de fortalecer el Mercosur, por ejemplo. Ahora que los norteamericanos están distraídos en otra zona del planeta, puede ser que nos dejen hacer algo bueno en nuestros países.

¿Siempre le ha interesado la política?

–Desde niño, porque soy hijo de andaluces y cuando tenía cuatro años escuchaba hablar de la Guerra Civil Española, que se vivió en mi casa con mucho pesar. Pero no he leído ni a Marx ni a Maquiavelo, no soy un teórico de la política.

¿Y a Les Luthiers hace cuánto que no los ve?

–Hace poco me invitaron a una fiesta de aniversario en Madrid, y no pude ir porque tenía que escribir un contrato, bueno, yo no, pero Alicia sí, y tenía que ayudarla. Total que los vi hace 15 días.

¿Es amigo de todos los integrantes del grupo?

–No, de Daniel Rabinovich, fundamentalmente. Y de Jorge Maronna.

Siempre se lo compara con ellos y la gente suele preguntarse cómo siendo tan argentinos han trascendido en el mundo.

–Bueno, ellos todavía más que yo. Porque es un caso curioso de cómo son tan entendidos en el resto del mundo, si su humor es tan local. Es como si trasladaran al Inodoro Pereyra, que a mí me parece genial, pero sacado de su contexto, no tiene mucho sentido.

¿Qué le gusta de los nuevos dibujantes?

–No soy un gran experto, no leo ni veo mucho. En España apareció uno muy bueno que se hace llamar “El Roto” (Andrés Rábago), ése me encanta. Veo que el arte de la caricatura está bastante vivo, pero no sé si el humor que hago yo, que hace Sempé, que por otra parte tiene mi edad, tiene seguidores. Es un tipo de humor más reflexivo, que no se ve a la primera. Ese humor me parece que está en vías de extinción.

Le voy a decir un piropo...

–Decime todos los que quieras.

Se lo ve a usted bastante bien.

–Sí, aunque debería caminar 4 kilómetros diarios y no lo hago. Soy muy sedentario. Tengo muchas operaciones en la vista, así que por eso dibujo a lápiz, porque no puedo ver la pantalla de la computadora. La tecnología no está hecha para mí. Me han operado el corazón y ya no puedo fumar. Antes fumaba 40 cigarrillos diarios. Sigo una dieta rigurosa, no puedo comer con sal, pero bebo vino y me gusta mucho el ron.

¿Ha sufrido muchas persecuciones en la Argentina?

–Bueno, comencé a dibujar en los tiempos difíciles, que se fueron complicando cada día más. De esos tiempos me quedó una autocensura que ya no puedo sacarme de encima. En 1976, en los inicios de la dictadura, me destrozaron la puerta de mi casa a patadas. Nosotros no estábamos. Otra vez, unos amigos y yo habíamos hecho copias de un dibujo de Mafalda que señalaba el bastón de un policía y lo nombraba como “el abollador de ideologías”. Al día siguiente, la ciudad amaneció empapelada con un dibujo de Manolito, que portaba un bastón de policía y decía: “¿Ves, Mafalda?, gracias a esto, ahora podemos caminar con libertad por las calles”. Pero, en fin, eso fue todo. Ya después me fui del país.

Eran tiempos en los que se pensaba que el mundo podía cambiar.

–Sí, ahora directamente no sabemos qué hacer. Cuando éramos jóvenes escuchábamos las canciones de Joan Manuel Serrat y creíamos que íbamos a cambiar el planeta con una canción o con un dibujo. Más tarde nos dimos cuenta de que la lucha armada no era el camino. Ahora nos damos cuenta de que ya no hay políticos. Jacques Chirac, por ejemplo, aunque sea de derecha, es un político nato y gente como él ya no queda en el mundo.

¿Por qué dejó de dibujar Mafalda?

–Porque un personaje esclaviza mucho y yo tenía mucho miedo de repetirme. Mafalda sigue viva en los lectores, pero yo no la quiero más que a otros dibujos míos. Soy como un carpintero, Mafalda es un mueble que me quedó bien y vendió mucho, pero quiero a todos mis muebles.

¿Qué tiene de sus personajes?

–Tengo todo, porque nacieron de mí. Aunque me identifico más con Miguelito y Felipe, porque como ellos vivo haciéndome preguntas inútiles. Cuando llegué a Buenos Aires, vivía en una pensión con un periodista, que por cierto desapareció a manos de la dictadura. Un día estaba mirando por la ventana y le pregunté a este muchacho: “Che, Julián, decime, ¿cuánto creés que pesa un árbol?”. Y él me contestó: “¿Por qué no te vas un poco a la puta que lo parió?”. De Manolito lo que tengo es el manejo del dinero, quiero decir, yo soy un desastre para manejar el dinero, nunca me supe administrar en ese aspecto, entonces puse toda la eficacia que no tengo en Manolito. Con Susanita me identifico por lo chismoso. Soy incapaz de contar un chisme, pero me encanta que me vengan a contar cosas de los demás.

¿De dónde saca material para sus dibujos de amor y desamor?

–Son recuerdos de los radioteatros que escuchaba cuando era niño. También saco material de las películas de Ingmar Bergman, que me encantan. No veo telenovelas. Hace poco alguien me recomendó de manera entusiasta a Betty La Fea, pero aunque me pareció divertida no pasé de un solo episodio.

¿A quién admira?

–Bueno, admiro mucho a Sempé; de Argentina me gusta mucho Miguel Rep, de México me gusta Rius, pero también admiro a las enfermeras, a los Médicos Sin Fronteras, a muchas organizaciones no gubernamentales que luchan por mejorar el mundo. De todas maneras, pienso que esas organizaciones les alivian la tarea a los gobernantes, sin quererlo, claro, pero mucho de lo que ellos hacen deberían hacerlo los presidentes, los ministros.

¿Morirá siendo socialista?

–Sí, por supuesto. Esa es la mejor forma de gobierno que concibo, es el mejor sistema. Apenas tuvo 70 años para expresar y es probable que estuviera mal aplicado. Si pensamos que al cristianismo le llevó tres siglos imponerse, ¿por qué no podemos pensar que el socialismo regresará y finalmente podremos vivir en un sistema más justo y más humano para todos?

ENTREVISTA A CLAUDIO MAGRIS


“Italia ha perdido la decencia”



El escritor italiano Claudio Magris (Trieste, 1939) es considerado uno de los más brillantes analistas culturales de Europa y ha recibido, entre otros muchos premios, el Príncipe de Asturias en el 2004.
Quien ha hecho del ensayo una obra de arte es, además, un germanista declarado que siempre ha tendido puentes entre la cultura alemana e italiana. Traductor de Ibsen, Kleist y Schnitzler, Magris es profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Trieste y una de las figuras mayores de la literatura italiana contemporánea. Prueba de ello es su cátedra de Literatura germánica en la Universidad de Turín (1970-1978), así como su emblemática novela El Danubio (1986). Entre sus obras más destacadas cabe citar, Il mito asburgico nella letteratura austriaca moderna (1963), Wilhelm Heinse (1968), Dietro le parole (1978), Itaca y más allá (1982), El anillo de Clarisse (1984), Conjeturas sobre un sable (1986), Otro mar (1991), Utopía y desencanto (1996), Microcosmos (1997), ganadora del Premio Strega y La exposición (2002), que escenifica el destino del pintor triestino Timmel, que murió en un manicomio.
Recientemente, dio a conocer A ciegas, el relato de un recluso y de un fugitivo: Jorge Jorgensen, el rey de Islandia condenado a trabajos forzados en el infierno de la isla Giu Alla Baia. El relato entrelaza historias y fantasmas, mito y recuerdo. Es un viaje en el tiempo que conmueve y desalienta, excava en los pliegues más inquietos y dolorosos del alma para encontrar un sentido o, al menos, una extrema vía de fuga.

MARISTAIN: Nunca había entrevistado a un premio Príncipe de Asturias y un quizá futuro Premio Nóbel. ¿Qué piensa de los premios literarios?
MAGRIS: Pienso que competir es un poco ridículo; eso de decir: - “me dieron el premio a mí y no a ti”, no me gusta mucho. Es algo que, cuando sucede, se recibe con muchísima gratitud y con un poco de melancolía. Naturalmente, no me pasa por la cabeza el pensar que si gano un premio soy mejor que el que no lo ganó y que, si lo gana otro, él es mejor que yo. Un premio conmueve la atención de este mundo tan enorme que si alguien se acuerda de nosotros es algo muy hermoso.
MARISTAIN: ¿Y por qué la melancolía?
MAGRIS: Un poco de melancolía, porque quien gana un premio está obligado a hacer un pequeño balance y los balances siempre dan un déficit. Le cuento una cosa, lo que dije cuando recibí el Premio Príncipe de Asturias: En verdad nosotros solos no tenemos nunca el mérito de lo que hacemos. Porque también tienen méritos los que viven con nosotros, que nos dan ideas, que nos corrigen, que nos mejoran... ¡Cada premio debería ser repartido con tantas personas! Hay una bellísima anécdota de Humberto Sabe, un gran poeta. Una de las primeras poesías militares que había escrito fue publicada y hablaba de otro soldado. Se la habían pagado cincuenta liras, que en la época... Y el amigo le dice: debes darme 25 liras porque tu poesía habla de mí.
MARISTAIN: ¿Fue con Paolo y con Francesco (sus hijos) a recibir el Premio Príncipe de Asturias?
MAGRIS: No, no podían, a pesar de que viajamos juntos muy seguido, pero por otras cosas. Además me parecía un poco fuera de lugar, eso de aparecer con la familia. Puede ser vergüenza de padre.
MARISTAIN: Aunque el padre sea Claudio Magris.
MAGRIS: Sí, no sé, puede ser un complejo para ellos. Mis hijos están contentos, obviamente. Pero mejor considerarlo un acontecimiento de vida privada.
MARISTAIN: En todas las entrevistas que le hacen le preguntan sobre Alemania o por la frontera italiana. En cambio, lo que a nosotros nos llega de Italia es Roma, Berlusconi, el calcio, la Mussolini sentada en la calle en señal de protesta ¿Qué tan cerca está usted de esa Italia mediática?
MAGRIS: Es mi país, es mi mundo, no es que yo esté cerca, soy naturalmente parte de ese mundo y no puedo quedar afuera. Por eso hay muchas partes de mi mundo que me provocan, que no me gustan, que detesto, que ataco... Incluso hasta cierto punto estos eventos son míos y cuando uno de estos hace mal uno se enoja mucho más y se sufre mucho más por las cosas propias.
MARISTAIN: ¿Cómo ve a la Italia contemporánea?
MAGRIS: Italia en los últimos años tuvo una gran regresión e incluso una pérdida de decencia. Esto me hace sufrir mucho, pero no me quedo afuera porque son hechos míos. Además está el patriotismo, porque así se sabe exactamente cómo se debe vivir cierto destino, si se enseña mal en la escuela, yo que enseño en la escuela, puedo decirte que uno está comprometido en el bien y en el mal e inclusive, obviamente, en la responsabilidad.
MARISTAIN: Las cosas en Italia están tan mal, o al revés, que hoy hasta Celentano es revolucionario, ¿no? Con el programa Rockpolitics parece que lo va a sacar a Berlusconi...
MAGRIS: No lo he visto.
MARISTAIN: Yo lo he visto por Internet, el día en que fue Roberto Benigni...
MAGRIS: Creo que hay que prestar mucha atención a este programa, porque a veces el error que comete la oposición es el de hacer provocaciones inútiles al gobierno que tan sólo sirven para irritar al que está perplejo. No hay que cometer el error que comete a menudo la izquierda, de hacer algo “entre nous”, todos contentos y nos vamos a casa felices. No basta, porque hace falta convencer, con paciencia, responsabilidad y humildad, a esa persona perpleja para que cambie sus ideas. Y no provocar inútilmente.
MARISTAIN: ¿Los medios de comunicación pueden cambiar la historia política italiana?
MAGRIS: No. Es demasiado cómodo creer que uno vence tan sólo desde la televisión o de la radio. Cuando hablo de sentido de responsabilidad, hablo de hacer lo que uno debe pero dentro de ciertos límites. En mis intervenciones siempre trato de llegar a esto.
MARISTAIN: En toda su literatura habla de la frontera, habla del exilio, no sé si está bien empleado el término, tal vez de lo marginal. Y a veces me da la impresión de que en el contexto de nuestras culturas Italia es marginal.
MAGRIS: A mí siempre me interesó lo marginal, lo periférico, pero entendámonos bien, porque creo que hoy, en el momento histórico que vivimos, estamos todos mal. Sería verdaderamente ridículo creer que estamos en el centro. Quien vive en Roma está al margen de la historia, como quien vive en Trieste o en Cerdeña. Entonces, me intereso en lo marginal, en lo periférico, en lo distinto y no porque “small is beautiful”. Small is not beautiful, not at all. Para que el pequeño sea respetado, necesita acordarse y hacer acordar a los otros que entre los pequeños es grande. A mí me da la impresión, que aunque superficialmente, Italia sigue siendo un centro de atención.
MARISTAIN: Sin embargo, creo que en otros momentos la cultura italiana fue mucho más influyente.
MAGRIS: Cierto, cierto, es obvio que la Italia de este momento no es la de otras épocas, la Francia de ahora no es la de antes y España tuvo un renacimiento en los últimos veinte o treinta años, pero ciertamente no es la potencia cultural del Siglo de Oro. Sin embargo no creo que debamos estar tristes por eso, a mí no me gusta creer que todo deba ser siempre igual. Por ejemplo, yo en los últimos diez años no saqué ningún gran libro, ¿y entonces? ¡Somos tantos para ser leídos! Es como los días de la vida, tenemos algunos días en los que estamos iluminados, plenos de energía, tenemos felicidad hasta amorosa, y hay días en que no. La vida nos hace devenir, no repetir. A mí me gustan mucho también los momentos, no los voy a llamar bajos, sino momentos normales. No estar siempre en la cima.
MARISTAIN: Pero hablando más de usted como escritor, se dice que usted hace del ensayo una obra de arte, y uno, que lee sus libros, sabe su literatura no es fácil. Sin embargo tiene muchísimos lectores que lo siguen, que lo esperan.
MAGRIS: El escritor no es un maestro de escuela que explica todo, sino quien toma al lector de la mano y lo lleva a dar un paseo admirando los tesoros de su sensibilidad. Uno se cuenta historias que a veces se entienden y a veces no. Y no es nunca sólo culpa del escritor o del lector. Es el encuentro, y este es un riesgo de base. Y esto es algo interesantísimo que existe de algún modo en la recepción que se dé en cada país.
MARISTAIN: ¿En qué países cree ser mejor comprendido?
MAGRIS: Por ejemplo en Francia, en España o en los países de lengua española, gozo de una increíble atención y, sobre todo, comprensión, que es mucha más de la que recibo en Alemania. Nunca me sucedió algún equívoco en ningún país de lengua española. Es como si nos pudiéramos comprender rápidamente. No hablo de consensos demasiado fuertes ni de cuestiones de crítica. La crítica siempre existe. No hablo de esos equívocos como que me tomen por un jugador de tenis. ¡Un premio Nóbel de tenis, aunque toque el violín! En las librerías de Estados Unidos, Microcosmos lo encuentras entre los libros de viaje. Lo que es un desastre, porque si buscas un libro de viajes y compras Microcosmos vas a pedir enseguida que te devuelvan el dinero. ¿Y por qué ningún librero español, mexicano o argentino pone Microcosmos entre los libros de viaje? ¿Los libreros americanos son distintos? Es una cosa interesantísima.
MARISTAIN: ¿Los libros lo hicieron la persona que es? Digo esto porque sus lectores dicen que sus libros los han formado moralmente. Dicen que son las personas que son gracias a leer sus libros. ¿A usted, escribir lo hizo la persona que es? ¿Le dio su contexto moral, sus valores?
MAGRIS: No. Lo recibí de otros. De libros grandes o pequeños, pero se recibe siempre de los otros. De los padres, de los amigos, de las amigas, de los encuentros casuales. Esta pregunta es interesantísima, pero realmente me tendría que acordar de tanta gente de la que he aprendido. Ellos me han dado cosas que hice mías y, naturalmente, esto me ha enriquecido, sea con la forma, sea con el estilo. La escritura tiene un alto potencial narcisista y egoísta y el peligro es ver sólo la parte narcisista y perder el resto. Pero todos recibimos de alguien.
MARISTAIN: Hasta la felicidad
MAGRIS: Mira, cuando somos felices, eso es algo que recibimos de los otros. Es una experiencia bellísima y es algo que nos da mucho. Por ejemplo, para mí fue muy importante la escuela, donde recibí mucho de los compañeros y de los maestros, donde nos divertimos tanto, donde nos reímos tanto. Y yo me reía mucho de mis profesores, pero con eso aprendí una cosa fundamental: a reír de las cosas que amo y a amar las cosas que me hacen reír. La escuela fue para mí algo fundamental con esa mezcla de alegría y melancolía, así como con ese sentido de fraternidad.
MARISTAIN: ¿Recuerda a algún maestro en particular?
MAGRIS: Recuerdo a un profesor de alemán, un personaje extraño, un poco ambiguo, pero que era realmente un genio que nos hacía entender qué era la poesía. Una vez, yo tenía 14 años, me pidió que hable sobre Fausto y la Revolución Francesa, cosa que estudié a los 20 años, en Turín, y con grandes maestros. Y bueno, yo le digo: “Yo pienso...”, y él me interrumpe y me dice: ¿Qué vas a pensar? ¡Miserable! ¡No pienses nunca! ¡Aprende de memoria! ¡Repite! Y ahí nos dimos cuenta todos, que esa era la verdadera educación para pensar. Que no era represiva. Que la verdadera educación al pensar, es la capacidad de tratar los temas. Que no cuenta lo que pienso de México, lo que cuenta es mi capacidad de entender algo sobre México. Y yo sé pensar a partir del momento en que tengo la oportunidad de entender.
MARISTAIN: ¿Qué significa para usted Danubio? ¿No es un peso?
MAGRIS: Danubio no es un peso, sólo a veces en Austria. Pero no Danubio, sino mi primer libro, Il mito asburgico nella letteratura austriaca moderna, que publiqué cuando tenía 24 años. Porque ahí quedo encadenado a este libro y en Austria creen que si hiciese, por ejemplo, una muestra de pintura, de desnudos femeninos, sería siempre “El mito......” Danubio nunca fue un peso, es más un cuento, es como navegar, como viajar, es como el mar que va y viene. Pero no me siento encadenado, ya tuve la alegría que me dio. No me gustó que con otro libro, “Otro mar”, tuvo mucho éxito en Francia, España, y en Alemania menos. Eso no me gustó porque para mí fue un libro muy importante. Pero son riesgos de la vida, cuando estás enamorado a veces te dejan. Una vez, un gran amigo, el Cardenal Silvestrini, que trató varias veces de convertirme sin lograrlo, me dijo: “Debes aceptar los riesgos de una de cal y otra de arena”.
MARISTAIN: ¿Y A ciegas?
MAGRIS: Es un monólogo gigantesco que comencé a escribir en 1988, en el cual un hombre se habla a sí mismo, al médico que lo está curando, y a través de su voz habla de las otras voces que ha escuchado, como la de su mujer amada. A veces se habla creyendo ser otro, se mezcla, como si el terrible destino que tuvo fuera demasiado. Cuando el mundo pesa demasiado sobre los hombros del Atlante, hasta el Atlante hace lo mismo. Esta historia es un viaje a todo lo interno del siglo, con grandísimos problemas de estructura sintáctica al tener que integrar muchas historias en una, la de un hombre que habla mucho del mar, de tantas aventuras, de tantas historias. De hecho mi problema era poner todo esto junto y por eso el libro me llevó tantos años. Lo comencé en el ’88, la primera idea surgió en el ’88. Quedó un libro de 300 páginas, que en realidad escribí en el año que pasé en París, en el Collège de France, 2002-2003, y le tuve que cortar 260 páginas.

QUERIDO

(niño, hereje, nunca salgas sin tu fuckin medallón)
- Divididos

querido
no anhelas preservar lo que ha quedado de tu brillo en el candor
quiero decir estupidez
transpiración delaguava en rumbo occipital a las mejillas

no puedes guardar el pez o la luciérnaga
que habitan los pliegues de tu ánfora
no quieres destinar un solo minuto de tu tiempo
al rebatir de astucias y a los besos

no quieres o no puedes escribir una carta
martillar una puerta
pastar con solemnidad
como si fueras a venir un día cualquiera

querido
sólo te escribo para contarte que
salí a caminar con el impermeable
o que el impermeable me llevó a caminar contigo
por callecitas mustias de nombres raros
en una curva se me rompió la pantymedia
en otra un sueño me ahorcó
y morí indiferente a la mendicidad o al estrabismo

en cada uno de los rostros creía entender por qué
me gusta tu cabeza cuadrada
algo parecido a la nostalgia me dio en la frente
jamás volveré a tocar tus labios secos
jamás es demasiado para mí o para nadie
pero jamás es jamás
querido tú me entiendes

el día se cuenta largo
comienza con un auto descapotable
que yo encontré celeste
sigue con una niña morena
y un paraguas roto
los pasitos de dos en dos a la derecha
la sal de tu sudor en mi cuello
te dije
no puedes besar a nadie con esa agua mojada
y te secaste
sólo quería decir no puedes besar a otra
tú no me entiendes

querido
nunca serás el chico al que podré dejarle un recado en el espejo
trae el pan
abona la cuenta del teléfono
haz un caldo frío con esta cebolla blanda
nunca suena demasiado nunca y hasta tú lo entiendes

querido apaga tu fulgor
rompe la mecha en el exacto vértice que arde
apiádate de ti
los bichitos de luz se arrugan en el puño
ya lo sabías

con esta mano abierta
comunico
toda luz ha partido
no mires a otro lado
lo único que falta es que te desentiendas
faltaba más

tu estupidez
tu candor
tu cabeza cuadrada
mi ignominia

ENTREVISTA AL POETA ESPAÑOL LUIS GARCÍA MONTERO


Entrevista al poeta español Luis García Montero

–¿Qué estaría dispuesto a dar por la palabra que el poeta siempre busca y nunca encuentra?

–Creo que la poesía precisamente se plantea eso: qué estaría uno dispuesto a dar. En un poema yo escribí que hay gente que por buscar una palabra pierde un idioma, ése es uno de los peligros. Es muy importante buscar la palabra, pero es muy importante evitar que la búsqueda se convierta en tal obsesión y uno acabe escribiendo cosas que no pueda entender la gente. Por eso hay un término medio entre buscar tu propia palabra sin perder el idioma que te permite comunicarte con los demás.

La poesía pareciera ser una fatalidad comparada con la narrativa.

–A mí me parece que sí, entre otras cosas, porque en mi experiencia yo compruebo que lo que tiene autoridad realmente en mí es la poesía. Soy catedrático de literatura en la Universidad de Granada, en España, he tenido que hacer una Tesis Doctoral o una Memoria de Cátedra, tengo que hacer muchos ensayos de 500 o 600 páginas, tengo compromisos de todo tipo. Yo acabo una Tesis Doctoral y al día siguiente si no hago nada tengo mala conciencia creyendo que ya estoy perdiendo el tiempo. Sin embargo, cuando consigo terminar un poema que medianamente me gusta... me entra una sensación de satisfacción y siento que puedo estar 15, 20 días de vacaciones. Por eso, desde mi propia experiencia personal, vivo la poesía como lo que tiene más autoridad en mí.

Decía Roberto Bolaño que el se sonrojaba menos cuando leía su poesía que cuando leía su narrativa.

–Él, el tiempo que vivió en España escribió bastante poesía y tiene una poesía interesante. Yo creo, que como Bolaño triunfó en la novela miraba con nostalgia su poesía que no había tenido mucho reconocimiento. Eso es normal en los escritores, por ejemplo hay escritores que pintan y les gustaría ser considerados pintores o grandes novelistas que tienen mucho éxito y sin embargo, se sienten poetas. Yo viví una época en donde todavía no estaba, en España, muy difundida la televisión, entonces, para mí, fue muy importante que mi padre acostumbrara a leernos en voz alta y lo que le gustaba leer eran poemas. Nos leía poemas que pertenecen a la tradición, por ejemplo, una leyenda de José Zorrilla, una canción de Pronceda o “El nocturno” de Manuel Acuña; no es una poesía con la que me identifique a la hora de escribir, pero me divierte y me gusta haberla aprendido de memoria. Ésas fueron para mí, mis novelas de aventuras. Me pusieron en contacto con la tradición oral, con la voz del abuelo, el padre, el anciano que te va explicando el mundo y que te ayuda y comprender que el mundo es una narración que tú tendrás que continuar y quizá porque yo me acerqué al mundo de la ficción, de la narración a través de la poesía me siento sobre todo poeta.

Los poemas siempre gustan medianamente a los que escriben poesía.

–Mira hay que ser muy tonto para perder la conciencia crítica. Creo que uno disfruta la literatura cuando lee lo que han escrito los otros, cuando se lee lo propio, pues, siempre se tienen ojos de corrector más que de lector que quiere disfrutar. En ese sentido es muy importante no perder la conciencia crítica. Yo estoy acostumbrado a ver escritores que pierden la conciencia crítica, bien por exceso de éxito o por exceso de fracaso. Cuando un escritor tiene mucho, mucho éxito se cree que todo lo que hace es genial y acaba metiendo mucho la pata; hay grandes caídas en obras de autores importantes. Pero cuando un escritor no tiene reconocimiento, también el fracaso puede conducir al rencor, porque entonces uno más que ver las fallas tiende a consolarse y pensar que los demás están conspirando para no aceptar que el genio es uno. Y también ahí se pierde la conciencia crítica y uno cree que lo que escribe es genial. Me parece que un escritor tiene que cuidarse en ese sentido conforme va madurando, sin perder la conciencia crítica y creo que, sin separarse del lector adolescente que se quedó fascinado con un libro en la mano y quiso dedicarse a la literatura por la admiración de lo que estaba leyendo, es muy importante que un escritor a lo largo de su experiencia mantenga su capacidad de admiración a lo que hacen los demás, porque antes de ser escritores hemos sido lectores.

–Su esposa, Almudena Grandes, con el levante ha escrito una novela, ¿usted qué ha escrito con ese viento terrible?

–Nosotros tenemos una casa en la Bahía de Cádiz, en Andalucía, donde los vientos son muy importantes y ella al describir El viento de Los aires difíciles convirtió el símbolo en un elemento de la realidad. La gente en Cádiz habla constantemente del viento. Me parece que eso es algo que suele utilizar la literatura. Cuando escribo poesía a mí me gusta captar la realidad, anécdotas, situaciones que me permitan trascender lo anecdótico para intentar hablar del tiempo en el que vivo, de la historia en la que vivo. A mí me gusta pasear por la calle o por el mar y ver aquellas cosas que pertenecen a todo el mundo y a las que puedo intentar hacer una lectura personal para darle un significado que sea simbólico. La poesía y la búsqueda de la metáfora tienen mucho que ver, por ejemplo, con esa capacidad que tienen las cosas para simbolizar todo un tiempo. Cuando uno está viendo fotografías, de pronto, ve un abrigo y más que un abrigo se convierte en el símbolo de todo un tiempo; uno recuerda cuando le compraron el abrigo o en que época lo usaba. Hay un objeto que puede simbolizar un mundo y me parece que ése es el trabajo del escritor. Almudena lo hizo muy bien en Los aires difíciles. Me gusta una poesía que tiene que ver con la ciudad, con los taxis, con las paradas de autobús porque creo que en las metáforas de la realidad en la que vivimos podemos encontrar sentido a nuestro tiempo.

–Podría decirse que, a juzgar por el estilo de sus poemas, usted es casi un enemigo radical del automatismo.

–Cuando terminé la universidad mi tesis doctoral fue sobre la poesía vanguardista de Rafael Alberti, entonces estudié muy bien las vanguardias y admiro las vanguardias, pero como una época más de la tradición literaria; admiro la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, de Francisco de Quevedo, la gran poesía de los románticos Giacomo Leopardo o Friedrich Hölderlin y también admiro la poesía de vanguardia, pero lo que me parecería muy ridículo es intentar escribir ahora como escribía Sor Juana Inés de la Cruz. Creo que las vanguardias están en nuestra tradición, pero que ahora podemos utilizarlas en lo que queramos y tenemos que escribir otro tipo de poesía. En un momento determinado y de crisis de la sociedad hubo gente que llegó a pensar que se trataba de romper con todo, con el lenguaje, con la sociedad, con la tradición, para que el poeta fuera el representante que vive en una sociedad con la que no puede dialogar. Por una parte, eso me parece ideológicamente muy reaccionario, porque más que cantar el fracaso de la sociedad hay que responsabilizarse de un dialogo social para ver qué podemos hacer con la sociedad. Ahora, hacer una escritura vanguardista me parece mucho más reaccionario que hacer una escritura en relación con los tiempos que vivimos. Estamos viviendo un momento de descomposición absoluta del Estado, los políticos están perdiendo fuerza y hay otras fuerzas económicas que están intentando marcar la realidad, entonces jugar a la destrucción de la sociedad me parece muy peligroso. Cuando uno analiza los poemas de la vanguardia y nota que se creían los más modernos y despreciaban la tradición, pues uno comprende que eso estéticamente ha envejecido, porque podemos seguir disfrutando de la tradición, de los poetas clásicos y que estuvieran muertos es mentira. Quizás, han envejecido mucho más algunos poetas vanguardistas que los clásicos que siguen manteniendo su jugo. Por eso a mí me gusta aprovechar la lección de la vanguardia como aprovecho la lección de un poeta del siglo XII o del siglo XVII, en qué me puede ayudar, lo que no quiero es mantener una visión de lo vanguardista como si fuese una religión que yo tuviera que seguir. Me pasa lo mismo cuando entro en una catedral gótica, yo soy capaz de disfrutar la belleza, pero la verdad es que no la miro con ojos de creyente medieval; con la vanguardia me pasa lo mismo, disfruto con un poema vanguardista, pero no lo veo con ojos de creyente.

–¿Disfruta los poemas de Leopoldo María Panero?

–Hay una familia Panero en la poesía española. El padre, Leopoldo Panero, fue muy importante y después dos de los hijos tuvieron mucha importancia. Disfruto la poesía de los hermanos Panero, me gusta mucho Juan Luis y disfruto también, la poesía de Leopoldo María.
El poeta debe buscar su mundo personal, porque a la hora de escribir tiene que defender su propio mundo, pero no debe ser sectario a la hora de leer; yo desconfío mucho de los poetas a los que sólo les gusta la gente que escribe como ellos. Creo que la poesía es muy rica y se puede disfrutar de todo. Por ejemplo, los dos hermanos Panero, Juan Luis y Leopoldo María, escriben con tono muy distinto y se puede disfrutar de ambos.

– Dice que sus fuentes no han sido originales, que son Federico García Lorca, Luis Cernuda...

– El dialogo de la poesía con otras culturas es fundamental. Nada es más peligroso que el poeta que dice no leer a lo demás para ser original, porque cuando uno lee a los demás es cuando tiene la posibilidad de buscar su propio mundo, si no lo que hace uno es repetir las cosas que han hecho los demás creyendo que ha descubierto el Mediterráneo. En ese sentido, creo que el poeta debe conocer la tradición para después aportar su grano de arena. La personalidad es más importante que la originalidad. Yo conozco bien la tradición española, me han interesado mucho poetas como César Vallejo, Pablo Neruda; como estamos en México reconozco que dos de mis maestros más cercanos han sido Jaime Sabines y José Emilio Pacheco. Además, creo que es muy importante conocer la poesía de otras lenguas que a veces te llega a través de otras lenguas y a veces de la propia, por ejemplo, la poesía inglesa ha sido fundamental en mi propia manera de entender la poesía, pero porque uno de mis grandes maestros, en España, Jaime Gil de Biedma era un poeta de formación anglosajona. La poesía de Jaime no se puede entender sin haber leído a T. S. Eliot, Stephen Spender, aunque yo no hubiera leído directamente a estos poetas que me parecen importantísimos, simplemente leyendo a Jaime ya sería discípulo de la poesía inglesa.
Es como si en el Renacimiento hubieran dicho no conocer la poesía italiana, no conozco la poesía de Francesco Petrarca, bueno, pero sí han leído a Garcilazo de la Vega, éste es la versión en español de la poesía que está escribiendo Petrarca, de manera que entonces, eres un poeta de herencia petrarquista. Es muy importante ser consciente de que la poesía en cualquier lengua está vinculada.

- Me gusta mucho Eugenio Montale...

- Eugenio Montale en Italia es uno de los grandes nombres junto con Giuseppe Ungaretti. Pero en la generación de poetas jóvenes españoles tanto Montale como Ungaretti están muy de moda y se están publicando muchas traducciones de ellos. Una de las faltas que ha tenido durante años la poesía española han sido las traducciones. Hemos vivido mucho de las traducciones que se hicieron en México, en Argentina, pero ahora uno de los rasgos de la buena salud de la poesía española es que hay buenas traducciones y la poesía italiana se está traduciendo muy bien.

– Le gusta Luis Cernuda, pero no le gusta tanto Xavier Villaurrutia.

– Me gusta Cernuda y me gusta Villaurrutia. Cernuda me gusta mucho y de la época de los contemporáneos, quizá, yo me identifico más con Salvador Novo o incluso con Carlos Pellicer, pero considero que Villaurrutia es un enorme poeta. A mí me gusta más el Villaurrutia de Los Nocturnos, eso me parece muy importante. Me gusta que lo vincules con Cernuda, porque cuando yo he leído a los poetas mexicanos me he dado cuenta de cosas, aunque Juan Ramón Jiménez me mataría si me oyera, yo creo que él no hubiera escrito a los años 40 su poema “Espacio”, sin haber leído antes “Muerte sin fin” de José Gorostiza. Del mismo modo cuando yo he leído a Villaurrutia he reconocido los placeres prohibidos de Cernuda, esos poemas de Los Nocturnos, que la idea es: “Si el hombre pudiera decir lo que piensa...” me emociona mucho ese dialogo de Villaurrutia con Cernuda y por supuesto, a mí el Villaurrutia de Los Nocturnos me emociona profundamente.

–Hay que leer a Manuel Altolaguirre...

–Yo creo que es muy importante. Altolaguirre es de los poetas de la generación del 27 que tuvo una poesía original y desconocida. Cuando se habla de la generación del 27 se cita a grandes escritores como García Lorca y Cernuda y sin embargo Altolaguirre tuvo una poesía muy emocionante, es uno de los poetas españoles que mejor leyó a Juan Ramón Jiménez y los poetas le debemos mucho, porque tuvo una labor editorial importantísima en España, antes del exilio y después en México en el exilio. Toda la labor editorial que hizo Altolaguirre en favor de la poesía es fundamental. Aprovecho para aconsejar unos de los libros más emocionantes que leí que es Caballos Griegos, es un libro de memorias de Altolaguirre en donde cuenta toda la experiencia de la guerra civil y sus recuerdos de la infancia. El libro lo editó James Valender, un profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, que además está casado con una nieta de Altolaguirre. Yo hablo con pasión de la literatura... no sería poeta, sino hubiera aprendido a vivir con un libro en las manos y por eso creo que es tan mezquino ser sectario.

–¿Qué poetas argentinos le gustan?

–Voy a decir una cosa que en Buenos Aires no tiene prestigio: me encanta la poesía de Jorge Luis Borges, me gusta mucho más como poeta que cuentista. Ricardo Molinari es otro poeta argentino que me gusta mucho, me parece un grandísimo poeta. De los contemporáneos Juan Gelman, me considero amigo, admiro mucho su poesía y me identifico con su actitud moral.

–¿Cómo ha hecho o formado esta convicción que demuestra al mundo de ser poeta?

–Tú decías antes que la poesía es una fatalidad y tienes razón. Yo me dediqué a escribir poesía porque me gustaba leerla y admiraba mucho la poesía, además parte de lo que soy en la vida se lo debo a los poetas que he leído. Una vez que era poeta y ya había publicado sí me pregunté para qué servía mi oficio y cuál era la convicción. Yo defiendo la poesía, porque creo que ésta es una reivindicación de la conciencia individual en un tiempo que impone la homologación y la aligeración de la conciencia. Existen muy fuertes mecanismos de homologación y aligeración; a la gente se la hace pensar de la misma manera, vivir de la misma manera. Repito siempre a Antonio Machado “La verdadera libertad no es poder decir lo que se piensa, sino poder pensar lo que se dice.” La poesía es la mejor reivindicación de la conciencia individual. Es el género donde un ser humano levanta la mano para parar el tiempo y decir que antes de seguir opinando, antes de seguir viviendo va a pedir tiempo para él, para pensar en lo que siente, en lo que opina, para conocerse a sí mismo y para hacerse dueño de su propia conciencia y opinión. Por otra parte, creo que la poesía da otro ejemplo porque vivimos en un mundo que tiende a identificar individualismo con egoísmo. A mí me gusta que la poesía reivindique la conciencia individual, pero para establecer el diálogo con el lector. Por supuesto, sé que un medio de comunicación tiene mucha más fuerza que el mejor poema del mejor de los poetas, pero he aprendido que la poesía es un diálogo moral entre el autor y el lectory que ese diálogo moral tiene mucha utilidad a largo plazo. Por eso me gusta y defiendo mi género, porque reivindica la conciencia individual y además lo hace para dialogar con los otros y no como una forma de egoísmo.

–La poesía es un arma cargada de futuro, decía Gabriel Celaya.

–Y la verdad es que sí. Se suele decir: - Ay, malos tiempos para la lírica, pero lo cierto es que la poesía en lengua hispánica está viviendo un muy buen momento. Es mentira que la gente no lee poesía, a la gente le gusta; aunque un poeta no tenga los seguidores que tiene una estrella de rock o su libro no sea un best seller, poco a poco la poesía que vale queda, la gente la lee y eso es lo importante. Yo conozco bien la poesía hispánica, porque he dirigido una revista en la Casa de América en Madrid para difundir en España la poesía de América y creo que la poesía en México, Colombia y España están viviendo un tiempo de llamativa calidad. Podemos sentirnos orgullosos de la poesía que se está escribiendo en nuestro idioma.

BILONGIS


BILONGUIS
Kiko Veneno

Tú y tú y tú, y ya no hay luz / las nubes vienen cuando quieren / en medio de la tormenta / te estoy esperando / como una maceta seca. / Dónde, dime dónde / dónde han ido a parar / las copas que derramé / los taconeos por las aceras / de antes de ayer. / Tu caracola no tiene ola / cuando me dices que estás muy sola / ya no te entiendo / no comprendo las señales / que vas dejando por las calles / son extrañas para mí.

Sólo te pido por favor / llévatelo todo / no me dejes / tus personal bilonguis / ni recibos de compasión. / No me metas en la maleta / trocitos de corazón / ni alitas / de cucarachas secas / en los bolsillos del pantalón.
Voy, voy, voy, sin saber por qué / cojo el aire con las manos / sé lo que quiero / veo dónde estoy / y cómo te voy perdiendo. / Todo el mundo debe saber ya lo que pasó / lucharon caos contra control / y una llamada de última hora / no logró parar el tiempo y te grité / Ya no me importa que estás pensando / y los anuncios que a ti te gustan / los veo raros / es más caro el remedio / que la enfermedad / ya no creo en la receta / que me van a dar.

jueves, 31 de agosto de 2006

EL CLUB DE LOS 100 - VOLUMEN 2 -


INTRODUCCIÓN

A Sacha, por su sangre en mis venas
A Melina, por sus espejos verdes
A Fernando, por sus moradas provisorias

Cuando yo era adolescente mi hermano Guillermo era un niño y soñaba con ser futbolista. Lo más cerca que estuvo fue lucir una camiseta del Estudiantes de Buenos Aires en las categorías juveniles. Mis padres me habían dado la misión de llevarlo a los entrenamientos a la sede del club, en Caseros. Le tomaba la mano, lo subía al 161, luego abordábamos el 304 y cuando llegábamos, él se iba a la cancha y yo me quedaba en las gradas vacías escribiendo en un cuaderno, leyendo a Kafka o, esto es más probable, durmiendo. Una vez levanté la mirada y vi a mi hermanito correr rumbo a la portería contraria. Todavía recuerdo su pecho enhiesto, sus piernas enclenques, tal vez las manos en actitud de espantapájaros...Guille no tenía nada de estilo, pero a mí me parecía que era la mismísima réplica de Pelé. Él es el cuarto hijo de mis padres y el primer varón de la nutrida descendencia Maristain, lo que sin dudas no debe haber sido fácil para un niño de ojos enormes y pésimo carácter (sello distintivo de mi familia, perennemente malhumorada), destinado a ser por muchos años el único “hombrecito” de la casa, además de mi padre.
Cuando Guillermo era adolescente, mi hermano Lautaro estaba en la panza de mi mamá. Él es el octavo hijo de mis padres y, a diferencia de todos sus fratelli, es todavía un niño dulcísimo al que mi madre amó con devoción. Aún recuerdo a doña Blanca correr ferozmente con la panza en ristre, a punto de parir, su rostro desencajado y la postal del terror familiar: Guillermo había sufrido un accidente en la localidad de Campana. Como tantos otros percances que mi hermano protagonizó a lo largo de su infancia (casi pierde un ojo / a los 5 años casi pierde la vida debajo de un automóvil mientras jugaba a ser mecánico), esa vez también se salvó de milagro. Se había subido a una camioneta repleta de aficionados a Chacarita y el sobrepeso lo disparó a la calzada: todavía conserva unas horrorosas marcas en la espalda, la certeza de haber estado, a una edad temprana, muy cerca de la muerte y la confirmación de que carecía, como ya dije, totalmente de estilo.
Ninguno de mis tres hermanos varones jugó al fútbol profesionalmente. Ni Guillermo. Ni Leandro. Ni Lautaro. A mi padre, sin embargo, le hubiera gustado tener a un jugador en la familia. A veces creo que yo me he quedado en esas gradas vacías escribiendo en un cuaderno, leyendo a Kafka o, esto es más probable, durmiendo. Que sigo siendo la hermana de mi hermanito, la primera hija de mis padres y ahora la tía de ocho niños que, hasta donde sé, serán cualquier cosa, menos futbolistas. Lástima. En algún volumen de El club de los 100 (quien hace dos, quiere tres y así sucesivamente...y si no que le pregunten a mis padres), me gustaría incluir un Maristain en la lista de los apellidos con eme. Como buena integrante de una familia numerosa tengo tendencia al nepotismo y suelo hacerme cargo de los sueños paternos. Quien sabe en la memoria del futuro haya escondido un tataranieto con mi sangre, corriendo por un campo con el pecho erguido, las piernas enclenques y las manos, tal vez, en actitud de espantapájaros. Y aunque para esa época Andrea Staccioli tendrá más o menos 300 años, seguramente correrá a tomarle una fotografía maravillosa e imposible, como suelen ser sus fotografías, luego de lo cual comenzaré a presionarlo para que ponga a mi tataranieto en la portada.

- Mónica Maristain

Introducción al libro EL CLUB DE LOS 100 / VOLUMEN 2, por Mónica Maristain y Andrea Staccioli

Puedes decir que no

Cuando Beatriz y Caiana te pregunten, Dionisio
si me amas
puedes decir que no.
Poco me importa ser nada a tu alrededor, sombra, cosa adosada
al entendimiento de tu madre o mi hermana.
A mí importa, Dionisio, lo que dices,
y lo que tú dices no puede ser cantado
porque es palabra de lucha, de falta de pudor
y en mi verso se haría injuria

-Hilda Hilst

martes, 18 de julio de 2006


NO PUEDO DEJAR DE ESCUCHAR LA CANCIÓN "WE BELIEVE", de y por RED HOT CHILI PEPPERS en su último disco STADIUM ARCADIUM.

sábado, 3 de junio de 2006



ANDO TAN A FLOR DE PIEL
QUE MI PIEL TIENE EL FUEGO DEL JUICIO FINAL


- Zeca Baleiro